Mi 2015

 

Ojalá pudiera seguirme a mí misma para encontrarme. Es un tuit. Acabo de escribirlo. Y de repente he sentido de nuevo esa urgencia de abrir una página en blanco y dejar que todo brote a borbotones. Escribir sobre un año más que no ha sido precisamente el año que yo esperaba. Al término de 2014, yo auguraba que 2015 sería «el» año. El vaivén que es nuestras vidas parecía jugar así: 2011, mejor imposible; 2012, camino a la perdición; 2013, el último de la felicidad; 2014, la eterna búsqueda, el desencuentro; 2015, qué ha sido 2015.

En 2015 he intentado por todos los medios posibles hacer la revolución. El 25 de enero, el día en que Syriza ganó las elecciones por primera vez en Grecia, Blanca me llevaba en coche al aeropuerto de Madrid y yo, que no había dejado de llorar en quince minutos, y ella, bloqueada ante el hecho de que nada de lo que me dijera parecía calmarme, me dio un abrazo después de dejarme frente a la puerta de la Terminal 4. Así empezaba el año electoral. El año en que a mí me tocaría también elegir; bien, y mal. Y ahora, quién sabe aún si bien, o mal.

Era 25 de enero y viví la primera noche electoral del año en el lugar que ha sido Bruselas, que podría perfectamente reducirse a un cautivador apartamento en Avenue de la Couronne, 130. El miedo -parecía- iba a cambiar de bando. Pese a ello, yo seguí enviando mensajes que no debía enviar, y avisé de que había vuelto a quien no debía saberlo. Regresé a casa con la sonrisa a medias de quien sabe que la esperanza se mueve entre bambalinas y que su existencia no es certeza para uno mismo. Regresé a casa con la consciencia de que yo, aquella noche, no esperaba estar regresando a casa sola. Y me dormí con la certidumbre de que lo que tocaba, tanto a mí como a Grecia, era enfrentarse a lo que viniera después -para ella la Troika, para mí mi nuevo trabajo- absolutamente sola.

Fue 22 de marzo y viví la segunda noche electoral del año en una sala de espera de Berlín Tegel y en un avión de Brussels Airlines que me devolvía, también y una vez más, a Bruselas. Los resultados de Podemos no habían sido los que esperábamos; recibí el mensaje que quería y que no quería recibir al mismo tiempo, una muestra más de lo Schrödinger que fue siempre nuestra historia, si es que fue algo. «Mal, ¿no?» Sí, mal. Todo mal. Año nuevo, trabajo nuevo y vida nueva no cumplían ninguna de sus premisas y, para colmo, Susana Díaz barría en Andalucía y Ciudadanos obtenía un resultado muy digno pese a haber mandado a los andaluces a pescar. Pero aún podíais empeorarlo: tú, el trabajo nuevo, y la supuesta vida nueva que yo había supuestamente elegido.

Fue 24 de mayo y, desde el trono que es el sofá de mi casa de Badajoz, vi llorar a Ada Colau al saberse la próxima alcaldesa de la Ciudad de Barcelona. Si hubo una noche en la que el miedo pareció cambiar de bando, era esa, y yo no estaba donde quería. Jesús y Juanma me enviaban fotos desde la Cuesta de Moyano y yo me veía una vez más en la tierra de nadie en la que tuve a bien crecer y a la que no quiero volver. Y, sin embargo, creo recordar que sonreía.

Fue 13 de junio y me pasé cuatro horas de pie en la Plaça de Sant Jaume. Por la mañana había visto, desde la cama de Esther, las investiduras de Manuela, de Xulio, de Pedro, de Kichi y de Joan. Y por la tarde forzaba a mi cerebro, anestesiado por la alergia, a prestar atención a gentes que hablaban una lengua que aún me costaba y me cuesta mucho. Y me llenaba de confeti por verla a ella, aunque sólo fuera de lejos, que iba vestida de rojo y estaba sobrepasada, y probablemente pensara si todo aquello le iba a merecer la pena. A mí, querida Ada, me mereció mucho la pena. Fue 13 de junio y la tarde anterior, Esther, Robert, Bet y yo celebrábamos que me iba a vivir a Beirut. No me acerqué a la Barceloneta pensando que no era necesario, que ya tendría Mediterráneo de sobra en menos de un mes. Tres días después, le contaba a Esther que no podría cumplirse aquel sueño y que, por lo tanto, dejaba Bruselas. A Robert no se lo conté hasta bien entrado septiembre.

Fue 5 de julio y llegaba a Syntagma a las siete de la tarde, cuando comenzaba el escrutinio del referéndum a la propuesta de memorándum de la Troika. Y a los quince minutos conocía a Thanasis, que me hablaba en perfecto inglés, francés y castellano, y me traducía a mí y a muchos otros al perfecto unísono lo que los compañeros transmitían por el megáfono. Los sondeos a pie de urna, que ya daban claramente vencedor al NO. El recuento de votos, rapidísimo como fue, dejando atrás aquel 25 de enero que nos tuvo en vilo ante la plausibilidad de la mayoría absoluta. La explosión. La alegría más plena. La foto que me hicieron los de TeleSur y que estuvo rondando Twitter un día entero. Los griegos que se acercaban a hablar (intuyo que también a ligar) conmigo y que alucinaban con que hubiera volado sola desde Bruselas a «hacer hueco». La señora que me dio las gracias y me dijo: «cuando nos necesitéis, yo también iré a España». La sonrisa con la que le contesté: «os necesitaremos».

Fue 27 de septiembre y agarraba un taxi en Via Laietana y le pedía al taxista que me llevara a la Rambla del Poble Nou. Allí, entre gritos de Anti-Anti-Anticapitalistas e Inde-Inde-Independència, vi por primera vez a David Fernàndez y a Antonio Baños, que era lo que yo en realidad había ido a hacer a Catalunya. Allí acabé cantando La Internacional en castellano mientras el resto la entonaba en catalán. Allí acabé maldiciéndome por no saberme la letra de Els Segadors. Tardé muy pocos días en aprenderla, pero aún no he tenido ocasión de volver a cantarla. Em sembla que la Catalunya triomfant no ha tornat encara a ser rica i plena.

 

Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.
Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.

 

Fue 20 de diciembre y, desde el Teatro Goya de Madrid, me enfrentaba a más de un demonio y a la sempiterna sensación de por qué no estaré dedicándome yo a lo que más me gusta, que era aquello: el conocerles a todos, el observar con gracia, el analizar con y sin detalle, el esperar con la misma ilusión y desesperanza el resultado para el que ya te habías preparado. Ramón me dijo: «nos ha faltado una semana más de campaña electoral». Y yo pensé: «a mí me ha faltado una semana más de esta mañana».

Hay quien recuerda dónde ha estado en todas las finales de Champions League que ha vivido. Yo recuerdo dónde he estado en todas las noches electorales que he vivido. El 22 de mayo de 2011 arrasó el PP y yo, desde un salón más que barroco en Ammán, pasaba el trago en un Skype que se alargó hasta las cuatro de la mañana. El 20 de diciembre mi país recuperó algo de decencia, un tipo al que le profeso desmedida admiración se ganó un acta de diputado por Barcelona, y casi un mes después de la primera noche que soñé con Albert Rivera, pude dormir siete horas seguidas sin soñar con Albert Rivera.

No tengo ni la más remota idea de lo que será 2016. Pero ven ya. Y acaba con esto. Viviremos las noches electorales que haga falta. Nos perderemos tanto como haga falta. Endarrera aquesta gent, tan ufana i tan superba.

 

 

 

Mi gran Όχι

 

 

Conocí a Esther gracias a este blog. Ella me leía -hacíamos juntas el mismo programa de becas, desde lugares harto diferentes- y un 4 de mayo de hace ya cuatro años me escribió: «uno siempre es en esencia el mismo, sólo acumulamos etapas a lo cebolla; y, en esa esencia, está escribir muy bien: sigue usando la escritura como catarsis». Yo no había visto nunca a Esther. No conocía su pequeña pero increíblemente expresiva nariz ni era consciente de ser mucho más alta que ella, tampoco había visto la cantidad de gestos que es capaz de hacer con su boca, es muy probable que Esther ostente el premio a la persona que conozco que más muecas, derivadas y claras puede hacer con su boca. Tras su comentario la agregué a Facebook, empezamos a hablar, la amistad surgió como surge siempre todo lo bueno y las mejores cosas de la vida (que, les insistiré una vez más, no, nunca las elegimos nosotros), naturalmente, sin forzar, sin apenas planearlo. La admiración se dio, del mismo modo, naturalmente, sin forzar, uno ve que no se puede no admirar a Esther cuando se la conoce. Ahora hablamos todos los días. Es la persona (una de las) a la que acudo cuando pasa algo. Sólo tengo que encender WhatsApp, buscar su nombre -que siempre estará ahí, en los primeros- y escribir «Esther». Y ella sabe qué hacer. Sabe que no necesito consejos mágicos, guías vitales, reprimendas, hostias, aplausos. Sabe que sólo necesito palabras más, palabras menos, la certeza de saberla al otro lado, alguna broma o chisme que nos lleve a hablar de otra cosa, conocer la última ocurrencia de Tinta, hablar de aquél al que profesamos admiración mutua en secreto, y no tan en secreto. Esther es catalana, y un día dijo sí a un proyecto político en el que cree, o más bien dijo sí a medias, pues aún muchos no quieren dejarle decir rotundamente sí. Hace quince días yo me iba de una patria que había dicho no, rotundamente no, porque al fin alguien les había permitido decir no. Volví al lugar al que llevo tres años diciendo sí. Sí a otro trabajo (y van cinco), sí a otra noche contigo (y fueron muchas, aunque no se las contáramos a nadie), sí a copas, planes, ratos que provocaban más vacío que aquel que pretendían suplir. Sí a no ser feliz porque necesito «el» dinero, porque no hay Troika que a mí me rescate ni banca privada que sostenga mi déficit primario, sí a que fueran sólo los fines de semana fuera los que me plasmaran la sonrisa en la cara. Volví, y tal y como volví vuelvo a irme, porque los griegos habrán perdido, y nosotros con ellos, y poco sabio sería no admitir que la decepción duele tanto o más como todas las que llevamos a cuestas. Pero no es ninguna tontería, tampoco, contar verdades y contar -porque es así, joder- que hemos recuperado la dignidad (ellos) y que podemos recuperarla con ellos. La dignidad se recupera diciendo no. Όχι. La dignidad se recupera plantándose y reconociéndose (a sí, a uno mismo) que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y que, de no serlo, qué menos que que nos dejen decirlo. Yo lo digo: Όχι. Όχι a los jefes que aprovechan que saliste a comer para entrar en tu ordenador, leer tus conversaciones privadas y – no contentos – a tu vuelta gritarte que eres muy poco profesional. Όχι a esta ciudad, gris, deprimente, poblada de personalidades banales cuyo único denominador común es su falta de rumbo. Όχι a ti, porque nadie más lo ha hecho, pero alguien tiene que decirte que eres un hijo de puta, así como alguien tuvo que plantarse, levantarse e irse, zapato o no en la mesa mediante, y espetarle a la Troika su verdadera condición: terroristas. A ti, mi particular Troika, alguien tiene que cantarte que no sé cómo te atreves a venir a decirme que me quieres, a pedirme que no cuente nada a nadie, a besarme en tu cocina mientras esperas que llegue la otra, a personarte en mi casa borracho como una cuba horas antes de irte de Bruselas, «porque es la última noche que pasaremos juntos». A ti, que seguirías buscándome, mientras vas ahora de la mano por Madrid con tu quincuagésima novia (todas son novias, todas menos yo). Όχι a seguir recordando (y eso que no consigo olvidarlo) dónde están todos y cada uno de los lunares de tu espalda. Y al final mi Όχι es a rendirse, a creernos, como creímos durante muchos años, que está todo hecho, pero porque no hay nada más que hacer. Ni está todo hecho ni nos moriremos habiendo finalizado nuestra labor, no porque la emancipación sea una utopía, sino porque la emancipación es una constante. Όχι a creer, y hacer creer, que no podemos mejorar. Όχι a creer, y a hacer creer, que para mejorar no necesitamos -nosotros- mejorar.

Todo Όχι es un sí. Mi sí es a España, a los amigos, a la patria. Un sí a los que aplauden que, antes, ahora y siempre, siga usando la escritura como catarsis.

Un sí a quienes entienden que lo normal, un jueves por la mañana, es encontrar un mensaje de una amiga que dice «me voy a Grecia el próximo domingo». Un sí a quienes me escriben en ese momento para que pueda compartir mi alegría con ellos, porque saben – y entienden – que no quiero compartirla con nadie más. Un sí a los que me quieren. Un sí a los que me recuerdan que estoy muy mal de la cabeza, pero que es valiente, muy valiente, y digno, muy digno, irse a otro país porque, simplemente, quieres hacer bulto en una plaza en la que quedará para siempre el recuerdo del momento en el que se dijo Όχι.

Como quedará en mi memoria la certeza de todas las cosas, personas, y momentos, a los que yo tenía que decir Όχι para volver a ser feliz, tumbada en el césped de una plaza llamada Syntagma, viendo las estrellas, un domingo 5 de julio de 2015 en Atenas.

 

 

 

 

 

Coda (planetaria):

 

«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»
«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»

 

El sábado pasado, Mendieta tocó con Los Planetas Un Buen Día, y nos marcó a todos – más a los allí presentes – un gol realmente increíble.

Cualquier día del último año, habría deseado haber estado allí, contigo.

Hoy deseé muy, muy fuerte, haber estado allí sin ti.

 

 

 

 

 

 

 

Bruselas

 

He vivido contigo casi tres años y, en todo este tiempo, apenas he hablado de ti.

Sé que no hemos sido las mejores compañeras de viaje. Sé que en algún punto de nuestra relación dejé de agradecerte lo que has hecho por mí. Sé que olvidé que me curaste en tiempo récord. Sé que obvié que tú, y no otra ciudad, otorgó algo de sentido a mi vida profesional. Sé que me empeñé en que, contigo, jamás podré ser feliz. Pero reconócelo, somos una imposibilidad. Lo que tenías que darme ya lo cogí. Lo que tenía que ofrecerte se transformó en la más originaria pereza. La apatía, la desgana, el desconcierto. El qué hacer contigo, cuando parece que hace mucho que tú ya no haces nada por mí.

Tengo que darte otra oportunidad aunque no la merezcas. Aunque yo no la quiera, aunque tú no la quieras. Y lo sé: o terminarás por destrozarme o me harás tan, tan fuerte, que conseguiré dejarte sin mirar atrás. Podré huir sin necesitar una excusa. Escaparé de ti sin necesidad de dramas, de dificultades, de glorias. Y mamá no podrá volver a decirme que sólo abandono los sitios cuando me han roto el corazón.

De hecho, a partir de ahora y para protegerme de ti, dejaré de tener corazón.

 

Tranvía. Tramonto.
Tranvía. Tramonto.

 

Ahora me toca adularte. Decirte por qué te quiero, a pesar de todo lo que me has hecho odiarte. Intentar entrever por qué sigo contigo, a pesar de ti y de mí. Eres mala. Eres malvada. Me bajas el cielo y me lo quitas. Lo has hecho siempre. Cuando llegué a ti me diste a Blanca y me la quitaste. Me diste al grupo de amigos que siempre quise tener y me lo quitaste. Siguen ahí, sí, pero te los llevaste. Me llevaste a la motivación más real que he conocido en forma de oficina; y la cerraste. Más tarde me dejaste traerla a ella, a Paula, a mi persona. Ahora te la llevas. No me dejas aferrarme a nada. No me ofreces nada que me guste de verdad. Y empero pretendes que te quiera, como se pretende siempre aquello que no existe: la atracción por tu parte, el amor por la mía.

Y ahora tengo que decirte qué es lo que me gusta de ti, y me cuesta pensar. Me bloqueas, no me dejas. Me cansas, como todo me ha cansado siempre. Me pierdes, como todo me ha perdido siempre.

Pero lo intentaré, una vez más.

Me gusta que mentiría si te dijera que no me has hecho (son)reír.

 

We Used To Wait.
We Used To Wait.

 

Me gusta que tus calles estén siempre tan vacías, o siempre tan llenas de personalidades tan desangeladas, que puedo cantar por la calle, y bailar para mí, y todo sin que ninguna presencia real me altere. Me gusta caminarte. Si algo me ha gustado siempre de ti, es caminarte. Me gustan los sábados en los que despierto y, al salir de la cama, me recibe toda la luz de mi apartamento. Me gusta la independencia que me das, porque no me ha dado tanta ningún otro lugar. Me gusta que tengas dos aeropuertos, que mi familia (mis amigos) esté a dos horas de distancia. Me gusta que, aunque poco aventurera, me hayas dado anécdotas; que algún día pueda contar qué es el sello Couronne 130, qué canté en aquel karaoke, cómo conseguimos ser las únicas que nunca cayeron del kayak. Me gusta que, durante un tiempo, hiciste que sintiera verdadera ilusión al montarme en un tranvía. Me gusta que, gracias a ti, he hecho realidad sueños. Sueños con nombres y apellidos. Bruce Springsteen, Daniel Barenboim y, mañana, Ennio Morricone. Y más aún. Me gusta que puedo contar nuestra historia en función de buenas y malas temporadas, conmigo siempre quejándome, siempre, y sin embargo aquí, y sin embargo contigo. Plantéate por qué. Ayúdame a plantearme por qué. ¿Me deparas algo? ¿Tienes algo en la recámara para mí? ¿Me estás poniendo a prueba? ¿Haces esto con todos los demás o es sólo conmigo? ¿O soy simplemente yo, yo haciéndome daño a través tuya, yo echándote la culpa de acontecimientos que nada tienen que ver contigo?

Ahora tengo que calentarme en todo el frío que provocas.

 

Y tu arte.
Y tu arte.

 

Tengo que sobrevivir en todo el frío que provoco.

 

 

 

 

 

 

Honestidad à la Chimay

 

Hay en Bruselas, o en Flandes, o en Bélgica, o en alguna de esas múltiples y mal avenidas divisiones y rincones territoriales en los que se divide este cruento país un plato típico, pero típico de nadie sabe nunca muy bien dónde, que en francés se hace llamar Carbonnade à la flamande. En castellano, bien sabida una lengua menos pomposa en lo que al engullir se refiere, vendría a suponer un estofado de ternera.

 

La vista del plato en cuestión, o el estofado de toda la vida.
La vista del plato en cuestión, o el estofado de toda la vida.

 

Hay en Bruselas un restaurante, que en castellano bien podríamos denominar sitio de comidas pues la buena hostelería no se cuenta entre las virtudes belgas, quizá muy turístico pero a la par muy agradable, que se ha convertido en uno de esos pocos sitios en los que a mí, impaciente donde las haya, no me importa hacer cola. Fin de Siècle, para gabacho-parlantes. Y Fin de Siglo, para los amigos de este blog. Allí se degustan (y se disgustan) platos típicos belgas, o flamencos, o valones, o de algún lugar de Centroeuropa al que aún nadie sabe dar nombre. Y allí la carbonnade se hace con cerveza Chimay. Carbonnade à la Chimay. Sí, mi gran alma gemela Chimay.

 

Ellas, mi oscuro objeto de deseo.
Ellas, mi oscuro objeto de deseo.

 

Allí y al abrigo de su algarabía he compartido muchos ratos. Allí filosofé cual tarantiniana empedernida sobre el deber o no de las propinas y allí pude ver que hay amistades que mueren sin luto. Allí pasé una cena de ensueño con una sliding door que pareció entreabrirse por momentos y que terminé volviendo a cerrar hace menos de un mes. Y allí un ‘coach’ me abroncó sobre lo deshonesto de mi blog. Allí, entre cervezas, me pidió que me dejara de párrafos inconclusos y de imposibles subordinadas; que estaba cansado de creer empezar a entender algo y de terminar no comprendiendo nada. Que no tuviera miedo a convertirlo en un blog personal. Que escribiera, que me ejercitara. Pero que, ante todo y para todos, fuera sincera.

«Total, como bien dices tú, tu blog no lo lee nadie.»

Seré sincera y diré que no hay mejor plato en la denominada gastronomía belga que me guste más que la Carbonnade à la flamande y que, de todas y entre todas las que he probado, ninguna mejor que la del Fin de Siècle. Seré sincera y diré que, pese a ello y con ello, ninguna ha vuelto a superar la primera Carbonnade que probé allí, con Blanca y Mauro, cuando andaba yo cumpliendo un mes de andadura en Bruselas. Seré sincera y diré que vuelvo, una y otra vez, y pido siempre el mismo plato, esperando que vuelva a gustarme con la misma intensidad, esperando encontrar de nuevo esa misma sensación en forma de regusto en mi boca.

Seré sincera y diré que es lo mismo que hago con Bruselas. Esperar y esperar a que todo sea como al principio. Pero las nuevas carbonnades, y las nuevas experiencias, de algún u otro modo siempre decepcionan.

Seré sincera y diré que en pareja todo es más fácil. Que si todo va bien, o como debería ir, y las cosas fueren como debieran ser, tienes sexo bueno, y en confianza, y siempre que quieras. Que será, siendo sincera, todos los días. Seré sincera y diré que la soltería está muy bien, que de la promiscuidad se aprende mucho, pero que tener que ir buscando primeros polvos de mierda y segundos inexistentes, o primeros increíbles con repeticiones espectaculares pero apenas contadas con los dedos de una mano, quizá haciendo acopio entre medias de una ETS y lloviéndonos a lo largo alguna que otra hostia (literal a veces) es un coñazo al que aún no ha hecho justicia ninguna película de Isabel Coixet. Seré sincera y diré que Isabel Coixet merece comerse todo el papel de película que ha producido por hacer películas tan coñazo. Que la búsqueda del sexo primero y del sexo con amor después empieza siendo emocionante y luego pesada, promueve dejaciones que jamás habríamos imaginado y que digamos que no a quienes nunca creíamos poder rechazar, o no procurar un sí, o un venga, o un tal vez a cambio de una sonrisa.

Seré sincera y diré que por las noches, cuando tomo el sueño abrazada a mi almohada, sola en mi buhardilla y en mi universo de rarezas: la música de mi iTunes o de mi Spotify, que cambia de Mozart a Paco de Lucía, de Love of Lesbian a Black Crowes, los capítulos que se suceden con alevosía pasmosa, las películas que veo y reveo, las escenas que repito hasta la saciedad, las novelas, los poemas subrayados, las ganas de leer a Quevedo en voz alta sin que nadie más me escuche. En ese universo, en ese momento de soledad en el que no tengo a nadie y nadie me tiene a mí, siento que sería suficiente con esos pequeños ratos que se me conceden y que, afortunadamente, para el resto ya han inventado máquinas y otros instrumentos que, aunque menos, me hacen igualmente disfrutar.

Seré sincera y diré que mis parejas me han alienado o yo me he alienado con ellas, y que incluso ahora cuando juego a las parejas salgo huyendo porque no me encuentro. Y luego quiero volver. Y luego salgo huyendo de nuevo. Porque quiero que seas tú pero también que seas otra persona. Y al final ni existes tú ni existe esa otra persona. Y al final todo se repite, y me vienes con las mismas idioteces, y nadie habla claro y nadie dice nada. E intento explicaros que la vida es Matrix, una repetición constante de los mismos errores de siempre, en nuevas versiones quizá, y con algún chico guapo como Keanu de por medio. Pero sin más. Y en vez de eso sólo me hago daño, del que duele aún más de tan innecesario.

Seré sincera y diré que hoy, 16 de junio, hace un año que aterricé aquí, en Bruselas, Región de Bruselas Capital, Bélgica. Y el martes cumplo un año en un trabajo que me ha hecho mayor. Un trabajo en el que he conocido lo que es estar bien, y cómoda, y lo que es reírme a cholón con compañeros que no sólo han resultado ser inteligentes, capaces y válidos, sino también buenas personas. Uno de ellos es César, otro César que, como los demás, ha demostrado estar a la altura de ese nombre y de merecerse lo que efectivamente es del César. Una de ellas es Elena, que se acaba de casar y llega con tamaña sonrisa a la oficina que poco puedes hacer para no compartirla. Lo que nunca podré compartir, otrora, es todo el estilo que derrocha. Y otro, el mejor jefe que la vida podía brindarme con 25 años, Valentín. Ese hombre al que pagaría por que fuera mi amigo. Ese hombre que por siempre sólo será centro de una admiración que él nunca creerá y que yo nunca confesaré. Afortunadamente y para que esto así sea, no lee este blog.

Seré sincera y diré que en mi facebook no es público mi cumpleaños porque odio que me feliciten sin más y por costumbre social o, peor aún, por aburrimiento nacido de la costumbre social de que ahora pertenezcamos todos a ese universo virtual. Pero luego duele que los amigos, los buenos, no lo recuerden, no me llamen, no me otorguen cinco minutos al día en su pensamiento. (And you know I’m talking about you.)

Seré sincera y confesaré que seguiría escribiendo hasta hacer de esta entrada un testamento vital para un blog que nunca lograré convertir en algo reseñable y aún menos reseñado. Pero mis críticos me apremian a que deje de perderme en mis puntos y aparte e insisten en que abandone mi amor por la indómita subordinación que aún me permite la lengua que me enseñaron mis padres.

Seré sincera y confesaré que, un año después, no encuentro mi sitio en Bruselas. Pero no creo poder tener en otra ciudad un trabajo como el que tengo ahora. No reason to stay is a good reason to go but, one reason to stay?

Seré sincera y confesaré que volveré una y aún muchas veces más al Fin de Siècle, con o sin cita de ensueño, con y sin amigos, en absoluta soledad, en soledad con Kindle, y quizá con pareja. Quién sabe. Y seguiré pidiendo Carbonnade à la Chimay, y una Chimay para acompañar, esperando encontrar de nuevo aquella sensación. And maybe, if I get to find it once again, that would make two reasons to stay.