Gabriel, Oscar, Fiódor, William

 

En El Quijote, en esas páginas que son mi patria, Miguel alumbró un fenómeno literario que, luego, muchos estudiaron y otros tantos copiaron. Antes de Vince Gilligan y Breaking Bad – que han tocado el cielo con las manos y nosotros con ellos – Miguel nos enseñó que la literatura, como la química, es el estudio de la transformación.

En El Quijote, en esas páginas que son la máxima expresión de mi lengua, Alonso es el loco, el defensor de las causas perdidas, el lector empedernido, el que se torció de tanto leer y persigue que su vida sea como la de esos libros que tanto le han dado. Los libros que la vida le han dado. Sancho, por su parte, comienza siendo un personaje menor, pero es el menos menor de los personajes mejores y, ya en la segunda parte, protagonista en exclusiva de muchos de los mejores fragmentos de la novela. De hecho, en ese impasse que es Barataria se nos muestra a un nuevo Cervantes y a un nuevo Sancho. Pero no es hasta el final, hasta ese glorioso y desaforado final – que Alonso es ya Sancho y Sancho ya no es más que Alonso.

Cómo a lo largo de tantas páginas Sancho aprende de Alonso y se va convirtiendo en él, y cómo Alonso deja de ser sí mismo para ser nada y morir triste, es un viaje que cada uno ha de hacer y sobre el que ya no me atrevo a escribir. Su pulsión no es sólo una afrenta entre una personalidad realista y otra idealista, ni sólo entre dos modos de ver la vida. Son dos opuestos que en un comienzo afrontan su camino en común de maneras muy polarizadas, van acercando posiciones, y terminan intercambiando caracteres. Su propia relación y el amor que se demuestran se alteran en esta balanza. Y dudo que haya novela en la que se muestre una relación siempre tan descompensada y tan llena de desencuentros, que únicamente se equilibra en dos puntos convergentes (principio y final) con la maestría con la que lo hace El Quijote.

En esta historia menor, la menor de mis historias que es mi andanza y continua desventura por este siglo perdido y de perdición, a mí -como a Alonso- unos señores llamados Gabriel, Oscar, William, John, Robert, Julio y Jorge, tuvieron a bien llenarme la cabeza de pájaros. No fue Amadís de Gaula ni caballeros de alcurnia y escarnio, pero mi madre bien quiso las más de las veces purgarlos de mi existencia para que esta viera otra luz que no fuera la de los libros. A través de ellos Oscar me hizo creer -y demasiado- en la belleza; Gabriel me dijo que no pasaba nada por esperar toda la vida, siempre y cuando tuviera yo cuidado pues si me condenaba a la soledad no tendría una segunda oportunidad sobre esta tierra; Jerome me enseñó a escapar como mejor salida hacia adelante, a nunca dejar de buscar la respuesta de mis propias preguntas; Vladimir, a no pedir perdón por lo que se ama, a saber que se ha de amar con pasión y, si no, mejor no amar; Fiódor, que mis vicios determinarían mi personalidad, y lo que ahora soy, porque somos aquello que amamos, pero más aún aquello que nos consume.

 

From hell's heart I stabbed at thee.
From hell’s heart I stabbed at thee.

 

Como Alonso, necesité, necesitaba, un personaje secundario que me bajara de las nubes al Hades que es este mundo. Mi Caronte, mi Sancho, mi personaje secundario siempre ha sido Guiomar. A ella le gustaba la moda lo mismo que a mí me asustaba; ella ha sido de bicicleta y calle lo mismo que yo de leche caliente y periódico; ella es irónica cuando yo me enredo en el sarcasmo; y hasta esta segunda parte de nuestras vidas, ella ha sido la borde y nada cariñosa, y yo la empeñada en demostrarle al mundo cada ápice de mis sentimientos. Pues era yo quien le recriminaba su frialdad y buscaba su afecto; y ahora soy yo quien descubre palabras de desagrado por lo que era y he dejado de ser.

Porque era la chica que, durante cuatro años, subió cada noche a un quinto piso buscando el abrazo de Alberto. La que, día uno y otro también, buscaba la frase perfecta para adornar con su letra y alegrarle el día a Antonio. La que fallaba una y otra vez y fallaba mejor todavía. La que se enamoraba y lo decía, porque quién no iba a enamorarse perdidamente a los veinte años con tantos hombres de tu vida como parecía haber. Era también la que decía a los amigos a los que quería que los quería. Porque -entonces- no parecía haber problema en decir te quiero, o te necesito, o quiero que estés aquí.

En algún momento al comienzo de la segunda parte y con mi Sancho en su propia ínsula valenciana -no sé si, quizá, porque alguien murió y se llevó a mi Alonso interno consigo- me convertí en esto que soy; en la chica que se va por la mañana, la que abandona y no lucha por lo que quiere; la que confunde capricho con puro y genuino sentimiento, amor con simples ganas de pasarlo bien; la que se acostumbra a lo que no merece, vive por inercia y viaja pensando -esperando- que en algún lugar de este mundo lo que busca la encontrará. Pues no sabe qué busca ni ya tan siquiera qué significa encontrar.

No sé en qué momento, y no hay noche de insomnio que me haya ayudado a recordarlo.

Y no es que no quiera ser Sancho, es que a mis ojos de extraterrestre les iba mucho más la mirada romántica de Alonso.

 

And for hate's sake I spitted my last breath at thee.
And for hate’s sake I spitted my last breath at thee.

 

Que así, podría volver a ver gigantes donde sólo hay pusilánimes.

Cariño en lugar de mera cortesía.

Y sentiría alegría a la luz de fortuitas y nada elaboradas mentiras.

Pues no quiero sentirme más como un moribundo Alonso, sin un Sancho que clame por que volvamos a salir a derrotar molinos, a cabalgar palabras, a crearnos una vida inmortal de la que alguien, algún día, hablará con orgullo.

Vale.

 

 

 

Líbano para literatos.

 

Es esta la historia de quien partió cuatro días a Líbano, intentando escapar de su mundo descomunal.

«La caminante sobre el mar de agua.»

Allí caminó por La Corniche, enfundada en su sudadera azul recién adquirida en el templo Hard Rock, pensando en no pensar, pensando en que la suerte, para ella, volvía a ser una ramera de primera calidad.

Allí tuvo ocasión de volver a reír a carcajadas, de saltar entre camas, de gritar, allí donde solía ella gritar. Tuvo ocasión de cantarle a John Boy como si el mundo estuviera a punto de terminar, de compartir un iPod en un autobús, de sentir el mar. Y hasta ella, que odiaba las iglesias, tuvo ocasión de ver una de las iglesias más bonitas que jamás vería.

Iglesia de San Juan Bautista. Byblos

Allí vio a niños sonreír porque tres desconocidos les tomaban una foto. A quien, inocente y feliz, nos preguntaba “how are you” incesantemente, sin encontrar más respuesta que tres corazones encogidos. A quienes la saludaron en la distancia, en un saludo que más bien sintió como una muestra de agradecimiento. Y un aplauso ensordecedor porque un hombre le tocaba el hombro a una mujer.

Vio muerte y destrucción.

 

Y allí, entre edificios bombardeados de oxígeno, conoció a un príncipe, que le pidió que le contara historias a él y a su consorte porque ella, a su tenor, parecía saber contar historias, aunque solo fuera a través de unos ojos gigantescos que siempre, siempre la delataban.

Y eso hizo. El príncipe reía y reía, y ella se sentía feliz. Pero de repente, sin preverlo, dudó de su felicidad. Su cara se entristeció y sus ojos, espejo de su alma, miraron cabizbajos a su príncipe, clamando por la retirada. Acudió al baño a enjuagarse las lágrimas que empezaban a asomar y, allí, al verse en el espejo, lo comprendió, todo.

Comprendió que aunque sintiera las cosas de cierta manera, ello no las convertía en lo que ella querría, en lo que ella deseara. Comprendió que la gente se muere, que la gente se mata, que hay países en guerra, y que nada de aquello iba a cambiar por más que ella así lo anhelara, con todas sus fuerzas. Y comprendió que aquel príncipe nunca vería en ella más que a una niña mona e inteligente, con la que reírse de sus extravagancias y ocurrencias. Y que nunca, nunca le diría la verdad.

Y, entonces, se desvaneció.

La consorte real, apremiada por su príncipe destronado, corrió cuando le avisaron de que una niña, de ojos ensangrentados, yacía en el suelo entre los restos de un espejo roto.

– Ya no os contará más historias, Alteza. Me temo que se le ha roto el corazón.

A lo que el príncipe proclamó:

«De ahora en adelante, que todos los que vengan al Líbano no tengan corazón.»