Mi 2015

 

Ojalá pudiera seguirme a mí misma para encontrarme. Es un tuit. Acabo de escribirlo. Y de repente he sentido de nuevo esa urgencia de abrir una página en blanco y dejar que todo brote a borbotones. Escribir sobre un año más que no ha sido precisamente el año que yo esperaba. Al término de 2014, yo auguraba que 2015 sería «el» año. El vaivén que es nuestras vidas parecía jugar así: 2011, mejor imposible; 2012, camino a la perdición; 2013, el último de la felicidad; 2014, la eterna búsqueda, el desencuentro; 2015, qué ha sido 2015.

En 2015 he intentado por todos los medios posibles hacer la revolución. El 25 de enero, el día en que Syriza ganó las elecciones por primera vez en Grecia, Blanca me llevaba en coche al aeropuerto de Madrid y yo, que no había dejado de llorar en quince minutos, y ella, bloqueada ante el hecho de que nada de lo que me dijera parecía calmarme, me dio un abrazo después de dejarme frente a la puerta de la Terminal 4. Así empezaba el año electoral. El año en que a mí me tocaría también elegir; bien, y mal. Y ahora, quién sabe aún si bien, o mal.

Era 25 de enero y viví la primera noche electoral del año en el lugar que ha sido Bruselas, que podría perfectamente reducirse a un cautivador apartamento en Avenue de la Couronne, 130. El miedo -parecía- iba a cambiar de bando. Pese a ello, yo seguí enviando mensajes que no debía enviar, y avisé de que había vuelto a quien no debía saberlo. Regresé a casa con la sonrisa a medias de quien sabe que la esperanza se mueve entre bambalinas y que su existencia no es certeza para uno mismo. Regresé a casa con la consciencia de que yo, aquella noche, no esperaba estar regresando a casa sola. Y me dormí con la certidumbre de que lo que tocaba, tanto a mí como a Grecia, era enfrentarse a lo que viniera después -para ella la Troika, para mí mi nuevo trabajo- absolutamente sola.

Fue 22 de marzo y viví la segunda noche electoral del año en una sala de espera de Berlín Tegel y en un avión de Brussels Airlines que me devolvía, también y una vez más, a Bruselas. Los resultados de Podemos no habían sido los que esperábamos; recibí el mensaje que quería y que no quería recibir al mismo tiempo, una muestra más de lo Schrödinger que fue siempre nuestra historia, si es que fue algo. «Mal, ¿no?» Sí, mal. Todo mal. Año nuevo, trabajo nuevo y vida nueva no cumplían ninguna de sus premisas y, para colmo, Susana Díaz barría en Andalucía y Ciudadanos obtenía un resultado muy digno pese a haber mandado a los andaluces a pescar. Pero aún podíais empeorarlo: tú, el trabajo nuevo, y la supuesta vida nueva que yo había supuestamente elegido.

Fue 24 de mayo y, desde el trono que es el sofá de mi casa de Badajoz, vi llorar a Ada Colau al saberse la próxima alcaldesa de la Ciudad de Barcelona. Si hubo una noche en la que el miedo pareció cambiar de bando, era esa, y yo no estaba donde quería. Jesús y Juanma me enviaban fotos desde la Cuesta de Moyano y yo me veía una vez más en la tierra de nadie en la que tuve a bien crecer y a la que no quiero volver. Y, sin embargo, creo recordar que sonreía.

Fue 13 de junio y me pasé cuatro horas de pie en la Plaça de Sant Jaume. Por la mañana había visto, desde la cama de Esther, las investiduras de Manuela, de Xulio, de Pedro, de Kichi y de Joan. Y por la tarde forzaba a mi cerebro, anestesiado por la alergia, a prestar atención a gentes que hablaban una lengua que aún me costaba y me cuesta mucho. Y me llenaba de confeti por verla a ella, aunque sólo fuera de lejos, que iba vestida de rojo y estaba sobrepasada, y probablemente pensara si todo aquello le iba a merecer la pena. A mí, querida Ada, me mereció mucho la pena. Fue 13 de junio y la tarde anterior, Esther, Robert, Bet y yo celebrábamos que me iba a vivir a Beirut. No me acerqué a la Barceloneta pensando que no era necesario, que ya tendría Mediterráneo de sobra en menos de un mes. Tres días después, le contaba a Esther que no podría cumplirse aquel sueño y que, por lo tanto, dejaba Bruselas. A Robert no se lo conté hasta bien entrado septiembre.

Fue 5 de julio y llegaba a Syntagma a las siete de la tarde, cuando comenzaba el escrutinio del referéndum a la propuesta de memorándum de la Troika. Y a los quince minutos conocía a Thanasis, que me hablaba en perfecto inglés, francés y castellano, y me traducía a mí y a muchos otros al perfecto unísono lo que los compañeros transmitían por el megáfono. Los sondeos a pie de urna, que ya daban claramente vencedor al NO. El recuento de votos, rapidísimo como fue, dejando atrás aquel 25 de enero que nos tuvo en vilo ante la plausibilidad de la mayoría absoluta. La explosión. La alegría más plena. La foto que me hicieron los de TeleSur y que estuvo rondando Twitter un día entero. Los griegos que se acercaban a hablar (intuyo que también a ligar) conmigo y que alucinaban con que hubiera volado sola desde Bruselas a «hacer hueco». La señora que me dio las gracias y me dijo: «cuando nos necesitéis, yo también iré a España». La sonrisa con la que le contesté: «os necesitaremos».

Fue 27 de septiembre y agarraba un taxi en Via Laietana y le pedía al taxista que me llevara a la Rambla del Poble Nou. Allí, entre gritos de Anti-Anti-Anticapitalistas e Inde-Inde-Independència, vi por primera vez a David Fernàndez y a Antonio Baños, que era lo que yo en realidad había ido a hacer a Catalunya. Allí acabé cantando La Internacional en castellano mientras el resto la entonaba en catalán. Allí acabé maldiciéndome por no saberme la letra de Els Segadors. Tardé muy pocos días en aprenderla, pero aún no he tenido ocasión de volver a cantarla. Em sembla que la Catalunya triomfant no ha tornat encara a ser rica i plena.

 

Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.
Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.

 

Fue 20 de diciembre y, desde el Teatro Goya de Madrid, me enfrentaba a más de un demonio y a la sempiterna sensación de por qué no estaré dedicándome yo a lo que más me gusta, que era aquello: el conocerles a todos, el observar con gracia, el analizar con y sin detalle, el esperar con la misma ilusión y desesperanza el resultado para el que ya te habías preparado. Ramón me dijo: «nos ha faltado una semana más de campaña electoral». Y yo pensé: «a mí me ha faltado una semana más de esta mañana».

Hay quien recuerda dónde ha estado en todas las finales de Champions League que ha vivido. Yo recuerdo dónde he estado en todas las noches electorales que he vivido. El 22 de mayo de 2011 arrasó el PP y yo, desde un salón más que barroco en Ammán, pasaba el trago en un Skype que se alargó hasta las cuatro de la mañana. El 20 de diciembre mi país recuperó algo de decencia, un tipo al que le profeso desmedida admiración se ganó un acta de diputado por Barcelona, y casi un mes después de la primera noche que soñé con Albert Rivera, pude dormir siete horas seguidas sin soñar con Albert Rivera.

No tengo ni la más remota idea de lo que será 2016. Pero ven ya. Y acaba con esto. Viviremos las noches electorales que haga falta. Nos perderemos tanto como haga falta. Endarrera aquesta gent, tan ufana i tan superba.

 

 

 

No lo lea de noche

 

Llevo desde las seis de la tarde queriendo escribir. La cronología ha sido la siguiente: he vuelto a casa caminando, y he sentido el domingo por la tarde. Sí, ya sé que es martes. Esta misma mañana la sentía como una más de sábado. Pero no he podido evitarlo, de repente estaba ahí, el domingo por la tarde y tú, y la obsesión que sé que tienes por los domingos por la tarde. He deseado tanto que me escribieras, para poder intercambiar dos frases contigo, y nada más. Sólo para saber que, un domingo más, me recordabas. Te he buscado, lo confieso, quizá tenías alguna foto nueva que me dejara saber algo de ti, algo que no fuera sólo mi pura elucubración. Mis elucubraciones suelen estar llenas de un montón de chicas que se parecen a mí, pero que no son yo, y que no entienden, no saben lo que son nuestros domingos por la tarde. Y luego he recordado que es martes, que hoy es martes, no domingo, que para ti no es festivo, que ha sido un martes más. Uno más en el que si te has acordado de mí, desde luego no me lo has dicho. Y ya no he querido escribir, he intentado distraerme. Ver series, leer, ser yo. Todas esas cosas que me gusta hacer sola y que tú querías hacer conmigo. Después de buscarte a ti he entrado en mi propia espiral de destrucción: he buscado a todos los demás. Lo hice la semana pasada, cuando escribí Lost, Gone, Girl. Entré en esa espiral en la que leí muchos, muchos correos electrónicos. Los tuyos no, no tengo. Pero de él sí, tenía muchísimos. Tenía incluso uno en el que decía que nunca se acostaría con una chica que conocíamos, que no podía ni pararse a pensarlo. Sí, luego lo hizo, ya ves, los hombres a los que elijo tienen las convicciones justas para terminar el día sin haberse cambiado el nombre. Le he buscado a él, sí, hasta el punto en el que he entrado en mi lista de suscriptores del blog y su nombre ya no aparecía. Tengo un follower menos, he pensado. Y me ha importado tan poco. Y me he alegrado tanto. No quiero que me lean los que no me entienden porque ni tan siquiera lo intentan. No quiero que me lean los que no me merecen. Y sin embargo ha aparecido de nuevo: esa sensación asquerosa y horrible de que nadie me lee, de que soy una pérdida en mí misma, de aptitud, de aptitudes, de existencia. Y he dicho: no, no escribas. Para qué vas a escribir. Para contarle de nuevo al mundo que, como el año se acaba, y Madrid está gris, y anochece tan pronto, sigues dándole vueltas a esta apetecencia que tienes por estar con alguien y a esa otra parte de ti que te dice que lo dejes, que todo siempre sale mal, que todo siempre es una mierda, una mierda en la que acabas escribiendo sola entradas que nunca leerá nadie. Y en ese momento, cuando ya no tenías nada más en lo que pensar, cuando volvías a refugiarte en ese libro, te ha llegado un mensaje. Hoy he leído una entrada tuya, y me ha parecido la hostia. Y como sé que lo que uno escribe sólo tiene sentido cuando un desconocido lo lee, que sepas que soy ese desconocido. Para colmo no es un desconocido, es alguien de quien he llegado a imprimir artículos, yo, que encuentro que el noventa y nueve por ciento de los que se autodenominan escritores no llegan ni a cuentacuentos. Yo misma. Yo incluida. Y he dicho: qué coño, siéntate, siéntate y escribe una vez más sobre lo mismo, suéltalo. Él no lo leerá, él tampoco, les puedes decir ya que te han destrozado y que te han convertido en esta persona incapaz de confiar en nadie, acomplejada con que ya no merece la pena ni intentarlo, segura de que no soportarás otro momento así, otra irregularidad, otra desgana contenida, otro ya no hay más que hacer. Resultó que no te necesitaba a ti para escribir, resulta que sólo me necesito a mí para hacerlo, siempre y cuando alguien pueda, quiera y sepa hacer esto suyo, de algún modo, y no sé cuándo. Quizá hasta algún día lo leas tú también. Y entonces podrías decirme si me quisiste de verdad alguna vez.

 

 

 

 

 

Lost, Gone, Girl

 

 Devil came to me, and he said
"what you need is me".

 

 

Hace poco más de un año decidí – en una mañana de oficina muy parecida a esta – que podía – y por qué no – otorgaros acceso al coto privado que es mi cabeza. Para alguien que acostumbra a alterar la realidad (la suya, la vuestra) levantarse una mañana con ganas de contar verdades es infrecuente. Vamos a contar verdades tralará no es precisamente la tónica de nuestras vidas. Pero hoy ha llegado a mi bandeja de entrada un comentario muy chulo, muy bonito, muy extraña y dolorosamente identificado. Así que he vuelto a pensar en por qué escribí lo que escribí, en por qué sé que tenía y tuve razón, en ti, en todo lo que vendrá después de ti y en que siempre, siempre será lo mismo. Porque sé que tenía y tuve razón.

 

«Y aceptar una y otra vez que tu naturaleza te hace tan exigente -contigo, con todos- que, al menos de momento, te compensa estar solo.»

 

Miércoles, 8 de octubre de 2014. Aquella noche pasó algo que nunca he contado. No, nunca te la he contado. Me debías una cerveza (nos habíamos inventado esta excusa para volvernos a ver) y me escribiste aquel miércoles. Fui sincera, te conté lo que había. Te conté que David Fincher estrenaba su última película y que no iba a no ir a verla por quedar contigo. Quisiste acompañarme, te dije que ni de coña. A ti no te gusta el cine y siempre preferí obviar esa parte. No, te lo volveré a repetir, el cine no es tu obsesión por “ver una película juntos”, el cine no ha de estar nunca contaminado por tu incapacidad para estar solo. Es un arte, un fin en sí mismo, y requiere que le prestes atención. No es una excusa, te insisto. Recibí ya tu primer exabrupto: ¿s o l a? ¿Vas a ir s o l a? Seguí en mis trece, altiva yo, pero porque me tocaste mucho los cojones: sí, siempre voy al cine s o l a. Quedamos en que te llamaría al salir. Te llamé al salir, pero sólo porque la película me hizo sentir muy sola y no quería sentirme así. Me soltaste una impertinencia, que para algo, si mereciste llevarte de recuerdo un adjetivo de mi lengua, es impertinente. Te colgué, que si algo hiciste desde el primer momento, fue gustarme y tocarme los cojones a partes iguales. Me escribiste y me dijiste que vendrías a casa. Te dije que no. Estaba tan triste que no paraba de llorar. Aquel día llevaba vestido porque creía que iba a verte. Era una víctima más de mí misma y de las ganas que tenía de que vieras lo que yo quería que vieras. Y al darme cuenta de ello – o al querer yo hacerme partícipe de ello – no pude dejar de llorar. Así que te dije que no, que no vinieras, que ya otro día. Quería verte y no quería verte, a partes iguales, también, pero así fue siempre contigo. Me citaste Los Amantes del Círculo Polar. Salta por la ventana, valiente. ¿Lo ves? Eras, eres un impertinente. Y no sirvió de nada. Aquel día no nos vimos. Y al siguiente vomité mi alma en la que probablemente (quita el probablemente) es la entrada más dura y más jodida que me ha tocado escribir. Vine a decirle al mundo que estoy hasta la polla, que no quería seguir, que todo era un bucle sin sentido. Que dimitía de la búsqueda del amor, al menos hasta que lograra dar final a lo que no es búsqueda ni será jamás amor por mucho que yo insista. Te insista. La dimisión duró poco. Te readmití. Volví a verte, volvió el juego, la pretensión, el empeño. Y la semana siguiente cocinaste para mí, me hablaste de tu familia, volviste a dejar, a dejarme a mí patente lo muchísimo que odio hablar de mi familia, de la tuya, de la de todos. Pero allí seguía yo, en el salón de tu casa, más pendiente de otras cosas, más expectante que puramente presente.

Y me dijiste: «el otro día me rallaste mucho».

Y te contesté: «¿por qué?»

Y me replicaste: «porque mi ex leyó la novela en la que está basada esa película, y creo que eso influyó en que lo dejáramos».

Y te conté que yo también la había leído a raíz de haber visto esa película, y que era una gran novela.

No quise ver que tendría que haber cogido la puerta y haberme ido.

 

 

 

And you know why?
Because I lied for you.

 

 

 

 

 

 

 

Oracle System Error

 

Escribiría toda la vida. Me despertaría con una Moleskine y con mi Pilot Falcon (a la izquierda, siempre a la izquierda) y me mancharía la mano (la derecha, lamentablemente la derecha) con la primera media hora del día. Le relataría a mi mano la porción de sueño de la que consiga acordarme, en la que muy probablemente salieras tú, algún político, en ocasiones mi padre, y casi siempre la muerte. Desayunaría con el único propósito de no desfallecer, porque aún no aprendí a agarrarte firmemente y me sigues doliendo al escribir. Y desayunar sería eso, y sólo eso, alimentar una producción que no habría de cesar. Por qué, si es lo que me gusta. Por qué, si es lo que quiero. Con lo que mi taza de café y yo pulularíamos por el espacio, de la cama al sofá, del sofá al alféizar, del alféizar al café de abajo quizá, y si me apuran caminaríamos un poco para que nos diera el viento de cara, y si me apuran le pediríamos que nos aclarara lo que no conseguimos aclarar. Escribiría en todas partes, a todas horas, y en todos los lugares. Escribiría sobre cómo llegué a ser la mujer que sólo es jueves. Te contaría a ti, Moleskine, a ti, extrañada máquina de escribir, a ti, ordenador, cómo ahora cada jueves dedico minutos de mi existencia a imputar horas. Cómo he de sentarme, encorvada y triste yo, a contarle a un sistema llamado Oracle a qué he dedicado mis horas de oficina, a qué dedico mi existencia, mientras esa existencia se circunscribe a un edificio acristalado donde sólo hay congéneres de poco genio y congenio. Escribiría sobre cómo procuro seguir convenciéndome de que lograré conformarme. Escribiría por y para mí, no formatearía informes un miércoles de madrugada, no ordenaría en un correo electrónico pensamientos que no fueran los míos. No firmaría contratos que no quiero. No imputaría mis horas, no contabilizaría mi tiempo. No me contabilizaría a mí. O sí, sí lo haría. Estas son ocho horas y media que no he leído, estas cuatro equivalen a cuarto y mitad de Gogol. Aquellas tres equivaldrían a todo lo que aún no sé de ti porque no he tenido el tiempo para preguntarte; estas dos, a no haber podido releerte. Las cinco del viernes, a todos los correos que Paula no ha recibido. La consabida pausa para comer, a todas las cartas que a Gorka ya no le escribo. Que el rato que tengo a Lola en brazos un domingo por la tarde ha de valerme por todos los demás que no puedo pasar con ella a diario, y todas las veces que le he cantado La Internacional a Blanca han de valerle por todas las tardes que no podré verla bajo la excusa -certera, pero excusa- de que salgo del trabajo demasiado tarde. Y lo que sí me importa pasaría a engrosar la imputación de mis horas de vida, y éstas serían literatura, risas, alcohol, literatura, cine, amigos. Desaparecería el Project Management, el Business Development, las reuniones de cartera, los errores de sistema.

Y la escritura, y tú, y yo, seríamos un fin en sí mismo. Un fin en nosotros mismos.

No esta nada que somos ahora.

 

 

 

 

 

Mi gran Όχι

 

 

Conocí a Esther gracias a este blog. Ella me leía -hacíamos juntas el mismo programa de becas, desde lugares harto diferentes- y un 4 de mayo de hace ya cuatro años me escribió: «uno siempre es en esencia el mismo, sólo acumulamos etapas a lo cebolla; y, en esa esencia, está escribir muy bien: sigue usando la escritura como catarsis». Yo no había visto nunca a Esther. No conocía su pequeña pero increíblemente expresiva nariz ni era consciente de ser mucho más alta que ella, tampoco había visto la cantidad de gestos que es capaz de hacer con su boca, es muy probable que Esther ostente el premio a la persona que conozco que más muecas, derivadas y claras puede hacer con su boca. Tras su comentario la agregué a Facebook, empezamos a hablar, la amistad surgió como surge siempre todo lo bueno y las mejores cosas de la vida (que, les insistiré una vez más, no, nunca las elegimos nosotros), naturalmente, sin forzar, sin apenas planearlo. La admiración se dio, del mismo modo, naturalmente, sin forzar, uno ve que no se puede no admirar a Esther cuando se la conoce. Ahora hablamos todos los días. Es la persona (una de las) a la que acudo cuando pasa algo. Sólo tengo que encender WhatsApp, buscar su nombre -que siempre estará ahí, en los primeros- y escribir «Esther». Y ella sabe qué hacer. Sabe que no necesito consejos mágicos, guías vitales, reprimendas, hostias, aplausos. Sabe que sólo necesito palabras más, palabras menos, la certeza de saberla al otro lado, alguna broma o chisme que nos lleve a hablar de otra cosa, conocer la última ocurrencia de Tinta, hablar de aquél al que profesamos admiración mutua en secreto, y no tan en secreto. Esther es catalana, y un día dijo sí a un proyecto político en el que cree, o más bien dijo sí a medias, pues aún muchos no quieren dejarle decir rotundamente sí. Hace quince días yo me iba de una patria que había dicho no, rotundamente no, porque al fin alguien les había permitido decir no. Volví al lugar al que llevo tres años diciendo sí. Sí a otro trabajo (y van cinco), sí a otra noche contigo (y fueron muchas, aunque no se las contáramos a nadie), sí a copas, planes, ratos que provocaban más vacío que aquel que pretendían suplir. Sí a no ser feliz porque necesito «el» dinero, porque no hay Troika que a mí me rescate ni banca privada que sostenga mi déficit primario, sí a que fueran sólo los fines de semana fuera los que me plasmaran la sonrisa en la cara. Volví, y tal y como volví vuelvo a irme, porque los griegos habrán perdido, y nosotros con ellos, y poco sabio sería no admitir que la decepción duele tanto o más como todas las que llevamos a cuestas. Pero no es ninguna tontería, tampoco, contar verdades y contar -porque es así, joder- que hemos recuperado la dignidad (ellos) y que podemos recuperarla con ellos. La dignidad se recupera diciendo no. Όχι. La dignidad se recupera plantándose y reconociéndose (a sí, a uno mismo) que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y que, de no serlo, qué menos que que nos dejen decirlo. Yo lo digo: Όχι. Όχι a los jefes que aprovechan que saliste a comer para entrar en tu ordenador, leer tus conversaciones privadas y – no contentos – a tu vuelta gritarte que eres muy poco profesional. Όχι a esta ciudad, gris, deprimente, poblada de personalidades banales cuyo único denominador común es su falta de rumbo. Όχι a ti, porque nadie más lo ha hecho, pero alguien tiene que decirte que eres un hijo de puta, así como alguien tuvo que plantarse, levantarse e irse, zapato o no en la mesa mediante, y espetarle a la Troika su verdadera condición: terroristas. A ti, mi particular Troika, alguien tiene que cantarte que no sé cómo te atreves a venir a decirme que me quieres, a pedirme que no cuente nada a nadie, a besarme en tu cocina mientras esperas que llegue la otra, a personarte en mi casa borracho como una cuba horas antes de irte de Bruselas, «porque es la última noche que pasaremos juntos». A ti, que seguirías buscándome, mientras vas ahora de la mano por Madrid con tu quincuagésima novia (todas son novias, todas menos yo). Όχι a seguir recordando (y eso que no consigo olvidarlo) dónde están todos y cada uno de los lunares de tu espalda. Y al final mi Όχι es a rendirse, a creernos, como creímos durante muchos años, que está todo hecho, pero porque no hay nada más que hacer. Ni está todo hecho ni nos moriremos habiendo finalizado nuestra labor, no porque la emancipación sea una utopía, sino porque la emancipación es una constante. Όχι a creer, y hacer creer, que no podemos mejorar. Όχι a creer, y a hacer creer, que para mejorar no necesitamos -nosotros- mejorar.

Todo Όχι es un sí. Mi sí es a España, a los amigos, a la patria. Un sí a los que aplauden que, antes, ahora y siempre, siga usando la escritura como catarsis.

Un sí a quienes entienden que lo normal, un jueves por la mañana, es encontrar un mensaje de una amiga que dice «me voy a Grecia el próximo domingo». Un sí a quienes me escriben en ese momento para que pueda compartir mi alegría con ellos, porque saben – y entienden – que no quiero compartirla con nadie más. Un sí a los que me quieren. Un sí a los que me recuerdan que estoy muy mal de la cabeza, pero que es valiente, muy valiente, y digno, muy digno, irse a otro país porque, simplemente, quieres hacer bulto en una plaza en la que quedará para siempre el recuerdo del momento en el que se dijo Όχι.

Como quedará en mi memoria la certeza de todas las cosas, personas, y momentos, a los que yo tenía que decir Όχι para volver a ser feliz, tumbada en el césped de una plaza llamada Syntagma, viendo las estrellas, un domingo 5 de julio de 2015 en Atenas.

 

 

 

 

 

Coda (planetaria):

 

«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»
«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»

 

El sábado pasado, Mendieta tocó con Los Planetas Un Buen Día, y nos marcó a todos – más a los allí presentes – un gol realmente increíble.

Cualquier día del último año, habría deseado haber estado allí, contigo.

Hoy deseé muy, muy fuerte, haber estado allí sin ti.

 

 

 

 

 

 

 

Desastre(s)

 

La sucesión es la siguiente: conoces a alguien, si el sexo es mínimamente decente comienza el desastre (*), primero te gusta mucho, más tarde quizá te enamoras; algo sale mal, algo siempre sale mal, te cansas, se cansa, no es lo suficientemente inteligente, eres demasiado compleja – y complicada -, cuando ambas opciones no son mutuamente excluyentes; te desenamoras, y empieza el dolor, el dolor más egoísta del mundo, el del tiempo perdido, el del tiempo echado a perder. Sabes que estarás bien, que conocerás a alguien, sabes que añorar imposibles sólo lleva a la más infructuosa de las melancolías. Conoces a alguien y, si el sexo es mínimamente decente, echas una vez más la vista atrás y dices, piensas, respiras: pero por qué.

Y vuelta a empezar. Una y otra vez.

En serio, es ya un ruego.

Que alguien procure convencernos de que esto no es una absoluta y soberana mierda.

 

 

 

 

(*) La Costa Brava – Desastre
Somos máquinas que no entendemos,
que se enamoran cada cierto tiempo.

 

 

 

 

 

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Fin y fundido a negro (2ª Parte)

«Puedes buscar por tierra,

puedes buscar por aire.

Que como yo te he querido

no va a quererte nadie.

No va a quererte nadie.»

 

 

 

 

 

 

 

 

Fin. Y fundido a negro.