No lo lea de noche

 

Llevo desde las seis de la tarde queriendo escribir. La cronología ha sido la siguiente: he vuelto a casa caminando, y he sentido el domingo por la tarde. Sí, ya sé que es martes. Esta misma mañana la sentía como una más de sábado. Pero no he podido evitarlo, de repente estaba ahí, el domingo por la tarde y tú, y la obsesión que sé que tienes por los domingos por la tarde. He deseado tanto que me escribieras, para poder intercambiar dos frases contigo, y nada más. Sólo para saber que, un domingo más, me recordabas. Te he buscado, lo confieso, quizá tenías alguna foto nueva que me dejara saber algo de ti, algo que no fuera sólo mi pura elucubración. Mis elucubraciones suelen estar llenas de un montón de chicas que se parecen a mí, pero que no son yo, y que no entienden, no saben lo que son nuestros domingos por la tarde. Y luego he recordado que es martes, que hoy es martes, no domingo, que para ti no es festivo, que ha sido un martes más. Uno más en el que si te has acordado de mí, desde luego no me lo has dicho. Y ya no he querido escribir, he intentado distraerme. Ver series, leer, ser yo. Todas esas cosas que me gusta hacer sola y que tú querías hacer conmigo. Después de buscarte a ti he entrado en mi propia espiral de destrucción: he buscado a todos los demás. Lo hice la semana pasada, cuando escribí Lost, Gone, Girl. Entré en esa espiral en la que leí muchos, muchos correos electrónicos. Los tuyos no, no tengo. Pero de él sí, tenía muchísimos. Tenía incluso uno en el que decía que nunca se acostaría con una chica que conocíamos, que no podía ni pararse a pensarlo. Sí, luego lo hizo, ya ves, los hombres a los que elijo tienen las convicciones justas para terminar el día sin haberse cambiado el nombre. Le he buscado a él, sí, hasta el punto en el que he entrado en mi lista de suscriptores del blog y su nombre ya no aparecía. Tengo un follower menos, he pensado. Y me ha importado tan poco. Y me he alegrado tanto. No quiero que me lean los que no me entienden porque ni tan siquiera lo intentan. No quiero que me lean los que no me merecen. Y sin embargo ha aparecido de nuevo: esa sensación asquerosa y horrible de que nadie me lee, de que soy una pérdida en mí misma, de aptitud, de aptitudes, de existencia. Y he dicho: no, no escribas. Para qué vas a escribir. Para contarle de nuevo al mundo que, como el año se acaba, y Madrid está gris, y anochece tan pronto, sigues dándole vueltas a esta apetecencia que tienes por estar con alguien y a esa otra parte de ti que te dice que lo dejes, que todo siempre sale mal, que todo siempre es una mierda, una mierda en la que acabas escribiendo sola entradas que nunca leerá nadie. Y en ese momento, cuando ya no tenías nada más en lo que pensar, cuando volvías a refugiarte en ese libro, te ha llegado un mensaje. Hoy he leído una entrada tuya, y me ha parecido la hostia. Y como sé que lo que uno escribe sólo tiene sentido cuando un desconocido lo lee, que sepas que soy ese desconocido. Para colmo no es un desconocido, es alguien de quien he llegado a imprimir artículos, yo, que encuentro que el noventa y nueve por ciento de los que se autodenominan escritores no llegan ni a cuentacuentos. Yo misma. Yo incluida. Y he dicho: qué coño, siéntate, siéntate y escribe una vez más sobre lo mismo, suéltalo. Él no lo leerá, él tampoco, les puedes decir ya que te han destrozado y que te han convertido en esta persona incapaz de confiar en nadie, acomplejada con que ya no merece la pena ni intentarlo, segura de que no soportarás otro momento así, otra irregularidad, otra desgana contenida, otro ya no hay más que hacer. Resultó que no te necesitaba a ti para escribir, resulta que sólo me necesito a mí para hacerlo, siempre y cuando alguien pueda, quiera y sepa hacer esto suyo, de algún modo, y no sé cuándo. Quizá hasta algún día lo leas tú también. Y entonces podrías decirme si me quisiste de verdad alguna vez.

 

 

 

 

 

De domingos por la tarde y la muerte del amor

 
 
 
“-I loved you and then all we did was resent each other, try to control each other. We caused each other pain.
-That’s marriage.”
Gone Girl, David Fincher (2014).


Gone Girl, Gone Love.

 

Una vez, hace ya tiempo, un buen amigo me dijo que lo que buscamos en una pareja es alguien con quien ver películas los domingos por la tarde.

Pero no, no es así. Puedo sostener y sostengo que los domingos por la tarde mataron al amor. Cuando Sabina cantó que no los quería, sabía de lo que hablaba. El domingo de la Cristiandad y del calendario gregoriano, y del capitalismo que lo adaptó y lo perfeccionó, tornándolo el día más temido de la semana. La antesala del lunes, el punto y aparte. Cuántas parejas se habrán roto un domingo por la tarde ante el cansancio de no poder seguir siendo lo que ya antes no eran y ahora ya no son.

Ayer fui al cine. Raro en mí, si me permiten la ironía. Y no era domingo por la tarde, pero sí una tarde de cansancio y de películas que te devuelven, a base de hostias, la imagen más dolorosa (por exacta) que tienes de ti. No me gusta construir entradas en torno a películas o novelas, lo saben. Dependo de que el lector las conozca y, en gran medida, de que comparta mi visión sobre ellas. Pero ayer llegué destrozada a casa. Y sin ánimo de machacarles ningún argumento, quisiera contarles por qué.

Gone Girl trata de muchas cosas, supongo. Pero principalmente habla (no, disecciona y, la mayor de las veces, filosofa) sobre la vida en pareja y el matrimonio. Cuenta siete años de vida de Nick, y siete años de vida de Amy. Relata las etapas básicas de cualquier pareja: a) cómo durante los primeros meses, años quizá, nos esforzamos por mostrar nuestra mejor cara; la necesidad constante de impresionar, de dar con el comentario ácido, de provocar la risa, de mostrar toda nuestra luz mientras ocultamos cada una de nuestras sombras; b) cómo las dificultades empiezan a romper toda esa pátina sobre la que hemos construido una realidad paralela; en su caso, los dos pierden su trabajo y han de mudarse de ciudad; c) cómo todo se va absolutamente al carajo.

Es aquí cuando les digo que a mí me obsesiona desde siempre la búsqueda del amor. Que no lo haya volcado con tanta claridad en una decena de palabras – hasta ahora – no le resta entidad como verdad. Por qué, y yo qué sé. Por qué nos obsesiona a todos, en última instancia. ¿Cada uno tiene sus razones? Lo dudo. No, no entremos en el análisis fácil, no. Occam y yo no somos amigos. Disney ha sido mi infancia, de acuerdo, pero García Márquez fue mi adolescencia y cuéntenme ahora de qué trata su literatura si no es de amor, sus formas – y otros demonios, sí. Pero desde luego Gabriel nos dio, si algo, historias de amor brutas, crueles, que no, no las quisiéramos para nosotros. Y empero sigo. A mí me obsesiona la búsqueda del amor, como a todos – supongo, aunque reconocerlo nos aleje de todo el empeño que hemos puesto en aparentar que todo nos da igual. Me obsesiona la búsqueda del amor como me obsesiona la vida, cada vez más que la muerte, y tener que vivirla sola. Insisto: no me malinterpreten. Los que me conocen saben que guardo tanto espacio vital que por menos se han declarado guerras. Y yo también quiero mi Anschluss. Amor, amores, habrá más que putas en este mundo. La cuestión es dilucidar qué cojones es para nosotros el amor, qué buscamos. ¿Y qué buscamos? Muchas veces me pregunto si no buscaremos simplemente a alguien que nos ofrezca comprensión. Comprensión, sí. Lo que yo habría querido ayer. La comprensión de alguien a quien pudiera contarle todo el dolor de esas dos horas y media. El verme tan reflejada en dos protagonistas tan odiosos. El ver a este mundo tan reflejado. A amigos, parejas, a mis propios padres, que me hicieron tragar tanta mierda que, voto abríos, cualquiera cree ahora con determinación en el amor. Y todavía: tengo la absoluta certeza de que todos nosotros, bien seamos raros, complicados, simples o llanos, compatibilizamos con muchos, muchos otros. No existe el hombre o la mujer de nuestra vida, existe su plural. Ahora, tengo también la cada vez más apremiante certeza de que las relaciones de pareja (las mías, al menos – qué coño, perdónenme, muchas de las que veo) han sido, son y van a ser como la de Nick y Amy. Eso. Ente A y Ente B, parapetándose en el interés que el uno causa en el otro, bebiendo de un ego retroalimentado, cultivándose frente a un espejo que te devuelve lo que quieres ser, y que proyecta sobre ti lo que no eres. “The only time you liked yourself was when you were trying to be someone I might like”, le dice Amy a Nick. ¿Y no es así? ¿No es esa la finalidad, la razón última por la que buscamos al otro? ¿Tengo que mostrar un desaforado interés por el apasionante mundo de los relojes porque a ti te enloquecen los relojes? Perfecto, lo haré. ¿Tengo que obviar el hecho de que nuestros referentes culturales no son los mismos? ¿Que nos cuesta captar nuestros dobles sentidos? Sí, por qué no. Funcionaremos, claro que sí, una temporada. Me atrevo a decir que seremos felices. Pero cuando te vea tal y como eres, y cuando tú me veas a mí, el amor no será suficiente. Nunca lo es. No: claro que no quiero ser esa persona otra vez. ¿Quieren ustedes? Y sin embargo eso es lo que percibo. El estar por estar. El estar mal y continuar. El estar sin follar diariamente y las pamplinas de siempre. «No puedes esperar eso, Violeta.» No espero nada ya, entonces. Llegar a casa sola y disfrutar de esa soledad cuando me apetezca. Llegar a casa sola y maldecir esa soledad cuando no la necesite. Entretanto, cometer más errores, seguir conociendo sliding doors, hombres que sí pero que no, con cada vez menos amigos que se interesen por todo esto porque se deben a sus parejas. A esas que les llenan el vaso de agua cuando cenan por llenarles algo, pero nada más. Vamos de millenials, de emancipados, de libres – y de libertinos. Y qué, qué nos diferencia de la generación de nuestros padres. Habremos follado más, quizá. Nos hemos drogado igual, pese a la novedad de nuestros desfases. Donde teníamos que sobresalir, la primera generación atea, feminista, inconformista, los hijos de los ochenta, no era en esta suerte de eterno retorno: decimos sí al trabajo de oficina que bah, nos sublimamos a la pareja con la que nos sentimos cómodos. Me cago en la puta. Para sentirme cómoda me compro un sillón reclinable de esos que te masajean hasta cuando no lo necesitas. Sí, pensé que nosotros seríamos diferentes. También pensé que para mí sería diferente. Y no, fue y ha sido la misma mierda. Ahora no hay espejo en el que quiera mirarme, no hay pareja que me recomponga el ánimo. Y apuesto a que el silencio que se hizo ayer en el cine -antes de que todo el mundo se lanzara a proferir comentarios de arrabalero crítico- obedecía a que indudablemente se habían visto de esa misma tinta: mintiendo, ocultando, obviando las partes de su forma de ser más desagradables. Para gustarte, para que te enamores de mí. Durante unos segundos sería así; y luego, de camino a casa, pensarían: «no, nosotros no somos así». Pero sí somos así, sí somos esa misma mierda desde el minuto uno. Desde el momento en que nos repasamos el ojo antes de quedar con alguien, nos lavamos los dientes por tercera vez apresuradamente, nos ponemos la ropa interior de molar (la que sabemos que nos queda mejor), cinco toques de perfume y no sólo dos; desde y porque evitamos sacar ciertos temas, quizá no hablar de política o de religión, quizá obviar bromas que pueden muy fácilmente malentenderse. Todos esos por si acaso que ponemos en marcha para gustar, para enamorar. Pero a quién. ¿A ellos, a ellas, o a nuestro ego? ¿En qué creo ahora? ¿En qué puedo creer? ¿En más domingos por la tarde? ¿En la próxima persona para la que representaré este juego? ¿En mí? ¿En ti, que podrías haberlo sido todo, si no hubiera visto tu cara oculta tan pronto? ¿Si nos hubiéramos conocido hace cuatro años, quizá, o mejor dentro de cinco? ¿En el amor tal y como no es? ¿En el amor tal y como debería ser y no será?

En mí.