Mi gran Όχι

 

 

Conocí a Esther gracias a este blog. Ella me leía -hacíamos juntas el mismo programa de becas, desde lugares harto diferentes- y un 4 de mayo de hace ya cuatro años me escribió: «uno siempre es en esencia el mismo, sólo acumulamos etapas a lo cebolla; y, en esa esencia, está escribir muy bien: sigue usando la escritura como catarsis». Yo no había visto nunca a Esther. No conocía su pequeña pero increíblemente expresiva nariz ni era consciente de ser mucho más alta que ella, tampoco había visto la cantidad de gestos que es capaz de hacer con su boca, es muy probable que Esther ostente el premio a la persona que conozco que más muecas, derivadas y claras puede hacer con su boca. Tras su comentario la agregué a Facebook, empezamos a hablar, la amistad surgió como surge siempre todo lo bueno y las mejores cosas de la vida (que, les insistiré una vez más, no, nunca las elegimos nosotros), naturalmente, sin forzar, sin apenas planearlo. La admiración se dio, del mismo modo, naturalmente, sin forzar, uno ve que no se puede no admirar a Esther cuando se la conoce. Ahora hablamos todos los días. Es la persona (una de las) a la que acudo cuando pasa algo. Sólo tengo que encender WhatsApp, buscar su nombre -que siempre estará ahí, en los primeros- y escribir «Esther». Y ella sabe qué hacer. Sabe que no necesito consejos mágicos, guías vitales, reprimendas, hostias, aplausos. Sabe que sólo necesito palabras más, palabras menos, la certeza de saberla al otro lado, alguna broma o chisme que nos lleve a hablar de otra cosa, conocer la última ocurrencia de Tinta, hablar de aquél al que profesamos admiración mutua en secreto, y no tan en secreto. Esther es catalana, y un día dijo sí a un proyecto político en el que cree, o más bien dijo sí a medias, pues aún muchos no quieren dejarle decir rotundamente sí. Hace quince días yo me iba de una patria que había dicho no, rotundamente no, porque al fin alguien les había permitido decir no. Volví al lugar al que llevo tres años diciendo sí. Sí a otro trabajo (y van cinco), sí a otra noche contigo (y fueron muchas, aunque no se las contáramos a nadie), sí a copas, planes, ratos que provocaban más vacío que aquel que pretendían suplir. Sí a no ser feliz porque necesito «el» dinero, porque no hay Troika que a mí me rescate ni banca privada que sostenga mi déficit primario, sí a que fueran sólo los fines de semana fuera los que me plasmaran la sonrisa en la cara. Volví, y tal y como volví vuelvo a irme, porque los griegos habrán perdido, y nosotros con ellos, y poco sabio sería no admitir que la decepción duele tanto o más como todas las que llevamos a cuestas. Pero no es ninguna tontería, tampoco, contar verdades y contar -porque es así, joder- que hemos recuperado la dignidad (ellos) y que podemos recuperarla con ellos. La dignidad se recupera diciendo no. Όχι. La dignidad se recupera plantándose y reconociéndose (a sí, a uno mismo) que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y que, de no serlo, qué menos que que nos dejen decirlo. Yo lo digo: Όχι. Όχι a los jefes que aprovechan que saliste a comer para entrar en tu ordenador, leer tus conversaciones privadas y – no contentos – a tu vuelta gritarte que eres muy poco profesional. Όχι a esta ciudad, gris, deprimente, poblada de personalidades banales cuyo único denominador común es su falta de rumbo. Όχι a ti, porque nadie más lo ha hecho, pero alguien tiene que decirte que eres un hijo de puta, así como alguien tuvo que plantarse, levantarse e irse, zapato o no en la mesa mediante, y espetarle a la Troika su verdadera condición: terroristas. A ti, mi particular Troika, alguien tiene que cantarte que no sé cómo te atreves a venir a decirme que me quieres, a pedirme que no cuente nada a nadie, a besarme en tu cocina mientras esperas que llegue la otra, a personarte en mi casa borracho como una cuba horas antes de irte de Bruselas, «porque es la última noche que pasaremos juntos». A ti, que seguirías buscándome, mientras vas ahora de la mano por Madrid con tu quincuagésima novia (todas son novias, todas menos yo). Όχι a seguir recordando (y eso que no consigo olvidarlo) dónde están todos y cada uno de los lunares de tu espalda. Y al final mi Όχι es a rendirse, a creernos, como creímos durante muchos años, que está todo hecho, pero porque no hay nada más que hacer. Ni está todo hecho ni nos moriremos habiendo finalizado nuestra labor, no porque la emancipación sea una utopía, sino porque la emancipación es una constante. Όχι a creer, y hacer creer, que no podemos mejorar. Όχι a creer, y a hacer creer, que para mejorar no necesitamos -nosotros- mejorar.

Todo Όχι es un sí. Mi sí es a España, a los amigos, a la patria. Un sí a los que aplauden que, antes, ahora y siempre, siga usando la escritura como catarsis.

Un sí a quienes entienden que lo normal, un jueves por la mañana, es encontrar un mensaje de una amiga que dice «me voy a Grecia el próximo domingo». Un sí a quienes me escriben en ese momento para que pueda compartir mi alegría con ellos, porque saben – y entienden – que no quiero compartirla con nadie más. Un sí a los que me quieren. Un sí a los que me recuerdan que estoy muy mal de la cabeza, pero que es valiente, muy valiente, y digno, muy digno, irse a otro país porque, simplemente, quieres hacer bulto en una plaza en la que quedará para siempre el recuerdo del momento en el que se dijo Όχι.

Como quedará en mi memoria la certeza de todas las cosas, personas, y momentos, a los que yo tenía que decir Όχι para volver a ser feliz, tumbada en el césped de una plaza llamada Syntagma, viendo las estrellas, un domingo 5 de julio de 2015 en Atenas.

 

 

 

 

 

Coda (planetaria):

 

«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»
«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»

 

El sábado pasado, Mendieta tocó con Los Planetas Un Buen Día, y nos marcó a todos – más a los allí presentes – un gol realmente increíble.

Cualquier día del último año, habría deseado haber estado allí, contigo.

Hoy deseé muy, muy fuerte, haber estado allí sin ti.

 

 

 

 

 

 

 

Candela

 

 

Ella, en cuestión y cuestionada.
Ella, en cuestión y cuestionada.

 

 

Candela nació el 4 de febrero de 1997.

Hoy cumple dieciocho años.

La noche del 3 al 4 de febrero de 1997 yo dormía con mi madre en el cuarto de invitados. Con mi madre y con una barriga gigantesca de ombligo extemporáneo que, desde que existía, no había hecho más que añadir pesadumbre y desafección a mi vida. Miedo, mucho miedo. Qué saldría de ahí. Dejaría de quererme mi madre. Sería la amiga que necesitaba. Por qué llegabas cinco años tarde. Serás mejor que yo. Serás más guapa que yo.

Mi abuelo me despertó y, al darme la vuelta, vi que mi madre no estaba. Me asusté. Dónde estaba mi madre. Cómo podía haberse ido sin yo darme cuenta. Qué clase de hija era.

Mi abuelo me explicó que mi madre estaba en el hospital, y que iríamos a verla por la tarde, cuando saliera del colegio.

La primera vez que oí hablar de Candela fue en el verano de 1996. Estaba con Guiomar sola, en su casa (en aquella casa que no tenía sino Luz) y sonó el teléfono. Vas a tener una hermana, ¿estás contenta? Y el silencio. El shock. Había aceptado que estaría sola siempre. Había aceptado que sería hija única siempre. Mi madre era ya mayor, 39. Me habían dicho que a esa edad ya era peligroso fabricar niños. No contesté, y ella se puso triste.

Me recordó que yo siempre había querido tener hermanos.

Fue la primera vez en mi vida que entendí el significado del ya tan célebre en mi existencia “Be careful what you wish for”.

 

 

In the end, I always get it.
In the end, I always get it.

 

 

Y ya cuando la vi tenía miedo de sostenerla. Tenía miedo hasta de mirarla.

Sus primeros años fueron extraños para mí, y mi total incapacidad para cuidar de ella (lo que incluyó accidentes domésticos del calibre de pillarle los dedos con una puerta y que se le cayera un mueble-archivador encima) provocaron que no me convirtiere en la jovenzuela más maternal del universo.

No. Nunca he sido la mejor hermana del mundo. Realmente, nunca he estado ahí. Candela pasó muchos años fuera, con mi madre. Y, cuando cumplió siete años, yo me fui de casa. Apenas volví. Nos veíamos tres, cuatro veces al año. Y, aún así, ella desarrolló una suerte de inexplicable admiración hacia mí, esa que sólo se entiende a causa del lazo de sangre o de la total afección por el sufrimiento.

La he querido mal. La quiero mal.

La he hecho llorar. La he hecho llorar muchas veces.

Pero al abrigo de ese absoluto y más que absurdo malquerer, yo desarrollé una obsesión que, no por primitiva, deja de fundamentar toda corriente que fluye entre su y mi alrededor. Pues yo tenía que protegerla. Yo, y sólo yo, podía evitar su sufrimiento y nunca hacerle partícipe de los males de este mundo.

 

 

Y reír. Y reír mucho.
Y reír. Y reír mucho.

 

 

Hay situaciones, plausibles porque son la vida misma, que creo no podré jamás soportar.

Como que me llame llorando porque le han roto el corazón.

Como que vague cabizbaja porque se ve incapaz de superar un duelo.

Como que se sienta frustrada porque en su vida hay de todo, y de todo lo necesario, menos motivación, menos sentido, menos ilusión.

Siempre he creído que, si yo sufría todas esas cosas de antemano, sabría identificarlas en ella y evitarlas. Siempre he creído que yo podría ser su Atlas y aguantar el mundo de las dos.

Pero una gran lección de 2015 es que no soy ni tan inteligente ni tan capaz como yo creo. Y ahora pienso que, inevitablemente, muchas de esas cosas pasarán y yo · no podré · hacer · na·da.

Candela y yo nos llevamos diez años y durante mucho tiempo bromeábamos con la entereza de la cifra. “Cuando tú cumplas dieciocho años, yo tendré veintiocho.”

Hoy cumple dieciocho años y estas letras son mi único regalo. Pero son también el mejor regalo que sé hacerle.

Y la mejor parte es que sé que las apreciará, como sólo se aprecia lo que se da a través del lazo de sangre o de la total afección por el sufrimiento.

Hazme un favor. Sólo uno. Obvia cualquier otra cosa que alguna vez te haya dicho. Cual-quie-ra o-tra.

Salvo esto.

 

Cuando todo parece que marcha mal, ten en cuenta que puede ser que sólo lo parezca.

 

 

 

 

 

 

 

¿Felices 18?
¿Felices 18?

 

 

 

 

 

Top #5: Canciones para una ruptura

 

Hoy voy a compartir algo muy personal (y alguien, llevándose las manos a la cabeza, entonará: “¿aún más personal que todo lo anterior?”). Sí, a riesgo de acabar componiendo un blog completamente egocéntrico, voy a sacar a relucir uno de mis innumerables Top 5, esos que no paro de hacer desde que vi (y leí) High Fidelity.

Ciertamente, tengo top 5 para todos los gustos: películas de Kubrick, canciones para ser feliz, sonatas de Beethoven, libros de García Márquez… Pero este verano anduve superando (el gerundio no es baladí) mi primera ruptura sentimental y comencé a elaborar un nuevo Top 5: Canciones para superar una ruptura (amistosa).

Y hoy lo quería compartir, con la esperanza de que a alguien pueda servirle algún día, con la esperanza de que alguien pueda darse cuenta de que no es esto lo que quiere, con la esperanza de empujar a alguien a seguir luchando y, por qué no, con la esperanza de dar a conocer letras alucinantes de grupos increíbles que, calidad musical aparte, hacen mi vida más fácil.

¡Empecemos! En el puesto #1, llegado directamente a mi corazoncito una tarde de verano de lamentaciones encontradas:

Luis Ramiro – EL RELOJ

 

Esta canción y, en general, la obra de Luis Ramiro, me han salvado en más de una ocasión. Imprescindible para los momentos en los que tu autoestima se va de paseo con la de Larra, y no sientes nada más que abandono. Es entonces cuando realmente aprecias el placer de escucharla muy, muy alto, y gritar con todas tus fuerzas: «Estaré bien… aunque olvidarte me cueste la vida».

 

En el número #2, y subiendo…

 

Los Planetas – SANTOS QUE YO TE PINTÉ

Digo “subiendo” porque nunca la habría considerado de no ser porque, durante su concierto en el ContempoPránea, la tocaron, y la gritamos entre todos, y me sentí, al fin, comprendida. Tiene momentos muy grandes pero, sin duda alguna, el “momentazo”, donde todos nos desgañitamos y donde se nos pusieron los huevos de corbata, fue éste:

Puedes buscar por tierra,

puedes buscar por aire,

que como yo te he querido

no va a quererte nadie…

No va a quererte nadie.

Y hay quien está completamente de acuerdo conmigo. Al fin y al cabo, el término de cualquier relación siempre allana el camino de esos «demonios que tienen que volver».

#3:

La Habitación Roja – EL EJE DEL MAL

Quizá sea la más dura de todas, perfecta sustituta de otras aún más duras cuando no quieres sobrepasar tu dosis necesaria de rencor. Porque, aunque sea cierto que «no vas a volver a sentirte único, algo especial, algo importante…» tampoco sabemos cuándo vamos a volver a sentirnos así nosotros.

(Como agradecimiento, admitiré que tenía olvidadísimos a los buenos chicos de La Habitación Roja, hasta que este verano una intensa discusión musical me empujó a volver a escucharles. Abella, gracias.)

#4:

La Casa Azul – COMO UN FAN

¡¡¡¿¿¿QUÉ QUIERES QUE TE DIGA???!!!
¿Que mi vida va genial? ¿Que todo transcurre tal y como lo pensé, tal cual, sin más?

Esta canción hace referencia al adjetivo de ruptura “amistosa”, ésa en la que su propia definición implica no poner tierra de por medio y procurar continuar con el fundamento de cualquier relación de pareja, la amistad. Algo que, sobre el papel, queda muy bonito pero que puede llegar a hacerse muy cuesta arriba. Es entonces cuando te dan ganas de gritar treinta veces un “¿qué quieres que te diga?” y acudes a la eterna revelación indie de Guille Milkyway, por puro desahogo.

Elementos personales aparte, para mí “Como un fan” guarda también esa fantástica ironía de comparar el amor a una persona con el amor a un grupo, o a una canción. En cualquier caso, en ambos casos, perdemos la cabeza, y eso es exactamente lo mejor de todo: que nos gusta tanto un grupo, una canción, o una persona… que nos duele. Y ese sentimiento, aunque pueda cambiar con el paso del tiempo -puedes darte cuenta de que los últimos discos de Oasis son una patatuela asada, pero tú siempre les tendrás en lo más alto- siempre quedará como remanente de lo que fue, lo que es, y lo que pudo haber sido. Y la belleza de este hecho es directamente proporcional a la putada que supone el puro anhelo de lo que no existe.

Porque «nunca, nunca más me voy a recuperar…»

#5:

Love of Lesbian – 2009: VOY A ROMPER LAS VENTANAS

Es una elección dentro de un disco fundamental para superar una ruptura: 1999. Para los que no lo hayan escuchado (craso error, amigos míos) es la historia de una relación, que tuvo lugar en 1999 -cuándo, si no-; en este sentido, cuenta prácticamente todos los aspectos de una relación: sacrificios iniciales que al final se convierten en nuevas pasiones (Club de fans de John Boy), la pesadez de tener que escuchar historias pasadas (El Ectoplasta), los indicios de que -por más que uno lo desee- algunas personas no están hechas para estar juntas (1999).

Para mí, es lo mejor que se ha publicado en este país en muchos, muchos años. La sinceridad que Balmes demuestra en sus letras, y la magnífica orquestación de todas las pistas llena un disco que se defiende como tal, como obra maestra por sí sola -que es lo a lo que un disco siempre ha de aspirar-. Pero tenía que elegir una única canción o, de otro modo, habría desvirtuado todo mi Top 5. Finalmente, he elegido 2009 porque incluye la que, para mí, es la clave de cualquier ruptura:

Después de estudiar con cuidado este caso
ejerciendo a la vez de fiscal y abogado,
de juez imparcial,
sentencio lo nuestro
diciendo que el fallo más grande
pasó por guardar
solamente los días más gratos
y olvidar los demás.

Ése es el quid. Recordar que no todo fueron safaris por el parque, conciertos, conversaciones memorables y miradas. Recordar que hubo muchas cosas buenas, y muchas otras malas, que finalmente acabaron pesando sobre las primeras. Los que hayan visto (500) Days of Summer recordarán la escena en la que los amigos de Tom le dicen esto, que tiene que recordar también las cosas malas, y la historia cobra un nuevo sentido; cuando ya no es el buen gusto musical de Summer, sino su intolerancia impositiva, cuando ya no son sus miradas de reprobación, sino sus continuas faltas de respeto. Recordar que, quizá, Summer nunca fue la mujer de tu vida ni tú el hombre de la suya porque, de haberlo sido, seguiríais juntos.

Como habéis visto, todas son tristes, pero todas, al mismo tiempo, tienen un ligero punto de maldad, de ironía, tan necesaria a veces para volver a mirarse en el espejo y volver a creer que, aun abandonados, merecemos la pena.

[Canciones para superar una ruptura (no amistosa), también aplicables a cualquier tipo de desengaño amoroso -de esos que, durante cierta etapa de nuestras vidas, parecen sucederse sin ánimo de espera- debería incluir Pesadilla En El Parque de Atracciones, de Los Planetas y, seguramente -como colofón final a cualquier ataque de odio desmesurado- Bravo, magnífica canción nacida de la unión musical de Bunbury y Vegas.]

No espero que alguna vez les sirva. Espero que, aunque haya 15.102 km de distancia de por medio, algunos sepan darse cuenta de que, cuando no hay nada malo que recordar, merece la pena seguir luchando.

(Miss Top 5 seguirá informando desde Ammán.)

Mi hermana pequeña

 

Muy rara vez me encuentro tan inspirada para publicar dos entradas. Pero hoy sí. Después de un día con altibajos, cuya tabla de tensión sería digna de un capítulo de J. J. Abrams, he llegado a casa y he sonreído. Al fin.

Mi hermana, mi hermana pequeña, me ha dejado un comentario. “Cierto que aquel policía era guapo, por eso creo que deberías escribir un texto (o sucedáneo) sobre todos los chicos guapos con los que te cruzaste alguna vez, así por lo menos te entretienes en esas cuatro paredes tan sofocantes y subyugantes.”

Para quien lo lea, puede resultar un comentario nimio, incluso pomposo: ¿qué hace una niña de trece años escribiendo palabras como sucedáneo o subyugante? Pero está todo medido al milímetro. “Sucedáneo” es una palabra que me escuchó decir pocos días antes de venir a Jordania y, arrugando la nariz y con su típico acento de Badajoz, me dijo: ¿qué é esooo? Entonces se empeñó en que tenía que enseñarle palabras extrañas; y allí estábamos, jugando al juego de las “palabras que se autodefinen”, y yo intentaba explicarle qué significaban cosas como “conspicuo” o “rimbombante”. Me la imagino en clase, aburrida, y repitiendo en su cabeza… “Qué consumo más conspicuo, qué discurso más rimbombante… voy a comprarme un refrigerio o sucedáneo”.

“Sofocante” y “subyugante” tienen otra explicación; y es que, en otro de mis blogs, laenanadewilde.blogspot.com escribí un texto para el primer aniversario de la muerte de alguien a quien, de alguna manera, quería honrar. Cuando lo leyó, me dijo que le gustó, pero que no entendía por qué escribía dos palabras seguidas que prácticamente significaban lo mismo. Ahí la tienen, mi mejor crítica literaria vivía en la habitación de al lado y yo no lo sabía.

Hoy, aun estando lejos, quería honrarla a ella, a mi hermana pequeña. A la niña que se enfada conmigo porque dice que no entiende por qué le dedico una canción de Los Planetas para luego dedicársela también a mis mejores amigos. A la niña a la que le gusta ver El Halcón Maltés conmigo, y en VOSE, aunque Bogart hable tan rápido que no pueda leer los subtítulos. A la que empatiza con mis problemas, la que los simplifica, la que me devuelve mi inocencia cuando me da un ataque de cinismo. A la que me dice que, como no madure de una vez, voy a pasar de “verde” a “pocha”, y nunca llegaré al color rojo. Con lo que a mí me gusta el color rojo.

 

Aquel día te quería golpear...
-Ella y yo, verano de 2010-

 

Nos vemos en Navidad.

 

Y, otro día, hablo de los chicos guapos que se cruzaron en mi vida… Alguno creo que lee este blog, ;)