Fin y fundido a negro (2ª Parte)

«Puedes buscar por tierra,

puedes buscar por aire.

Que como yo te he querido

no va a quererte nadie.

No va a quererte nadie.»

 

 

 

 

 

 

 

 

Fin. Y fundido a negro.

Bastante, Mucho, Demasiado

After all, desire is the enemy of contentment.

 

 

 

Hay quien habla bien, hay quien tiene una voz de ensueño. Y hay quien escribe, y quien se esfuerza día sí y día también por tener una pluma de ensueño.

Cómo nos expresamos o, mejor dicho, cómo preferimos expresarnos, delimita con mucho nuestra forma de ser. Delimita con mucho qué canal elegimos para ser honrados, y ante cuál nos abrigamos cuando, por error, omisión o cobardía, no queremos serlo.

Yo, cuando escribo, puedo pensar. Pensar detenidamente. Puedo ordenar mis ideas. Puedo poner, aunque sea sólo momentáneamente, algo de orden al caos permanente que vive en mi cabeza. Por eso siempre que he tenido que decir algo importante, he preferido hacerlo por escrito.

Y, pese a ello, desde muy pequeña desarrollé mecanismos que me permitieran, al menos los días pares, expresarme sin mostrarme siempre demasiado a la defensiva. Recónditos espacios de comodidad mental de los que yo podía hacer uso cuando no supiera cómo seguir. Mis palabras. Mi zona de confort.

Durante toda mi adolescencia, bastante era mi comodín. La piedra angular de mi expresión. Una palabra compañera. Cada oportunidad en la que pudiere usarla era bienvenida. Cada momento en que pudiere declamarla, apreciado. Era sonora, indefinida, ciertamente impostada y hasta algo condescendiente. Era como yo quería ser.

Pero como muchas otras cosas de mi vida, todo cambió cuando llegó el conocimiento.

Tenía quince años y estaba en Primero de Bachillerato. La educación sentimental de nuestro programa de estudios dictaba que habíamos de dedicar cuatro meses de nuestra juventud no a diseccionar textos de Lope y Quevedo (eso más adelante) sino a analizar morfológicamente palabras que ya entonces carecían de sentido. Era fundamental para nuestro posterior desarrollo intelectual que pudiéramos categorizar todo el universo escrito. Adverbios, preposiciones, interjecciones. Sólo así podríamos acercarnos a la forma soneto, más tarde, sin morir por inadecuación en el intento. Sólo así podríamos unirnos tangencialmente a la literatura, sin que ésta nos causara desapego hacia lo categórico, alejándonos de él. Sólo  así podría sobrevivir algo tan anodino como la sintaxis.

La categorización en la lengua castellana, como sabrán, no conoce límites. Para los morfólogos, siempre hay algo más. Un nuevo modo de arruinar todo ese potencial creativo que tiene el español.

Un ejemplo de ello son los sustantivos no contables.

 

El origen del mal.
El origen del mal.

 

Tenía quince años y el sistema educativo me sumió en la decepción. Un día, en una clase de Lengua más, aprendí que, pese a lo que había entendido durante todo ese tiempo, bastante es menos que mucho.

Recuerdo discutir con mi profesor con la misma intensidad con la que siempre discuto lo que no entiendo. Recuerdo enfurecerme ante la idea de que tanto él como un libro de Lengua estaban pretendiendo engañarme, y nada más. Recuerdo saberme equivocada y persistir sin embargo en el intento, con la misma intensidad con la que siempre discuto lo evidente.

De repente, el universo de confort que había entretejido estaba totalmente destruido. Todas las veces que había dicho bastante, cuando en realidad quería haber dicho mucho. Y, más duramente, el viceversa. Todas las veces que dije mucho, cuando la contraparte sólo estaba destinada a recibir un bastante.

El pasado viernes un amigo me sacó de paseo. Necesitaba aire, él podía proveerlo. Él es consultor. Dejémoslo en un gran y buen consultor. Necesitarían saber bastante más para entenderle en mi contexto. Necesitarían saber mucho más para entenderle a él en su contexto. Pero hoy sólo quiero ilustrar una más de sus afirmaciones categóricas.

Estuvimos juntos cuatro horas, y yo estaba tan ausente que se vio obligado a lanzarme historias mínimas con el propósito, nunca resuelto, de que yo quisiera interesarme por alguna conversación. Yo, simplemente, no estaba allí. Sin importar cómo de bien describiera una preciosa casa llena de libros en los bosques de Canadá o lo mucho que disfrutaba viendo correr a Senna. Mi mente estaba, simplemente, en otro lugar. Y corría mucho más rápido de lo que llegó a correr jamás Ayrton Senna.

Se desesperó. Más bien, le desesperé.

Me dijo que, como consultor externo sobre mi vida que era, no podía estar así de triste.

Y entonces le pregunté, con la misma inocencia con la que cualquiera lo pregunta la primera vez que algo le sale mal, esa vez primera en la que carecemos de todo atisbo de racionalidad, aquella en la que recaemos sobre la efímera pero certera convicción de que nosotros somos el problema, nunca la solución, y que pese a que volvamos a intentarlo el fenómeno será imposible:

 

- Como consultor externo, ¿crees que soy susceptible de que alguien se enamore de mí?
- Bastante.

 

Bastante es menos que mucho.

Pero entiendo, o quiero entender, que será suficiente.

 

 

 

Agosto fácil

 

Agosto no es mes para las chicas difíciles.

Vaya si no lo es.

Agosto es sopor, desgana, dipsomanía.

Pero entre todo este malhumor, aún pensamos que lo mejor quizá sea reconvenir, ahuyentar los fantasmas del desasosiego que no nos deja escribir, y vencer la crisis.

Crisis que no se vence sino pensando que, si de por sí nadie lee tu blog, menos eco tendrá lo que publiques este mes. Más honestidad te puedes permitir.

Y vaya si te gusta y no te gusta ser honesta al mismo tiempo.

Hoy me apetece contaros una pequeña historia. Pequeña por su relativa importancia. Historia porque sus protagonistas ya no están presentes en mi vida.

Hace cinco años, antes de que yo tan siquiera me embarcara en mi primera relación formal – y sí, sigues resultándome un error, conocí a un chico. Le llamaremos el chico que sabía demasiado, por el bien de esta historia.

El chico que sabía demasiado y yo conectamos muy bien. Había química. Y no era sólo por lo que teníamos en común o por lo que no nos separaba por completo – a pesar de que no le gustaba la filosofía, por ejemplo (y vaya insensatez, diréis con ávida razón). De hecho, a día de hoy y si me preguntáis – sólo si me preguntáis, tendría que reconocer que no recuerdo haber experimentado ese nivel de conexión con nadie (más) desde entonces. Siendo consciente, al mismo tiempo, de que muy perfectamente puedo estar agrandándolo todo, como siempre tendemos a enaltecer experiencias pasadas. Quizá por eso, porque son pasadas, y muchas veces nos ayudan a empequeñecer gloriosos presentes.

Partamos de la base de que no recuerde o no quiera recordar conexión mayor que con el chico que sabía demasiado. Sería una base cierta y quedaría bien como primera premisa.

 

 

Ya he reconocido muchas veces que soy una pequeña gran víctima del autoengaño. Mis amigos lo saben, él lo sabe, y si os dais una pequeña vuelta a esta pequeña producción en forma de blog, lo sabréis. Lo que yo hago lo denomino empequeñecer cada sentimiento que (pre)siento hasta que me estalla en la cara y se me estaña a fuego en el cuerpo. De ahí que tarde un tiempo en extremo prudencial en reconocer cualquiera cosa que por mi vida pase, hasta la más pequeña forma de cariño, hasta el mínimo atisbo de primer odio.

La cuestión es que el chico que sabía demasiado me confesó, en algún punto de esta historia, que se sentía muy atraído por una de mis mejores amigas. La llamaremos, de nuevo por el bien de esta historia, la chica que no sabía nada.

La cuestión es que, una vez más, ganó mi amiga. El chico que sabía demasiado y ella terminaron juntos, no antes de que él confesara que bien podría haber entrado yo en liza. Que por las dos sentía algo, pero que yo no ganaba la partida. Lo peor de todo (o lo mejor, quizá) fue que la bola de nieve creció y creció, y arrastró todo a su paso. Al final, me quedé así sin amigo, sin amante, y sin amiga.

Y sí, cinco años después los hay que han demostrado tener vivencias similares, gustos prácticamente iguales; los hay que me han terminado las frases, y tan independientes – y tan necesitados – como yo. También los que tras meses de convivencia no podrían haber dicho cuál es mi novela favorita. Ni cuál era su novela favorita.

Ya van unos cuantos y los hay de todos los tipos. Y todos guardan un elemento común. Todos reconocieron todas mis virtudes. Y, al mismo tiempo, todos mis defectos. Incluyendo el peor de todos: que no soy una chica fácil.

Me pregunto, una vez más, por qué escogemos siempre lo fácil.

Hay chicas que leen esto y no entienden una sola palabra de lo que están leyendo.

Lo saben, y saben quiénes son.

Y también saben que ellos – vosotros – os morís por acostaros con ellas. Queréis el cuerpo de Gisele y una actuación de madre. Alguien que cuide, que pregunte, pero que no pregunte de más. Os da igual que su conversación se reduzca a preguntaros qué color de esmalte de uñas les queda mejor o qué modelito esconderá mejor sus cada vez más anchas caderas – y procuraréis, porque así de bien os han enseñado, no maldecir jamás sus caderas. Ellas tampoco quieren más que eso. Lo sabemos, lo sabéis, lo saben.

Lo sé. Es muy complicado volver a casa y que alguien te taladre con ideas sobre la última novela que está leyendo y lo identificada que se siente con la protagonista. Yo también llevaría mejor hablar de la Middleton.

Lo sabéis. Adornáis todo esto en vuestra cabeza porque sabéis que no van a molestar y, que cuando molesten, será fácil darles la espalda porque no les habréis cogido cariño. O al menos no el cariño que – de nuevo, sabéis – se les coge a las demás. Las que tenéis como amigas. Ese que desgarra y que maldices cuando todo se ha acabado. Ese del que darán igual las Giseles que vengan después, tú no la vas a olvidar a ella, y será sólo ella. Normal que queráis sólo chicas fáciles. Lo entiendo. Sólo una difícil ya te jode la vida.

De verdad. Os entiendo. He estado ahí. Sé lo que es agarrar lo fácil porque crees que te hará feliz.

Lo hará, sin duda. Momentáneamente uno es muy feliz. Y el momento, como buena medida de tiempo irregular, puede alargarse todo lo que uno quiera, pueda, conciba.

Pero sé también lo dura que es la contrapartida. Y sé que lo habéis sentido. El profundo vacío al levantarte al lado de alguien que no te quiere. Que no te quiere precisamente porque no eres fácil.

Sé que lo habéis sentido. La otra vuelta de tuerca. La profunda soledad de levantarte al lado de alguien que te quiere. Que te quiere porque cree que eres fácil. Pero que dejará de luchar por ti en el momento en que empiece a sentir que tu inteligencia conlleva mucho más que una asombrosa capacidad para retener datos y fechas de cumpleaños. Que eres mucho más que la chica guapa y lista de la que poder presumir, y que cuestas trabajo.

Los que merecen la pena cuestan trabajo.

Hace poco conocí a uno de ellos, aunque nuestro encuentro fue tan breve que, de momento, sólo irregulares whatsapps pueblan nuestras conversaciones.

Él no lo sabe porque nunca hemos hablado de ello. Pero yo sé quién es su mujer.

Y sólo me ha hecho falta leerla brevemente para saber que nunca estará a la altura de alguien que, en un atisbo de asombrosa e impresionante genialidad mientras yo intento exponerle una comparación entre Dios y el común de los mortales, me contesta: Et hoc omnes dicunt Deum.

Es cuando me impresionan personas a las que impresionas cuando vuelvo atrás, siempre.

A ella.

A la chica que no sabía nada.

Y cinco años después, sigo preguntándome por qué la eligió a ella.

Por qué siempre vencen, de un modo u otro. Las fáciles.

Mi agosto fácil es sin vosotras, fáciles.

No quiero chicas fáciles, ni chicos fáciles. En agosto, no quiero ver la vida como vosotros.

Quiero dejar de inventaros cualidades que no tenéis. Ya he aceptado que nunca sabréis que no las tenéis. Qué decir, también los hay que creen en dioses.

Quiero un desafío real y omnipresente.

Et hoc omnes dicunt Deum.

¿Cómo hablarán los hombres de mí?

 

 

 

25 Consejos a una hermana pequeña

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La hermana en cuestión.

 

1. Usa escote. Todo el que puedas, siempre que puedas. Hará tu vida más fácil.

2. Hay dos sustitutivos esenciales del sexo: hacer deporte y comer chocolate. Practica ambos, pero en la medida de lo posible, no reemplaces.

3. Porque polvo que no echas hoy, es polvo que no echas nunca.

4. No dependas de nadie.

5. Sé exigente con los amigos y exígete ser una buena amiga. Selo con determinación y con empeño.

6. Desconfía de la gente “pues yo”, “en mi caso”, que aprovechará siempre tus historias con tal de hablar de sí mismos. No son trigo limpio y no merecerán tu tiempo.

7. Procura no dar consejos. Un buen consejo se da sólo con mucha, mucha empatía y, al fin y al cabo, aconsejar siempre conlleva un juicio previo que, muy probablemente, diste de ser justo.

8. Bebe con moderación. Pero bebe, bebe todo lo que puedas y más.

9. Drogas blandas, sí. Nada que derive del opio.

10. Aprende a cocinar. No seas como yo.

11. Sé abierta cuando tengas que serlo, pero no toleres todo.

12. Ahorra sólo para viajar. Viaja aunque no tengas dinero.

13. Ten estándares de calidad. Nunca te acuestes con alguien si no hay libros en su casa o si sabes que comete faltas de ortografía.

14. Nunca dejes que te digan que escapar es malo. Escapa si lo necesitas y cuando lo necesites.

15. Cuando se muera alguien, haz todo lo posible por que tu vida siga adelante aunque creas que eso no va a poder ser. Piensa en esas personas siempre que puedas porque es la mejor manera de seguir expresándoles respeto.

16. No es malo tener sentimientos. Pero no es necesario que todo el mundo sepa cuáles son.

17. Lo que sientas por alguien, di(se)lo. Pero elige bien el momento y el lugar. Son casi tan importantes como lo que vas a decir.

18. Habrá gente que te defraudará. Eso siempre va a pasar, así que simplemente ciérrales la puerta y sigue adelante.

19. La gente te dirá que aprendes de los errores. Es mentira. Volverás a cometerlos, aunque sean en otra versión.

20. Ten siempre en mente que cada uno quiere a su manera y que no le puedes exigir a nadie cómo te tiene que querer. Esto implica que tampoco pueden exigirte a ti cómo tienes que querer.

21. No saber lo que quieres no es malo.

22. Sé siempre aprendiz de todo y maestra de nada. Desconfía siempre de los maestros de algo.

23. Nunca hables por hablar. Recuerda siempre que el mayor placer de una mujer inteligente es aparentar ser una idiota delante de un idiota que aparenta ser inteligente.

24. Lee. No hay mejor forma de aprender.

25. No es obligatorio que quieras a nadie. La familia ha de ganarse también tu cariño. Pero a tu hermana mayor quiérela o no habrá más consejos.

Sin Título (III)

 

«La primera vez que vi a Calamaro fue a mis 18 años, en Madrid. Fui con el chico que me gustaba. Cómo me gustaba. Y el concierto fue genial, de los mejores de mi vida. Era Andrés, y era la primera vez que le veía. Pero sobre todas las cosas, siempre recordaré cómo se me partió el corazón en ochenta millones de trozos cuando, y mientras, sonó ‘Te Quiero Igual’.»

«¿Por qué?»

«Porque le busqué con la mirada, y ahí estaba él, besando a su novia.»

«Y allí estabas tú.»

«Allí estaba. Y además, durante esa gira [El Regreso] Calamaro recitaba un poema, precioso poema, que decía que “el día que me quieras no habrá más que armonía, endulzará sus cuerdas el pájaro cantor; florecerá la vida, y no existirá el dolor”.»

«Y allí estabas tú.»

«Sí, allí estaba. Con aquel chico que me gustaba de verdad. Y mientras sonaba ‘Te Quiero Igual’, a mi derecha él besaba a su recién estrenada novia.»

«Pero él sabía que te gustaba.»

«Sí, él lo sabía.»

«¿Y por qué hizo eso?»

«Supongo que pensó que ya no me afectaría, que ya había dejado de gustarme. Pero a mí me rompió el corazón.»

«Pues, más o menos lo que ha pasado ahora, siete años después. (Tu) entonces sigue siendo (tu) ahora.»

«Supongo. Pero lo cierto es que algunos seguimos necesitando ciertas drogas. Destructivas, adictivas, tan descorazonadoras y atrayentes. Las elegimos sin querer y las necesitamos para pagar la cuenta del incendio. O, al menos, eso es lo que diría Andrés.»

Morir (o no)

 

No es esta la entrada que quería escribir hoy. No es esta la entrada que llevo semanas pensando e hilvanando hasta hacerla casi perfecta. No sé siquiera si casa con el supuesto espíritu de este blog. Por eso les aviso de que hoy escribo sobre algo de lo que nunca queremos hablar, leer, y mucho menos escuchar. Hoy voy a hablar sobre morir, morir(se), morir(nos).

Morir (o no) es una película -de qué otra manera podía empezar- de hace una década, catalana y de un director muy talentoso -otra suerte de eterna promesa-, Ventura Pons. De todas las películas que he visto (y ya van unas cuantas) creo que es la que mejor trata la perspectiva de la muerte desde el punto de vista del que ha de morir, no de los que han de darle duelo -que es lo común, en el cine-. A diferencia de otras (coixetada de Mi Vida Sin Mí, etc.) no muestra la angustia del que va a morir. Para los que no la hayan visto, la película se divide en dos partes: en la primera, siete personajes mueren; en la segunda, la historia les une de tal manera que cada uno de ellos consigue salvar la vida del siguiente, y todos viven. Son dos versiones de la misma historia. De ahí Morir (o no).

Sí. Todos vamos a morir, porque nuestras almas son los ríos que van a dar a la mar. Algún día. Tarde o temprano, etc. Pero algunos, como yo, aunque somos conscientes de que, irremediablemente, vamos a morir, aún no hemos aceptado la idea.

Yo lo reconozco, no la he aceptado. Soy consciente, sí. Llegará un momento en que dejaré de existir. Pero si de algo soy consciente, si algo tengo claro, si algo sé con absoluta certeza, es que morir no es lo peor que puede pasarnos. Si algo sé es que los que se van, los que ya no están, se han ido. Pueden haber sufrido mucho, con suerte poco, pero se han ido. Y ya no sufrirán más.

Porque los que sufrimos somos nosotros, los que nos quedamos. Los que recordamos. Los que hemos de vivir con la punzada constante de lo que vivimos y, peor aún, de lo que no vivimos. De lo que dijimos y no dijimos. Los que hemos de vivir forzando nuestra mente para mantener viva una imagen que, nos guste o no, se irá esfumando con el tiempo. Sin quererlo.

Es manido, sí. No sé qué sentiría cada persona que ha cruzado por mi vida si muriera mañana, pasado mañana o dentro de cinco minutos. Pero sí sé que mi hermana, mis primas, y algún que otro amigo me echarían de menos toda su vida, aunque sólo me hayan disfrutado unos pocos años y en muy pocas ocasiones. Sé que recordarían mis cuentos, mis palabras, mis tonterías. Sé que se les encogería el corazón cada vez que me vieran en una foto, cada vez que escucharan una canción de los Beatles, cada vez que oyeran hablar de Oscar Wilde o de enanos a los que se les rompe el corazón. Sé que ellos sufrirían. Y yo ya no.

No quiero decir con esto que no tenga miedo a mi propia muerte. Lo tengo, y mucho. Pero a lo que le tengo miedo de verdad, por encima de todas las cosas, es a la muerte de mis imprescindibles. No he conocido sensación más dolorosa -quizá porque he tenido mucha suerte en la vida- que la de saber, a ciencia cierta, que nunca más podré volver a ver a alguien a quien he querido. No porque se haya ido a vivir a las antípodas, ni porque nos hayamos enfadado, sino porque ya no está. Porque ya dejó de existir.

Hay personas que mueren y lo sientes, mucho. Hay otras muertes que te causan una suerte de lástima mezclada con compasión. Pero hay otras, las que menos, que te destrozan la vida. Y es ahí cuando sabes que lo que ya no es, era una de las imprescindibles.

Yo ya tuve que perder una. Y me gustaría pensar que, por ahora, puedo dedicar todos mis esfuerzos a recordarte a ti, y no tener que recordar a nadie más.

Pasen un buen marzo, queridos lectores. Háganlo por aquellos que no vamos a poder dejar de recordar.

«A los inteligentes.»

 

Para los que me han conocido, yo nunca he sido más guapa que, ni más divertida que, pero sí más inteligente que. En términos comparativos, me han llamado guapa una vez por diez que me han llamado inteligente. Y no me considero fea pero, desde luego, sería absurdo considerarme tonta -como contrapunto inexacto a ser inteligente-.

En la soledad de mi hogar ammaní intento contar las veces que, quejándome de mi aspecto, o de mi insondable forma de ser, o de mi frialdad, los demás me comparaban y me decían sí, pero ninguno/a tan inteligente como tú.  Algunos, y algunas, a quienes no consigo hacer entender lo dañino de su buena intención. Porque ser inteligente es una maldición. Una maldición que conlleva que en todo momento seamos conscientes; y la consciencia de lo que existe, aunque muchos teóricos digan que no se puede aprehender, es profundamente dolorosa. Conocer, saber, es una de las peores cosas que nos pueden pasar en la vida.

Lo peor de todo es acostumbrarse a ello, a ser inteligente, a no valorar un regalo. Porque a la vez que conocemos y sufrimos nuestro pesimismo extremo, somos capaces de sentir que hay demasiada belleza en el mundo. Tanta que, sin quererlo, también nos hace daño.

O quizá no. Quizá lo peor de todo sea sentir la necesidad de pedir perdón por ser inteligentes, porque muchas veces nos preguntamos qué hemos hecho para merecer esto. Por qué nosotros, por qué no otros, cómo hemos llegado hasta aquí. En qué punto de nuestras vidas podríamos haber sido más comunes, más mediocres, más felices, y menos pesimistas.

La gente suele reír la primera vez que oye ciertas historias. Se ríen de que Nietzsche le hablara a un caballo, de que Larra se pegara un tiro o de que Van Gogh se cortara una oreja. Pero yo no. Nunca podré hacerlo. Porque si lees sus obras, les compadeces, y les entiendes. Entiendes el tremendo sufrimiento al que se veían sometidos porque ellos, arbitrariamente, eran más inteligentes.

Y lo somos. Somos conscientes de que nuestra total incapacidad de expresar nada adecuadamente, porque tu cerebro va más rápido que tú, porque a veces crees que no existen palabras suficientes, porque no puedes parar. No puedes parar.

Porque corremos el riesgo de convertirnos en personas en extremo analíticas, pero llega un punto en el que ya no podemos evitarlo.

Esto es lo que somos.

Cuando ser inteligente es lo mejor y lo peor que nos ha podido pasar en la vida.