Top #5. Canciones para el amor (o para enamorarse)

“Lo mires como lo mires, Violeta,

todo el tema Bruselas es una historia de éxito.”

Pequeña reflexión desde Nueva York, que llegó a mí hace algunos días.

 

Bruselas es una historia de éxito por muchas cosas. Tengo una buhardilla genial, en un barrio pijo -pero genial-, con una compañera de piso genial y además tengo un trabajo en el que -oh là là y sacre bleu- por primera vez parece que me valoran. Pero aparte de todas estas cositas que -indudablemente- hacen mi vida más fácil, Bruselas es una historia de éxito porque, una vez más, me he propuesto escribir. Bien, mal, tenga cuatro millones de lectores o solo uno. He concluido que lo importante es no perder el hábito, también llamado costumbre o rutina, o simplemente ociosidad mal llevada.

Con lo que he de cumplir con la segunda parte de una entrada que aún no había finalizado. He de cumplir con el Top #5 Canciones para el amor (o para enamorarse).

Pero antes de imbuirme en una suerte de cursiladas, cuánto te quieros, qué mal se vive sin ti y qué sería de este planeta sin tu presencia en él, he de decir que no es una perfecta antítesis del Top #5 Canciones para el desamor (o para desenamorarse). Como entonces, son estas canciones para un proceso. Para ese maravilloso momento en el que alguien nos empieza a gustar; para esos días en los que nos sentimos con fuerzas por volverle, o volverla, o volverles, o volverlas a ver. Para cuando disfrutamos del hecho de que nos remuevan las entrañas. Como entonces, son canciones que empujan, que exacerban, y que también exageran un sentimiento, al tiempo que nos ceden cierto aura de condescendencia, cual espejo en el que poder mirarnos y decirnos que los hay más ridículos y no tan elocuentes. No son poesía barroca. Pero tampoco tan intensas, ni sentidas, y mucho menos tan conmovedoras.

De nuevo, una captatio benevolentia: esta entrada, pasiva o activamente, debería haberse escrito hace poco más de un año. Poco más de un año, cuando yo regresaba a España más enamorada que nunca. Y no ahora, cuando me quedo en Bruselas, cuando decido quedarme en Bruselas, después de volver a escapar, y más desenamorada que nunca. De ahí la imperfección en el pretendido equilibrio entre ambas entradas.

Pretensión desmedida, fracaso asegurado.

Afortunadamente, y si algo bueno tiene Bruselas, es que está llena de gente joven y guapa. Pequeño y sencillo silogismo, ello conlleva, también, que haya muchos hombres guapos en esta ciudad.

De esos de los que no te enamoras, aun siendo potenciales sujetos de un potencial enamoramiento, pero que te conmueven lo mínimo, lo suficiente para que no tengas excusa alguna con la que retrotraerte en tu lado oscuro y tan en suma independiente en el que estás convencida de que eso del amor es un invento malsano que no va contigo. Lo suficiente para sentir que te sigue corriendo algo de sangre, más espesa, pero sangre y no horchata, por las venas.

Así que este Top #5 va por todos los que me habéis removido en alguna ocasión las entrañas. Que ya sois unos cuantos. Que ya sois muchos.

 

Top #1. SECOND. Conocerte

 

 

“Me apetece oír cada minúsculo detalle.”

 

Second eran, son, de Murcia. Todo parecía ser de Murcia por aquel entonces.

Para alguien que presume de tener un (muy) buen gusto musical, para alguien que presume de que tal cosa es digna de ser presumida, poner a Second como Top #1 de cualquier Top #5 es ligera, no, totalmente vergonzoso.

Pero he de ser fiel al espíritu de todo esto, que no es más que una cualidad no por estar en boca de todos más consabida y común: la transparencia.

Transparente soy cuando admito que esta cursilada me trastoca cuando empieza a gustarme alguien.

No mintáis, que sé que todos hemos estado ahí. Todos hemos tenido conversaciones banales sobre hechos banales basados en experiencias tan colosalmente banales y a la vez tan jodidamente divertidas que nos mantenían más allá de la madrugada y más allá del amanecer hablando de si con cuatro años jugabas a la peonza o tú eras más bien de canicas.

En alguna ocasión he dicho que a mí se me enamora con una buena conversación. Es mentira. Mentira a niveles José María Aznar elevados a la enésima potencia. Yo disfrazo de buenas conversaciones charlatanería, historias insulsas y bromas sin pizca de gracia. Y eso es lo que las hace tan buenas. Que una vez más, me conmueven tanto que soy yo la que se apasiona por ellas.

Y “Conocerte” va de esto. Del momento clave en que se nos enciende la bombillita. Del momento en que no sabemos qué va a pasar, pero ay, ya no eres solo un polvo. [Terrible momento, por cierto. No hay mayor sentimiento de indefensión que este.]

“Conocerte” va del momento en que yo estoy deseando oírte decir que con once años te caíste de la bici y desde entonces tienes una cicatriz en la frente. Cuéntamelo, venga. Que lo jodido es que me va a parecer que me estés hablando de filosofía medieval francesa.

 

Top #2. TACHENKO. Escapatoria

 

“Por mucho que te digan por ahí, me gustas más que el resto.”

 

Quizá no lo compartais pero, para las que se autoconvencen proyectos de escritora, como yo, un solo muso no vale, no funciona, no rinde. Hay que buscarse aledaños, por el bien de la inspiración y de una misma. Que la letra con sangre entra y la pena se cura antes si es compartida.

Aún así, y pese a lo que digan las matemáticas, de todo conjunto siempre sobresale un individuo.

Back-up: Me Gustas, de La Casa Azul.

 

Top #3. MANDO DIAO. Sheepdog

 

“Don’t know why I can’t locate this feeling that I would rather be with you.”

 

Back-up: La Niña Imantada, de Love of Lesbian.

 

Top #4. THE MOLDY PEACHES. Anyone Else But You

 

“I don’t know what anyone can see in anyone else, but you.”

 

(Y aunque yo más bien preferiría un full-time lover, part-time friend.)

¡Pregunta del millón! A bombo y platillo y sin pretender ser -por una vez- original… ¿Qué es estar enamorado?

Espero haberme ganado con esta insensatez doscientas apariciones en resultados de motores de búsqueda, diarias.

Es broma. Pero sé que es una pregunta tonta, por insulsa e imposible de responder. Cada cual tiene su propia medida de lo que es estar enamorado, pues cada cual quiere a su manera. Y no somos nadie para juzgar algo tan personal -y sí, también intransferible- como el querer.

Y al ser algo puramente individual, supongo que el problema está en dónde establecer la comparación. ¿Qué es tú estando enamorado?

En mi caso, si la establezco en el primer chico que me gustó, y mucho, hace ya diez años (esa tierna y pizpireta edad de quince) me he enamorado tantas veces que podría ser la nueva Danielle Steel y háganse los dólares sobre mi cabeza.

Si la establezco en el buen mozo que me grabó a fuego -y literalmente- “that I may love you”, vendrán las lágrimas y el llanto y el sollozo perpetuo y el remanente sentimiento de que oh, con veinticinco años, y no me voy a enamorar nunca más.

Vaya pamplinas me cruzan por la cabeza.

He querido, que es lo importante. De un modo u otro, correspondido o no. Y sigo haciéndolo.

Pero no seré yo quien escriba una cosa tan evidente, ni quien desarrolle una idea que de por sí ya clama por obvia.

Lo que han tenido siempre en común todos estos enamoramientos permanece. Y, de verdad, es lo único que han tenido en común. El hecho de que mi ensimismamiento era de tal calibre que yo estaba convencida de que el colega de turno tenía que ser objeto de deseo de todas las féminas. Quién iba a explicarme, si no, que un tipo tan atrayente no fuera enamorando por ahí a cualquiera que con él hablara.

Ese es mi yo estando enamorada. La fría e insensible de Violeta, un personaje de Danielle Steel.

 

Top #5 (y una aportación muy personal).

EXTREMODURO. Puta

 

“Y en mi cabeza paso el día buscándote.”

Es la mejor canción de amor de todos los tiempos. Es la prueba definitiva de que no hay marcha atrás. Y si os explicara por qué, desnudaría tanto mi alma que no dejaría apenas nada por contar.

Así que esta me la guardo para mí.

 

Estas cinco canciones son mi particular ‘checklist’. Si en mi cabeza aparece la misma persona escuchando estas cinco canciones, estoy jodida.

No es el mejor de mis Top #5, por la sencilla razón de que (y más que ningún otro) es profunda y profusamente personal. Pero helo aquí, porque lo prometido -dícese, en ocasiones- es deuda.

Enamoraos de alguien. Por sus tetas, por su intelectualidad, o por su sonrisa. Pero enamoraos de alguien, sanamente, solo porque está bien tener a alguien en mente. O enamoraos del amor mismo o, como dijera Calamaro, de la propia belleza. Pero qué os darán, hombres. Qué tendréis.

Sí, afortunadamente hay muchos hombres guapos en esta ciudad.

Pero ninguno en concreto se me aparece. De nuevo, no hay nadie tras la ventana.

Me pregunto si precisamente por eso Bruselas está siendo una historia de éxito, lo mire por donde lo mire. Me pregunto también por qué no dejo de hacerme preguntas que no tienen respuesta, al menos no una que me guste, que me satisfaga, que me enorgullezca.

Bruselas tuvo una razón de ser que ya no es tal. Y cuatro meses después, es bueno reconocerle un nuevo sentido.

Habitantes de Bruselas, seguid removiéndome las entrañas, que os compensaré con algún pensamiento vespertino, alguna línea de blog camuflada que nunca descifraréis, alguna noche entre sábanas. Y nada más. Aún no dais la talla para ganaros este Top #5.

 

 

 

 

 

Top #5. Canciones para el desamor (o para desenamorarse)

 

Cada vez son más las voces que me incitan a dejar mi trabajo, hacer de nuevo una maleta, empacar mi vida -cada vez más mínima- y retirarme a una cabaña en Suiza (otras voces prefieren Bali) para dedicarme por completo a la literatura. Esas voces, para qué negar o divertir la realidad, suelen provenir de personas que, extrañamente, me quieren mucho. De otro modo su conclusión no sería la de que escribo bien, ni muy bien; de otro modo me dirían la verdad, que tengo un ego demasiado grande, y que para mantenerlo necesito que los demás lo rieguen.

Con lo que os pido que dudemos de su objetividad, amemos su subjetividad manifiesta. Y que honremos juntos sus buenas intenciones y deseos para conmigo, excusando que, de nuevo, tengo bastantes pocas ganas de hacer literatura. Lo que me apetece, voto a bríos, es divagar.

Mis musos, cual patos, bien han volado y quién sabe cuándo volverán, bien han decidido dejar de hacer efecto. Mi inspiración, tan necesitada de elementos exógenos que frecuentemente toman la forma corpórea de hombres canallas de barba y grata conversación, decide por ende esfumarse momentáneamente y abandonar este blog a suerte de tonterías. De esas para no dormir.

Con lo que, para honrar a quienes tanta confianza depositan en mí, esperando que su descendencia pueda ver mi nombre en sus estanterías, he comenzado un proyecto que llevaba ya tiempo ideando. Sin trascendentalismos ni vueltas de tuerca, sin subterfugios disfrazados entre líneas. Que si hay algo que me guste más que la literatura, es llenar mi mundo de canciones.

Este es mi Top #5 Canciones para el desamor (o para desenamorarse).

Como otros Top #5, su finalidad es la de ayudar(n)os a identificar un momento del que, lamentablemente, ninguno vamos a escapar. Ese en el que lo que un día sentíamos desaparece. Su finalidad es ayudarnos a evitar la soledad en que nos imbuimos en etapas así. Desenamorarse es una mierda, directamente proporcional a lo maravilloso que es enamorarse (cuando se es correspondido). Pero mi impresión, después de 25 años de andanzas terrenales (suficientes para soltar parafrasadas en un blog) es que, al igual que pasa cuando nos enamoramos, tendemos a empequeñecer el sentimiento, a soslayarlo, a dejarlo de lado, a negar su existencia.

Error. Craso. Garrafal. Error de puro campeonato.

El amor y el desamor son estados que tienen fácil la entrada y difícil la salida. Y pese a las consecuencias que de cada uno derivan, ambos son una buena muestra de que estamos vivos. Y ambos merecen ser tratados con el mismo respeto. Nos construyen, nos definen, nos moldean. Porque somos aquello que amamos, sin duda, pero también aquello que dejamos de amar (y, sobre todo, por qué dejamos de amarlo).

Como en todo Top #5, no se trata de elegir las mejores canciones. No es una competición. Se trata, simplemente, de compartir con vosotros las canciones que han compartido conmigo mis etapas de amor y desamor. Las que han activado mis alarmas. Las que han sido mis compañeras de viaje.

Y, que espero, os sirvan.

 

Top #1. LOVE OF LESBIAN. Universos Infinitos

“Yo ya no puedo hacer más si este más siempre resta.”
(Lee el resto de la letra.)

 

Es la número uno porque ha sido mi número uno. Porque expresa el trabajo constante por evitar lo inevitable. Porque, aunque te estés dando cuenta de que la situación te va a estallar en la cara, sigues dando más.

Más de ti, hasta que ese más empieza a restar. Hasta que la ecuación se invierte, hasta que solo se deriva aquello que deberías integrar. Pero eso ya lo sabías. Lo jodido es que eso siempre lo has sabido.

Y, cuando tu vida es la apuesta (como bien dice Santi), está bien recurrir a una letra que te haga reaccionar. Luego -y además- está el vídeo de Lyona, perfecto acompañante para una perfecta canción.

Back-up: 1999. Más lapidaria, más desgarradora. Menos «universal», quizá. Y más propia de otros desenamoramientos, que suceden más por hartazgo y desgana que por puro desatino.

 

Top #2. NIÑOS MUTANTES. No Puedo Más Contigo

“Cada vez que te oigo hablar, sé que no durará.
Porque siempre haces algo por empeorar. Empeorar.”
(Lee el resto de la letra.)

 

Los vasos se llenan. Las personas se cansan. Los límites existen, y se alcanzan, aunque en su día tú creyeras que siempre tenderían a infinito. Sin que realmente podamos hacer nada.  Y, aunque quisiéramos, sin culpas.

Dejas de poder, y no pasa nada.

 

Top #3. THE NEW RAEMON. Tú, Garfunkel

“Lo miras bien y te das cuenta de que todo se nos fue a la mierda.”
(Lee el resto de la letra.)

 

Hay desamores muy sonados. Pero ninguno como el de Paul y Art.

Esta canción no (solo) habla de un desamor, sino más bien de una ruptura. De la típica, tipiquísima ruptura. De la ruptura de manual donde hay dos partes descompensadas cuando, sin que lo sepan, las dos tienen exactamente lo que querían.

Pero también ilustra el principio del fin y, como las demás, puede asociarse al momento en el que “te das cuenta de que todo se nos fue a la mierda”.

The New Raemon ha sido uno de los descubrimientos de este año, para mí, que suelo llegar tarde casi siempre a todas partes. Salvo a esta canción, a la que llegué en el momento justo. En el más adecuado.

Back-up (con grandes dosis de drama): Morir o Matar, de Nacho Vegas.

 

Top #4. LOS PIRATAS. Mi Matadero Clandestino

“Qué puedo hacer si ya no te quiero, si ya no quiero verte más.”
(Lee el resto de la letra.)

 

El día D llega. Nunca mejor dicho.

Esta canción habla de que los sentimientos, como las relaciones, se terminan. Que no es un drama, ni nosotros malas personas por dejar de sentir. Eso, simplemente, pasa.
Y que es una pena tener que hacerlo, pero de cuando en cuando y de vez en vez hay que crearse un matadero clandestino, un espacio personal e instransferible -a la par que inaccesible- en el que deshacernos de esas cosas que no sirven para nada y que no podemos tirar. Como el sentimiento de culpa. Que ya tenemos bastante con las goteras del corazón.

Iván, ya viejuno, nos dijo así que, en los mundos de dos, las cosas van bien cuando se va a la misma velocidad. Y que nada puedes hacer cuando, sin más, dejas de hacerlo.

 

Top #5 (y una incursión extranjera). THE CORAL. Dreaming Of You

(Aquí la letra.)

 

Lo reconozco. He incluido esta canción porque, a la postre, quería incluir una reflexión nada reflexionada. Me apetece, simplemente, decirlo.

Decir que es relativamente difícil, a no ser que seamos almas descorazonadas (que también las hay) pasar del amor al no-amor -concepto diferente a desamor- como quien cambia de ropa interior por las mañanas. Parafraseando a House, no hay una fina línea entre el amor y el no-amor; está la Gran Muralla China con centinelas armados cada cinco metros entre el amor y el no-amor (o el odio, pero valga el ejemplo). Desenamorarse de alguien no implica dejar de quererle, más bien suele implicar, de hecho, seguir queriendo, seguir sintiendo algo, bien esté disfrazado de cariño o de apego, de afecto o de que, vaya, nos gustaba su compañía. Somos seres de costumbres, y poco podemos hacer contra ello. Sería una más, otra lucha de gigantes.

Para mí, eso es lo que encierra algo tan demoledor como “I still need you but, I don’t want you now”. Y lleva al inevitable y casi tautológico “It’s gonna hurt, but I’ll have to say goodbye”.

Duele. Lo dejes o te dejen. Duele de cojones. Como rescaté de un sublime diálogo hace semanas, sientes que te arrancan el corazón, lo tiran en un horno precalentado a 250 grados, y lo hornean con un glaseado de miel para después servirlo en un cuenco con arroz. Duele lo suficiente como para que sigas confundiendo el cariño que os queda con el amor que ya no existe.

Muy gráfico. Muy vívido. Muy cierto.

Pero también se pasa.

Y, a veces, es sencillo.

Es tan sencillo como reconocer que necesitamos otra cosa. Algo más. Que no es lo que tenemos.

Si os estáis desenamorando, estas canciones os ayudarán a sacar a relucir un sentimiento amargo, sí, pero necesario, tan necesario como el de enamorarse. Del que también hablaremos.

Que enamorarse molará más, pero recordad siempre que, como una vez me dijo un buen amigo, la mayoría de las veces el término de cualquier relación, desenamorarse, es también un triunfo del amor.

Del amor propio.

[Próximamente: Top #5 Canciones para el amor (o para enamorarse). Sean pacientes.]

¿Quién escribirá la historia…

…de lo que pudo haber sido?

 

Algún día, quizá, me atreveré a escribirla. Pero serían esas tantas historias -dentro de una misma historia- que contar, que me paro a pensar si acaso habría tanto papel en el mundo. El azar, el azar es tan ruin como mezquino, y tan fabuloso como desalentador. El azar me ha permitido conocer personas tan maravillosas que, de no haberse cruzado en mi camino, mi vida ahora carecería de sentido. Como en aquellos versos de Cernuda, «si no les conozco, no he vivido; si muero sin conocerles, no muero, porque no he vivido». Ellos justificaron, justifican, y justificarán mi existencia.

Pero la vida, y su azar, y aquellas personas tan maravillosas con las que me crucé, aquellas que justificaban mi existencia, en muchas ocasiones no me permitió ser todo lo que quería, quise, ser para ellas. Han pasado muchas, muchas a las que he echado de menos, antes de llegar a conocerlas. Muchos que pudieron llegar a ser grandes amigos, grandes amantes, grandes esperanzas o grandes decepciones, pero que sólo pasaron a engrosar la lista de «lo que pudo haber sido».

A veces me imagino escribiendo a todos los protagonistas de esas historias. Escribiendo todas las cosas que aún me quedan por contarles. Cosas que sé que saben, que al menos intuyen, pero que por mí desconocen.

Hoy les voy a presentar cinco historias, que se están escribiendo mientras yo las escribo, y a una persona que me rompió el corazón.

 

Historia. Número 1.
V: Carrie es una histérica.
E: Carrie está enamorada.
V: No me extraña que digas que Sexo en Nueva York tiene todas las respuestas. Estoy de acuerdo. Las respuestas son “haz justo lo contrario de lo que hace Carrie”.
E: Carrie hace, dice y piensa exactamente lo mismo que harías, dirías y pensarías tú, de no ser porque tú te obligas a ti misma a ser fría, distante, esquiva, cínica, o lo que quieras ser, cuando te mola un tío. Ahora sólo eres Miranda, e incluso ella deja de ser así porque se da cuenta de que no es natural. El problema será que cuando conozcas a un Steve, y te enamores de él como se enamora Carrie de Big, a lo mejor, sin tú querer, te comportas como ella.
V: Déjame esperar que no sea así…

 

A C., que poco o nada tiene que ver con E., ni con G., ni con M., ni con J., y mucho menos con P., y que es mi historia no escrita por excelencia, la conocí en algún momento de octubre de 2004. Y dejé de conocerla en algún punto, impreciso, del verano de 2008.

Y ella conoció a la auténtica Violeta. Sea quizá la única persona que alguna vez haya conocido a la auténtica Violeta. Pues con ella nada daba miedo, y no tenía que estar a la altura de nada. Ella lo fue todo para mí. Y ahora, ahora que la necesito, entono un ojalá nunca hubiera existido, aquello que se interpuso entre mí y las razones de mi propia existencia, aquello que provocó que una noche ella me dijera «nunca más», aquello que trajo el día en que supe que ya no habría más terminales de aeropuerto, ni hijos a los que casar, ni vacaciones juntas, ni conciertos, ni cartas, ni Top 5’s. Ni futuro.

Y así, como más de un hombre me ha roto alguna vez el corazón, fue una mujer quien me lo destrozó por completo. Fue ella quien lo hizo pedazos, tras haberlo herido, pisado y partido. Y cada latido no hacía sino recordarme que ella ya no estaba, ya no era para mí. Que estaba tan decepcionada que todas las promesas, todos los planes, todas las alegrías, esperanzas e ilusiones, no merecían la lucha. Que yo ya no merecía la lucha, porque no la merecía a ella.

Historia. Número 2.
G: Has tomado esa decisión por miedo.
V: ¿Y eso le resta mérito a la decisión?
G: Para nada. Es una consideración, únicamente. Un factor más a analizar…

 

A ella le gustaba mucho esta canción. En una ocasión, me contó que la escuchó por primera vez en su viaje de ida a Madrid, poco antes de conocerme a mí. Y que le pareció el perfecto resumen de todo.

Lo es, es el perfecto resumen de todo. De todo lo que pudo haber sido, y que nunca será. Y de cómo voy a recordarla, siempre.

 

Porque «if only» is a wish too late.

Historia. Número 3. Y mi favorita.
M: Me gustas por estas cosas. Cuando sales de ese corsé autoimpuesto. Cuando sales, sobre todo por accidente.
V: ¿De verdad se nota tanto que me autocensuro?
M: Al menos yo, lo veo. Autocensurarte implica que no seas tú misma, lo cual también tiene que provocarte, a la larga, frustración.
V: Obviamente, me causa frustración. Pero si lo hago es porque siendo yo misma os parezco una niña repipí con mil pájaros y tonterías en la cabeza.
M: Mejor eso a mostrar algo que no eres.
V: Sabes que si precisamente me gustó tanto el viaje a Delhi es porque creo que fui más o menos yo misma. Que estaba cómoda, y no tensa, como casi siempre… Sé que la gente lo nota, pero no depende ya de mí. Cuando trabajas tanto por ponerte un corsé, como tú dices, quitárselo cuesta, ¿no?
M: No, lo que cuesta es ponérselo. Quitárselo es cuestión de segundos.
V: Soy demasiado vulnerable entonces, y no me gusta. Luego acabo llorando en el aeropuerto,  como en Delhi. Ahí, a moco tendido…
M: ¿Lloraste en el aeropuerto de Delhi?
V: Pues claro que sí. La gente flipaba. Fui sola. Jordi se durmió y a partir de ahí no paré de llorar. Y ya dejo de sincerarme… Me voy a quitar el susodicho corsé y todo, con lo bien que me queda.

 

Hay películas que ves tarde, hay libros que lees demasiado temprano. En otro momento de tu vida, en cualquier otro momento de tu vida, habrían significado otra cosa para ti. Nada, o absolutamente todo.

Quizá sean las circunstancias, y no tanto el azar, quienes definan lo que cada persona que se cruza en nuestras vidas ha de significar para nosotros. Sólo sé que a ella, a ella el universo la puso para mí justo en el sitio correcto, y en el momento adecuado. Sólo sé que a otros, el universo la jodió, y les puso justo en el sitio incorrecto, y en el momento menos adecuado.

(Suena como bonita excusa.)

Historia. Número 4.
V: A la larga, sí, encuentro con quien estar a gusto. Pero eso es hasta contraproducente. No sé si me explico…
P: Pretender actuar de una u otra manera es una tontería por dos razones: porque es imposible actuar siempre, y porque si se actúa no se es como realmente se es y, por tanto, las relaciones que se forjan no van a ser igual de reales.
V: Este año he conocido a muchísima gente a la que, por circunstancias (casi siempre estábamos de viaje) me he abierto más rápidamente. Me he traído de recuerdo a gente muy guay, que se ha dado cuenta, perfectamente, de que yo no soy así. Pero que, por así decirlo, se contenta con sus dosis de “Violeta de verdad”. No creo que mis relaciones sean menos reales, con una misma persona puedo estar más o menos a gusto según la circunstancia. Y, a la postre, la cuestión de por qué soy así es porque soy una desconfiada y me paso el día pensando que me van a hacer daño. Pero eso no es malo. Es humano.
P: Es bueno o malo según te lo tomes tú. No, no tiene por qué ser malo.
V: Supongo que es malo en la medida en que dejas de hacer cosas, o de intentar cosas, por miedo.
P: Pues sí. O en la medida que a la gente le pueda resultar desagradable o perder interés porque piensen que tú no tienes interes por ellos. Si estás a la defensiva…
V: Eso no me preocupa… (…) ¿Tú no tienes como pánico a tener una relación seria de nuevo?
P: No. Hombre, ¿para qué estamos si no?
V: No entiendo la pregunta…
P: Nosotros, en la vida.
V: Pues, desde luego nuestra finalidad no es enamorarnos, ni nada de eso. Y mucho menos, ir hilvanando relaciones…

 

Ella siempre me decía «un clavo no quita otro clavo, Violeta, los dos se ponen mal». Últimamente pienso mucho en eso. Hasta qué punto podemos intentar suplir el vacío que nos ha dejado una persona con otra. Con otra, otra. Otra que, inequívocamente, no va a tener nada que ver con ella. Porque no va a ser ella.  Pero que no vaya a ser ella, no quiere decir, tampoco, que no pueda ser mejor que ella. Lo diferente no tiene por qué ser malo. Lo desconocido, por más que asuste, puede ser bueno. Puede ser mejor. Pero cuando estás realmente asustado, cuando tienes tanto miedo que no puedes reaccionar, dejarse vencer no es inmadurez. A veces, se confunde ser inmaduro con ser humano. Y a causa del miedo, del temor, del pánico, del pavor, hoy yo, y tantos como yo, seguimos dejando historias sin escribir.

Historia. Número 5.
J: Ya lo harás, cuando superes el miedo escénico.
V: Es que lo mío… es para darme de comer a parte.
J: Al final, te darás cuenta de que todos somos reemplazables.

 

Todos no.

Al final, quizá me dé cuenta, pero hoy no hay quien la reemplace, no hay quien os reemplace.

Estas cinco historias se están escribiendo mientras yo las escribo. Mientras las vivo y disfruto. Mientras las saboreo en sus múltiples fundamentaciones. Que, desde el amor perdido, hasta la amistad más salvaje, pasando por el más profundo aburrimiento, cualquier excusa es buena, siempre será buena, para tener una buena conversación.

Estas historias se escriben. Hoy, que es siempre todavía. En algunas de ellas, desconfío. En otras, por primera vez en mucho tiempo, creo. Creo con todas mis fuerzas.

Sigamos escribiendo, sin miedo.

Obama Bin Laden

 

Cuando comencé este blog, me prometí que en él jamás se hablaría de política.

Porque peco de radical, de obcecada, de tajante, e incluso de intolerante. Aunque yo siempre he preferido decir que, lo que me pasa, es que tengo las ideas demasiado claras. Esta conversación, cosa extraña, se ha sucedido en más de una ocasión con personas que poco entrañan en común:

-¿Cuál es tu opinión sobre…?
-No tengo opinión.
-Oh, vamos. A quién querrás engañar. Tienes una opinión para todo.

(Y probablemente sí, pero muchas de ellas quizá sea mejor mantenerlas en el anonimato > http://www.fotolog.com/violetish/17026863)

Aprovecho este espacio de regodeo para desmentir tal afirmación. Hay temas sobre los que tenía una opinión meridianamente clara y aserta y que ahora me provocan serios dolores de cabeza. Entre ellos, el aborto (la interrupción voluntaria del embarazo, si he de ser políticamente correcta y enarbolar la bandera del eufemismo), el conflicto vasco y sus ramificaciones, la historia reciente de España (especialmente la “Transición” española, y las comillas no son baladí), o dónde ha de acabar el subterfugio de la “soberanía”, por citar algunos. Me gustaría decir que cada vez soy menos radical, obcedada, tajante, e incluso intolerante. Pero de escalo o nulo juicio gozaría tal afirmación si esta provienese de mí misma.

Lo dicho. Cuando comencé este blog, me prometí que en él jamás se hablaría de política. Para soltar proclamas, me dije, y mostrarle tus profundas convicciones izquierdistas al mundo ya tienes facebook. Por eso, y porque mi anterior blog (loqueadamsmithnodijo.blogspot.com) fue un fracaso precisamente por todo lo anterior. Por acabar convirtiéndolo en un panfleto anticlerical digno de los años más oscuros (o brillantes, según se mire) del anarquismo español. Muchas entradas se han perdido en el limbo de mis cuadernos precisamente por ello, incluyendo una sobre la desvergüenza institucional(izada) de la USAid que algún día he de rescatar.

Pero la semana pasada me tocó cumplir un año más sumida en la desesperación. En el acoso constante de una pregunta. ¿En qué mundo vivo?

Hace una semana, despertaba con el discurso de quien acaso nos ofreció la mejor pieza de teoría política contemporánea en su aceptación del Nobel, que anunciaba, henchido, que había hecho justicia.

Él se había plantado en Oslo a recoger el Nobel y había argumentado, insisto, que hay guerras necesarias, y que hay guerras justas. Pero él nunca le había dado alas al asesinato, ni a la tortura, ni a la enajenación. Y en diez minutos se vendió al mejor postor, en nombre de una democracia y de unos valores que, si de verdad son los condenados a representar la humanidad, bien quisiera desligarme de la condición de ser humano.

En una semana, la historia, sempiterna aduladora de realidades ad hoc, ha ido cambiando. Nos habrán mentido, sí, pero menos. Desde el principio nos han dicho que lo mataron a sangre fría. Que fueron allí con la intención de matarlo a sangre fría. Que juntitos y arrengados tomaban su té con pastas en la Casa Blanca mientras, expectantes, clavaban sus ojos en una pantalla gigante esperando ver cómo lo mataban a sangre fría. Me imagino al Gabinete de Obama, reunidos y con los pies posados en la icónica mesa circular, mesando los tres pelos que les queden de tanto pensar: y qué le diremos al mundo. Y a Obama, en un arrebato de soliviana lucidez, diciéndoles que, para qué mentir, para qué darle el gusto a Assange, y a Wikileaks. Nadie nos juzgará por matarlo a sangre fría. Que la justicia es unidireccional, y yo llevo el timón.

No me malinterpreten. No me he caído de un guindo, y ya sé que Obama, y su gobierno, guardan dos varas de medir en su haber. Al fin y al cabo, todos tenemos dos varas de medir. O tres, o las que hagan falta, pues la coherencia es una virtud que más bien parece de cuento. Oh, Coherencia, ¿dónde estás? ¿Acaso alguien te disfruta? A día de hoy, unicornios, elfos y superhéroes con fenomenales poderes cósmicos resultan menos imposibles que tú. Y Obama, como símbolo, ha perdido todo para mí.

En esta semana se ha hablado -y mucho- de los nazis, y de Nuremberg, y de la tortura, y alguno se ha iluminado trayendo a colación la popular paradoja de qué haríamos si tuviéramos en nuestras manos la vida de 500 niños, pero hubiéramos de torturar a una sola persona para levantar el pulgar a nuestro favor. Pamplinas. Y una se cansa de comparaciones históricas para púberes, de tertulia de patio de colegio y de ignominias disfrazadas de profundas reflexiones. Pero entre tanta chascarrería, también ha habido lugar a la comprensión, al raciocinio y a la lógica. Hacer un Top #5 sobre un asunto de estas características bien puede resultar mezquino, no he de negarlo. Pero de todas las opiniones vertidas, y rebozadas, y salteadas hasta la extenuación, estas son las que me han devuelto desde la melancolía al entendimiento, desde el pavor a la esperanza:

#1 La demoledora vuelta al mejor periodismo de Enric González > La caza de la ballena blanca

#2 La inmejorable entrada del que, no en vano, es el ‘bloguero’ político más leído del país, Ignacio Escolar > Un demócrata trasnochado

#3 La tardía, aunque ansiada, reacción de Luis García Montero (el único, a la sazón, que rescata a la maravillosa Hannah Arendt para su arenga) > La anorexia democrática

#4 La mal traducida, pero brutal, reflexión de Noam Chomsky > Mi reacción ante la muerte de Osama Bin Laden

#5 Y una foto, publicada por The Atlantic, que bien resume todo lo anterior >

Aunque no menos interesantes me han parecido las columnas de Juanjo Millás (Pedro y Nopedro) y Manuel Rivas (En el siglo XVI).

Poco más he de añadir. Así como usar poesía ajena para expresar lo que siento me ha resultado siempre más fácil que sentarme y escribirlo yo misma, usar prosa ajena para expresar lo que pienso no es sinónimo de parquedad, de vagancia o de desaprensión. Sino más bien de admiración, de gratitud y de respeto.

 

 

Porque yo, como Sean Penn en esta maravillosa película, sólo sé -y sólo puedo decir- que matar está mal. Y que da igual que lo haga yo, tú, o el Gobierno.

Decía Miguel Hernández:

 

"Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amor.
Tristes, tristes."

 

Triste es vivir en un mundo condenado a banalizar la violencia, a condecorar la incoherencia, a aplaudir la venganza y a desmitificar la verdad. Triste, triste.

Pero aquí estamos, y aquí seguimos. Intentando ser feliz de todas las maneras que podemos y sabemos.

Y, con un poco suerte, la próxima vez que escuche a un líder mundial decir “se ha hecho justicia”, no sentiré ni tanto asco ni tanta vergüenza.

Top #5: “Adiciones” (encuentra la palabra oculta)

 

No, esta tampoco es la entrada que quería escribir…

Pero andaba yo en la oficina (re)pensando en la prometedora 23ª Edición del Diccionario de la (Grande y Libre) Real Academia de la Lengua Española y se me ocurrió ordenar mis adiciones favoritas. Las joyas literarias a veces han de verse aplazadas para (vana)gloria del humor absurdo.

Me he permitido asimismo hacer una búsqueda comparativa en Google Imágenes para ver qué entienden los internautas (ups, palabra que aún no está en el diccionario) y nuestro gran amigo Google por cada uno de los términos. Empecemos:

 

#1. Cultureta.

1. f. despect. coloq. Actividad cultural que no alcanza un nivel aceptable.

2. com. despect. coloq. Persona pretendidamente culta. U. t. c. adj.

Bravo. Chapó. Con esta magnificencia se cubrieron de gloria y todos quisimos hacerle la ola a la Real Academia, además de un café con la mente brillante que escogió el mejor adverbio posible (“pretendidamente“… tomad hostiazo en la cara) y reflejó -por vez primera, fielmente- el uso del castellano entre la población. Un catacrocker de primera categoría. Consiguió que, con sólo tres palabras, todos pensáramos en alguien conocido.

 

#2. Rojillo.

1. adj. coloq. De tendencias políticas más bien izquierdistas.

O el Ataque del Desprecio de la Academia, versión 2.0. Si no teníamos bastante con “pretendidamente”, segundas partes a veces fueron buenas y nos vuelven a sorprender con “más bien”. Les faltaba poner una nota al pie que dijera “en fin, estos jóvenes de hoy en día que, ya sabéis, están más perdidos que Marco el día de la madre”.

Y sí, si fuera seguidora del Osasuna, me quejaría formalmente a la Academia. Y les mandaría esta foto de Homer como prueba.

 

#3. Sentimentaloide.

1. adj. despect. Que tiende a la emoción superficial y fácil.

O de cómo concatenar vaguezas. El Ataque del Desprecio III. De “pretendidamente” a “más bien” y de ahí a “tender a”. Guau. Saben hacer uso de los sinónimos estos señores. Se nota que algunos de ellos se dedican a escribir libros y procuran no caer en aquellos que nos repetían siempre en el colegio, cuando parecía que repetir la misma palabra en menos de tres líneas era una invocación a Satanás.

Reconozcámoslo. Se lo han currado.

 

#4. Meloncete.

1. m. irón. Muchacho poco avispado.

Es aquí cuando ya se deberían haber quedado ojipláticos.

“Poco”. ¿Cuánto es “poco”? ¿Lo de irónico va por la palabra en sí o por la definición en sí misma? ¿Por ambas, quizá? No digo yo que deban establecer medidas sobre el avispamiento juvenil de manera categórica, también difamaría sobre una definición al estilo de “muchacho avispado solamente -el adverbio… el adverbio es fundamental ahora- en un 33%”. ¿Pero “poco”?

 

#5. Festivalero.

1. adj. Perteneciente o relativo al festival (‖ conjunto de representaciones). Los jóvenes directores de cine tienen objetivos festivaleros.

2. adj. Dicho de una persona: Que asiste a un festival o participa en él. U. m. c. s.

3. adj. Dicho de una producción musical o cinematográfica: Ligera, hecha con intención de agradar al gran público. Una canción muy festivalera. U. m. en sent. peyor.

Atención a la 3, que es la colosal. “Usada más en sentido peyorativo”. Toma castaña. Con esta ya acabaron ahorrándose millones de visitas al psicoanalista. A esto se le llama descargar la ira contenida. Lo que vimos en Seven son tonterías de renacuajo.

 

¿Aún no lo ven claro? ¿Qué sale de la coctelera si mezclamos estas cinco palabras? ¿Qué nos ha querido decir, entre líneas, la Academia?

Desde aquí, lo vemos transparente. La definición “oculta”, para la que han necesitado incluir todos estos términos y que verá la luz en la 24º Edición es… ¡MODERNO!

Moderno.

6. com. despect. coloq. Persona pretendidamente cultureta y festivalera, de tendencias políticas más bien rojilla, que tiende a la emoción sentimentaloide y bastante meloncete.

A las pruebas me remito:

 

A mí me parece más que correcto. Estos señores han decidido quitarse la careta y empezar a mearse en la cara de la gente. Se acabaron las definiciones arcaicas tipo “acción y efecto de” o todas las “dícese de…”. Seguro que gran parte de culpa la tiene Pérez-Reverte. Me imagino al tipo dando un zapatazo y clamando “cállense coño, vamos a dejarnos de gilipolleces; nada de volver a hacer definiciones taxativas, que si vivimos tiempos de indecisión donde los maricones se pueden casar y puede haber bautizos por lo civil, nosotros nos podemos permitir ser vagos y sumergirnos en el lenguaje de lo etéreo” (que él, aunque rudo, siempre quiere acabar sonando mínimamente poético).

Pero está claro. Desde luego no creo que vayamos a echar de menos esas fórmulas del siglo de Oro. Asistimos ahora a la crónica de la muerte anunciada del hipérbaton, porque es mejor darle frescura a nuestra lengua y adoptar otras más juveniles y descuidadas. ¡Abracemos el adverbio! De hecho, hemos llegado a la conclusión de que, por extensión, el sufijo “-eta/-ete” ha de acordar siempre “persona pretendidamente”. Así, emplazamos a la Academia a introducir, en la 24º Edición, términos como “sociata”, i.e. persona pretendidamente socialista, o “graciosete”, i.e. persona pretendidamente graciosa.

Porque nosotros también lo valemos.

(Este post es producto de horas de risas y búsqueda ingente, y en gran medida se debe al inestimable intelecto y sentido del humor de mi compañero de trabajo -y ahora, también editor-. También ha colaborado un sociata de pro que en ocasiones acierta a ser graciosete.)

Top #5: Escenas favoritas de The Godfather

 

Admitámoslo. Entre los miles de millones de dilemas e inquietudes que asolan mi cabeza diariamente, hay uno que siempre sobresale, uno al que nunca me veo capaz de dar solución, uno que atormenta a quien basa su vida en priorizar, hacer tops, racionalizar y compartimentar cada uno de sus anhelos. Siempre me he preguntado qué decidiría si me forzaran a prescindir de mi vista o de mi oído, si me dieran a elegir. ¿Oído? ¿Cómo sería vivir sin volver a escuchar la 9ª Sinfonía? ¿Vista? ¿Cómo sería sólo poder recordar, no volver a ver el primer plano de Malcolm MacDowell en A Clockwork Orange?

Pero cuando le doy al play y veo la primera imagen de The Godfather Part II, ese magnífico primer plano de Michael, de repente parezco alcanzar una respuesta satisfactoria. Porque estas tres películas son la máxima expresión del cine, como obra de arte total. Y, si me dieran a elegir, me rendiría, no podría. La II es mi favorita, pero porque hay una antes y una después y, sin ellas, sería nada.

En mi Top #5 ‘Mejores películas de la historia del cine’, The Godfather Part II y The Godfather -en ese orden- se sitúan sólo por detrás de Citizen Kane y Casablanca. Ninguna de las tres alcanza a ocupar un puesto en mi Top #10 ‘Películas favoritas’, pero son mi Top #2: ‘Creaciones artísticas que más me ayudan a pensar’. Son lo más completo, lo más perfecto que ha parido la historia del cine. Lo tienen todo. En las dos primeras no sobra un fotograma, una línea, un gesto. En la tercera, únicamente sobra una chica que debió mantener su talento a salvo de la deriva de la interpretación. Y, aun si estoy mal, nadie puede arrancarme la sonrisa de la cara al verlas.

Así que aquí tenéis un Top #5 que dice mucho de mí, y que no podréis rechazar.

 

#1: Banana Daiquiri. The Godfather Part II

«Banana Daiquiri.»

[Ordering drinks in a Havana cafe.]
Fredo: Uno… por favor…
[to Michael]
Fredo: How do you say “banana daiquiri”?
Michael:Banana daiquiri.”

En este momento, Michael ya sabe que ha sido Fredo quien le ha traicionado. Coppola y Willis dirigen toda la atención a su expresión, convirtiéndola en acaso la mejor escena de Pacino como actor. Cuando sólo es una presencia, cuando puedes sentir su dolor. Cuando el personaje de Michael se presenta humano y desgarrador, violento y compasivo, y se erige, al fin, como uno de los mejores personajes de todos los tiempos.

 

#2: Tom Hagen y Frank Pentangeli. The Godfather Part II

Tom Hagen y Frank Pentangeli.

Frank Pentangeli: Those were the great old days, you know… And we was like the Roman Empire… The Corleone family was like the Roman Empire…

[…]

Tom Hagen: When a plot against the Emperor failed… the plotters were always given a chance… to let their families keep their fortunes. Right?
Frank Pentangeli: Yeah, but only the rich guys, Tom. The little guys got knocked off and all their estates went to the Emperors. Unless they went home and killed themselves, then nothing happened. And the families… the families were taken care of.
Tom Hagen: That was a good break. A nice deal.
Frank Pentangeli: Yeah… They went home… and sat in a hot bath… opened up their veins… and bled to death… and sometimes they had a little party before they did it.

O cómo el mejor secundario de la saga, un enorme Robert Duvall, le da la oportunidad a Frank Pentangeli de decidir cómo desea morir. Simplemente sublime.

 

#3. Michael y Appolonia. The Godfather

Michael y Appolonia.

Para los que no la recuerden, Michael y Appolonia ya están prometidos, pero tienen que estar todo el tiempo acompañados. Paseando, Appolonia tropieza a propósito para poder caer en los brazos de Michael y que él la sujete, para gracia de las señoronas italianas que caminan tras ellos.

No es una gran escena, pero es una escena entrañable. Y soy yo, que pese a ser fría e insensible, en el fondo, muy fondo, soy una sentimental. Soy yo, que siempre he visto en la muerte de Appolonia el punto de inflexión definitivo en la vida de Michael. Porque cuando, en The Godfather Part III, Michael le asegura a Kay que él no eligió que su vida fuera así,  que primero tuvo que proteger a su padre porque su padre estaba en peligro, y luego eran ella y sus hijos los que estaban en peligro, a mí me da la punzada romántica y recuerdo la expresión de Michael al ver marchar a Fabrizio, el instante en que es consciente de su traición y el “¡no!” desgarrador que grita antes de que Appolonia vuele por los aires. Soy una sentimental que quiere ver -y justificar- la deriva violenta de Michael como un mero ejercicio de venganza, cuando probablemente su personaje revista demasiada complejidad como para banalizarlo hasta ese extremo. Pero nadie es perfecto.

 

#4. Llegada de Vito a América. The Godfather Part II

Vito.

Una vez, una amiga me contó que su padre, al ver esta escena, no podía evitar suspirar y decir «ya no se hacen películas como esta».

Vito llega a Nueva York y es trasladado a un hospital para someterse a un período de cuarentena. Desde allí, observa la Estatua de la Libertad sin alterar el rostro. Y nosotros, que ya hemos visto morir a Vito, que le hemos visto llorar por la muerte de Sonny, bailar con Constanza en su boda, y asustar a su nieto con una naranja en la boca, nosotros, que conocemos su historia, no sabemos si admirarle o compadecerle, si sentir alegría o tristeza. Ahí, en su ambivalencia, reside la grandeza de esta escena. En ver, y saber, que un chico que lo ha perdido todo se sienta a contemplar su futuro y, lejos del llanto, entona una canción. Como si, en el fondo, supiera -al igual que nosotros- que finalmente se convertirá en todo aquello de lo que está huyendo. Como si hiciera las paces consigo y con su suerte.

 

#5. Confesión de Michael. The Godfather Part III

Cardenal Lamberto, luego Juan Pablo I.

Michael: I, uh, betrayed my wife. I betrayed myself. I’ve killed men, and I ordered men to be killed. No, it’s useless. I killed… I ordered the death of my brother; he injured me. I killed my mother’s son. I killed my father’s son.

Cardinal Lamberto: Your sins are terrible. It is just that you suffer. Your life could be redeemed, but I know you don’t believe that. You will not change.
[grants Michael the Rite of Absolution]

¿Por qué me apasionan desde siempre las historias de gángsters? Porque no hay moralidad. No hay buenos y malos. El cine, como arte, es capaz de abstraerse y no juzgar a sus propios convidados. Es difícil conseguir esto sin que el resultado final sea demasiado frío, demasiado poco atrayente y demasiado poco realista -a no ser que te llames Stanley Kubrick- pero, por alguna extraña razón -que no he alcanzado a entender- las películas de gángsters, las buenas, siempre lo consiguen. Incluso en Los Soprano en ningún momento se juzga a Tony, ni siquiera al final, ese glorioso final en el que David Chase dejó que todos juzgáramos por nosotros mismos.

Y, en The Godfather Part III, Coppola y Puzo, conscientes de que Michael no ha sido juzgado -ni por ellos, ni por nadie- deciden dar una vuelta de tuerca y lo echan, literalmente, a los leones. Le obligan a reconocer que es un ser despreciable y falto de escrúpulos. De nuevo, son capaces de ofrecernos un clímax completamente ambivalente, situándole en una esfera donde ya no hay nada que añadir, donde el mismo vicario de Dios en la Tierra le dice que sus pecados son horribles, pero que él “no va a cambiar”. Michael es juzgado sin haber sido juzgado y obtiene el perdón del propio Cardenal Lamberto y del espectador. Y eso sólo lo pueden hacer guionistas de una talla descomunal.

 

Como siempre, es éste un Top #5 muy personal, como toda mi visión de la trilogía. Porque para mí el mejor Vito es DeNiro, no Brando; el mejor personaje, Michael, no Vito; la mejor película, la II, no la I. Y sé que ésta no es la tónica general, pero quizá por eso los haya elegido así. O quizá no.

La primera vez que las vi, tenía 13 años. Desde el momento en que Michael mata a Sollozo dejé de entender nada, pero las terminé de ver. Y aún hoy, diez años después, cada vez que vuelvo a verlas descubro algo nuevo, una mirada, un matiz, un plano, detalles en los que nunca antes me había fijado. Eso sólo te lo ofrecen las grandes obras maestras.

Y ahora sólo me queda entonar un breve suspiro y decir: «ya no se hacen películas como éstas».

Istanbul

 

 

Hace escasas doce horas regresé de Estambul, Turquía, Europa/Asia, el Mundo, el Universo. Es el primer viaje que hago desde otro lugar, otro lugar que no se llame España. No sabría explicar por qué, pero ello claramente ha influido en la percepción que hoy, sentada en el despacho, recupero de Estambul. Y me ha servido de algo, de mucho. Me ha servido para constatar que el subdesarrollo social, político y económico no es un designio divino de Allah, que el islam no está condenado al ostracismo ni determinado al desentendimiento con el ‘manido’ Occidente, en un lugar donde la línea que separa el ‘supuesto’ Oriente de Said del Occidente de Huntington es tan fina como un estrecho que se cruza en treinta minutos y tan ancha que se desdibuja por completo. Me habría sorprendido visitar Estambul desde Madrid, sin duda alguna; pero me sorprendió más visitarlo desde Ammán. Conocer la potencialidad del cruce de culturas en dos sociedades muy diferentes, pero separadas tan sólo por dos horas de avión y más de cinco vuelos diarios.

Los detractores, los adictos a Huntington, los que leyeron y enmarcaron el último ‘special report’ del Economist sobre Turquía se retrotraerán al discurso griego, alemán, francés, intolerante e intolerable. Turquía no es Estambul, dicen mientras clavan en nuestras pupilas su pupila azul. Pero decir que Turquía no es Estambul es tan banal como decir que España no es Madrid o Barcelona, Grecia no es Atenas y Francia no es París. Es un pretexto para intentar negar que un país capaz de institucionalizar un estilo de vida y un comportamiento social como el que viví en Estambul, aunque se reduzca a un espacio, es capaz también de extender el modelo. (Pero espero tener la oportunidad de ver el resto de Turquía para saberlo.)

Es también un pretexto para intentar negar a un país que se pregunta, se debate, se cuestiona hechos que ocurrieron hace cien años. Porque en Turquía se debate el genocidio armenio, con complicaciones, pero se hace. Y uno no puede hacer sino preguntarse: si ellos pueden recapacitar, ¿por qué no nosotros?

No lo sé. No sé por qué un estado ‘en teoría’ menos desarrollado y con menos tradición democrática que la nuestra puede plantearse preguntas que a nosotros nos aterran. Sólo sé que la compañía fue inmejorable. Las largas caminatas, necesarias. La sensación de volver a pasear con una ciudad, impagable. Los miles de White Mocca, felicidad.

 

¿Repetimos?
¿Repetimos?

 

Pero en Ammán no hay nada de esto.

En Ammán no hay calles que patear. Lo único a patear son los culos de muchas malas personas. No hay miradas que sostener. No hay turcos. No hay manifestaciones ni hostales rojillos. No hay miles de risas producto de los comentarios de algún que otro tendero. No hay gatitos recostados sobre una pila de libros, echando la siesta mientras una chica cree encontrar en ellos un refugio a su mundo descomunal y les toma una foto…

 

 

…porque, directamente, no hay librerías. No hay vida, sino ambivalencia. No hay Mustafa, ni Kemal, ni Atatürk.

¿Cuántas veces puede desearse algo? ¿Cuántas veces puedes sentirte comprendido e incomprendido al mismo tiempo, lleno y vacío a la vez? ¿Cuántas veces puedes escuchar «Lucha de Gigantes» sin cansarte?

En mi Top #5 Ciudades en las que quiero vivir ya hay dos lugares ocupados: #1, Viena; #2, Estambul. Las dos tienen muchas cosas en común, pero una en concreto que, en ambas ocasiones, acabó robándome el corazón:

 

Señalitas del transporte público, :)
Señalitas del transporte público, :)

 

Porque yo, al fin y al cabo, soy tan romántica como la ciudad que amo. Madrid, no te pongas celosa, tarde o temprano, volveré.

Pero sáquenme de aquí. Houston, tengan compasión. Ni me inspiran las estrellas ni vi a Dios. Espero vuestra decisión…

 

 

[Y este lugar, y ellos, malditos sean.]