Venezuela para literatos

 

Es esta la historia de quien se fue dos semanas a Venezuela, aquella que Américo Vespucio nombró, presa del extrañamiento, cuando al desembarcar lo que vio le recordó a la Venezia italiana.

La Venezuela que es mil veces mejor que la Venezia italiana.

Cuando, el Jueves Santo de 1812, un terremoto asoló Caracas y otras ciudades de la costa venezolana -algo que la Iglesia de entonces consideró un castigo de Dios por haber luchado por la independencia- Simón Bolívar se dirigió a los suyos y les dijo: «si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella, y haremos que nos obedezca».

Ella y un Libertador.
Ella y un Libertador.

Ella -pues es ella a quien nos referiremos- se preguntaba cómo sería luchar contra su naturaleza y hacer que la obedeciera. Ella, que como dijeran aquellos versos de Cernuda, no conocía más libertad que la de ser presa de alguien cuyo nombre no puede oír sin escalofrío.

Ella sabe, con casi todas las certezas posibles, que cuando regrese ocurrirá lo mismo que casi todas las veces certeras. Ella habrá vivido tantas cosas, en tan poco tiempo, que se sentirá volviendo de un estado de ebullición en el cual el tiempo no era ya relativo, sino otro por completo diferente. Cuando regrese se sabe que será con el pecho henchido -ella, que ha conocido letras superiores a la B sólo en aviones-, y también que aterrizará sobre sus lugares comunes de antes. Que los amigos le contarán las novedades, y que a ella le resultarán nada novedosas. Las habrá que hayan engordado, adelgazado, envejecido incluso, si el tiempo hubiera sido en efecto otro por completo diferente. Los habrá que hayan encontrado el amor, y quien lo haya perdido, aunque en perder el amor ella siga entendiendo una suerte de bendición en forma de eterno retorno de la libertad. Los habrá que compartan su punto de vista y quien, sin encontrar el amor, haya encontrado en dos semanas asilo y refugio en más de una cama.

Ella aterrizará, qué duda cabe, desde un país que exporta misses, telenovelas y petróleo. No en ese orden, pero sí en barriles Brent, a razón de varios litros de sudor -y aún más de sangre- por minuto. Exporta eso, y nada más. Pues es un país al que alguien, en algún momento de su historia, le hizo creer que no valía más que aquella simiente negra que corría bajo sus tierras.

Qué equivocados estaban, pensaba, los que no se maravillaban ante un país donde la guardia del aeropuerto te pregunta por qué hay en tu pasaporte letras “como en musulmán”. “Es árabe”, les contesta. “Es poco usual encontrar esto, señorita, y más con tantos sellos; dígame a qué se dedica usted, qué fue a hacer a ese país”. Y el recuerdo de por qué fuiste a Arabia Saudí la sacude de pronto, y muy fuerte, y presa una vez más de su propia naturaleza no sabe qué responder.

Un país donde te insisten para que pruebes sus cervezas, de cuatro grados, y tú rebates que no, que estás aprovechando tu estadía para desintoxicarte de una vida de excesos. Quizá sea por eso, porque te ven como alcohólica empedernida a reformar, quizá -sea esto más probable- porque vuelves a tener la suerte de conocer a gente increíble allá a donde vas.

 

Birongo, Venezuela.
Violeta, Flor de Birongo.

 

Vienen, y te llevan a cenar pizza al horno de leña, a comer sushi con plátano tostado, a subir el monte Ávila -y tú en Converse, ojos de princesa-, a probar bombones de lujo “hechos a la manera belga”, no vayas tú a extrañar lo que no es tuyo pero también te pertenece. A comprar libros, libros, libros; a montar en vagones de CAF y, a la salida, ver la CAF por la que suspiras. A conocer los paraderos de ese personaje que tanto idolatras, esa línea más entre el amor y el odio que ha sido siempre para ti Simón Bolívar. Y al teatro, glorioso teatro, donde no puedes sino interpretar como una señal que una de las protagonistas se llame Violeta. Como tú, y con sólo una t, que dos -es sabido- son demasiadas. Un teatro como tú: ávido, exigente, discursivo. Y no te preocupes, que no abandonarás el país sin tener grabado a fuego en tu memoria el bigote de Juan Vicente Gómez. El de Maduro, por descontado. Que al fin y al cabo, es Movember.

Y no sufras que tú, el Salto del Ángel lo ves antes de poner un pie fuera de Venezuela.

Venezuela: el país donde te ofrecen 200 bolívares al día por picar cacao, pero la carne de lapa se cotiza a 10.000 el kilo. Donde 10 litros de gasolina cuestan sólo 1 bolívar, lo que supone 0,11 euros al tipo de cambio oficial – no queráis conocer cuánto usando el paralelo. Lo mismo cuesta un ‘ticket’ de metro. Pero un país, también, donde te encuentras con que un desodorante marcado en 16 bolívares cuesta 52 cuando llegas a la caja. “No señorita, esto ha subido desde que usted lo tomó hasta ahora; lo paga, o lo deja.” Cómo cambia la vida en un pasillo, piensa.

Donde ha conocido una izquierda que desconocía, y una derecha que no querría conocer.

Uno que no se visita por miedo y que, de tan interesante, se convierte en convulsamente maravilloso.

Ella aterrizaría, sí.

Pero aún tenía tres días para encontrar a quien, como profiriera Bolívar, la comandara a luchar contra su propia naturaleza.

Si es que en algún momento fuera eso lo que ella en realidad quisiera.

 

Ella y la sonrisa de felicidad.

 

 

 

 

 

Más países para literatos:
1.- Líbano para literatos.
2.- India para literatos.

De lo que no se puede describir

 

Hay mucho de indescriptible en la sensación que acompaña a la primera vez que haces pie en un nuevo lugar. Ningún Old Fashioned está a la altura de ese cóctel de adrenalina, miedo e ilusión que me acompaña esos primeros momentos de llegada, de desconcierto, de aventura. Poco hay comparable a esos trayectos en taxi desde el aeropuerto a la ciudad, esos primeros trayectos en los que tu mente ya no va a años luz/hora, sino que más bien se evade y se eleva, y te sientes poseída por tu propia mirada desbocada, que todo quiere abarcar.

Todo hay de indescriptible en la sensación de que podrías vivir de y con esa adrenalina, toda la vida.

Pero también hay algo de indescriptible en la sensación de aterrizar en Madrid, con unas llaves de una casa que no es tuya, una vez más. Algo indescriptible hay al abrir una nevera repleta de latas de Coca-Cola donde, además, alguien ha plantado boquerones y gulas. Y que, a su vez, la repisa se componga de Cola Cao, berberechos, patatas fritas, aceitunas, y chocolate (mucho chocolate). Indescriptible es la sensación de que alguien te conoce así de bien, a ti, que vas por la vida de complicada y que siempre has pensado que Delfos, contigo, no aplica. Pero no, porque indescriptiblemente alguien ha tenido a bien recordar lo feliz que te hacen pequeños detalles – y al natural.

Indescriptibles son también los whatsapps de cariño. Los «4.000 euros, esa es la cantidad que tienes que meter en la cabeza de tus captores cuando hablen de rescate; son todos mis ahorros», los «cuídate y que no te secuestren, o Bruselas será aún más triste». Los amigos que aguantan, soportan y -me atrevería a añadir- disfrutan cada estupidez que escupes.

Que estoy perdida lo he dicho ya muchas veces. Un breve vistazo a este blog y el adjetivo aparece explícito, o entre líneas las más de las veces, cuando no con luces de neón y un letrero que rece «se compra guía para la vida, dígame cómo van a ser el resto de mis días». Y quién va a quedarse y quién va a aparecer, y quién va a irse para que pueda yo prepararme y no duela, más. Ahora que veo una ciudad nueva por la ventana y sólo sé gritarle en silencio «ofréceme algo, invítame a querer quedarme en un lugar» pienso en quien está igual de perdida que yo en la forma (a veces, pienso, no en el fondo – ¿o era al revés?) y en innumerables intercambios en los que yo empiezo hablando de perdición y termino soliloquiando sobre hombres (curioso nexo). En uno de esos intercambios le dije que «Buscamos cosas que no existen. Y no es que nos hayan dicho que existan. Es que no entendemos nuestra existencia sin que existan. El trabajo soñado, la realización personal, el ocio permanente que nos permita leer dos, tres novelas por semana y un ensayo el fin de semana. Los chicos de metro ochenta y cinco que quieran estar contigo y con nadie más. Los amigos que se vayan contigo cada vez que te mudes de ciudad. Los padres que quieras visitar y que no conviertan en agonía permanente cada vuelta a casa. Las hermanas que no crezcan. Y un largo etcétera.»

 

A new window to look through.

 

Desde Caracas, añado. Buscamos cosas que no son. El problema no es que no existan, o que existan como agravio de la fortuna. El problema es que no son. Las hermanas crecen, y muy rápidamente. La mía, en concreto, tiene ya un novio (y un chico guapísimo, he de proferir) y tienen a bien recordarme lo fácil que es todo cuando es fácil. Luego seguimos. Hay padres que no cambian ni cambiarán nunca, y que bien podrían no ser y así no habría agonía que poder relatar. Los amigos no vendrán conmigo cuando yo decida irme de Bruselas. No vendrán conmigo los discos de Pulp, las noches de karaoke, las comidas y sobremesas que se alargan ni el quererse fríamente pero, para qué negarlo, quererse mucho. Así como a Bruselas no vinieron Alberto y María para decirme, y hacerme sentir tan bien cuando (me) lo dicen, que cada vez me ven mejor.

Los chicos de metro ochenta y cinco abundan, pero todos se van antes de que yo pueda mencionar las ochenta y cinco cosas que quisiera decirles. Yo, a veces, también me voy antes de que ellos puedan expresar las ochenta y cinco cosas que quieren que escuche. Llegando estoy a la conclusión de que ochenta y cinco centímetros y un metro es demasiado espacio para amar, cuando mi metro setenta nunca podrá cubrirlos por completo.

Y el trabajo soñado sí sé cuál es. Pero, de momento, no me atrevo a conseguirlo.

Por lo pronto, queda siempre la victoria y una foto de Chávez a lo lejos. Sensaciones nuevas que expropiar y, muchas de ellas, aún indescriptibles.

 

Pero bienvenidas.