Del optimismo, la amistad y lo bonita (preciosa) que es la vida

“We can complain because rose bushes have thorns, or rejoice because thorn bushes have roses.”
(Attributed to Abraham Lincoln.)

 

Calvin, you called it.
Calvin, you called it.

 

Tengo un amigo.

Sí, vale, tengo más de uno, pero hoy hablaré de él.

Con él he pasado por tantos estados emocionales que, haciendo gala de la mayor honradez posible, perdí la cuenta. Le he querido, le he odiado, le he deseado, le he vuelto a odiar, le volví a querer. Y ahora vivimos en estados de permanente déjà v(éc)u. Lo cual, haciendo gala de la más mínima honradez, me gusta.

Y él me quiere (supongo) pero no le gusta mi blog. Y no escatima ocasión para decirlo. Tampoco escatima ocasión para compararlo con otros blogs de otras chicas, a pesar del nulo o escaso o inexistente amor o puro odio mal canalizado que siento yo hacia esas otras chicas.

Según sus textuales palabras: es de un dramatismo incomparable y con cada entrada le dan a uno más y más ganas de cortarse las venas.

El pasado domingo, mientras comíamos juntos y a la luz de un plato de lentejas, me quedé una vez más mirando al infinito con la mirada perdida y triste como si en vez de legumbres estuviere comiendo hierbajos desamparada en una tierra de nadie. Y así, a bote pronto, le espeté que me estaba perdiendo muchas experiencias.

 

Lucky

“¿Me estás diciendo que quieres hacer un trío?”

Hombre, pues sí, quiero hacer un trío. Uno, dos, tres. Y alcanzar la perfecta triangulación. Pero esta vez me refería a que veía que con casi treinta tacos no había pasado por ninguna relación seria. Ya saben. Esas que tiene la gente en la veintena. Las de pasarse siete y ocho años juntos, no poder vivir el uno sin el otro, dejarlo y que sea un drama pero no por estar enamorado (vaya mandanga) sino porque “echas de menos todo lo que hacías con esa persona”. Hasta recuerdas haber hecho cosas que no has hecho, tipo calceta, o figuras sexuales imposibles. Y tu vida no tiene sentido.

Toda esa cantidad inigualable de drama yo no la he experimentado. Imaginad qué decepción.

Y él, que a ratos es sabio como él solo, me miró una vez más con ese porte de “ya empezamos con tus tonterías” y me dijo: “pero vamos a ver, Violeta, estás diciendo eso ahora un poco por decir; ¿me dices en serio que de repente no valoras el hecho de que llevas toda tu vida haciendo lo que te da la gana?, ¿que mañana puedes ir a un concierto o comprarte un billete de avión sin hablarlo con nadie, sin consultarlo con nadie, sin tener que mandar un WhatsApp de “oye, qué te parece si a pesar de que compartamos una vida juntos, a mí me apetezca mandarte a tomar vientos e irme de viaje sola o con mis amigos”?”

El touchée lo oyeron hasta los chinos de Rusia.

Continuó la perorata porque él es mucho de pontificar, y me dijo que yo simplemente adolezco de este inconformismo genético según el cual siempre voy a querer aquello que no tengo. Algo que no es del todo exacto: no tengo un perro ni un Maseratti y no son cosas que desee (por el momento); no tengo a Angelina Jolie pero traédmela y dadme cinco minutos con ella (cinco minutos con Angelina Jolie en la Tierra deben de ser igual a cinco años con mi amante average en Saturno).

¿Pero y qué sería de mi escritura y del poco estilo que tengo sin la tristeza intrínseca, las subliminales ganas de morir -o de no existir- y la eterna proyección de que valgo menos que nada?

Así que me propuso escribir sobre ello, acompañando a esta entradilla de unas muy inspiradoras imágenes que me hicieran ver la belleza profunda y absoluta del vivir.

 

Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.
Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.

 

Con su permiso, le cito:

“Se trata de tomar altura y ver la vida, tu vida, no sólo desde lejos sino, lo más importante, desde una óptica positiva y optimista. Irreal por una vez, exagerada, pero en vez de preguntarte qué te falta, qué es el amor, qué sentido tiene tu vida, por qué no tengo tantas amigas, por qué soy una incomprendida, etc.; trata de ver lo que te ha ido dejando la vida, las experiencias que has podido vivir, las expectativas y opciones futuras. Cambiar de lente, para descubrir que en realidad, esa otra persona que surge de la nueva visión es también uno mismo.”

Sí, ¿no? Decidlo. Qué pereza.

Pero hagámosle caso (es un muy buen amigo). Intentémoslo. Se trata de, según él, que deje de sacarle a todo una lectura puramente pesimista.

Difícil de hacer, pero no tan difícil de cumplir. Lo sé. Empero, yo no soy así. Y esto es lo que quiero decir hoy, a él, y a todo el que quiera leerme.

Yo soy una persona pesimista. Quiero ser feliz. En algún punto de mi vida -y no estoy exagerando ni regodeándome en mi propio personaje de femme fatale- pensé (realmente pensé) que a mí no me haría falta ser feliz. De verdad. Pensé que a mí me bastaría conmigo y con mi mundo de pequeñas cosas: mis libros, mis películas, mis canciones, mis viajes. Y ya. Os lanzo hasta una confesión: pensé que la felicidad era para mentes inferiores, muy inferiores. Y ya no. Ahora, creedme, mato por ser feliz. Feliz de verdad. Ese estado de “hoy no necesito pensar en nada” similar a haberse fumado tres canutos. Me encantaría no ver siempre el vaso medio vacío, pero soy como soy y lo que soy precisamente porque siempre veo el vaso medio vacío. Soy una persona muy cínica, mucho; pero no me gustaría serlo tanto como para no ser capaz de aceptar que, como dijere Fo relatando la muerte accidental de un anarquista, llevamos la cabeza bien alta, sí, pero porque tenemos la mierda hasta el cuello.

Eso no significa que no haya espacio alguno de mejora. Tengo que dejar de exigirme tanto a mí pero, sobre todo, tengo que dejar de ser tan exigente con los demás. Tengo que dejar de vivir en un permanente estado de “show-off”, be prettier, be smarter, be better. Tengo que saber decirme que no a mí, y decir que no a los demás. Y tengo que aprender a sentir satisfacción, elemento bien diferente a la conformidad.

Ama, ama y ensancha el alma, que tanto nos gusta. Pero ámate primero a ti misma.

Me amaré, te lo prometo. No precisamente ahora, no precisamente hoy. Pero con el tiempo, y con amigos como tú: estaré bien.

Porque querer a un amigo implica también aceptarle como es. Quererse a uno mismo implica, desde luego, aceptarse tal y como uno es. Y yo soy una persona pesimista, muy pesimista. Alegre (lo sabes), divertida (y más con una cerveza), inquieta (hasta decir basta). Pero pesimista. La gente no suele tener miedo de hablar de sus virtudes, pero es muy difícil salir del armario para con los defectos de uno. Es difícil admitir “me obsesiona la búsqueda del amor”, igual de difícil que plantarse en un blog público y decir “soy tremendamente pesimista, encuentro muy complicado ser feliz por neurótica, tengo un complejo atroz con mi cuerpo (pese a que, objetivamente, con 2.000 euros de inversión en cada teta pudiere ser modelo)”. Es aún más difícil porque nos pasamos la vida clamando (y sosteniendo) una soplapollez gigantesca: “si no te quieres a ti mismo, nadie te va a querer”. Por lo que se torna empíricamente absurdo escribir, en un blog público, que tu amor propio se mide con el de Bécquer, con el de Kafka, con el de Larra.

Primera conclusión del 2015, o lo que ha aprendido Violeta en sus escasos quince días.

Quererse no es conditio sine qua non para que te quieran. Te quieren o no. Punto. Y ya puedes hacer el pino puente con más gracia que la Comanecci o ponerte falda y bailar el hula hula. El amor es una mierda tan soberana, tan asquerosamente infame, que escapa por entero a nuestro control.

Así que yo, por mi parte, seguiré simplemente descubriendo aquello en lo que me voy a convertir. Y cambiaré, poco a poco. Despacio, y con la buena letra de siempre.

Y, a ratos, procuraré ver el vaso medio lleno. Siempre medio lleno.

Aún sabiendo que está medio vacío.

 

 

 

 

 

Agosto fácil

 

Agosto no es mes para las chicas difíciles.

Vaya si no lo es.

Agosto es sopor, desgana, dipsomanía.

Pero entre todo este malhumor, aún pensamos que lo mejor quizá sea reconvenir, ahuyentar los fantasmas del desasosiego que no nos deja escribir, y vencer la crisis.

Crisis que no se vence sino pensando que, si de por sí nadie lee tu blog, menos eco tendrá lo que publiques este mes. Más honestidad te puedes permitir.

Y vaya si te gusta y no te gusta ser honesta al mismo tiempo.

Hoy me apetece contaros una pequeña historia. Pequeña por su relativa importancia. Historia porque sus protagonistas ya no están presentes en mi vida.

Hace cinco años, antes de que yo tan siquiera me embarcara en mi primera relación formal – y sí, sigues resultándome un error, conocí a un chico. Le llamaremos el chico que sabía demasiado, por el bien de esta historia.

El chico que sabía demasiado y yo conectamos muy bien. Había química. Y no era sólo por lo que teníamos en común o por lo que no nos separaba por completo – a pesar de que no le gustaba la filosofía, por ejemplo (y vaya insensatez, diréis con ávida razón). De hecho, a día de hoy y si me preguntáis – sólo si me preguntáis, tendría que reconocer que no recuerdo haber experimentado ese nivel de conexión con nadie (más) desde entonces. Siendo consciente, al mismo tiempo, de que muy perfectamente puedo estar agrandándolo todo, como siempre tendemos a enaltecer experiencias pasadas. Quizá por eso, porque son pasadas, y muchas veces nos ayudan a empequeñecer gloriosos presentes.

Partamos de la base de que no recuerde o no quiera recordar conexión mayor que con el chico que sabía demasiado. Sería una base cierta y quedaría bien como primera premisa.

 

 

Ya he reconocido muchas veces que soy una pequeña gran víctima del autoengaño. Mis amigos lo saben, él lo sabe, y si os dais una pequeña vuelta a esta pequeña producción en forma de blog, lo sabréis. Lo que yo hago lo denomino empequeñecer cada sentimiento que (pre)siento hasta que me estalla en la cara y se me estaña a fuego en el cuerpo. De ahí que tarde un tiempo en extremo prudencial en reconocer cualquiera cosa que por mi vida pase, hasta la más pequeña forma de cariño, hasta el mínimo atisbo de primer odio.

La cuestión es que el chico que sabía demasiado me confesó, en algún punto de esta historia, que se sentía muy atraído por una de mis mejores amigas. La llamaremos, de nuevo por el bien de esta historia, la chica que no sabía nada.

La cuestión es que, una vez más, ganó mi amiga. El chico que sabía demasiado y ella terminaron juntos, no antes de que él confesara que bien podría haber entrado yo en liza. Que por las dos sentía algo, pero que yo no ganaba la partida. Lo peor de todo (o lo mejor, quizá) fue que la bola de nieve creció y creció, y arrastró todo a su paso. Al final, me quedé así sin amigo, sin amante, y sin amiga.

Y sí, cinco años después los hay que han demostrado tener vivencias similares, gustos prácticamente iguales; los hay que me han terminado las frases, y tan independientes – y tan necesitados – como yo. También los que tras meses de convivencia no podrían haber dicho cuál es mi novela favorita. Ni cuál era su novela favorita.

Ya van unos cuantos y los hay de todos los tipos. Y todos guardan un elemento común. Todos reconocieron todas mis virtudes. Y, al mismo tiempo, todos mis defectos. Incluyendo el peor de todos: que no soy una chica fácil.

Me pregunto, una vez más, por qué escogemos siempre lo fácil.

Hay chicas que leen esto y no entienden una sola palabra de lo que están leyendo.

Lo saben, y saben quiénes son.

Y también saben que ellos – vosotros – os morís por acostaros con ellas. Queréis el cuerpo de Gisele y una actuación de madre. Alguien que cuide, que pregunte, pero que no pregunte de más. Os da igual que su conversación se reduzca a preguntaros qué color de esmalte de uñas les queda mejor o qué modelito esconderá mejor sus cada vez más anchas caderas – y procuraréis, porque así de bien os han enseñado, no maldecir jamás sus caderas. Ellas tampoco quieren más que eso. Lo sabemos, lo sabéis, lo saben.

Lo sé. Es muy complicado volver a casa y que alguien te taladre con ideas sobre la última novela que está leyendo y lo identificada que se siente con la protagonista. Yo también llevaría mejor hablar de la Middleton.

Lo sabéis. Adornáis todo esto en vuestra cabeza porque sabéis que no van a molestar y, que cuando molesten, será fácil darles la espalda porque no les habréis cogido cariño. O al menos no el cariño que – de nuevo, sabéis – se les coge a las demás. Las que tenéis como amigas. Ese que desgarra y que maldices cuando todo se ha acabado. Ese del que darán igual las Giseles que vengan después, tú no la vas a olvidar a ella, y será sólo ella. Normal que queráis sólo chicas fáciles. Lo entiendo. Sólo una difícil ya te jode la vida.

De verdad. Os entiendo. He estado ahí. Sé lo que es agarrar lo fácil porque crees que te hará feliz.

Lo hará, sin duda. Momentáneamente uno es muy feliz. Y el momento, como buena medida de tiempo irregular, puede alargarse todo lo que uno quiera, pueda, conciba.

Pero sé también lo dura que es la contrapartida. Y sé que lo habéis sentido. El profundo vacío al levantarte al lado de alguien que no te quiere. Que no te quiere precisamente porque no eres fácil.

Sé que lo habéis sentido. La otra vuelta de tuerca. La profunda soledad de levantarte al lado de alguien que te quiere. Que te quiere porque cree que eres fácil. Pero que dejará de luchar por ti en el momento en que empiece a sentir que tu inteligencia conlleva mucho más que una asombrosa capacidad para retener datos y fechas de cumpleaños. Que eres mucho más que la chica guapa y lista de la que poder presumir, y que cuestas trabajo.

Los que merecen la pena cuestan trabajo.

Hace poco conocí a uno de ellos, aunque nuestro encuentro fue tan breve que, de momento, sólo irregulares whatsapps pueblan nuestras conversaciones.

Él no lo sabe porque nunca hemos hablado de ello. Pero yo sé quién es su mujer.

Y sólo me ha hecho falta leerla brevemente para saber que nunca estará a la altura de alguien que, en un atisbo de asombrosa e impresionante genialidad mientras yo intento exponerle una comparación entre Dios y el común de los mortales, me contesta: Et hoc omnes dicunt Deum.

Es cuando me impresionan personas a las que impresionas cuando vuelvo atrás, siempre.

A ella.

A la chica que no sabía nada.

Y cinco años después, sigo preguntándome por qué la eligió a ella.

Por qué siempre vencen, de un modo u otro. Las fáciles.

Mi agosto fácil es sin vosotras, fáciles.

No quiero chicas fáciles, ni chicos fáciles. En agosto, no quiero ver la vida como vosotros.

Quiero dejar de inventaros cualidades que no tenéis. Ya he aceptado que nunca sabréis que no las tenéis. Qué decir, también los hay que creen en dioses.

Quiero un desafío real y omnipresente.

Et hoc omnes dicunt Deum.

¿Cómo hablarán los hombres de mí?

 

 

 

Amigos

 

Emigrar es humano. No mirar atrás, divino.

Y yo nunca quise tener el típico blog.

Ya saben de lo que hablo. El típico blog.

El blog de vidas ajenas, como la mía, donde se alaban las características de personas desconocidas, de manera parcial y anodina, hasta hacernos creer que realmente todo el mundo mola mogollón. Ese blog para cuyo autor hasta Milton Friedman era un tío la mar de majo que quería a sus colegas, tronco.

Amigos. Amigos. La mayoría de mortales siempre ha querido formar parte de un grupo como este:

 

 

Algunas, las no afectadas por una cada vez más creciente misoginia, preferirían esto:

 

(Especialmente por sus fondos de armario.)

 

Yo no. Yo siempre he querido tener algo como lo que tenían ellos:

 

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Cuatro chicos sin problemas y con una filosofía de vida increíblemente sana, que se unen, encuentran un tesoro y salvan a toda una comunidad. Pero esta ya es otra historia.

Yo nunca quise tener el típico blog pero he de prostituir temporalmente el mío para hablar de ellos. De mis amigos. Porque ellos son mis rameras de primera calidad.

Porque los idus de mayo me enseñaron que puedo llamar por teléfono a las ocho de la tarde y solicitar asilo por advenimiento de exacerbada tristeza. Que se me recibiría con dos abrazos y mil conversaciones sacadas de la manga -y de contexto- para evitar que llorara más. Que lo mejor para superar una ruptura es discutir sobre las discrepancias estructurales entre Canción de Hielo y Fuego y su adaptación como serie de televisión. Que allí estaba Alberto para cuidarme, y levantarme, y reñirme. Que él, nada típico, acabaría sentándome en un sofá para sermonearme sobre peces en el mar y los días que quedan para conocer al padre de mis hijos. Que vería a mi mejor amigo sin saber cómo reaccionar. Porque lo es. Es mi mejor amigo. No es el más atento y quizá desconozca muchas de mis cuitas. Pero lleva ahí ya ocho años, desde que un día me hiciera colgarle todas sus camisas y se escandalizara al ver que era incapaz de adaptar bien las costuras a las perchas. He cambiado mucho desde entonces, y él, que lo ha visto, también sabe ver que sigo siendo la Violeta de siempre. La que se pica y salta, la que todo ha de discutirlo, la que entra al trapo porque, en el fondo, le gusta.

Él me conoce y lo sabe. Y a mí eso, me encanta.

Alberto.

También me encanta su novia, que además de ‘presiosa’ es inteligente y culta a partes iguales. Que ha aguantado mis ojeras, mi desgana y una auténtica okupación de su espacio vital, y que al mismo tiempo ha sabido disfrutarme, sacarme el jugo, y hacerme ver siempre el otro lado de muchas cosas. Que la realidad tiene aristas -aunque ella diría ‘arihtah’- y que si el refrán es cierto y detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, Alberto ha elegido sabiamente a la más grande.

María.

Está Abella, el hombre del que toda mujer debería enamorarse. Él, que sostiene que todo hombre debiera enamorarse de mí también. A veces he pensado que le ahorraríamos mucho al mundo si realmente pusiéramos en práctica nuestras propias y tan tajantes afirmaciones y nos enamoráramos el uno del otro. Y no, no voy a negar haberlo intentado. Y sí, nuestra historia de amor es imposible porque yo, aún, entiendo mi vida únicamente a través de Los Planetas y Abella solo a través de La Habitación Roja. Y una lucha de gigantes así es insostenible.

Abella.

Me encanta Pi, mi Pinyol, mi Pinyoleta, que cual paloma me hizo llegar una carta desde Brooklyn que me descubrió el alma. Que las chicas que leen siempre querremos más. Y que hasta que no lo encontremos, no sabremos conformarnos con nada intermedio. Los idus de mayo me enseñaron que puedo agarrar un avión e irme a dormir a un apartamento en Manhattan con vistas a Central Park. Que puedo permitirme el lujo de que Paula me acompañe a preguntar dónde van los patos en invierno. A pisar, como una fan, el lugar donde murió John. Que hay chicas como yo y que, entre tanto tesoro, ella es un potosí.

Pinyol. Mi Pinyoleta.

Y me encanta Adri. Por empanadilla y por viajera. Por ser la mejor compañera. Por dejarme llevar los mapas y guiar siempre. Por prepararme un viaje tan increíble como el del verano pasado. Por venir a verme. Por las mañanas en GMail. Por las tardes de cañas.

Por quitarle siempre hierro a todos mis asuntos. Que el estado ferroso de muchos brilla por su ausencia y tú procuras que así lo vea, mejor que nadie.

Adri y Noyita, que es ya el amor de su vida.

Los idus de mayo me enseñaron que deambular por Madrid mola más si es César el que te acompaña. Que la paciencia va acompañada de un “date tiempo” detrás de cada punto y aparte. Que, como todos los demás, César tenía razón y lo único que necesitaba era eso, tiempo.

Y que las mejores pizzas de la ciudad ahora las sirven frente a la comisaría de Leganitos.

César.

Está él, Jorge. La vitalidad más admirable. El hombro más sincero. Mi persona sana. Mi referente. Mi aspiración. Ojalá pudiera ver la vida como la ve Jorge.

De momento, él entiende que no lo haga, y también me da su dosis de “hakuna matata” cada vez que voy a pedirla. Y ya van muchas.

Jorge.

Y está Rodrigo, al que nunca he conocido, pero al que le debo haber vivido mi mejor época en mucho tiempo.

Los idus de mayo no la trajeron a ella. Pero las circunstancias, esas geniales condenadas que se empeñan en hacer que siga confiando en el mundo, poniendo a gente tan increíble a mi lado, me llevaron a ella. A Blanca. A una persona que, si la he merecido, es que he tenido que hacer algo muy, muy bueno en la vida. Rematada y jodidamente bueno. Blanca me acogió. Blanca me dio conversaciones memorables sobre aspectos nada tangibles de una vida que pasaba un momento tan intangible -la mía- que cualquier anécdota era digna de recuerdo. Cualquier dato se podía exprimir, todas las noches, todos los días. Blanca me llamó Juno y yo sonreí. Blanca me ha dejado bailar, gritar, blasfemar. Y mientras tanto me presentaba a Ángeles, y a Sofía, y a Mauro, y a Ignacio, que no habrá llegado hasta aquí por no enfrentarse a una entrada tan larga, y a Juan. Blanca me ha permitido ser más yo que nunca y, a pesar de ello, ha llegado a quererme.

Familia.

El karma en Bruselas funciona. El universo está en orden. Todo está en equilibrio. Puede que quien te tenga que ayudar no te ayude, pero te llamará Esther desde Nueva York y te enviará a casa de los padres de Rodrigo. Y tú tendrás calor de hogar en uno de los momentos más difíciles que recuerdas. Y luego su hermana te rescatará, y no solo te acogerá, sino que se convertirá en tu “ración de karma de Bruselas”. El resto fluiría. Tú dirías que no cuando te dijeran que no, y luego quizá aquel no se convertiría en un sí. Y en ese camino, de nuevo, habrás aprendido.

En este camino he aprendido muchas cosas. Que el dinero no da la felicidad y que un trabajo no merece su peso en 24.000 al año. Que las relaciones se terminan, sin haber sido un fracaso. Que el verdadero fracaso es anclarse a lo que uno no merece. Y que quizá huya siempre hacia delante, pero me gusta hacerlo, porque siempre vuelvo a ser yo. Y también he aprendido que no quiero ser nada más que eso.

Me ha costado aceptar y reconocer que, por más que quiera, nunca podré tener el típico blog. Nunca tendré 100.000 visitas ni estaré en ninguna lista de Menéame. Tampoco obtendré premio alguno. Porque yo no soy típica, por más que lo intente. Y ellos, tampoco.

Entre ellos no se conocen, y algunos no se llevarían bien, y quizá otros se enamorarían. Quién sabe. Y es cierto que no tengo a Chunk, ni a Mike, ni a Data y Mouth. No tengo ese grupo genial de amigos en el que solo basta girarse y lanzar una mirada. Pero tengo una suma de partes que me encanta y que, aunque nunca pueda disfrutarlos a la vez, están a un e-mail de distancia. Y saber que siempre habrá alguien al otro lado para recolocar tus neuronas en el perfecto orden en que no te hacen daño es lo que siempre he querido. Lo he querido, lo he buscado, y lo tengo.

El agradecimiento es un sentimiento precioso que apenas puede traducirse en palabras. Pero la pereza no es pecado capital suficiente para impedirme sacarlo de mi sistema. Porque no habría habido maletas y sí mucho más dolor. No habría conocido Nueva York ni a Paula. Y muy probablemente no me habría parecido tan buena idea mudarme a una ciudad más fría, menos cuadrada, y más cara, para trabajar más y ganar menos. Pero me recordasteis que a duras penas, aprendo, y que de las lecciones que saco he de seguir adelante. Me disteis el cariño que necesitaba, cuando lo necesitaba, y como lo necesitaba.

Y la palabra es típica, y esta entrada quizá, también. Pero gracias. Joder. Muchísimas gracias.

 

 

 

 

 

¿Quién escribirá la historia…

…de lo que pudo haber sido?

 

Algún día, quizá, me atreveré a escribirla. Pero serían esas tantas historias -dentro de una misma historia- que contar, que me paro a pensar si acaso habría tanto papel en el mundo. El azar, el azar es tan ruin como mezquino, y tan fabuloso como desalentador. El azar me ha permitido conocer personas tan maravillosas que, de no haberse cruzado en mi camino, mi vida ahora carecería de sentido. Como en aquellos versos de Cernuda, «si no les conozco, no he vivido; si muero sin conocerles, no muero, porque no he vivido». Ellos justificaron, justifican, y justificarán mi existencia.

Pero la vida, y su azar, y aquellas personas tan maravillosas con las que me crucé, aquellas que justificaban mi existencia, en muchas ocasiones no me permitió ser todo lo que quería, quise, ser para ellas. Han pasado muchas, muchas a las que he echado de menos, antes de llegar a conocerlas. Muchos que pudieron llegar a ser grandes amigos, grandes amantes, grandes esperanzas o grandes decepciones, pero que sólo pasaron a engrosar la lista de «lo que pudo haber sido».

A veces me imagino escribiendo a todos los protagonistas de esas historias. Escribiendo todas las cosas que aún me quedan por contarles. Cosas que sé que saben, que al menos intuyen, pero que por mí desconocen.

Hoy les voy a presentar cinco historias, que se están escribiendo mientras yo las escribo, y a una persona que me rompió el corazón.

 

Historia. Número 1.
V: Carrie es una histérica.
E: Carrie está enamorada.
V: No me extraña que digas que Sexo en Nueva York tiene todas las respuestas. Estoy de acuerdo. Las respuestas son “haz justo lo contrario de lo que hace Carrie”.
E: Carrie hace, dice y piensa exactamente lo mismo que harías, dirías y pensarías tú, de no ser porque tú te obligas a ti misma a ser fría, distante, esquiva, cínica, o lo que quieras ser, cuando te mola un tío. Ahora sólo eres Miranda, e incluso ella deja de ser así porque se da cuenta de que no es natural. El problema será que cuando conozcas a un Steve, y te enamores de él como se enamora Carrie de Big, a lo mejor, sin tú querer, te comportas como ella.
V: Déjame esperar que no sea así…

 

A C., que poco o nada tiene que ver con E., ni con G., ni con M., ni con J., y mucho menos con P., y que es mi historia no escrita por excelencia, la conocí en algún momento de octubre de 2004. Y dejé de conocerla en algún punto, impreciso, del verano de 2008.

Y ella conoció a la auténtica Violeta. Sea quizá la única persona que alguna vez haya conocido a la auténtica Violeta. Pues con ella nada daba miedo, y no tenía que estar a la altura de nada. Ella lo fue todo para mí. Y ahora, ahora que la necesito, entono un ojalá nunca hubiera existido, aquello que se interpuso entre mí y las razones de mi propia existencia, aquello que provocó que una noche ella me dijera «nunca más», aquello que trajo el día en que supe que ya no habría más terminales de aeropuerto, ni hijos a los que casar, ni vacaciones juntas, ni conciertos, ni cartas, ni Top 5’s. Ni futuro.

Y así, como más de un hombre me ha roto alguna vez el corazón, fue una mujer quien me lo destrozó por completo. Fue ella quien lo hizo pedazos, tras haberlo herido, pisado y partido. Y cada latido no hacía sino recordarme que ella ya no estaba, ya no era para mí. Que estaba tan decepcionada que todas las promesas, todos los planes, todas las alegrías, esperanzas e ilusiones, no merecían la lucha. Que yo ya no merecía la lucha, porque no la merecía a ella.

Historia. Número 2.
G: Has tomado esa decisión por miedo.
V: ¿Y eso le resta mérito a la decisión?
G: Para nada. Es una consideración, únicamente. Un factor más a analizar…

 

A ella le gustaba mucho esta canción. En una ocasión, me contó que la escuchó por primera vez en su viaje de ida a Madrid, poco antes de conocerme a mí. Y que le pareció el perfecto resumen de todo.

Lo es, es el perfecto resumen de todo. De todo lo que pudo haber sido, y que nunca será. Y de cómo voy a recordarla, siempre.

 

Porque «if only» is a wish too late.

Historia. Número 3. Y mi favorita.
M: Me gustas por estas cosas. Cuando sales de ese corsé autoimpuesto. Cuando sales, sobre todo por accidente.
V: ¿De verdad se nota tanto que me autocensuro?
M: Al menos yo, lo veo. Autocensurarte implica que no seas tú misma, lo cual también tiene que provocarte, a la larga, frustración.
V: Obviamente, me causa frustración. Pero si lo hago es porque siendo yo misma os parezco una niña repipí con mil pájaros y tonterías en la cabeza.
M: Mejor eso a mostrar algo que no eres.
V: Sabes que si precisamente me gustó tanto el viaje a Delhi es porque creo que fui más o menos yo misma. Que estaba cómoda, y no tensa, como casi siempre… Sé que la gente lo nota, pero no depende ya de mí. Cuando trabajas tanto por ponerte un corsé, como tú dices, quitárselo cuesta, ¿no?
M: No, lo que cuesta es ponérselo. Quitárselo es cuestión de segundos.
V: Soy demasiado vulnerable entonces, y no me gusta. Luego acabo llorando en el aeropuerto,  como en Delhi. Ahí, a moco tendido…
M: ¿Lloraste en el aeropuerto de Delhi?
V: Pues claro que sí. La gente flipaba. Fui sola. Jordi se durmió y a partir de ahí no paré de llorar. Y ya dejo de sincerarme… Me voy a quitar el susodicho corsé y todo, con lo bien que me queda.

 

Hay películas que ves tarde, hay libros que lees demasiado temprano. En otro momento de tu vida, en cualquier otro momento de tu vida, habrían significado otra cosa para ti. Nada, o absolutamente todo.

Quizá sean las circunstancias, y no tanto el azar, quienes definan lo que cada persona que se cruza en nuestras vidas ha de significar para nosotros. Sólo sé que a ella, a ella el universo la puso para mí justo en el sitio correcto, y en el momento adecuado. Sólo sé que a otros, el universo la jodió, y les puso justo en el sitio incorrecto, y en el momento menos adecuado.

(Suena como bonita excusa.)

Historia. Número 4.
V: A la larga, sí, encuentro con quien estar a gusto. Pero eso es hasta contraproducente. No sé si me explico…
P: Pretender actuar de una u otra manera es una tontería por dos razones: porque es imposible actuar siempre, y porque si se actúa no se es como realmente se es y, por tanto, las relaciones que se forjan no van a ser igual de reales.
V: Este año he conocido a muchísima gente a la que, por circunstancias (casi siempre estábamos de viaje) me he abierto más rápidamente. Me he traído de recuerdo a gente muy guay, que se ha dado cuenta, perfectamente, de que yo no soy así. Pero que, por así decirlo, se contenta con sus dosis de “Violeta de verdad”. No creo que mis relaciones sean menos reales, con una misma persona puedo estar más o menos a gusto según la circunstancia. Y, a la postre, la cuestión de por qué soy así es porque soy una desconfiada y me paso el día pensando que me van a hacer daño. Pero eso no es malo. Es humano.
P: Es bueno o malo según te lo tomes tú. No, no tiene por qué ser malo.
V: Supongo que es malo en la medida en que dejas de hacer cosas, o de intentar cosas, por miedo.
P: Pues sí. O en la medida que a la gente le pueda resultar desagradable o perder interés porque piensen que tú no tienes interes por ellos. Si estás a la defensiva…
V: Eso no me preocupa… (…) ¿Tú no tienes como pánico a tener una relación seria de nuevo?
P: No. Hombre, ¿para qué estamos si no?
V: No entiendo la pregunta…
P: Nosotros, en la vida.
V: Pues, desde luego nuestra finalidad no es enamorarnos, ni nada de eso. Y mucho menos, ir hilvanando relaciones…

 

Ella siempre me decía «un clavo no quita otro clavo, Violeta, los dos se ponen mal». Últimamente pienso mucho en eso. Hasta qué punto podemos intentar suplir el vacío que nos ha dejado una persona con otra. Con otra, otra. Otra que, inequívocamente, no va a tener nada que ver con ella. Porque no va a ser ella.  Pero que no vaya a ser ella, no quiere decir, tampoco, que no pueda ser mejor que ella. Lo diferente no tiene por qué ser malo. Lo desconocido, por más que asuste, puede ser bueno. Puede ser mejor. Pero cuando estás realmente asustado, cuando tienes tanto miedo que no puedes reaccionar, dejarse vencer no es inmadurez. A veces, se confunde ser inmaduro con ser humano. Y a causa del miedo, del temor, del pánico, del pavor, hoy yo, y tantos como yo, seguimos dejando historias sin escribir.

Historia. Número 5.
J: Ya lo harás, cuando superes el miedo escénico.
V: Es que lo mío… es para darme de comer a parte.
J: Al final, te darás cuenta de que todos somos reemplazables.

 

Todos no.

Al final, quizá me dé cuenta, pero hoy no hay quien la reemplace, no hay quien os reemplace.

Estas cinco historias se están escribiendo mientras yo las escribo. Mientras las vivo y disfruto. Mientras las saboreo en sus múltiples fundamentaciones. Que, desde el amor perdido, hasta la amistad más salvaje, pasando por el más profundo aburrimiento, cualquier excusa es buena, siempre será buena, para tener una buena conversación.

Estas historias se escriben. Hoy, que es siempre todavía. En algunas de ellas, desconfío. En otras, por primera vez en mucho tiempo, creo. Creo con todas mis fuerzas.

Sigamos escribiendo, sin miedo.

Tic, tac.

Hoy no me apetece hacer literatura.

Hoy me apetece sentarme y recordar, retrotraer, recuperar lo memorable.

Hace exactamente un año estaba en Madrid. Hay cosas, muchas, que han cambiado desde entonces. Pero otras no. Ya no hay ni Pascual, ni España, ni máster, ni compañeros de. No hay ni Grupo F, ni Colegio Mayor, ni Paseo del Arte, ni Retiro. Ahora hay Ammán, y un nuevo blog, y Oriente Próximo, y viajes, lejos, muy lejos de Benidorm. Pero sigue habiendo fatalismo, y qué hacer, y qué decir, y qué elegir. Por eso hay cosas que han cambiado, muchas, desde entonces. Pero otras no.

Otras no. No cambia la suerte que tengo de seguir teniendo grandes, grandísimas conversaciones.

El primer día que llegué a Goa, sentada en la moto con Jordi, le pregunté qué tal en India. Si estaba contento, y a gusto. Si estaba bien. Me contestó que, ante esa pregunta, él siempre respondía lo mismo. Qué tal en India. Aprendiendo. Porque si algo había estado haciendo era aprender.

Y en Belén, con Jorge, tras una semana recordando, retrotrayéndonos y rememorando, y repitiéndonos que hace ya siete años que nos conocemos, me atreví al fin a preguntarle cómo me veía. Si me notaba cambiada, si seguía siendo la Violeta de siempre. Me dijo que se notaba que sabía moverme, que estaba cómoda, que caminaba por las calles como si fuera mi casa. Que me defendía. Que a ratos decía, y pensaba, que esa no era su amiga. Pero que en el fondo, sí, seguía siendo la Violeta de siempre. La que pretende ser fría e insensible, y acaba por serlo, pero por el camino no hace sino engancharse y hacerse daño.

Hace algo más de siete meses, en este blog, escribí una suerte de propósitos a cumplir a lo largo de mi andadura por acá. A día de hoy, puedo decir que sí, los cumplí todos. He pateado las calles de Damasco, he cruzado Palestina, y he dormido en el desierto rodeada únicamente de estrellas. Y también estuve en India, y mantuve conversaciones interesantes con un buen amigo. Y, aunque no exactamente como lo planeé, fui a África y volví a ver los ojos más bonitos que pueden encontrarse entre 250 personas.

En el camino, he hecho un amigo. Uno de verdad, aunque sólo pueda disfrutarle cinco meses más porque, sin acritud, hemos acordado no creer en la amistad para toda la vida, pero sí en el facebook para toda la vida. Uno que merece un “lo siento” y más de unas “gracias” y que, aunque nunca será mi editor, siempre querrá editar mis palabras. Que, por más bien que estén escritas, nunca estará de acuerdo con ellas.

En el camino me he caído, me he vuelto a levantar, me he escapado, y me ha llovido alguna que otra hostia. Pero también he sido feliz, he vuelto a sonreír, y a llorar con ganas, y a disfrutar, y a bailar y cantar frente a un espejo como si no hubiera mañana. Y he aprendido.

En el camino he aprendido que lo fácil no se valora, que las expectativas son tan inevitables como dolorosas y que, de todas las estupideces que el hombre puede cometer, engañarse a sí mismo es la peor. Que las ecuaciones tienen las incógnitas que tienen y que, por más complicadas que sean, no se pueden igualar a cero y hacerlas desaparecer tan fácilmente. Y que, despacito y con buena letra, cualquier teorema se puede resolver.

Que Oriente Próximo es una tierra de luces y sombras, quizá a partes iguales, que a mí me sigue encantando.

Yo soy escapista de profesión. Tuve que escapar de España y escapé. Tuve que escapar de Ammán y así lo hice. Pero todos los días escapo, porque todos los días he de escapar. He de escapar de la incertidumbre, del miedo, de la aprensión. De mi espacio vital y de mi forma de ser. De lo que pienso, creo y siento. De todo lo que fui y de todo lo que pude llegar a ser.

Pero me he reconciliado conmigo. Y eso quizá sea lo más importante. Y he vuelto a escribir. Aunque mal. Pero eso es lo bueno.

En estos siete meses, he promediado unas tres entradas al mes. He acumulado más de tres mil visitas y un par de comentarios por entrada. No sé qué pensarán ustedes, lectores asiduos de este blog (si los hubiera). Yo he vuelto a sentirme orgullosa de lo que escribo y de cómo lo escribo. He recuperado una pasión que pareció hibernar durante dos años, y la he recuperado con ganas y con mucha fuerza. Y mientras no vuelva a dejar de escribir, mientras no vuelva a perder la costumbre, sentiré que las horas sin dormir habrán merecido la pena. Yo habré merecido la pena.

Y ustedes se podrán reír, como ríen todos aquellos que me oyen (que no escuchan, en muchas ocasiones) hablar de mí y de lo que siento. Porque debo de ser muy graciosa. Pero, por primera vez en ya casi 24 años, creo que no les voy a pedir perdón. Creo que ya me cansé de pedir perdón.

Que, como decía la canción, estoy hecha a pintar mis suelas del color del polvo de donde yo quiera, y mis sueños pasean por cualquier acera.

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No sé qué me depararán los 24. Si volveré a escapar, si seguiré encontrándome, si volveré a perderme o si facebook será ciertamente o no para toda la vida. Así que, si me preguntáis, ¿qué tal en Jordania, Violeta?, os diré

“Bien, aprendiendo.”
“Bien, aprendiendo.”

Kamchatka

 

Kamchatka es una península. Pero también un territorio del Risk, y una película de Marcelo Piñeyro.

 

 

Para los que no hayan visto la película, ésta se sucede durante los años de dictadura militar en Argentina. Ante el temor de la represión, una pareja -junto con sus dos hijos- se ven obligados a alejarse de Buenos Aires y esconderse. En la escena más memorable, Harry -que se llama así a sí mismo por Houdini, que no era mago, sino escapista- y su padre juegan su último Risk. A lo largo de la partida, Harry queda arrinconado en Kamchatka. Sólo le queda ese territorio que defender, y allí es donde envía todas sus tropas. Resiste desde allí y fnalmente, gana la partida. Y antes de que detengan a su padre, éste le dice que, desde allí, será desde donde siempre resistirá. Que allí, siempre que quiera, podrá volver a reunirse con él.

Como tantas otras miles de películas, la vi con quien me contó la historia de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia. Con quien me relató también la de aquel hombre al que cortaron sus dedos y su lengua y, aun así, hasta la muerte gritó “¡revolución!”. La vi con quien, de no haber existido, no habría Kubrick, ni cine bélico, ni encuadres, planos y ángulos, ni pasión.  No habría Cuatro Rosas, ni movida, ni años ochenta. No habría Let It Be, ni canciones de los Beatles, ni se me encogería el corazón cada vez que escucho Mediterráneo. Sin él, yo nunca habría llegado a ser yo. Porque sin él, no habría estudiado la carrera que estudié, y ahora no estaría llena por completo.

Sin él, al fin y al cabo, no habría García Márquez, ni recordaría el día en el que iban a matar a Santiago Nassar. Y muchos años después, frente a mi pelotón de fusilamiento, recordaré que fuiste tú quien me llevó a conocer el hielo.

Una vez dije que, para olvidar a alguien a quien debemos olvidar, tenemos que intentar dejar de recordar lo bueno. No guardar solamente los días más gratos, sino recordar los demás. Pero para recordar a quien se debe recordar quizá debamos echar la vista atrás y procurar recordar sólo lo bueno. Porque aunque nuestra vida sólo se entienda hacia atrás, se ha de vivir hacia delante, siempre hacia delante.

La última vez no pude conseguirlo. No pude conseguir Kamchatka para mí. Estuve a punto y no lo conseguí. Pero, mentalmente, sé que allí siempre me encontraré contigo. Porque Kamchatka es una península, un territorio del Risk y una película, pero también es nuestro refugio.

Papá, allí nos vemos. Siempre que quieras.

Estrellas de mar y puntos suspensivos

 

 

– Si el caso es que yo me pregunto por qué no seremos como las estrellas de mar.

– ¿Ein?

– Ya sabes. Asexuales y con capacidad reproductiva propia. Cada uno que se dé placer y compañía a sí mismo. Y así, no tener que estar pendientes de estas cosas. De si me has mirado hoy. De si al pasar por mi lado me has rozado o no. De qué has querido decir con tal o cual frase…

– Ya, pero eso es tan bonito.

– …de si habia segundas, terceras, octavas o duodécimas intenciones, cuando probablemente no sea nada.

– Ya.

– Es bonito un rato. Cuando no se sufre. Cuando se flirtea. Luego cansa. La vida sería tan fácil si no paniqueáramos, si fuéramos todos capaces de llegar y decir las cosas, sin medias tintas, sin consecuencias. “Hola, me gustas. Quiero tener algo contigo. No casarme, ni cincuenta nietos, y un chalet en la playa. Solo algo. No paniquees. Pero contéstame.” Pero no.  Porque con estas cosas todo el mundo se vuelve loco, hasta la gente más racional que conozcas. Y entonces vuelves, otra vez. Miradas. Mensajes. Medir las palabras. Remedir lo que dices. Pensar en su contestación. En por qué hoy no ha llamado. En por qué hoy ha pasado por mi despacho tres veces. Joder.

– Amén hermano… Pero, aún asi, forma parte del juego.

– Pues a mí este juego se me da como el culo.

– Yo, lo que pasa, es que no lo se manejar. Es decir, no sé manejarme a mí mismo.

– ¿Y quién sabe?

– Seguro que hay gente que sabe.

– Pues yo no. Creo que antes encuentras la vacuna contra el SIDA que a alguien capaz de “manejarse a sí mismo”. Porque aquí estamos hablando de sentimientos. Y las emociones no las controla ni Peter.

– Tienes razón…