Benvolgut David

 

Benvolgut David:

No nos conocemos. Más bien, tú no me conoces a mí. Tampoco es que yo sepa mucho de ti, no voy a mentir, apenas supe de ti hace tres años. Pero ya he hablado de ti en esta casa meva, que será siempre casa vostra, siempre, i si és que hi ha cases d’algú. Eso me lo enseñó un chico, que empezó siendo mi compañero de trabajo, más tarde mi amigo, y que encontraba extraña la fijación que tenía contigo. Es extraño para un catalán que una española simpatice con la causa independentista, ¿verdad? Pero tú sabrías que no, tú sabrías que en eso consiste el internacionalismo, y si nos hubiéramos tomado una copa juntos algún día hasta te habría dado un abrazo (no soy yo de abrazar, en eso no nos parecemos) y habríamos concluido que catalanes y españoles estamos mejor separados, y que es precisamente de nuestra separación de donde nacerán las repúblicas -la vuestra, la nuestra, hermanadas-, las dos ecologistas, las dos feministas, las dos si algo, de cara y de frente, anticapitalistas. Imagínanos, los Països Catalans, lo que sea que seamos nosotros, reconociendo a la vez al Estado Palestino. Habría sido bonito, ¿no crees? Es bonito confiar en que lo que no podemos romper nosotros (el Estado demofóbico, David, lo sabes bien) te ayuden a romperlo otros. Y por mucha estima que te tenga -que te la tengo, tanto esfuerzo tendría que hacer por dejar de tenértela- es difícil justificar, explicar, exponer todo esto. Cuánto, no lo sabrás bien. Un catalán, sea o no charnego, sea o no de linaje segador, para un español siempre será eso, catalán, si no es su familia es la inmersión lingüística de Pujol o la TV3 quien le ha lavado el cerebro. Ahora párate a pensar cómo es que una chica, cualquiera, de izquierdas pero callada, que toma partido a tientas por las cosas (un poco aquí, un poco allá), un día te escucha hablar, y al día siguiente vuelve a hacerlo, y se convence de que tienes razón y que, como te dije antes, la solución, el principio de la revolución, depende de la independencia de Cataluña. Imagina lo que es defender esto en España, cuando la chica ni habla catalán, ni tiene nada que le ate a Cataluña. Nada es nada, más allá de haber estado en Barcelona muchas veces y haber vuelto siempre con la sensación de «sí, esta ciudad tiene sus cosas, pero está muy mal hecha». ¿Cómo crees que actúa ella cuando lo que escucha todos los días es «consulta ilegal»? ¿O «qué aparece en su DNI»? «Que los catalanes serán siempre españoles aunque ellos no quieran.» ¿Crees que se calla? No, no se calla. Se sabe pequeña, pero conoce a Galeano igual que tú, y sabe de lo que es capaz la gente pequeña. Así que sigue, día tras día, intentando explicar a quien no quiere entender. Y cuando se cansa, cuando cree no poder más, acude a ti, y a Quim, y a Gabriela, y a Anna, y a Antonio, y a Josep Manel, y a mucha gente que ha creado para ella lo que no ha podido tener en su país porque -mal que le pese- su país «no está para esto». Así que explícale a esa chica, David, qué tiene que hacer para contestar los mensajes de todos sus amigos, acérrimos votantes del PP, de Ciudadanos, del PSOE, de Podemos, por qué no dejo de decirles que Artur Mas nunca volverá a ser President, que tú no dejarás que lo sea, y que sin embargo has decidido pedir dos votos para él, con la única contrapartida de un plan de choque que nadie va a cumplir. Explícale a esa chica qué pasa ahora con todas las veces que ha defendido ante sus amigos de izquierdas que tú no harías nunca algo así. Explícale que estaba equivocada, lo entenderá, se equivoca mucho, pero si de algo ha estado siempre segura es de que merece la pena continuar, que el fin es más grande que ella, que ante el capitalismo no cabe otra cosa que no sea vencer. Explícaselo, pero no la malinterpretes: sabe que no eres imprescindible, que no depende sólo de ti, que ni siquiera que lo hagas o no depende de ella; al fin y al cabo, ella nunca podrá afiliarse a la CUP. Es radical ella, todos los que pedimos decencia y justicia en este siglo que nos ha tocado vivir somos radicales; qué pensarán de nosotros cuando volvamos a defender la abolición del Estado. Es radical ella, sí, pero podrás convencerla; un día ya lo hiciste.

Y quizá ella pueda intentar explicarte a su vez lo que es la admiración.

 

 

 

Amic David Fernàndez / Amat Antonio Baños

(Es probable que no entendáis ni una sola palabra de lo que voy a vomitar a continuación.)

 

Decía Paulo Coelho (o Raül Romeva, ya no recuerdo) mientras comulgaba con la masa en torno a ese clamor popular que se opone a la mayoría silenciosa, que si buscas no encuentras, y que cuando menos te lo esperes algo aparecerá, el universo conspirará y te ayudará a que consigas lo que deseas, da igual que lo sepas o no, el universo lo sabe por ti, lo sabe el capitalismo de amiguetes, los sobres de dinero en B, los votos, los escaños, y los referenda que nunca se dan. Todos saben todo, todos te entienden menos tú. Si buscas y no encuentras es porque te estás empeñando demasiado, te están empeñando en demasía. Céntrate, let it be, qué será, será. Dios proveerá, todo llegará, y el capitalismo caerá por sí solo. El caso es que nunca cae, o quizá sea yo, cada día más encorvada y cada día mirándolo desde más abajo. En esta dicotomía sobre si buscar o no buscar llevo alojada muchos años, como todos, supongo, no voy a proclamarme especial en ningún caso. Uno busca y encuentra cosas que no son, o no busca y encuentra cosas que no pueden ser. Una busca piso en Madrid y acaba desquiciada perdida y se sienta a escribir cosas que nadie nunca entenderá. La descomposición llega: uno acaba preguntándose si Romeva-Coelho no tendrá razón y la independencia vendrá sola, así, sin buscarla, fruto de la transmutación del clamor popular. El clamor popular soy yo y la mayoría silenciosa eres tú. Clamaré popularmente: de qué coño estamos hablando, si yo sólo venía aquí a cagarme en el azar y a que no podamos tener no ya lo que justamente merecemos, sino a més a més, lo que nos corresponde. Lo que yo vengo a deciros es que sólo nos hace falta algo de tiempo para ponerlo todo en su lugar (y esto sí estoy segura de que Romeva lo ha soltado en algún mítin). Trataré de explicarme aunque me apetezca tan poco como malograr cualquier intento por justificarme. A mí me va lo de ser visceral porque ser de otra manera me resulta una completa pérdida de tiempo, hay que ser materialista histórico, y tachar de absoluta mierda todo aquello que no sea lo que nos gusta. Es una opción de vida criticable pero no hemos venido aquí a hablar de mi libro. Mi visceralidad y yo la tomamos con David Fernàndez. David Fernàndez, para dummies, fue el número 1 por Barcelona (por las CUP) en las elecciones al Parlament de Catalunya de 2012, y Portavoz en el Parlament (por las CUP) durante la legislatura 2012-2015. Y es lo más cercano a una deidad que hayamos tenido cerca en el plano político, que es el plano que mola. Yo andaba náufraga de una figura realmente anticapitalista con la que pudiera identificar mi pensamiento (nunca me gusta nada, nunca nada satisface, y él de repente tenía actitud y discurso, clarividencia, parecía no arrugarse ante nada). Todo era susceptible de ser comparado con David. Todo era siempre peor que David. Cuando se confirmó algo que ya se sabía, que no volvería a ir en las listas de las CUP, entré en cólera y demandé que los catalanes salieran a la calle a dar algo más de clamor popular -que nunca está de más- y rogarle, y besarle los pies si así lo tuvieran a bien, y sacarle a hombros de su casa para instalarlo por siempre bajo los muros del Parlament. Aún recuerdo a Bet, y cómo me decía que lo que molaba tanto de David era -precisamente- que se mantendría fiel a su palabra, del carrer venim i al carrer tornarem. No entendí nada, claro. Vivía en mi mundo -no sé si he vivido alguna vez en otro lugar- y pensaba que nada podría ser, nunca, mejor que David. A quién pondría la CUP de número 1, si no era a David. Se estrellarían. Adiós al proyecto anticapitalista, hola muerte temprana, muerte ven. Y de repente llegó un señor con gafas redondas y chaleco, un periodista que se había ganado la vida escribiendo en castellano, no en catalán, y que para más inri no se había acentuado el apellido al revés. Uno empieza acentuando sus apellidos al revés y al rato se hace independentista, ya saben, a mí cuando la República me haga ciudadana de honor me conocerán como Violeta Martìn i Martìnez (*). El tal Antonio se puso a hablar, como si no le costara, y yo empecé a escucharle, soslayando el hecho de que se lía muy frecuentemente -cuando habla- entre catalán y castellano. Soslayando que su estilo -como buen periodista- es muy minimalista. Soslayando y soslayando, empecé a ver que no tenía todas las cosas que no me gustaban de David, ese David al que, os digo, yo entendía inmaculado e insuperable. Baños es internacionalista, pero sabía diferenciar según qué proclamas y según qué banderas; cuándo sacarlas, cuándo no, todo un virtuoso del tiempo político y con una actitud diferente, más burlona, mucho más arrogante (en esta casa ya saben de qué pecamos). Y, lo más importante, Baños tiene mucho más sentido del humor que David. Yo creía que no habría nunca, nada, nunca nada mejor, y apareció un señor con gafas redondas y chaleco con un nombre, de tan español, imposible. Y quiero pensar que se puede aplicar a todo: a los pisos, a los amigos, a las ciudades, a los trabajos, a los hombres que aparecen y desaparecen, a los que comparaba con David, a los que ahora compararé con Baños. Lo mejor está por venir, Romeva Clamores dixit.

Todo esto para deciros que mi Antonio Baños está esperándome ahí fuera, supongo. Pero collons Baños, estaría bien que me encontraras.

 

 

 

Antonio Baños en el Parlament, imagen de Jordi Borràs.
Antonio Baños en el Parlament, imagen de Jordi Borràs.

 

 

 

 

 

(*) Mi incipiente inmersión en la lengua catalana me ha llevado a saber que la acentuación de las íes latinas de mi apellido nunca podría ser abierta (ì). Pero, dado que ya mentimos en todo lo demás, y dado que no somos en esta casa de dejar de disfrazar la verdad, por esta vez (sólo por esta vez) no alteraremos el original.

 

 

 

 

 

 

Mi gran Όχι

 

 

Conocí a Esther gracias a este blog. Ella me leía -hacíamos juntas el mismo programa de becas, desde lugares harto diferentes- y un 4 de mayo de hace ya cuatro años me escribió: «uno siempre es en esencia el mismo, sólo acumulamos etapas a lo cebolla; y, en esa esencia, está escribir muy bien: sigue usando la escritura como catarsis». Yo no había visto nunca a Esther. No conocía su pequeña pero increíblemente expresiva nariz ni era consciente de ser mucho más alta que ella, tampoco había visto la cantidad de gestos que es capaz de hacer con su boca, es muy probable que Esther ostente el premio a la persona que conozco que más muecas, derivadas y claras puede hacer con su boca. Tras su comentario la agregué a Facebook, empezamos a hablar, la amistad surgió como surge siempre todo lo bueno y las mejores cosas de la vida (que, les insistiré una vez más, no, nunca las elegimos nosotros), naturalmente, sin forzar, sin apenas planearlo. La admiración se dio, del mismo modo, naturalmente, sin forzar, uno ve que no se puede no admirar a Esther cuando se la conoce. Ahora hablamos todos los días. Es la persona (una de las) a la que acudo cuando pasa algo. Sólo tengo que encender WhatsApp, buscar su nombre -que siempre estará ahí, en los primeros- y escribir «Esther». Y ella sabe qué hacer. Sabe que no necesito consejos mágicos, guías vitales, reprimendas, hostias, aplausos. Sabe que sólo necesito palabras más, palabras menos, la certeza de saberla al otro lado, alguna broma o chisme que nos lleve a hablar de otra cosa, conocer la última ocurrencia de Tinta, hablar de aquél al que profesamos admiración mutua en secreto, y no tan en secreto. Esther es catalana, y un día dijo sí a un proyecto político en el que cree, o más bien dijo sí a medias, pues aún muchos no quieren dejarle decir rotundamente sí. Hace quince días yo me iba de una patria que había dicho no, rotundamente no, porque al fin alguien les había permitido decir no. Volví al lugar al que llevo tres años diciendo sí. Sí a otro trabajo (y van cinco), sí a otra noche contigo (y fueron muchas, aunque no se las contáramos a nadie), sí a copas, planes, ratos que provocaban más vacío que aquel que pretendían suplir. Sí a no ser feliz porque necesito «el» dinero, porque no hay Troika que a mí me rescate ni banca privada que sostenga mi déficit primario, sí a que fueran sólo los fines de semana fuera los que me plasmaran la sonrisa en la cara. Volví, y tal y como volví vuelvo a irme, porque los griegos habrán perdido, y nosotros con ellos, y poco sabio sería no admitir que la decepción duele tanto o más como todas las que llevamos a cuestas. Pero no es ninguna tontería, tampoco, contar verdades y contar -porque es así, joder- que hemos recuperado la dignidad (ellos) y que podemos recuperarla con ellos. La dignidad se recupera diciendo no. Όχι. La dignidad se recupera plantándose y reconociéndose (a sí, a uno mismo) que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y que, de no serlo, qué menos que que nos dejen decirlo. Yo lo digo: Όχι. Όχι a los jefes que aprovechan que saliste a comer para entrar en tu ordenador, leer tus conversaciones privadas y – no contentos – a tu vuelta gritarte que eres muy poco profesional. Όχι a esta ciudad, gris, deprimente, poblada de personalidades banales cuyo único denominador común es su falta de rumbo. Όχι a ti, porque nadie más lo ha hecho, pero alguien tiene que decirte que eres un hijo de puta, así como alguien tuvo que plantarse, levantarse e irse, zapato o no en la mesa mediante, y espetarle a la Troika su verdadera condición: terroristas. A ti, mi particular Troika, alguien tiene que cantarte que no sé cómo te atreves a venir a decirme que me quieres, a pedirme que no cuente nada a nadie, a besarme en tu cocina mientras esperas que llegue la otra, a personarte en mi casa borracho como una cuba horas antes de irte de Bruselas, «porque es la última noche que pasaremos juntos». A ti, que seguirías buscándome, mientras vas ahora de la mano por Madrid con tu quincuagésima novia (todas son novias, todas menos yo). Όχι a seguir recordando (y eso que no consigo olvidarlo) dónde están todos y cada uno de los lunares de tu espalda. Y al final mi Όχι es a rendirse, a creernos, como creímos durante muchos años, que está todo hecho, pero porque no hay nada más que hacer. Ni está todo hecho ni nos moriremos habiendo finalizado nuestra labor, no porque la emancipación sea una utopía, sino porque la emancipación es una constante. Όχι a creer, y hacer creer, que no podemos mejorar. Όχι a creer, y a hacer creer, que para mejorar no necesitamos -nosotros- mejorar.

Todo Όχι es un sí. Mi sí es a España, a los amigos, a la patria. Un sí a los que aplauden que, antes, ahora y siempre, siga usando la escritura como catarsis.

Un sí a quienes entienden que lo normal, un jueves por la mañana, es encontrar un mensaje de una amiga que dice «me voy a Grecia el próximo domingo». Un sí a quienes me escriben en ese momento para que pueda compartir mi alegría con ellos, porque saben – y entienden – que no quiero compartirla con nadie más. Un sí a los que me quieren. Un sí a los que me recuerdan que estoy muy mal de la cabeza, pero que es valiente, muy valiente, y digno, muy digno, irse a otro país porque, simplemente, quieres hacer bulto en una plaza en la que quedará para siempre el recuerdo del momento en el que se dijo Όχι.

Como quedará en mi memoria la certeza de todas las cosas, personas, y momentos, a los que yo tenía que decir Όχι para volver a ser feliz, tumbada en el césped de una plaza llamada Syntagma, viendo las estrellas, un domingo 5 de julio de 2015 en Atenas.

 

 

 

 

 

Coda (planetaria):

 

«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»
«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»

 

El sábado pasado, Mendieta tocó con Los Planetas Un Buen Día, y nos marcó a todos – más a los allí presentes – un gol realmente increíble.

Cualquier día del último año, habría deseado haber estado allí, contigo.

Hoy deseé muy, muy fuerte, haber estado allí sin ti.

 

 

 

 

 

 

 

#BringBackOurCommonSense

There was once a man.

This man who once was, once said that “history will have to record that the greatest tragedy of the twentieth century was not the strident clamor of the bad people, but the appalling silence of the good people“. I think – though I might be wrong – he was talking about two world wars, colonization, slavery, and all that bullshit. But it could be he was just speaking about women not screaming enough when having sex.

The guy went pretty famous and even though he had no ties with the German thinker he got his name from – tanned skin, I believe – he is now known as Martin Luther King. Most Americans know him because he has a festivity and everything so they can go shoot some ducks over a long weekend. And the rest of the world knows him because he used drugs and dreamed a lot and then told everyone about it. Guy was pretty elocuent, too.

Just kidding. Was trying to break the ice with some American hatred, the truest hatred in the world.

 

Shall I cut the crap? Yes. What did I want to say? Oh, yes. Because of Martin and Luther and the King and all the prophets and for the sake of not being silent shall I publicly claim the following -nudge nudge- status: ISRAEL MAKES ME SICK. ISRAEL AS A THING, AS A CONCEPT, AS A COUNTRY, AS A SUM OF ITS CITIZENS. ISRAEL AND EVERYTHING THEY ACCOUNT FOR. ISRAEL AND EVERYONE, EVERY SINGLE PERSON, ORGANIZATION OR NATION WHICH SUPPORTS ITS ACTIONS. ISRAEL IS AN INMORAL STATE.

In fact, let me take that back. Morality has no stake here. Morality, if ever existed, took off the Middle East a while ago – with God as her companion. (Actually, I would bet my guts they have been making out there at heaven ever since, laughing their heads off out of us, but that’s another story.) I do not care who takes the moral credit here – oh moral credit where art thou? What I do care is that we often (“often” is such a soft word when you speak about frequency in the Western media) talk about morality as this dress that makes you look hot if you’re skinny but, if not, God you’re hurting my eyes – and by the way did you eat Antony and all of the Johnsons? In any case, almighty Israelis, they seem pretty worried because Hamas is winning the moral ground here. ‘Course they wouldn’t be worried because they are slaughtering children in front of everyone’s eyes – aren’t they even showing this on IMAX? “From Israel With Love.”

The sacrosant freedom of speech has gifted us with so varied Western media coverage it makes me want to cry. I am still astonished when thinking about the size of the Universe – and that of the media stupidity. Yes, they label Hamas as a terrorist organization. Like, 90% of them. Pure and simple: terrorist. Hamas (please forgive me you democrat lovers for bringing this up) is also the elected ruler party in the Gaza Strip. “Elected”, from the verb elect, and the noun election, and both from latin root electio. (I got all this from the Internet but that’s a very complicated tool for many journalists these days.) Such a fancy word for terrorists, huh? Yes. Better call them Israel Defence Forces. IDF sounds much cooler because it goes with this fashion of texting in acronyms, not depicting the reality as it is. For it’s better to say IDK that “I don’t have a fuckin’ clue on that I’m such a fuckin’ ignorant”, IDF is the greatest way to mask “and you believed all that shit about legitimate defense”. (Maybe this is why US citizens still have such a heart on for the Israelis: sharing the same types of complete lack of human knowledge and basic ethic values? More heartbreaking that Love Story and no one dies in the end. Two tickets for Part Two “I Know How Many Palestinians You Killed Last Summer”, please.) And now that I think about it, I recall there was another IDF-like organization back then, a while ago, also in a very fancy acronym… SS? “We provide Social Security but of a different kind.”

I am now 27. My generation has been witnessing this atrocity ever since each one of us came out of our mum’s wombs. When in High School, I remember waking up with the radio, and most of those mornings the news included “X number of palestinians died”. It was the normal. Sadly (for there are fewer things sadder than that) I got used to that. After college, I lived in the Middle East and visited the West Bank. What I experienced is not near the worst of what palestinians have to go through in daily life and yet I could not bear it. Let me go for the captatio benevolentia here: the Holocaust is, needless to say, the pure representation of human evil. It is the proof of how far we did go, how much did we allow to happen, the amount of dignity people may lose – and sorry again for bringing this up but that was aimed especially to the ones who voted for the guy who already had declared his intention was to mass murder more than half of the world’s population. As they vote for Little Stinky Benjamin now, unless they have covered up a coup d’état (this is Mossad we’re talking about). Straight to the point: history exists so that we do not repeat it, right? When you have a boyfriend and he cheats on you, the son of a bitch, cut his balls and serve them baked for dinner. But if you forgive him and he cheats on you again, sorry girl, you’re an idiot. We have seen this before. The exact same piece of smelly cheating. Given the media coverage, the Wikileaks, the tweets… it’s like we’re coming home everyday and there he is, banging another woman. Hence our appalling silence must come to an end. We are not to care anymore, in any way, to be politically correct for the sake of appearances. The State of Israel is a fascist state, that has been sistematically perpetrating illegal invasion, attacks on private property, murder, assassination, murder, assassination, for more than 70 years now, over and over again. And over, and over, again. Murder, slaughtering, assassination. For their own sake only. This is not a radical way to present the reality Palestine has been living in. This is the fucking truth. Our silence has been backing up death, by no means reasonable or justifiable deaths, of millions. Not only we’ve backed the root of their problem from the very beginning, we’ve also backed up the rest of their Arab motherfucker pairs who have been treating them like shit (hello Jordan, hello Lebanon, how you doing today Syria?). Cruelty does not obey any kind of intelligent design, unless for once Allah, Yahveh and beardie Christian God have agreed to something: fuck the Palestinians, they just happened to be at the wrong time, wrong place! Well, that happened to Bill Clinton too and at least the guy got his cock sucked up – several times. Seriously, for all of you to speak up, what do Israelis have to do? Squeeze their lives out of them, condemning them to perpetual poverty? What do they have to do!? Pile Palestinians in camps by families and for generations to come?

(-Oh, wait, aren’t they called refugee camps?
-Yes, but I bet concentration camps were far way worse than that, they’ve looked to be at least more concentrated. Bet the kids still got a playground or something to play in.
-Haha, you’re so right. At least until a missile hits them and kills them all in row.”)

(This is fictional but taken from a dream I had of a couple in Minnesota.)

I am here, in my little appartment in the center of Silent Europe, growing frustrated and angry, unable to sleep, consumed by hatred and despair. And guess what, YouTube’s no vaccination for someone like me. But as everyone else I do have limits. They are my own limits, my Mason-Dixon, my “you shall not pass”.

I demand that, as of now, each and everyone of you eager to debate the so-called Arab-Israeli conflict (here it goes another fancy acronym: WTF) with me, when you go (and you will go) with the “both sides are wrong” truly believing at your hearts that you are the most intelligent and considerate people on earth… Well, putting it nicely, please shut the fuck up.

I demand you all who are financially capable (oh, the islamic reminiscence here) travel to the West Bank -they tell me Gaza is pretty fucked up these days but women, hell, they just overreact- and see first hand what XXI century fascism is.

I demand you to boycott anything, any item, any piece, made or manufactured or ensambled or “designed by Apple” in Israel.

I demand any Israeli citizen to stand up and assure they do not support this fucking unbearable nonsense. The rest of them: to me you are fascists and acolytes of the greatest crime of this century. Shame on you. Go to hell. And get the fuck out of my presence – I am colonizing the air you breathe if able to.

I demand you prove yourselves as human beings and give a fuck about other human beings.

I demand you read.

I demand you care.

I demand you turn this appalling silent into strident clamor.

When they kick in your front door… How you gonna come? With your hands on your head or on the trigger of your gun?

 

 

 

Decepción

A veces pienso que el problema es mío. El problema, sí, es definitivamente mío. El problema es mío cuando me enfado por que mis amigos no guardan mi número de teléfono bajo mi nombre. Mi nombre, que es Violeta, que no es un nombre común. Vio le ta. Después de haberlo odiado, malogrado, a ratos ensalzado -por raro, por distante, por irreligioso, también- he llegado a llevarme bien con él. Mi nombre es Violeta, no es Violeta Bruselas, ni Violeta Trabajo, ni Violeta cualquier-cosa-que-te-recuerde-a-mí. Porque deberías recordarme por mi nombre, igual que yo te recuerdo por tu nombre. En mi móvil hay tres César, pero sólo uno merece llamarse César. Pero ahora vivimos así, y todo tiene que tener etiquetas, todo tiene que ayudarnos a recordar. A recordar hasta lo más elemental: que tenemos amigos y que tenemos que cuidar de ellos.

El problema es mío, sí, cuando exijo demasiado, cuando me falta empatía, dicen. Cuando mis expectativas son demasiado altas. Lo entiendo. Pero no quiero tener empatía. No quiero tenerla. No entiendo que te guste más el Nesquik que el ColaCao, como no entiendo que seas católico. Yo, como Hitchens, abogo por la condescendencia del que sabe respetar pero no se rebaja a la comprensión: no voy a entenderte jamás porque eso implicaría aceptar que tu línea de pensamiento es tan siquiera cercana a la normalidad. Me niego. Creéis en la ¿palabra? de un tipo que creció en una familia en la que su madre y su padre no vivían juntos, pero la adopción para homosexuales es una salvajada que pone en peligro la salvaguarda moral de cualquier ser humano, incluido el potencial ser humano que albergo en mi vientre por el mero hecho de desear sexo, así, como concepto, la mayor parte de mi tiempo libre. No os entiendo, ni quiero, ni me voy a esforzar.

No entiendo que tengamos que aguantar semanas así: Venezuela, Ucrania, la sempiterna Siria. Aguantar esta mierda de artículos. Aguantar que whatsapp interrumpa el servicio (porque no se cae, interrumpe el servicio) y mi Facebook se llene de palurdos pidiendo sus 89 céntimos de vuelta o, mejor, de alguno que otro diciendo que mejor le hubieran dado los 14.000 millones de euros a él, que mejor nos habría ido y no se habría “caído” whatsapp. Mejor, ver cómo todos se encienden abogando por el traspaso instanstáneo (más que el Nesquik) a Telegram, porque bien es sabido que cinco minutos sin un servicio de mensajería instantánea (Nesquik) conllevaría pérdidas de conciencia a niveles muy, muy Nesquik. Mientras todo esto pasaba, una política, corrupta, marioneta, montaba un espectáculo bufonesco en Kiev y se aparecía como salvadora de la patria, de una patria que escenificaba así un nuevo Golpe de Estado que no va a cambiar nada pero que toda la prensa ha tenido a bien aplaudir esta misma mañana. Por supuesto, esto no es sujeto de debate: como mucho colgamos un vídeo de una ucraniana (que sí, está buenísima) que habla así como con voz cándida y nos pone cachondos mientras habla de tres o cuatro generalidades y (parece, porque el vídeo lo firma una organización con bandera de colores, y eso -es sabido- es muy progre) en nombre de todo el pueblo ucraniano (que son unos cuantos, vaya, y un tanto divididos). No sé de qué me sorprendo. Artur Mas también habla ahora en nombre de toda Cataluña.

Yo hablo por mí. Me represento a mí misma y me sobra con eso (de verdad, no es arrogancia, me sobra mucho con eso). Pero no entiendo que tengamos que aguantar todo esto. Ya ni siquiera el que era el mejor periodista del país (mi país, cada día me dueles más) es capaz de tomarse en serio el que, muy probablemente, sea el episodio histórico más turbio de nuestra historia reciente. Sí, esa que ha tenido FILESA, GAL, 11-M, Gürtel, sobres y a saber cuántas cosas más. Pero los hay que creemos que el 23-F sí hubo un intento real de Golpe de Estado y que no es sostenible de ningún modo seguir argumentando que el Jefe de las Fuerzas Armadas no sabía nada. Hacer una hora de pantomima para probar un argumento tan básico es deprimente. Sí, me deprime. Es de meterse el falso documental este por el culo.

Me represento a mí misma también cuando digo que me cansa mucho seguir esperando cosas de los demás. De vosotros, de todos. Del periodismo, también. Del amor, de la amistad. De que las cosas, o se hacen bien, o mejor no hacerlas. De que si quieres a alguien, quiérelo bien. Porque querer a medias es, de entrada, un coñazo. Y de salida, una vergüenza.

Como la que acaba de salir en La Sexta.

Como la que ocupa toda la franja gualda de mi bandera.

Y plus ultra.

 

 

 

Alegato contra la tolerancia

 

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Me duele España.

No tengo por qué aguantaros. No tengo por qué aguantarlo.

No quiero ser española. Pero no sólo, no tanto por vosotros, políticos, política de mierda, sátrapocorruptos de pacotilla cuya mayor afición es medirse la polla sin llegar siquiera a micropene. No es por vosotros, es por ellos. Por los que os votan, por los que os votaron, por mis padres, que votaron sí a una Constitución de mierda; por los padres de mis amigos, que cual miedicas acudieron a votar sí esa Constitución de mierda. Y es sobre todo y principalmente por ellos, por los compatriotas, por los que ven sin querer pero, principalmente, por los que no ven queriendo. Me dais asco. No os soporto más. No aguanto vuestro barriobajerismo chulesco, la altivez que demostrais en vuestra estupidez ignorante propia de parvulario elemental. Lo patética que queda vuestra mirada perdida cuando no tenéis nada que decir ni que añadir. Sí, patética, rancia como el moho más putrefacto cuando el país se conmueve y vosotros cambiáis de canal y de tema, no perdéis el tiempo leyendo un mísero titular y, por favor, “si el reflejo de la tinta impresa alcanza mi retina aléjalo de mi vista”.

Que sois muchos, y no sois nada cobardes. Os enaltece demostrar que os da todo igual. Os jactáis de que no va con vosotros cuando España sois vosotros. Presumís de una felicidad impostada y, para colmo, aún pretendéis presentar vuestra inopia como un modelo a seguir.

Pero a mí no. A mí me habéis cansado.

El problema de mi país sois vosotros. Porque existís vosotros, existen ellos. Porque no demandáis nada. No queréis nada. Os da igual tener un Presidente del Gobierno que se enorgullece de no leer, porque vosotros tampoco lo hacéis. Y si mañana compareciera -Dios, el suyo, no lo quiera, pues ya ha generado alergia a la luz focal- y clamara a los cuatro vientos que le encantó Cincuenta sombras de Grey allí seguiríais, aplaudiendo. Porque la Justicia no se ha pronunciado y aquí la presunción de inocencia es vaca más sagrada que un toro de Mihura. Me cago en Dios, España. No. Me cago en el Dios que es España. En esa religiosidad inmanente que tenéis todos, cristianos y ateos, que os convierte en carne de consumidor sadomasoquista cuando no llegaríais ni a agilipollados.

Sí, me prometí que nunca hablaría de política. Pero no puedo más. Dimito. Tú no lo harás.

Pero yo dimito.

España, vete a tomar por culo.

Españoles condecorados del pasotismo, estandartes del idiotismo patrio más rancio, seguid cabalgando vuestra vida con visera, pues ya ni quiero que veáis mi mismo sol. Idos todos a tomar por culo.

 

Obama Bin Laden

 

Cuando comencé este blog, me prometí que en él jamás se hablaría de política.

Porque peco de radical, de obcecada, de tajante, e incluso de intolerante. Aunque yo siempre he preferido decir que, lo que me pasa, es que tengo las ideas demasiado claras. Esta conversación, cosa extraña, se ha sucedido en más de una ocasión con personas que poco entrañan en común:

-¿Cuál es tu opinión sobre…?
-No tengo opinión.
-Oh, vamos. A quién querrás engañar. Tienes una opinión para todo.

(Y probablemente sí, pero muchas de ellas quizá sea mejor mantenerlas en el anonimato > http://www.fotolog.com/violetish/17026863)

Aprovecho este espacio de regodeo para desmentir tal afirmación. Hay temas sobre los que tenía una opinión meridianamente clara y aserta y que ahora me provocan serios dolores de cabeza. Entre ellos, el aborto (la interrupción voluntaria del embarazo, si he de ser políticamente correcta y enarbolar la bandera del eufemismo), el conflicto vasco y sus ramificaciones, la historia reciente de España (especialmente la “Transición” española, y las comillas no son baladí), o dónde ha de acabar el subterfugio de la “soberanía”, por citar algunos. Me gustaría decir que cada vez soy menos radical, obcedada, tajante, e incluso intolerante. Pero de escalo o nulo juicio gozaría tal afirmación si esta provienese de mí misma.

Lo dicho. Cuando comencé este blog, me prometí que en él jamás se hablaría de política. Para soltar proclamas, me dije, y mostrarle tus profundas convicciones izquierdistas al mundo ya tienes facebook. Por eso, y porque mi anterior blog (loqueadamsmithnodijo.blogspot.com) fue un fracaso precisamente por todo lo anterior. Por acabar convirtiéndolo en un panfleto anticlerical digno de los años más oscuros (o brillantes, según se mire) del anarquismo español. Muchas entradas se han perdido en el limbo de mis cuadernos precisamente por ello, incluyendo una sobre la desvergüenza institucional(izada) de la USAid que algún día he de rescatar.

Pero la semana pasada me tocó cumplir un año más sumida en la desesperación. En el acoso constante de una pregunta. ¿En qué mundo vivo?

Hace una semana, despertaba con el discurso de quien acaso nos ofreció la mejor pieza de teoría política contemporánea en su aceptación del Nobel, que anunciaba, henchido, que había hecho justicia.

Él se había plantado en Oslo a recoger el Nobel y había argumentado, insisto, que hay guerras necesarias, y que hay guerras justas. Pero él nunca le había dado alas al asesinato, ni a la tortura, ni a la enajenación. Y en diez minutos se vendió al mejor postor, en nombre de una democracia y de unos valores que, si de verdad son los condenados a representar la humanidad, bien quisiera desligarme de la condición de ser humano.

En una semana, la historia, sempiterna aduladora de realidades ad hoc, ha ido cambiando. Nos habrán mentido, sí, pero menos. Desde el principio nos han dicho que lo mataron a sangre fría. Que fueron allí con la intención de matarlo a sangre fría. Que juntitos y arrengados tomaban su té con pastas en la Casa Blanca mientras, expectantes, clavaban sus ojos en una pantalla gigante esperando ver cómo lo mataban a sangre fría. Me imagino al Gabinete de Obama, reunidos y con los pies posados en la icónica mesa circular, mesando los tres pelos que les queden de tanto pensar: y qué le diremos al mundo. Y a Obama, en un arrebato de soliviana lucidez, diciéndoles que, para qué mentir, para qué darle el gusto a Assange, y a Wikileaks. Nadie nos juzgará por matarlo a sangre fría. Que la justicia es unidireccional, y yo llevo el timón.

No me malinterpreten. No me he caído de un guindo, y ya sé que Obama, y su gobierno, guardan dos varas de medir en su haber. Al fin y al cabo, todos tenemos dos varas de medir. O tres, o las que hagan falta, pues la coherencia es una virtud que más bien parece de cuento. Oh, Coherencia, ¿dónde estás? ¿Acaso alguien te disfruta? A día de hoy, unicornios, elfos y superhéroes con fenomenales poderes cósmicos resultan menos imposibles que tú. Y Obama, como símbolo, ha perdido todo para mí.

En esta semana se ha hablado -y mucho- de los nazis, y de Nuremberg, y de la tortura, y alguno se ha iluminado trayendo a colación la popular paradoja de qué haríamos si tuviéramos en nuestras manos la vida de 500 niños, pero hubiéramos de torturar a una sola persona para levantar el pulgar a nuestro favor. Pamplinas. Y una se cansa de comparaciones históricas para púberes, de tertulia de patio de colegio y de ignominias disfrazadas de profundas reflexiones. Pero entre tanta chascarrería, también ha habido lugar a la comprensión, al raciocinio y a la lógica. Hacer un Top #5 sobre un asunto de estas características bien puede resultar mezquino, no he de negarlo. Pero de todas las opiniones vertidas, y rebozadas, y salteadas hasta la extenuación, estas son las que me han devuelto desde la melancolía al entendimiento, desde el pavor a la esperanza:

#1 La demoledora vuelta al mejor periodismo de Enric González > La caza de la ballena blanca

#2 La inmejorable entrada del que, no en vano, es el ‘bloguero’ político más leído del país, Ignacio Escolar > Un demócrata trasnochado

#3 La tardía, aunque ansiada, reacción de Luis García Montero (el único, a la sazón, que rescata a la maravillosa Hannah Arendt para su arenga) > La anorexia democrática

#4 La mal traducida, pero brutal, reflexión de Noam Chomsky > Mi reacción ante la muerte de Osama Bin Laden

#5 Y una foto, publicada por The Atlantic, que bien resume todo lo anterior >

Aunque no menos interesantes me han parecido las columnas de Juanjo Millás (Pedro y Nopedro) y Manuel Rivas (En el siglo XVI).

Poco más he de añadir. Así como usar poesía ajena para expresar lo que siento me ha resultado siempre más fácil que sentarme y escribirlo yo misma, usar prosa ajena para expresar lo que pienso no es sinónimo de parquedad, de vagancia o de desaprensión. Sino más bien de admiración, de gratitud y de respeto.

 

 

Porque yo, como Sean Penn en esta maravillosa película, sólo sé -y sólo puedo decir- que matar está mal. Y que da igual que lo haga yo, tú, o el Gobierno.

Decía Miguel Hernández:

 

"Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amor.
Tristes, tristes."

 

Triste es vivir en un mundo condenado a banalizar la violencia, a condecorar la incoherencia, a aplaudir la venganza y a desmitificar la verdad. Triste, triste.

Pero aquí estamos, y aquí seguimos. Intentando ser feliz de todas las maneras que podemos y sabemos.

Y, con un poco suerte, la próxima vez que escuche a un líder mundial decir “se ha hecho justicia”, no sentiré ni tanto asco ni tanta vergüenza.