Mi gran Όχι

 

 

Conocí a Esther gracias a este blog. Ella me leía -hacíamos juntas el mismo programa de becas, desde lugares harto diferentes- y un 4 de mayo de hace ya cuatro años me escribió: «uno siempre es en esencia el mismo, sólo acumulamos etapas a lo cebolla; y, en esa esencia, está escribir muy bien: sigue usando la escritura como catarsis». Yo no había visto nunca a Esther. No conocía su pequeña pero increíblemente expresiva nariz ni era consciente de ser mucho más alta que ella, tampoco había visto la cantidad de gestos que es capaz de hacer con su boca, es muy probable que Esther ostente el premio a la persona que conozco que más muecas, derivadas y claras puede hacer con su boca. Tras su comentario la agregué a Facebook, empezamos a hablar, la amistad surgió como surge siempre todo lo bueno y las mejores cosas de la vida (que, les insistiré una vez más, no, nunca las elegimos nosotros), naturalmente, sin forzar, sin apenas planearlo. La admiración se dio, del mismo modo, naturalmente, sin forzar, uno ve que no se puede no admirar a Esther cuando se la conoce. Ahora hablamos todos los días. Es la persona (una de las) a la que acudo cuando pasa algo. Sólo tengo que encender WhatsApp, buscar su nombre -que siempre estará ahí, en los primeros- y escribir «Esther». Y ella sabe qué hacer. Sabe que no necesito consejos mágicos, guías vitales, reprimendas, hostias, aplausos. Sabe que sólo necesito palabras más, palabras menos, la certeza de saberla al otro lado, alguna broma o chisme que nos lleve a hablar de otra cosa, conocer la última ocurrencia de Tinta, hablar de aquél al que profesamos admiración mutua en secreto, y no tan en secreto. Esther es catalana, y un día dijo sí a un proyecto político en el que cree, o más bien dijo sí a medias, pues aún muchos no quieren dejarle decir rotundamente sí. Hace quince días yo me iba de una patria que había dicho no, rotundamente no, porque al fin alguien les había permitido decir no. Volví al lugar al que llevo tres años diciendo sí. Sí a otro trabajo (y van cinco), sí a otra noche contigo (y fueron muchas, aunque no se las contáramos a nadie), sí a copas, planes, ratos que provocaban más vacío que aquel que pretendían suplir. Sí a no ser feliz porque necesito «el» dinero, porque no hay Troika que a mí me rescate ni banca privada que sostenga mi déficit primario, sí a que fueran sólo los fines de semana fuera los que me plasmaran la sonrisa en la cara. Volví, y tal y como volví vuelvo a irme, porque los griegos habrán perdido, y nosotros con ellos, y poco sabio sería no admitir que la decepción duele tanto o más como todas las que llevamos a cuestas. Pero no es ninguna tontería, tampoco, contar verdades y contar -porque es así, joder- que hemos recuperado la dignidad (ellos) y que podemos recuperarla con ellos. La dignidad se recupera diciendo no. Όχι. La dignidad se recupera plantándose y reconociéndose (a sí, a uno mismo) que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y que, de no serlo, qué menos que que nos dejen decirlo. Yo lo digo: Όχι. Όχι a los jefes que aprovechan que saliste a comer para entrar en tu ordenador, leer tus conversaciones privadas y – no contentos – a tu vuelta gritarte que eres muy poco profesional. Όχι a esta ciudad, gris, deprimente, poblada de personalidades banales cuyo único denominador común es su falta de rumbo. Όχι a ti, porque nadie más lo ha hecho, pero alguien tiene que decirte que eres un hijo de puta, así como alguien tuvo que plantarse, levantarse e irse, zapato o no en la mesa mediante, y espetarle a la Troika su verdadera condición: terroristas. A ti, mi particular Troika, alguien tiene que cantarte que no sé cómo te atreves a venir a decirme que me quieres, a pedirme que no cuente nada a nadie, a besarme en tu cocina mientras esperas que llegue la otra, a personarte en mi casa borracho como una cuba horas antes de irte de Bruselas, «porque es la última noche que pasaremos juntos». A ti, que seguirías buscándome, mientras vas ahora de la mano por Madrid con tu quincuagésima novia (todas son novias, todas menos yo). Όχι a seguir recordando (y eso que no consigo olvidarlo) dónde están todos y cada uno de los lunares de tu espalda. Y al final mi Όχι es a rendirse, a creernos, como creímos durante muchos años, que está todo hecho, pero porque no hay nada más que hacer. Ni está todo hecho ni nos moriremos habiendo finalizado nuestra labor, no porque la emancipación sea una utopía, sino porque la emancipación es una constante. Όχι a creer, y hacer creer, que no podemos mejorar. Όχι a creer, y a hacer creer, que para mejorar no necesitamos -nosotros- mejorar.

Todo Όχι es un sí. Mi sí es a España, a los amigos, a la patria. Un sí a los que aplauden que, antes, ahora y siempre, siga usando la escritura como catarsis.

Un sí a quienes entienden que lo normal, un jueves por la mañana, es encontrar un mensaje de una amiga que dice «me voy a Grecia el próximo domingo». Un sí a quienes me escriben en ese momento para que pueda compartir mi alegría con ellos, porque saben – y entienden – que no quiero compartirla con nadie más. Un sí a los que me quieren. Un sí a los que me recuerdan que estoy muy mal de la cabeza, pero que es valiente, muy valiente, y digno, muy digno, irse a otro país porque, simplemente, quieres hacer bulto en una plaza en la que quedará para siempre el recuerdo del momento en el que se dijo Όχι.

Como quedará en mi memoria la certeza de todas las cosas, personas, y momentos, a los que yo tenía que decir Όχι para volver a ser feliz, tumbada en el césped de una plaza llamada Syntagma, viendo las estrellas, un domingo 5 de julio de 2015 en Atenas.

 

 

 

 

 

Coda (planetaria):

 

«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»
«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»

 

El sábado pasado, Mendieta tocó con Los Planetas Un Buen Día, y nos marcó a todos – más a los allí presentes – un gol realmente increíble.

Cualquier día del último año, habría deseado haber estado allí, contigo.

Hoy deseé muy, muy fuerte, haber estado allí sin ti.

 

 

 

 

 

 

 

Cosas que no te dije en Roma, pero porque no estabas

«Sabía, al igual que Chéjov, que el interés por nuevas ciudades no es tanto llegar a conocerlas como escapar de otras anteriores

Chi sei tu?
Chi sei tu?

Escrito en Roma, en la madrugada del 5 al 6 de abril de 2015, como una nada a la altura continuación de Cosas que no te dije en Roma.

 

 

 

Todo empezó con David Trueba.

Todo empezó con una entrevista a David Trueba en Carne Cruda a la que llegué porque en el mismo programa Javier entrevistaba a Francisco Nixon. Trueba presentaba su nueva novela, Blitz, y Fran su nuevo disco, Lo malo que nos pasa. Y ya me conoces, mi capacidad para agarrar algo y no soltarlo, volcarme del todo hasta exprimirle el último de los detalles. Escuchar mil veces que lo malo que nos pasa es todo por salir de casa. Oír a Fran hablando de Sergio Algora y recordar que gracias a que dejaste de ser en mi vida recuperé a La Costa Brava y El Niño Gusano. Saber de Muy Poca Gente, y de Ricardo Vicente. No parar de escuchar, descubrir, mientras tanto pensar. Comprar Blitz y devorarla en dos días. Que, a través de Blitz, Amazon me recomiende una novela de una tal Milena Busquets (También esto pasará), descargarla y devorarla en otros dos días. Y mientras tanto, en Roma. Pensando en todo lo que te diría si estuvieras conmigo en Roma, a pesar de que no hubiese querido, bajo ningún concepto, tenerte conmigo en Roma.

Todo empezó con David hablando de la orfandad. Blitz no es una gran novela. Es tremendamente inverosímil (lo sé, siempre defenderé que la ficción es ficción, pero en ningún momento me creo al treintañero follándose a la vieja, lo siento, por muy buena que sea tu intención de hablarnos de lo irremediable del paso del tiempo y que hemos de curarnos de preocuparnos tanto por envejecer), no está particularmente bien escrita (lo sé, David es mejor guionista y no tan buen novelista, pero Saber perder y Cuatro amigos tenían, al menos, personajes bien perfilados), pero sí tiene esas pequeñas píldoras tan características de él y que hacen que yo le admire tanto, aún teniendo -de lejos, y añoz luz mamma mia- la voz más fea de todas las voces posibles. Lo juro, me follaría a David Trueba, con gusto. Pero que no me hable en absolutamente ningún momento del coito, acto, momento, lugar. Nin-gu-no.

Decía David, y pese a la fealdad de su voz con mucho acierto, que cuando uno se queda huérfano nadie viene a decirle «no te preocupes, encontrarás otro padre». Pero cuando alguien desaparece de nuestras vidas todo son peces y peceras, y a algunos sólo les falta ponerse en plan Sebastián y soltarte que siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar. Y David continuaba con que aquello le parecía una muy bonita soplapollez, porque aunque no sea enteramente comparable, la sensación de pérdida y vacío se asimila momentáneamente a la de la orfandad, y que el agujero que te dejan te lo dejan aunque luego vengan otros amigos parejas y perros. Que la cuestión de fondo, señores, es cómo sobrevivimos al y con el agujero.

 

«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»
«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»

 

El protagonista de su novela lo hace follándose a una vieja, cosa que no me parecería mal si me atrayeran lo más mínimo. No somos en esta casa de hacer ascos a nada que no sea votante de Ciudadanos. Pero no me molan las viejas en general, tampoco los viejos en particular. En realidad en eso no he cambiado y sigue sin gustarme nada que sea real. Con lo que para llenar los agujeros, o mis agujeros (David falló al no especificar si nos pertenecían o no, pues los generan otros por nosotros) me voy de Bruselas. En un mes, cuatro ciudades, en cuatro fines de semana seguidos. París Berlín Ginebra Roma. Todo para terminar con la sensación de que a pesar de haber hecho millones de cosas mi cuerpo está igual de fatigado y mi cabeza igual de perdida. Todo para terminar en Testaccio cenando con Mauro y confesándole que estoy perdida, extraviada, hasta el punto de que ya da igual Bruselas o no Bruselas, y el problema quizá no sean las ciudades sino el afectado desapego que muestro para con todo. Mauro tuvo a bien recalcar (así es él) que lleva escuchándome decir eso desde que me conoce. Lo sé, soy un puto broken record, y aunque no lo creas estoy ya cansada de que cuando me preguntáis cómo estoy y qué tal va mi vida la respuesta más natural y sincera que me salga sea esa, que estoy perdida. You have to live more, come on, si lo piensas has estado en cuatro ciudades estas últimas semanas, has hecho miles de cosas. Sí, y debería sentirme mejor, lo sé. Pero no se va, esa continua sensación de «no es suficiente». No deberías sentirte así, eres muy joven aún. Sí, soy joven, y siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar.

El viernes, paseando con Mauro y pensando -claramente- a y en otra persona, me di de bruces y me llevé una hostia de narices y una rodilla ensangrentada. Para colmo iba en vestido y medias, con sus correspondientes tacones, porque esta vez me metí mucho en el papel de Vacanze romane. Pensé mucho en mi madre y en lo mucho que quería que estuviera allí conmigo, aunque sólo fueren cinco minutos, para rociarme de agua oxigenada, como cuando era pequeña y me caía cada tres por dos, por torpe y pensativa (hay cosas que no, no cambian). Mi madre piensa que no la quiero, lo piensa de verdad, y es cierto que a veces aparento desquererla, pero eso lo hago con todo bicho viviente al que sí quiero y de verdad. Querer consiste en eso. Y entonces leí, en También esto pasará, que el verdadero amor es por definición ambivalente, que sólo se puede querer aquello que al mismo tiempo te provoca sentimientos encontrados. Y pensé en toda la gente a la que quiero, en Guiomar, en Paula, en Esther, en Blanca, también en Alberto, en cómo les quiero completamente, y en cómo muchas veces también querría arrancarles la cabeza porque pueden llegar a sacarme mucho de quicio. Y en cómo yo también a ellos les saco mucho, muchísimo, de quicio.

He pensado en todas estas cosas durante estos cuatro días. Y también en ti, y en que te echo de menos. Sin ti soy alguien y sin embargo te echo de menos. Y lo último que pienso cada noche antes de dormir es que a ver cuándo cojones volveré a la normalidad de no volver a pensar en ti nunca más, que al fin y al cabo viví veintisiete años sin conocerte y tampoco me estaba yendo tan mal, follaba y todo. Porque esto de echarte de menos a medias cansa. Esto de no saber si eres o no un agujero, agota. Y agotan los amigos (no los buenos, los buenos me conocen y saben que lo detesto) con su «encontrarás a otra persona». Qué persona ni qué leches, gilipollas, que a veces sois todos un poco gilipollas. Esto no va de esperar a ninguna persona, ni tan siquiera de buscar a una u otra persona, ni de querer (a) una persona. Esto va de querer volver al estado natural de cada uno, en el que no se es huérfano de nada. Esto va de David teniendo más razón que un santo, va de que las categorías no sirven de nada, mi pareja, mi amante, mi mejor amigo. Tendremos muchos, y menos mal, pero los que se van se llevan algo de ti consigo, así vayamos todos de machotes por la vida.

Y también, por pedir, quiero poder hablar de mí sin que se note que soy yo, quiero decir, que está bien inspirarse en la vida de una y el egocentrismo nunca me ha parecido mala cosa si está bien canalizado, pero veo que hay mucho cotilla por ahí suelto que sólo se mete aquí para ver si hablo o no de él, para más inri luego soltarte que «no, si yo apenas me meto, pero justo aquel día y leí aquello y quería saber si lo decías por mí». Chico, la próxima vez pongo tu nombre al lado con luces de neón. No te angusties de más que te estalla la meninge que te queda. Pero dejemos ya de hablar de mí, porque ahora escribo porque no puedo dormir y todo se agolpa en mi cabeza sin darme siquiera la posibilidad de plantarle una coma a todo esto como Dios manda. Me duele la rodilla cada vez que respiro. Y tengo que despertarme dentro de tres horas.

Puto David Trueba. No es medicina para una neurótica.

 

 

 

 

 

 

(No lean Blitz a no ser que sean, como menda, devotos del Sr. Trueba. Lean También esto pasará, porque de tan honrado da igual que esté o no bien escrito. Es bello per se, como ejercicio literario. Hagan caso. Y, para sus agujeros, masilla.)

 

 

 

Venezuela para literatos

 

Es esta la historia de quien se fue dos semanas a Venezuela, aquella que Américo Vespucio nombró, presa del extrañamiento, cuando al desembarcar lo que vio le recordó a la Venezia italiana.

La Venezuela que es mil veces mejor que la Venezia italiana.

Cuando, el Jueves Santo de 1812, un terremoto asoló Caracas y otras ciudades de la costa venezolana -algo que la Iglesia de entonces consideró un castigo de Dios por haber luchado por la independencia- Simón Bolívar se dirigió a los suyos y les dijo: «si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella, y haremos que nos obedezca».

Ella y un Libertador.
Ella y un Libertador.

Ella -pues es ella a quien nos referiremos- se preguntaba cómo sería luchar contra su naturaleza y hacer que la obedeciera. Ella, que como dijeran aquellos versos de Cernuda, no conocía más libertad que la de ser presa de alguien cuyo nombre no puede oír sin escalofrío.

Ella sabe, con casi todas las certezas posibles, que cuando regrese ocurrirá lo mismo que casi todas las veces certeras. Ella habrá vivido tantas cosas, en tan poco tiempo, que se sentirá volviendo de un estado de ebullición en el cual el tiempo no era ya relativo, sino otro por completo diferente. Cuando regrese se sabe que será con el pecho henchido -ella, que ha conocido letras superiores a la B sólo en aviones-, y también que aterrizará sobre sus lugares comunes de antes. Que los amigos le contarán las novedades, y que a ella le resultarán nada novedosas. Las habrá que hayan engordado, adelgazado, envejecido incluso, si el tiempo hubiera sido en efecto otro por completo diferente. Los habrá que hayan encontrado el amor, y quien lo haya perdido, aunque en perder el amor ella siga entendiendo una suerte de bendición en forma de eterno retorno de la libertad. Los habrá que compartan su punto de vista y quien, sin encontrar el amor, haya encontrado en dos semanas asilo y refugio en más de una cama.

Ella aterrizará, qué duda cabe, desde un país que exporta misses, telenovelas y petróleo. No en ese orden, pero sí en barriles Brent, a razón de varios litros de sudor -y aún más de sangre- por minuto. Exporta eso, y nada más. Pues es un país al que alguien, en algún momento de su historia, le hizo creer que no valía más que aquella simiente negra que corría bajo sus tierras.

Qué equivocados estaban, pensaba, los que no se maravillaban ante un país donde la guardia del aeropuerto te pregunta por qué hay en tu pasaporte letras “como en musulmán”. “Es árabe”, les contesta. “Es poco usual encontrar esto, señorita, y más con tantos sellos; dígame a qué se dedica usted, qué fue a hacer a ese país”. Y el recuerdo de por qué fuiste a Arabia Saudí la sacude de pronto, y muy fuerte, y presa una vez más de su propia naturaleza no sabe qué responder.

Un país donde te insisten para que pruebes sus cervezas, de cuatro grados, y tú rebates que no, que estás aprovechando tu estadía para desintoxicarte de una vida de excesos. Quizá sea por eso, porque te ven como alcohólica empedernida a reformar, quizá -sea esto más probable- porque vuelves a tener la suerte de conocer a gente increíble allá a donde vas.

 

Birongo, Venezuela.
Violeta, Flor de Birongo.

 

Vienen, y te llevan a cenar pizza al horno de leña, a comer sushi con plátano tostado, a subir el monte Ávila -y tú en Converse, ojos de princesa-, a probar bombones de lujo “hechos a la manera belga”, no vayas tú a extrañar lo que no es tuyo pero también te pertenece. A comprar libros, libros, libros; a montar en vagones de CAF y, a la salida, ver la CAF por la que suspiras. A conocer los paraderos de ese personaje que tanto idolatras, esa línea más entre el amor y el odio que ha sido siempre para ti Simón Bolívar. Y al teatro, glorioso teatro, donde no puedes sino interpretar como una señal que una de las protagonistas se llame Violeta. Como tú, y con sólo una t, que dos -es sabido- son demasiadas. Un teatro como tú: ávido, exigente, discursivo. Y no te preocupes, que no abandonarás el país sin tener grabado a fuego en tu memoria el bigote de Juan Vicente Gómez. El de Maduro, por descontado. Que al fin y al cabo, es Movember.

Y no sufras que tú, el Salto del Ángel lo ves antes de poner un pie fuera de Venezuela.

Venezuela: el país donde te ofrecen 200 bolívares al día por picar cacao, pero la carne de lapa se cotiza a 10.000 el kilo. Donde 10 litros de gasolina cuestan sólo 1 bolívar, lo que supone 0,11 euros al tipo de cambio oficial – no queráis conocer cuánto usando el paralelo. Lo mismo cuesta un ‘ticket’ de metro. Pero un país, también, donde te encuentras con que un desodorante marcado en 16 bolívares cuesta 52 cuando llegas a la caja. “No señorita, esto ha subido desde que usted lo tomó hasta ahora; lo paga, o lo deja.” Cómo cambia la vida en un pasillo, piensa.

Donde ha conocido una izquierda que desconocía, y una derecha que no querría conocer.

Uno que no se visita por miedo y que, de tan interesante, se convierte en convulsamente maravilloso.

Ella aterrizaría, sí.

Pero aún tenía tres días para encontrar a quien, como profiriera Bolívar, la comandara a luchar contra su propia naturaleza.

Si es que en algún momento fuera eso lo que ella en realidad quisiera.

 

Ella y la sonrisa de felicidad.

 

 

 

 

 

Más países para literatos:
1.- Líbano para literatos.
2.- India para literatos.

De lo que no se puede describir

 

Hay mucho de indescriptible en la sensación que acompaña a la primera vez que haces pie en un nuevo lugar. Ningún Old Fashioned está a la altura de ese cóctel de adrenalina, miedo e ilusión que me acompaña esos primeros momentos de llegada, de desconcierto, de aventura. Poco hay comparable a esos trayectos en taxi desde el aeropuerto a la ciudad, esos primeros trayectos en los que tu mente ya no va a años luz/hora, sino que más bien se evade y se eleva, y te sientes poseída por tu propia mirada desbocada, que todo quiere abarcar.

Todo hay de indescriptible en la sensación de que podrías vivir de y con esa adrenalina, toda la vida.

Pero también hay algo de indescriptible en la sensación de aterrizar en Madrid, con unas llaves de una casa que no es tuya, una vez más. Algo indescriptible hay al abrir una nevera repleta de latas de Coca-Cola donde, además, alguien ha plantado boquerones y gulas. Y que, a su vez, la repisa se componga de Cola Cao, berberechos, patatas fritas, aceitunas, y chocolate (mucho chocolate). Indescriptible es la sensación de que alguien te conoce así de bien, a ti, que vas por la vida de complicada y que siempre has pensado que Delfos, contigo, no aplica. Pero no, porque indescriptiblemente alguien ha tenido a bien recordar lo feliz que te hacen pequeños detalles – y al natural.

Indescriptibles son también los whatsapps de cariño. Los «4.000 euros, esa es la cantidad que tienes que meter en la cabeza de tus captores cuando hablen de rescate; son todos mis ahorros», los «cuídate y que no te secuestren, o Bruselas será aún más triste». Los amigos que aguantan, soportan y -me atrevería a añadir- disfrutan cada estupidez que escupes.

Que estoy perdida lo he dicho ya muchas veces. Un breve vistazo a este blog y el adjetivo aparece explícito, o entre líneas las más de las veces, cuando no con luces de neón y un letrero que rece «se compra guía para la vida, dígame cómo van a ser el resto de mis días». Y quién va a quedarse y quién va a aparecer, y quién va a irse para que pueda yo prepararme y no duela, más. Ahora que veo una ciudad nueva por la ventana y sólo sé gritarle en silencio «ofréceme algo, invítame a querer quedarme en un lugar» pienso en quien está igual de perdida que yo en la forma (a veces, pienso, no en el fondo – ¿o era al revés?) y en innumerables intercambios en los que yo empiezo hablando de perdición y termino soliloquiando sobre hombres (curioso nexo). En uno de esos intercambios le dije que «Buscamos cosas que no existen. Y no es que nos hayan dicho que existan. Es que no entendemos nuestra existencia sin que existan. El trabajo soñado, la realización personal, el ocio permanente que nos permita leer dos, tres novelas por semana y un ensayo el fin de semana. Los chicos de metro ochenta y cinco que quieran estar contigo y con nadie más. Los amigos que se vayan contigo cada vez que te mudes de ciudad. Los padres que quieras visitar y que no conviertan en agonía permanente cada vuelta a casa. Las hermanas que no crezcan. Y un largo etcétera.»

 

A new window to look through.

 

Desde Caracas, añado. Buscamos cosas que no son. El problema no es que no existan, o que existan como agravio de la fortuna. El problema es que no son. Las hermanas crecen, y muy rápidamente. La mía, en concreto, tiene ya un novio (y un chico guapísimo, he de proferir) y tienen a bien recordarme lo fácil que es todo cuando es fácil. Luego seguimos. Hay padres que no cambian ni cambiarán nunca, y que bien podrían no ser y así no habría agonía que poder relatar. Los amigos no vendrán conmigo cuando yo decida irme de Bruselas. No vendrán conmigo los discos de Pulp, las noches de karaoke, las comidas y sobremesas que se alargan ni el quererse fríamente pero, para qué negarlo, quererse mucho. Así como a Bruselas no vinieron Alberto y María para decirme, y hacerme sentir tan bien cuando (me) lo dicen, que cada vez me ven mejor.

Los chicos de metro ochenta y cinco abundan, pero todos se van antes de que yo pueda mencionar las ochenta y cinco cosas que quisiera decirles. Yo, a veces, también me voy antes de que ellos puedan expresar las ochenta y cinco cosas que quieren que escuche. Llegando estoy a la conclusión de que ochenta y cinco centímetros y un metro es demasiado espacio para amar, cuando mi metro setenta nunca podrá cubrirlos por completo.

Y el trabajo soñado sí sé cuál es. Pero, de momento, no me atrevo a conseguirlo.

Por lo pronto, queda siempre la victoria y una foto de Chávez a lo lejos. Sensaciones nuevas que expropiar y, muchas de ellas, aún indescriptibles.

 

Pero bienvenidas.

 

 

 

India

«Estaba agotada,

pero el origen de mi cansancio no era físico.

No estaba cansada por lo que había hecho,

sino por haber sentido tanto,

tantas cosas a la vez, en tan poco tiempo.»

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Próximamente: “India para literatos”.

Líbano para literatos.

 

Es esta la historia de quien partió cuatro días a Líbano, intentando escapar de su mundo descomunal.

«La caminante sobre el mar de agua.»

Allí caminó por La Corniche, enfundada en su sudadera azul recién adquirida en el templo Hard Rock, pensando en no pensar, pensando en que la suerte, para ella, volvía a ser una ramera de primera calidad.

Allí tuvo ocasión de volver a reír a carcajadas, de saltar entre camas, de gritar, allí donde solía ella gritar. Tuvo ocasión de cantarle a John Boy como si el mundo estuviera a punto de terminar, de compartir un iPod en un autobús, de sentir el mar. Y hasta ella, que odiaba las iglesias, tuvo ocasión de ver una de las iglesias más bonitas que jamás vería.

Iglesia de San Juan Bautista. Byblos

Allí vio a niños sonreír porque tres desconocidos les tomaban una foto. A quien, inocente y feliz, nos preguntaba “how are you” incesantemente, sin encontrar más respuesta que tres corazones encogidos. A quienes la saludaron en la distancia, en un saludo que más bien sintió como una muestra de agradecimiento. Y un aplauso ensordecedor porque un hombre le tocaba el hombro a una mujer.

Vio muerte y destrucción.

 

Y allí, entre edificios bombardeados de oxígeno, conoció a un príncipe, que le pidió que le contara historias a él y a su consorte porque ella, a su tenor, parecía saber contar historias, aunque solo fuera a través de unos ojos gigantescos que siempre, siempre la delataban.

Y eso hizo. El príncipe reía y reía, y ella se sentía feliz. Pero de repente, sin preverlo, dudó de su felicidad. Su cara se entristeció y sus ojos, espejo de su alma, miraron cabizbajos a su príncipe, clamando por la retirada. Acudió al baño a enjuagarse las lágrimas que empezaban a asomar y, allí, al verse en el espejo, lo comprendió, todo.

Comprendió que aunque sintiera las cosas de cierta manera, ello no las convertía en lo que ella querría, en lo que ella deseara. Comprendió que la gente se muere, que la gente se mata, que hay países en guerra, y que nada de aquello iba a cambiar por más que ella así lo anhelara, con todas sus fuerzas. Y comprendió que aquel príncipe nunca vería en ella más que a una niña mona e inteligente, con la que reírse de sus extravagancias y ocurrencias. Y que nunca, nunca le diría la verdad.

Y, entonces, se desvaneció.

La consorte real, apremiada por su príncipe destronado, corrió cuando le avisaron de que una niña, de ojos ensangrentados, yacía en el suelo entre los restos de un espejo roto.

– Ya no os contará más historias, Alteza. Me temo que se le ha roto el corazón.

A lo que el príncipe proclamó:

«De ahora en adelante, que todos los que vengan al Líbano no tengan corazón.»

Istanbul

 

 

Hace escasas doce horas regresé de Estambul, Turquía, Europa/Asia, el Mundo, el Universo. Es el primer viaje que hago desde otro lugar, otro lugar que no se llame España. No sabría explicar por qué, pero ello claramente ha influido en la percepción que hoy, sentada en el despacho, recupero de Estambul. Y me ha servido de algo, de mucho. Me ha servido para constatar que el subdesarrollo social, político y económico no es un designio divino de Allah, que el islam no está condenado al ostracismo ni determinado al desentendimiento con el ‘manido’ Occidente, en un lugar donde la línea que separa el ‘supuesto’ Oriente de Said del Occidente de Huntington es tan fina como un estrecho que se cruza en treinta minutos y tan ancha que se desdibuja por completo. Me habría sorprendido visitar Estambul desde Madrid, sin duda alguna; pero me sorprendió más visitarlo desde Ammán. Conocer la potencialidad del cruce de culturas en dos sociedades muy diferentes, pero separadas tan sólo por dos horas de avión y más de cinco vuelos diarios.

Los detractores, los adictos a Huntington, los que leyeron y enmarcaron el último ‘special report’ del Economist sobre Turquía se retrotraerán al discurso griego, alemán, francés, intolerante e intolerable. Turquía no es Estambul, dicen mientras clavan en nuestras pupilas su pupila azul. Pero decir que Turquía no es Estambul es tan banal como decir que España no es Madrid o Barcelona, Grecia no es Atenas y Francia no es París. Es un pretexto para intentar negar que un país capaz de institucionalizar un estilo de vida y un comportamiento social como el que viví en Estambul, aunque se reduzca a un espacio, es capaz también de extender el modelo. (Pero espero tener la oportunidad de ver el resto de Turquía para saberlo.)

Es también un pretexto para intentar negar a un país que se pregunta, se debate, se cuestiona hechos que ocurrieron hace cien años. Porque en Turquía se debate el genocidio armenio, con complicaciones, pero se hace. Y uno no puede hacer sino preguntarse: si ellos pueden recapacitar, ¿por qué no nosotros?

No lo sé. No sé por qué un estado ‘en teoría’ menos desarrollado y con menos tradición democrática que la nuestra puede plantearse preguntas que a nosotros nos aterran. Sólo sé que la compañía fue inmejorable. Las largas caminatas, necesarias. La sensación de volver a pasear con una ciudad, impagable. Los miles de White Mocca, felicidad.

 

¿Repetimos?
¿Repetimos?

 

Pero en Ammán no hay nada de esto.

En Ammán no hay calles que patear. Lo único a patear son los culos de muchas malas personas. No hay miradas que sostener. No hay turcos. No hay manifestaciones ni hostales rojillos. No hay miles de risas producto de los comentarios de algún que otro tendero. No hay gatitos recostados sobre una pila de libros, echando la siesta mientras una chica cree encontrar en ellos un refugio a su mundo descomunal y les toma una foto…

 

 

…porque, directamente, no hay librerías. No hay vida, sino ambivalencia. No hay Mustafa, ni Kemal, ni Atatürk.

¿Cuántas veces puede desearse algo? ¿Cuántas veces puedes sentirte comprendido e incomprendido al mismo tiempo, lleno y vacío a la vez? ¿Cuántas veces puedes escuchar «Lucha de Gigantes» sin cansarte?

En mi Top #5 Ciudades en las que quiero vivir ya hay dos lugares ocupados: #1, Viena; #2, Estambul. Las dos tienen muchas cosas en común, pero una en concreto que, en ambas ocasiones, acabó robándome el corazón:

 

Señalitas del transporte público, :)
Señalitas del transporte público, :)

 

Porque yo, al fin y al cabo, soy tan romántica como la ciudad que amo. Madrid, no te pongas celosa, tarde o temprano, volveré.

Pero sáquenme de aquí. Houston, tengan compasión. Ni me inspiran las estrellas ni vi a Dios. Espero vuestra decisión…

 

 

[Y este lugar, y ellos, malditos sean.]