Mi gran Όχι

 

 

Conocí a Esther gracias a este blog. Ella me leía -hacíamos juntas el mismo programa de becas, desde lugares harto diferentes- y un 4 de mayo de hace ya cuatro años me escribió: «uno siempre es en esencia el mismo, sólo acumulamos etapas a lo cebolla; y, en esa esencia, está escribir muy bien: sigue usando la escritura como catarsis». Yo no había visto nunca a Esther. No conocía su pequeña pero increíblemente expresiva nariz ni era consciente de ser mucho más alta que ella, tampoco había visto la cantidad de gestos que es capaz de hacer con su boca, es muy probable que Esther ostente el premio a la persona que conozco que más muecas, derivadas y claras puede hacer con su boca. Tras su comentario la agregué a Facebook, empezamos a hablar, la amistad surgió como surge siempre todo lo bueno y las mejores cosas de la vida (que, les insistiré una vez más, no, nunca las elegimos nosotros), naturalmente, sin forzar, sin apenas planearlo. La admiración se dio, del mismo modo, naturalmente, sin forzar, uno ve que no se puede no admirar a Esther cuando se la conoce. Ahora hablamos todos los días. Es la persona (una de las) a la que acudo cuando pasa algo. Sólo tengo que encender WhatsApp, buscar su nombre -que siempre estará ahí, en los primeros- y escribir «Esther». Y ella sabe qué hacer. Sabe que no necesito consejos mágicos, guías vitales, reprimendas, hostias, aplausos. Sabe que sólo necesito palabras más, palabras menos, la certeza de saberla al otro lado, alguna broma o chisme que nos lleve a hablar de otra cosa, conocer la última ocurrencia de Tinta, hablar de aquél al que profesamos admiración mutua en secreto, y no tan en secreto. Esther es catalana, y un día dijo sí a un proyecto político en el que cree, o más bien dijo sí a medias, pues aún muchos no quieren dejarle decir rotundamente sí. Hace quince días yo me iba de una patria que había dicho no, rotundamente no, porque al fin alguien les había permitido decir no. Volví al lugar al que llevo tres años diciendo sí. Sí a otro trabajo (y van cinco), sí a otra noche contigo (y fueron muchas, aunque no se las contáramos a nadie), sí a copas, planes, ratos que provocaban más vacío que aquel que pretendían suplir. Sí a no ser feliz porque necesito «el» dinero, porque no hay Troika que a mí me rescate ni banca privada que sostenga mi déficit primario, sí a que fueran sólo los fines de semana fuera los que me plasmaran la sonrisa en la cara. Volví, y tal y como volví vuelvo a irme, porque los griegos habrán perdido, y nosotros con ellos, y poco sabio sería no admitir que la decepción duele tanto o más como todas las que llevamos a cuestas. Pero no es ninguna tontería, tampoco, contar verdades y contar -porque es así, joder- que hemos recuperado la dignidad (ellos) y que podemos recuperarla con ellos. La dignidad se recupera diciendo no. Όχι. La dignidad se recupera plantándose y reconociéndose (a sí, a uno mismo) que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y que, de no serlo, qué menos que que nos dejen decirlo. Yo lo digo: Όχι. Όχι a los jefes que aprovechan que saliste a comer para entrar en tu ordenador, leer tus conversaciones privadas y – no contentos – a tu vuelta gritarte que eres muy poco profesional. Όχι a esta ciudad, gris, deprimente, poblada de personalidades banales cuyo único denominador común es su falta de rumbo. Όχι a ti, porque nadie más lo ha hecho, pero alguien tiene que decirte que eres un hijo de puta, así como alguien tuvo que plantarse, levantarse e irse, zapato o no en la mesa mediante, y espetarle a la Troika su verdadera condición: terroristas. A ti, mi particular Troika, alguien tiene que cantarte que no sé cómo te atreves a venir a decirme que me quieres, a pedirme que no cuente nada a nadie, a besarme en tu cocina mientras esperas que llegue la otra, a personarte en mi casa borracho como una cuba horas antes de irte de Bruselas, «porque es la última noche que pasaremos juntos». A ti, que seguirías buscándome, mientras vas ahora de la mano por Madrid con tu quincuagésima novia (todas son novias, todas menos yo). Όχι a seguir recordando (y eso que no consigo olvidarlo) dónde están todos y cada uno de los lunares de tu espalda. Y al final mi Όχι es a rendirse, a creernos, como creímos durante muchos años, que está todo hecho, pero porque no hay nada más que hacer. Ni está todo hecho ni nos moriremos habiendo finalizado nuestra labor, no porque la emancipación sea una utopía, sino porque la emancipación es una constante. Όχι a creer, y hacer creer, que no podemos mejorar. Όχι a creer, y a hacer creer, que para mejorar no necesitamos -nosotros- mejorar.

Todo Όχι es un sí. Mi sí es a España, a los amigos, a la patria. Un sí a los que aplauden que, antes, ahora y siempre, siga usando la escritura como catarsis.

Un sí a quienes entienden que lo normal, un jueves por la mañana, es encontrar un mensaje de una amiga que dice «me voy a Grecia el próximo domingo». Un sí a quienes me escriben en ese momento para que pueda compartir mi alegría con ellos, porque saben – y entienden – que no quiero compartirla con nadie más. Un sí a los que me quieren. Un sí a los que me recuerdan que estoy muy mal de la cabeza, pero que es valiente, muy valiente, y digno, muy digno, irse a otro país porque, simplemente, quieres hacer bulto en una plaza en la que quedará para siempre el recuerdo del momento en el que se dijo Όχι.

Como quedará en mi memoria la certeza de todas las cosas, personas, y momentos, a los que yo tenía que decir Όχι para volver a ser feliz, tumbada en el césped de una plaza llamada Syntagma, viendo las estrellas, un domingo 5 de julio de 2015 en Atenas.

 

 

 

 

 

Coda (planetaria):

 

«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»
«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»

 

El sábado pasado, Mendieta tocó con Los Planetas Un Buen Día, y nos marcó a todos – más a los allí presentes – un gol realmente increíble.

Cualquier día del último año, habría deseado haber estado allí, contigo.

Hoy deseé muy, muy fuerte, haber estado allí sin ti.

 

 

 

 

 

 

 

Should I stay or should I go

 

Te acordaste de mi cumpleaños y provocaste que te echara de menos. You have a new message. Feliz cumple, Vio. Me llamaste Vio, porque para ti nunca fui y sigo sin ser Violeta. Intenté recordar cuándo había sido la última vez que me habías llamado Violeta. Fue la vez que me dijiste que no, que puerta, que no había nada que pudiera hacer para que todo volviera a ser como antes. ¿Nada? No, nada. Nada significa nada. Provocaste que te echara de menos, de no ser porque te echo de menos todos los días. Echo de menos que nuestras decisiones sean cuáles serán las nuevas series que veremos juntas o qué helado de Ben & Jerrys toca, si nos hemos cansado ya del Vanilla Cookies o todavía nos entra una cucharada más. Echo de menos ver las películas de siempre una y otra vez, y una y otra vez tras desechar una veintena de estrenos que ni nos van, ni nos vienen. Echo de menos que llames a mi puerta para proponerme cualquier absurdez que nos hará felices, y olvidarnos de todas las veces que nos han roto el corazón. Echo de menos que nos rompan el corazón como nos lo rompían entonces, cuando mirábamos a izquierda y derecha y enseguida encontrábamos a alguien nuevo en quien depositar nuestra devoción. Echo de menos que me repitas, como me repetiste siempre, que no hay nada malo conmigo (salvo sí, Vio, que te faltan tetas, pero nada más) y que abronques a los chicos que me tratan mal llamándoles cobardes. Ya no estás para agarrar a nadie de la solapa y decirle entra ahí ahora mismo y termina lo que viniste a hacer, cobarde. Ahora vamos cada una por su lado y se acumulan las conversaciones que nunca hemos tenido, los discos que hemos escuchado a solas, las películas que no hemos visto juntas. Y se seguirán acumulando, junto a los cobardes que no entran en mi habitación a terminar lo que habían empezado.

Y yo seguiré echando de menos que la decisión más compleja que tengamos que tomar sea ir a clase o no, gastarnos treinta euros en cenar o no, pasarnos la tarde haciendo listas o no, vaguear juntas o gritándonos a cada rato desde la habitación contigua. Ahora tengo que decidir entre irme a vivir a Iraq o quedarme en Bélgica, con todo el daño que me hace Bélgica, con lo poco que realmente me motiva Iraq. Provocas que te eche de menos, pero porque si tuviera que decidir algo hoy, esta tarde, decidiría tener una tarde más de leche y leche, tirarnos en la cama con un ordenador, pelearnos por el mando de la música y el control del Repeat y del Random, salir y ver una película, y volver contándote teorías locas sobre personajes inanimados a los que nunca nos pareceremos. Nada de eso se va a dar, y no vas a estar para ayudarme a decidir si debo irme o debo quedarme. Te acordaste de mi cumpleaños. Ya nadie se acuerda de mi cumpleaños.

 

 

 

 

Should I stay or should I go now?
If I go there will be trouble
and if I stay it will be double.

 

 

 

 

 

Desastre(s)

 

La sucesión es la siguiente: conoces a alguien, si el sexo es mínimamente decente comienza el desastre (*), primero te gusta mucho, más tarde quizá te enamoras; algo sale mal, algo siempre sale mal, te cansas, se cansa, no es lo suficientemente inteligente, eres demasiado compleja – y complicada -, cuando ambas opciones no son mutuamente excluyentes; te desenamoras, y empieza el dolor, el dolor más egoísta del mundo, el del tiempo perdido, el del tiempo echado a perder. Sabes que estarás bien, que conocerás a alguien, sabes que añorar imposibles sólo lleva a la más infructuosa de las melancolías. Conoces a alguien y, si el sexo es mínimamente decente, echas una vez más la vista atrás y dices, piensas, respiras: pero por qué.

Y vuelta a empezar. Una y otra vez.

En serio, es ya un ruego.

Que alguien procure convencernos de que esto no es una absoluta y soberana mierda.

 

 

 

 

(*) La Costa Brava – Desastre
Somos máquinas que no entendemos,
que se enamoran cada cierto tiempo.

 

 

 

 

 

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Fin y fundido a negro (2ª Parte)

«Puedes buscar por tierra,

puedes buscar por aire.

Que como yo te he querido

no va a quererte nadie.

No va a quererte nadie.»

 

 

 

 

 

 

 

 

Fin. Y fundido a negro.

Vida de un blog

He empezado un nuevo proyecto.

Laura me dio la idea: explicar mi blog. Me dijo que podría escribir sobre lo ya escrito, rememorándolo y aduciendo a las razones que me llevaron a escribir lo que escribí. Y me gustó, y me pareció una buena idea.

Y se la dedicaré a ella, y a María, que me lee desde el primer día y que sigue pensando -sin pagos ni sobornos de por medio- que todas mis entradas merecen un poquito la pena.

Y comparto una muestra con vosotros, porque alguien tiene que editarme, y nunca están de más los comentarios.

 

 

 

Entrada Nº 1. Escrita el 16 de septiembre de 2010.

 

Empecé a escribir este blog en septiembre de 2010.

Pero no es como que no hubiese escrito antes.

Lo había hecho. Escribo, pese a la pretensión, desde que tengo memoria. Porque leo desde que tengo memoria, y sé que si escribo es porque leo. De todas mis pasiones -y son muchas- siempre he creído que no hay nada más maravilloso que poder (y saber, pues saber es lo verdaderamente difícil) leer. Escribo también porque me encanta jugar y porque para mí siempre ha sido un juego. De esto tiene la culpa la Olivetti de mi abuelo. Nunca pude utilizar la máquina de escribir de mi padre, pero todos los veranos que pude utilicé la de mi abuelo. Nadie más lo hacía y, de hecho, siempre estaba guardada en su caja en el cuarto de la plancha. Nadie entraba en ese cuarto, salvo para planchar, y yo, para escribir. La fascinación por aquel aparato que te permitía unir letras a borbotones sin cansarte, esa sí, es culpa de mi padre. Durante muchos años trabajó desde nuestra casa, y durante otros tantos uso máquina de escribir. Poder disfrutar de mi padre exigía desarrollar y después mantener la temperancia suficiente para simplemente estar sin molestar. Y así pude observar la meticulosidad con la que siempre colocaba el papel, y lo enroscaba. El mal genio que enardecía cada vez que se veía forzado a hacer uso del Tip-Ex, y aquellas pequeñas láminas que para mí eran mágicas porque gracias a ellas podías volver a escribir de nuevo encima de lo anterior y apenas se notaba. Recuerdo todo aquello con la vívida precisión con la que se recuerdan las pequeñas cosas que nos explican a grandes rasgos, y el recuerdo me sigue causando un ligero escalofrío. Al fin y al cabo, la máquina, el escribir, los dos elementos están aún ligados a los dos hombres que más han delimitado mi existencia.

A mí aquel aparato me sigue causando admiración. Piensen que sólo nos dejaba expresarnos en un tipo de letra, que el espaciado había de hacerse de manera manual, que un buen borrado, uno que apenas dejara huella visible al lector, dependía de unos niveles de habilidad y precisión que ya no se encuentran. Pienso que nos esforzábamos más, que escribíamos mejor. Y también de manera más honrada, porque todos somos en el fondo muy vagos y nos daba una pereza tremenda volver atrás. Pienso que no ha habido mejores escritores ni época más gloriosa para la literatura que la segunda mitad del siglo XX, y pienso que -en gran medida- la culpa la tuvo la máquina de escribir. Nos dejó ser ágiles en nuestra justa medida. Ahora lo repensamos todo, lo imperfeccionamos todo. Hasta nuestras faltas de ortografía han dejado de ser sinceras.

Llegó el ordenador, que nos cambió a todos. Y el teléfono móvil, que nos cambió aún más. Y a cada nuevo cachivache nuevas dosis de melancolía. Ahora escribo a ordenador, vivo cerca de un ordenador. Sólo hace algunos, pocos años, me propuse adquirir el hábito de escribir largas composiciones a mano, y me obligo a llevar siempre una libreta donde apuntar cualquier tipo de gilipollez que alguna vez pueda convertir en algo rescatable. No me pasa mucho. No pasa apenas.

¿Y qué escribía? Escribía cartas, muchas cartas. El género epistolar siempre me ha conmovido porque no conlleva demostrar grandes aptitudes literarias ni mucho menos estar a la altura de ellas. Es también muy egocéntrico: no exige corsés ni poses pero sí deja espacio para algo de pomposidad (la que permita el receptor, no obstante). Las cartas eran para desconocidos con los que quería entablar contacto a través de Mi Pequeño País, para Guiomar y mis amigas del pueblo, y para mi tío Alfonso durante el tiempo en que estuvo en la cárcel de Picassent, luego le dieron igual mis cartas y yo también. Escribía cuentos llenos de cultura pop y se los enseñaba a mis niñeras que –y ahora me doy cuenta- debieron flipar un poco con aquellas historietas pobladas de Power Rangers, dinosaurios, y una pequeña prota que siempre soñó con ser veterinaria, pero sólo porque quería tener un perro de cada raza que aparecía en El Gran Libro de los Perros. Escribí una pequeña obra de teatro (un gran culebrón) con el que gané un premio del Ayuntamiento. Y, ya en el instituto, escribí muchos relatos. Mi corazón andaba partiéndose de tanto en cuanto, y siempre he crecido con el desamor. Durante tres años seguidos gané el Certamen Literario, levantando a pesar de ser la mejor no menores suspicacias, alguna llegó a amenazar con emitir una queja formal. Lástima que no sirviere para escribir ni tan siquiera una queja.

Tuve varios blogs antes de este. Un Fotolog, dos Blogspot (La Enana de Wilde y Lo Que Adam Smith No Dijo). Este blog empezó con el propósito de ser un blog de viajes, uno más. Por una vez no quería ser especial, ni hablar de mí misma. El propósito duró un otoño, el otoño en el que empezó, y poco más. Se llamó Si Rania Puede, Yo También y tenía la simpleza de la pretensión de ser un ventanuco a Jordania. Pascual, mi recién estrenado primer ex-novio, siempre criticó aquel título. Tus otros blogs tenían títulos tan buenos y originales, este es un absurdo. El absurdo fue que pasamos dos años juntos.

A finales de agosto de 2010 volvía con mi madre y con mis hermanos a casa, tras haber pasado mi último verano de libertad (el último como estudiante no trabajadora) con mis abuelos y mis primas, como había tenido la suerte de hacer siempre. Volvíamos y paramos a descansar en el mismo bar de carretera en el que siempre parábamos. Yo solía odiar esos viajes, uno porque odio viajar en coche, no sé conducir (pese a ello siempre me toca hacer de copiloto), me da miedo ir en coche (y aún más yendo de copiloto), y normalmente no se puede hacer nada, ni dormir -por respeto-, ni leer -por incomodidad-, ni escuchar lo que a uno le gusta (por hermanos pequeños o amigos de gusto inefable); y dos porque siempre he asociado viajar en coche a no llegar a ninguna parte, no hay ningún destino exótico al que se pueda llegar en coche desde donde yo nací. Pero amaba esos pequeños momentos de absoluta cutrez, aquellos lugares de nadie en los que puedo acercarme a lo que es mi país y mi gente, empapar, aunque fuere por unos momentos, todo mi elitismo de algo de realidad. Para mí son como puertas que dan a otra dimensión, de la que no soy ni juez ni parte.

A finales de agosto de 2010 volvíamos a nuestro coche riendo, probablemente porque yo habría protagonizado otra bonita estampa promovida por la absoluta ignorancia sobre aquellos entornos. Mi hermana ríe profusamente ante mis salidas de tono, del estilo de «acabo de darme cuenta de que aquí el Phoskitos cuesta un euro menos». A mi hermano le produce auténtico descojone mi total desapego hacia lo real. Chica, ¿no lo sabes? puede ser con grata probabilidad la locución más frecuente que dirija hacia mi persona. Volvíamos riendo, sí, y yo al menos dejé de reír cuando vi que la puerta del copiloto estaba abierta. Miré a mi madre: «¿no cerraste el coche?» Y entonces vi que mi iPod, que había dejado conectado al auxiliar de la radio, no estaba. De hecho, no estaba nada. Ni mi ordenador, ni mi ropa, ni mi disco duro. No estaban todas mis fotos de la universidad. No estaban todos mis relatos, mis escritos, mis trabajos, mis ralladas mal escritas y aún peor organizadas guardadas en variopintos archivos de Bloc de Notas, que aún sigo utilizando porque visualmente me recuerdan a la Olivetti. A mis manuscritos Olivetti que nunca nadie me habría robado.

A finales de agosto de 2010 tenía que mudarme al extranjero por primera vez y en menos de un mes, y a un paraje nada recóndito y mucho menos lejano, recomendado especialmente para mujeres en todas las guías de viaje que encuentren a lo ancho y largo del mundo: Jordania. Lo había dejado con mi novio un mes antes y unos individuos habían decidido hacerse con todo rastro de lo que alguna vez había sido.

Perdí mi vida.

Y, para comenzar una nueva, en un nuevo país, sin un viejo novio, me abrí una cuenta de WordPress.

 

 

 

 

 

Cosas que no te dije en Roma, pero porque no estabas

«Sabía, al igual que Chéjov, que el interés por nuevas ciudades no es tanto llegar a conocerlas como escapar de otras anteriores

Chi sei tu?
Chi sei tu?

Escrito en Roma, en la madrugada del 5 al 6 de abril de 2015, como una nada a la altura continuación de Cosas que no te dije en Roma.

 

 

 

Todo empezó con David Trueba.

Todo empezó con una entrevista a David Trueba en Carne Cruda a la que llegué porque en el mismo programa Javier entrevistaba a Francisco Nixon. Trueba presentaba su nueva novela, Blitz, y Fran su nuevo disco, Lo malo que nos pasa. Y ya me conoces, mi capacidad para agarrar algo y no soltarlo, volcarme del todo hasta exprimirle el último de los detalles. Escuchar mil veces que lo malo que nos pasa es todo por salir de casa. Oír a Fran hablando de Sergio Algora y recordar que gracias a que dejaste de ser en mi vida recuperé a La Costa Brava y El Niño Gusano. Saber de Muy Poca Gente, y de Ricardo Vicente. No parar de escuchar, descubrir, mientras tanto pensar. Comprar Blitz y devorarla en dos días. Que, a través de Blitz, Amazon me recomiende una novela de una tal Milena Busquets (También esto pasará), descargarla y devorarla en otros dos días. Y mientras tanto, en Roma. Pensando en todo lo que te diría si estuvieras conmigo en Roma, a pesar de que no hubiese querido, bajo ningún concepto, tenerte conmigo en Roma.

Todo empezó con David hablando de la orfandad. Blitz no es una gran novela. Es tremendamente inverosímil (lo sé, siempre defenderé que la ficción es ficción, pero en ningún momento me creo al treintañero follándose a la vieja, lo siento, por muy buena que sea tu intención de hablarnos de lo irremediable del paso del tiempo y que hemos de curarnos de preocuparnos tanto por envejecer), no está particularmente bien escrita (lo sé, David es mejor guionista y no tan buen novelista, pero Saber perder y Cuatro amigos tenían, al menos, personajes bien perfilados), pero sí tiene esas pequeñas píldoras tan características de él y que hacen que yo le admire tanto, aún teniendo -de lejos, y añoz luz mamma mia- la voz más fea de todas las voces posibles. Lo juro, me follaría a David Trueba, con gusto. Pero que no me hable en absolutamente ningún momento del coito, acto, momento, lugar. Nin-gu-no.

Decía David, y pese a la fealdad de su voz con mucho acierto, que cuando uno se queda huérfano nadie viene a decirle «no te preocupes, encontrarás otro padre». Pero cuando alguien desaparece de nuestras vidas todo son peces y peceras, y a algunos sólo les falta ponerse en plan Sebastián y soltarte que siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar. Y David continuaba con que aquello le parecía una muy bonita soplapollez, porque aunque no sea enteramente comparable, la sensación de pérdida y vacío se asimila momentáneamente a la de la orfandad, y que el agujero que te dejan te lo dejan aunque luego vengan otros amigos parejas y perros. Que la cuestión de fondo, señores, es cómo sobrevivimos al y con el agujero.

 

«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»
«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»

 

El protagonista de su novela lo hace follándose a una vieja, cosa que no me parecería mal si me atrayeran lo más mínimo. No somos en esta casa de hacer ascos a nada que no sea votante de Ciudadanos. Pero no me molan las viejas en general, tampoco los viejos en particular. En realidad en eso no he cambiado y sigue sin gustarme nada que sea real. Con lo que para llenar los agujeros, o mis agujeros (David falló al no especificar si nos pertenecían o no, pues los generan otros por nosotros) me voy de Bruselas. En un mes, cuatro ciudades, en cuatro fines de semana seguidos. París Berlín Ginebra Roma. Todo para terminar con la sensación de que a pesar de haber hecho millones de cosas mi cuerpo está igual de fatigado y mi cabeza igual de perdida. Todo para terminar en Testaccio cenando con Mauro y confesándole que estoy perdida, extraviada, hasta el punto de que ya da igual Bruselas o no Bruselas, y el problema quizá no sean las ciudades sino el afectado desapego que muestro para con todo. Mauro tuvo a bien recalcar (así es él) que lleva escuchándome decir eso desde que me conoce. Lo sé, soy un puto broken record, y aunque no lo creas estoy ya cansada de que cuando me preguntáis cómo estoy y qué tal va mi vida la respuesta más natural y sincera que me salga sea esa, que estoy perdida. You have to live more, come on, si lo piensas has estado en cuatro ciudades estas últimas semanas, has hecho miles de cosas. Sí, y debería sentirme mejor, lo sé. Pero no se va, esa continua sensación de «no es suficiente». No deberías sentirte así, eres muy joven aún. Sí, soy joven, y siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar.

El viernes, paseando con Mauro y pensando -claramente- a y en otra persona, me di de bruces y me llevé una hostia de narices y una rodilla ensangrentada. Para colmo iba en vestido y medias, con sus correspondientes tacones, porque esta vez me metí mucho en el papel de Vacanze romane. Pensé mucho en mi madre y en lo mucho que quería que estuviera allí conmigo, aunque sólo fueren cinco minutos, para rociarme de agua oxigenada, como cuando era pequeña y me caía cada tres por dos, por torpe y pensativa (hay cosas que no, no cambian). Mi madre piensa que no la quiero, lo piensa de verdad, y es cierto que a veces aparento desquererla, pero eso lo hago con todo bicho viviente al que sí quiero y de verdad. Querer consiste en eso. Y entonces leí, en También esto pasará, que el verdadero amor es por definición ambivalente, que sólo se puede querer aquello que al mismo tiempo te provoca sentimientos encontrados. Y pensé en toda la gente a la que quiero, en Guiomar, en Paula, en Esther, en Blanca, también en Alberto, en cómo les quiero completamente, y en cómo muchas veces también querría arrancarles la cabeza porque pueden llegar a sacarme mucho de quicio. Y en cómo yo también a ellos les saco mucho, muchísimo, de quicio.

He pensado en todas estas cosas durante estos cuatro días. Y también en ti, y en que te echo de menos. Sin ti soy alguien y sin embargo te echo de menos. Y lo último que pienso cada noche antes de dormir es que a ver cuándo cojones volveré a la normalidad de no volver a pensar en ti nunca más, que al fin y al cabo viví veintisiete años sin conocerte y tampoco me estaba yendo tan mal, follaba y todo. Porque esto de echarte de menos a medias cansa. Esto de no saber si eres o no un agujero, agota. Y agotan los amigos (no los buenos, los buenos me conocen y saben que lo detesto) con su «encontrarás a otra persona». Qué persona ni qué leches, gilipollas, que a veces sois todos un poco gilipollas. Esto no va de esperar a ninguna persona, ni tan siquiera de buscar a una u otra persona, ni de querer (a) una persona. Esto va de querer volver al estado natural de cada uno, en el que no se es huérfano de nada. Esto va de David teniendo más razón que un santo, va de que las categorías no sirven de nada, mi pareja, mi amante, mi mejor amigo. Tendremos muchos, y menos mal, pero los que se van se llevan algo de ti consigo, así vayamos todos de machotes por la vida.

Y también, por pedir, quiero poder hablar de mí sin que se note que soy yo, quiero decir, que está bien inspirarse en la vida de una y el egocentrismo nunca me ha parecido mala cosa si está bien canalizado, pero veo que hay mucho cotilla por ahí suelto que sólo se mete aquí para ver si hablo o no de él, para más inri luego soltarte que «no, si yo apenas me meto, pero justo aquel día y leí aquello y quería saber si lo decías por mí». Chico, la próxima vez pongo tu nombre al lado con luces de neón. No te angusties de más que te estalla la meninge que te queda. Pero dejemos ya de hablar de mí, porque ahora escribo porque no puedo dormir y todo se agolpa en mi cabeza sin darme siquiera la posibilidad de plantarle una coma a todo esto como Dios manda. Me duele la rodilla cada vez que respiro. Y tengo que despertarme dentro de tres horas.

Puto David Trueba. No es medicina para una neurótica.

 

 

 

 

 

 

(No lean Blitz a no ser que sean, como menda, devotos del Sr. Trueba. Lean También esto pasará, porque de tan honrado da igual que esté o no bien escrito. Es bello per se, como ejercicio literario. Hagan caso. Y, para sus agujeros, masilla.)

 

 

 

Y beber como Richard Burton

«Como sucede siempre, el recorrido por la ciudad fue un recorrido por nosotros.»
David Trueba, en Blitz.

 

 

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Hace una semana llegaba a Ginebra. El propósito de la escapada (al menos el oficial, el que se puede contar) era visitar a un buen amigo al que había conocido en Bruselas y que unos meses atrás había decidido volver a Ginebra movido por dos cuestiones, principalmente: a) su nuevo trabajo como abogado para una gran ONG de defensa de derechos humanos, b) volver con su ex. En ocasiones, especialmente si se bebía un par de cervezas, añadía una c) tener un hijo con su ex. Claro que, en tal supuesto, ya no sería su ex.

Me abandonó, sí, pero no como se abandonan los zapatos viejos. Y en cuanto tuve la oportunidad me dije de ir a verle.

Ginebra no me hacía especial ilusión y no esperaba gran cosa. No soy una gran fan de lo helvético y había leído que la gran atracción de la ciudad era un chorro de agua gigante (les confesaré: el maldito chorro de agua luego mola una pasada). Pero ahí estaba Nader, esperándome a la salida del aeropuerto con un abrazo, llevándome a la ciudad «por la zona pobre de Ginebra», invitándome a mi primera bière piquant (no se asusten, es sólo cerveza con licor) y sonsacándome los últimos acontecimientos de mi vida, de los que yo tan siquiera quería hablar.

 

¿Qué te pasa, Violeta? Solías ser mucho más pretenciosa.

-¿Pretenciosa, yo?

En fin, la segunda vez que hablamos salió en la conversación El Guardián Entre El Centeno y me dijiste que eras la única persona sobre el planeta que de verdad entendía ese libro.

-Oh. Y lo mantengo.

 

Anécdotas menores aparte, el viaje moló (y Ginebra moló) porque la ciudad y caminarla nos llevó a descubrir no sólo a ella (yo, por vez primera, él, a través de mí) sino a nosotros mismos.

Al pasar por la Ópera, Nader me habló de cuando su ex se empeñó en que empezaran a hacer «algo de vida cultural», hasta el punto de un día recibir un mensaje tan directo como «hoy hay ópera gratis: te espero a las ocho allí» (la chica es italiana). Nader no había cenado y aquella imprevista cita le partía la tarde. Han de saber, a estas alturas, que Nader es libanés, y que decidió plantarse y prepararse una ensalada de lentejas, con su correspondiente de ajo, cebolla y perejil, como buen libanés. Lo metió todo en un tupper y allá que fue. Platea del Teatro de la Ópera de Ginebra y un tufo a ajo proveniente de un tipo con mucha pinta de árabe (en fin, es árabe). Y se quedó hasta el final de la representación.

Al pasar por una estatua ecuestre, Nader se preguntó por qué esa manía de esculpirle siempre los cojones tan bien parecidos a los caballos. Cuál es la necesidad. Y yo le hablé de la estatua de Espartero en Madrid, y de cómo y por qué habíamos generado el dicho de «tener los cojones como el caballo de Espartero».

Al llegar ante la sede de Naciones Unidas, me contó que era allí a donde había llevado a su primera cita en Ginebra.

-¿Te la tiraste?

-Sí. Y estuvimos juntos dos años.

Y fue así como supe cuál había sido el origen de todo.

Podría enumerar muchs pequeños momentos como estos, pero si el viaje fue especial por algo no se debió solo a Ginebra sino al momento en que la abandonamos para ir a buscar la tumba de Richard Burton. (Aquí el enlace a Wikipedia para los que no sepan quién era.)

Richard Burton fue un actor de talento nivel Laurence Olivier con una voz de ensueño, probablemente de las mejores que (nos) haya dado el cine (y no me juzguen, cada uno tiene sus obsesiones y sus fetiches). Para dummies, fue el Marco Antonio de Cleopatra, donde precisamente conoció a Elizabeth Taylor e iniciaron la historia más tumultuosa de todos los tiempos (llegaron a casarse dos veces, y a divorcio y nuevo casamiento y nuevo divorcio precedieron menos de un año).

 

Ella haciendo eso que hacía con sus ojos (mirar) y él cayendo rendido, claro.
Ella haciendo eso que hacía con sus ojos (mirar) y él cayendo rendido, claro.

 

A Nader y a mí nos obsesionan estos dos tipos precisamente por una película que protagonizaron juntos y de la que -siempre se ha dicho- nunca se recuperaron: Who’s Afraid Of Virginia Woolf?, que son dos horas de actitud pasivo-agresiva y autodestrucción de un matrimonio cincuentón. Sin destriparles más: una maravilla, una preciosidad, una obligación.

Así que cuando Nader me dijo el viernes «mañana iremos a ver la tumba de Richard Burton», a mi inicial «qué hacía Richard Burton en Suiza» le siguieron sonrisas y ovaciones, y contarle emocionada perdida a mi compañera sueca que iba a ir a ver a Richard Burton y, por supuesto, ella preguntándome quién es con signo de interrogación en la cara.

 

Y que me llamen pretenciosa cuando hablo de Holden Caulfield.
Y que me llamen pretenciosa cuando hablo de Holden Caulfield.

 

El caso es que Richard, para cuando ya se bebía (porque se bebía a sí mismo y si no, juzguen) cuatro botellas de alcohol duro al día, se dijo que era mejor hacerlo en un ambiente de aire puro para no joderse otro órgano (aunque sí, también fumaba como un carretero) y se fue a vivir a Céligny, un pueblo de -sí- Suiza.

El tren sólo llega a Coppen, y desde allí o bien coges un bus o bien decides que Richard bien merece una caminata y sigues la senda del bus, y más o menos una hora después en la que sólo has visto tres casas y cinco caballos al fin ves un cartel que dice: Céligny.

Dar con el cementerio fue una nueva odisea pero afortunadamente allí sólo había cinco tumbas y la primera era la de nuestro amigo. No recuerdo cuánto tiempo nos quedamos. Recuerdo que una familia llegó poco después y pasaron de largo por la tumba, apenas vieron a los dos ilusos que no paraban de inventar posturas para hacerse más fotos, la loca de los dos le hablaba a la tumba como si fuere a encontrar algún tipo de respuesta. Intentamos fallidamente procurarnos una selfie abrazados a aquel pedrusco pero decidimos borrar toda prueba del suceso en aras de salvaguardar la poca decencia que nos quedaba. Ya dispuestos a volver, dimos con un buen caballero norteamericano (norteamericanos en pueblos perdidos de Suiza, alguien debiere hacer un documental) que nos recomendó ir al Buffet de la Gare, «dicen que era el sitio preferido de Richard Burton». Se lo pueden imaginar: dónde está y por supuesto que vamos, y nos pedimos 4 cl. de Chivas al módico precio de 20 Francos cada uno. Y va por ti, Richard.

 

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-Espera, vamos a volver y te hago una foto de espaldas contemplando la tumba. -Nos van a encarcelar por ser tan frikis.

 

Volvimos a la ciudad algo mamados y sobrellevando esos momentos incómodos que se dan entre el alcohol y la muy visible emoción de haber puesto tus pies sobre los restos de alguien a quien admiras mucho. Después de la siesta, Nader subió esa foto que ven a Facebook y me etiquetó, obsesionado con constatar «cuántos Likes tendría mi foto». Le dije que no tendría Likes, que apenas nadie sabe -de nuestra generación- quién fue Richard Burton, y nos pasamos la tarde comprobando como niños pequeños si teníamos o no Likes y lamentándonos de que realmente el mundo fuera tan cruel y nadie compartiera nuestra emoción con nosotros ofreciéndonos un mísero Like sentido.

El domingo le invité a cenar. Llovía y habíamos pasado la tarde en casa, durmiendo, yo instalándole su nuevo sistema de sonido, yo criticando su poco entendimiento al comprar tecnología (¿un proyector Acer?, ¿a quién se le ocurre?), yo tragándome mis palabras al comprobar a mi pesar que se trataba de un pepino de proyector, yo descubriendo pasiones ocultas de Nader al abrir su página principal de YouTube. Fuera no paraba de llover y eso -creo- nos puso melancólicos de más, así que a la salida del lugar de comidas (han de saber que en Ginebra una no se puede permitir invitar a amigos a restaurantes), caminando bajo nuestros paraguas y sobre un paso de peatones, Nader, a mi derecha, se giró hacia mí, me miró durante unos tres segundos y me preguntó:

«Violeta, ¿tú crees en el amor?» (*)

Nader y yo nos habíamos pasado el fin de semana generando preguntas de este tipo. Somos así. Cuál es el sentido de la vida, el vivir tiene algún tipo de utilidad, estamos solos en el universo. Tampoco habíamos parado de cantar What Is Love – Baby Don’t Hurt Me – Don’t Hurt Me – No More (a dúo, por supuesto; si uno empezaba, el otro había de continuar). Pero supe que aquella pregunta era de verdad. Que no estaba intentando hacerme reír o provocarme otra perorata sobre la inexistencia de la existencia, o una nueva oda a los Monty Python. No. Me lo preguntaba muy en serio.

Y si quieren que les diga la verdad, nunca antes había contestado esa pregunta tan rápida y tan enteramente como entonces.

No.

Nader aguardó tras mi respuesta. No me miró. Yo continué.

«No, Nader. Necesito muchas cosas. Muchas. Y esa exigencia no va a desaparecer. Necesito a alguien inteligente, muy inteligente, tan inteligente que no necesite explicarme, porque no puedo compartir mi vida y estar explicándome todo el tiempo. No me refiero a culto, no es eso. Puede no saber quién era Richard Burton, vale. En serio, está bien. Pero si se lo cuento una vez, tiene que recordarlo, y tiene que recordar también por qué es tan importante para mí. Nader (y aquí respiré) yo estoy muy cansada, y al final de muchos días estoy reventada, y si llego a una casa y encuentro a un individuo necesito que esa persona entienda lo que estoy queriendo decirle. Y esto no pasa. Y si pasa, no funciona. Y si pasa, nunca es suficiente. Así que no. En cualquier otro momento te habría dicho sí. Pero ahora no.»

Nadie dijo nada más sobre el tema.

No sé (porque no puedo saberlo) si Richard y Elizabeth tuvieron alguna vez ese tipo de relación. Quiero pensar que sí. Que, como Martha y George en Who’s Afraid Of Virginia Woolf, ella siempre pudo volver a casa y a pesar de todo el daño (ese que sólo puede y sabe hacer la gente muy inteligente) y de todo lo malo, y a pesar incluso de ellos dos, podría sentarse junto a él, con su mano acariciándole el pelo, con esa voz grave y tan bien perfilada preguntándole qué le pasa, quién tiene miedo de Virginia Woolf, y ella confesarle entre lágrimas «yo, yo lo tengo».

Lo que sí sé es que Nader sí sabía quién era Richard Burton. Bebimos como Richard Burton.

Y aún así, no fue suficiente.

 

 

 

 

 

No te lo pregunté en su momento pero, ¿y tú? ¿Crees tú en el amor?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(*) O en su versión inglesa, que sonó mil veces mejor: Do you believe in love?