Oracle System Error

 

Escribiría toda la vida. Me despertaría con una Moleskine y con mi Pilot Falcon (a la izquierda, siempre a la izquierda) y me mancharía la mano (la derecha, lamentablemente la derecha) con la primera media hora del día. Le relataría a mi mano la porción de sueño de la que consiga acordarme, en la que muy probablemente salieras tú, algún político, en ocasiones mi padre, y casi siempre la muerte. Desayunaría con el único propósito de no desfallecer, porque aún no aprendí a agarrarte firmemente y me sigues doliendo al escribir. Y desayunar sería eso, y sólo eso, alimentar una producción que no habría de cesar. Por qué, si es lo que me gusta. Por qué, si es lo que quiero. Con lo que mi taza de café y yo pulularíamos por el espacio, de la cama al sofá, del sofá al alféizar, del alféizar al café de abajo quizá, y si me apuran caminaríamos un poco para que nos diera el viento de cara, y si me apuran le pediríamos que nos aclarara lo que no conseguimos aclarar. Escribiría en todas partes, a todas horas, y en todos los lugares. Escribiría sobre cómo llegué a ser la mujer que sólo es jueves. Te contaría a ti, Moleskine, a ti, extrañada máquina de escribir, a ti, ordenador, cómo ahora cada jueves dedico minutos de mi existencia a imputar horas. Cómo he de sentarme, encorvada y triste yo, a contarle a un sistema llamado Oracle a qué he dedicado mis horas de oficina, a qué dedico mi existencia, mientras esa existencia se circunscribe a un edificio acristalado donde sólo hay congéneres de poco genio y congenio. Escribiría sobre cómo procuro seguir convenciéndome de que lograré conformarme. Escribiría por y para mí, no formatearía informes un miércoles de madrugada, no ordenaría en un correo electrónico pensamientos que no fueran los míos. No firmaría contratos que no quiero. No imputaría mis horas, no contabilizaría mi tiempo. No me contabilizaría a mí. O sí, sí lo haría. Estas son ocho horas y media que no he leído, estas cuatro equivalen a cuarto y mitad de Gogol. Aquellas tres equivaldrían a todo lo que aún no sé de ti porque no he tenido el tiempo para preguntarte; estas dos, a no haber podido releerte. Las cinco del viernes, a todos los correos que Paula no ha recibido. La consabida pausa para comer, a todas las cartas que a Gorka ya no le escribo. Que el rato que tengo a Lola en brazos un domingo por la tarde ha de valerme por todos los demás que no puedo pasar con ella a diario, y todas las veces que le he cantado La Internacional a Blanca han de valerle por todas las tardes que no podré verla bajo la excusa -certera, pero excusa- de que salgo del trabajo demasiado tarde. Y lo que sí me importa pasaría a engrosar la imputación de mis horas de vida, y éstas serían literatura, risas, alcohol, literatura, cine, amigos. Desaparecería el Project Management, el Business Development, las reuniones de cartera, los errores de sistema.

Y la escritura, y tú, y yo, seríamos un fin en sí mismo. Un fin en nosotros mismos.

No esta nada que somos ahora.

 

 

 

 

 

Fin y fundido a negro

“A la vuelta del cine, espera nervioso al padre para contarle de arriba abajo la película. Resulta sorprendente cómo se fija en todos los detalles de lo que ha visto en la pantalla. Se los repite cuidadosamente al padre y a veces hasta añade alguno que el director de cine se olvidó de poner. El padre lo escucha primero complacido, y luego tiene prisa por que concluya el relato que se alarga innecesariamente, y acaba por dormirse sin enterarse del final. José Luis, entonces, se pregunta cómo puede alguien empezar a escuchar una historia y darle igual cómo termina.”

Fragmento de Rafael Chirbes, en La Larga Marcha.

Es incomprensible, sí, y sin embargo así es. Quien suscribe siempre ha sido de borrón y cuenta nueva, de portazo en la cara, de despedirse a la francesa. Adiós, no volveré, no vuelvas. Varios ya los amigos que dejaron de serlo con la tranquilidad propia de quien asume el daño. Con la garantía del ya no te quiero. Los amigos te rompen. Los Él, las Ella y sus distintas versiones, avasallan. Quien suscribe, así, siempre se ha visto condenada a no cerrarse ante los segundos. En otro de esos convencimientos que alimentamos para justificar lo que no ha de ser, nos decimos que quizá la ausencia de final sea el mejor final posible, así haya historias de nudos tan indignos que no merezcan terminar. La purga del epílogo. La quema de los créditos. La canción que se hace concluir en un bucle de sí misma al acabarse antes que ella la inspiración de su autor. Declamamos que si el amor es un trastorno que ha de diferenciarse con ello de la amistad, ha de ser (por fuerza y voto abríos) de carácter crónico. Los amigos nos rompen, sí, pero entonces es fácil pasar página, empezar otro libro, no esperar a que José Luis termine de contarte la película porque ya la sabes aburrida, ya le reconoces el sinsentido. Te hacen daño, te decepcionan, y eso es óbice suficiente para expulsar a esa existencia de tu vida, decir no sin mirar atrás y borrar – ante la imposibilidad real, torpedear – todo rastro de lo previamente compartido. Pero qué pasa cuando uno quiere eliminar sin ser eliminado, olvidar lo acontecido mientras se sabe aún venerado. Cómo se conjuga una pulsión tan primaria como el extrañar lo que de otro modo no se provee con la absoluta desgana por suplicar su venida. Cómo desentrañar que quien te ha colmado de ilusión ahora sólo provoca en ti la pereza más pura: la promovida por la desazón, por el despecho, por el desdén. Y en fin qué se hace ante tanta y tan notoria incoherencia, en la que uno se reconoce negando a unos lo que persevera en otorgar a otros, a pesar de la dureza del daño infligido, a pesar tan siquiera de sí mismo. Si aún nos supiéramos movidos por el amor nos quedaría ese consuelo. Pero qué pasa entonces cuando ya no puedes decir es que aún le quiero, es que todavía la necesito. No. Ni le quieres ni lo necesitas y si supieras sostener una idea tan retorcida hasta te dirías que echas de menos quererle. De repente consideras que anhelarle le procuraba (al menos) ciertas dosis de lógica a la mera concatenación de actos que es tu vida. No un propósito, no un sentido, pero sí lógica. Escribo para ti porque te quiero. Escribo para impresionarte porque te quiero. Escribo para que me leas tú. Y sí, la pregunta es por ello digna. Qué pasa cuando se abandona ese estado y por ende esa mínima lógica que acariciaba (pues nunca dejamos que nos rozara) nuestras vidas. Lo cierto es que nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos habla de lo que acontece cuando se nos fuerza a aceptar lo que negaríamos más de tres veces, aún sin milagro. Cómo es posible, es la misma persona, la tengo delante, hace tres lunas me habría dejado cortar un brazo (de haber sido el derecho) por él, la mano por ella. Nadie nos advierte de lo rápido que se difumina la mera reminiscencia de lo efímero. Ya está, ya fue, ya pasó. Quisiste y ya no quieres y lo estás pensando de más. Porque quisiera entenderlo de más, quisiera anclarme en el equilibrio. Que alguien nos explique cómo se ha de sobrevivir en este vaivén en el que se siente y se desiente, se insiste y se desiste, y entretanto y para tanto sólo y únicamente se miente. Ni te preparas ni te preparan para la reunión del comité de expertos que sin más decide que se acabó lo vuestro, cuando a ti te habría encantado haber participado en el proceso. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos dormir y ya no podemos hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

“-Tienes que dejar de hablar con él. Bloquearle. Que no pueda ni tan siquiera llamarte.

-No puedo. Eso sería el fin. Fin y fundido a negro.”

Tonterías

-¡Las tonterías son importantes!
-Fun·da·men·ta·les.

 

 

Sí. Las tonterías son importantes, fundamentales, necesarias y -cuando más, cuando menos-, suficientes. Y de tonterías está lleno este blog. Y los Círculos de Podemos. No, no me malinterpreten, en esto soy juez y parte. La proporción entre lo que verdaderamente reviste interés y lo que de tan estúpido provoca carcajadas es suficiente para que merezca(n) la pena. Pero no hemos venido aquí a hablar de la lucha de clases, sino de clases de luchas. La mía por dejar de pensarte, y el tiempo que empeño en hacerlo en largas sesiones de sábado. Lo mejor de pertenecer al Círculo de Bruselas es que tu bandeja de entrada está más animada que Twitter después de cada cagada de Mariló. Entrar en un Google Group de un Círculo es abocar tu vida a hacer clics y eliminar. Mi GMail no conocía tanta actividad desde aquel año en que el hastío del máster nos forzaba a corregirnos cada cinco segundos para ver quién la tenía más grande. Recibo e-mails, como tónica de mis días. Multitud de nombres y todos desconocidos. Y el tuyo, nunca. Nombres bien escritos, mal escritos, apellidos compuestos y descompuestos, apellidos de niño abandonado (a lo Martín López o García Rodríguez) y otros ampulosos hasta hacerte declamar frente al ordenador “háztelo mirar que te has equivocado de partido”. Pero no, porque Podemos no es de izquierdas: es un partido transversal y aquí no hemos venido a hablar de estereotipos, sino de tonterías. ¿Me dices que son lo mismo? No, no me lo dices, porque en tu nombre no recibo nada. Tu nombre no aparece por ningún lado. Lo espero como se espera lo que no va a pasar, no a la Buendía -sería demasiado romántico para nosotros- sino más bien a lo Ariza, mandando a tomar por culo mi tiempo, yo, tú el tuyo, y aquí, entre estas líneas, el de todos. Cada uno en salas diferentes donde siempre suena otra música, queremos pensar, no tan diferente. Mis salas me llevaron hace poco a un concierto de Piovani. Tres butacas a mi izquierda un grupo de cuatro amigas dejaban de prestar atención a la música y se miraban, más pendientes de reconocerse el tamaño de sus pestañas. A una de ellas empezó a sonarle el móvil. En el intermezzo -déjame al menos aparentar la finura que mereces- tres gentileshombres se le acercaron y le pidieron, por favor y mediante fórmulas arcaizantes de cortesía que dudo mereciera, que apagara su teléfono móvil. La tipa -o no, arcaicémonos aquí también- señorita tuvo aún el descaro de reírse de tales peticiones, girándose hacia sus amigas (las del concurso de pestañas) y quejándose de los maleducados que se le habían acercado, a ella, la personificada evidencia de que si sabe lo que es una clave de sol es porque vio el símbolo una tarde de tiendas. Cuánto te pensé en ese momento. Mi teléfono, en silencio y no por cortesía, educación u olvido, sino porque me gusta la música y así, la respeto, estaba en silencio, sí, y sin ninguna llamada tuya. Quizá la llamabas a ella. Quizá fuiste tú e intencionadamente la llamabas a ella. Sabías que estaba allí por Facebook, cómo no. Foursquare y geolocalización y baje aquí el Hubble a ver cómo me paso dos horas mirando al del fagot porque qué se viene a hacer si no a un concierto de filarmónica. Otro selfie en Facebook a la salida. “My kingdom for a mascara.” Facebook, o ese otro lugar en el que tu nombre tampoco aparece, y sí otros que yo no quiero. Que nos tomemos un café un día a la salida del trabajo. Que si estoy libre hoy. Depende. Si a esa pregunta te contestan con inusitada vaguedad gallega y tú ahí sigues al toro mereces morir por intoxicación de melodías de Jarabe de Palo. Contigo no sería así, ya has demostrado no dar pie a tan siquiera un mísero «depende». No todos son como tú, lamentablemente, también afortunadamente. Los hay que ven luces donde no hay farolas, las hay que venden la piel del oso antes de cazarlo. Sí, es probable que nos estemos montando películas sin haber visto el tráiler. Igual de probable es que estemos perdiendo el tiempo como auténticos subnormales, deshojando margaritas como si las repartieran con cupones del súper, que no hace falta haber cursado tanta tontería y mucho menos algo de psicoanálisis para ver caparazones ni honestidad brutal disfrazada de absoluta perdición. El querer y no querer, el sí y el no, esta ambivalencia nuestra: ¿la tenemos o es inventada? Inventada, sí. Como te invento yo a ti. Como vivo, inventándote cualidades que no tienes. Inventándote yo. Y, entretanto, pariendo tonterías.