Mi 2015

 

Ojalá pudiera seguirme a mí misma para encontrarme. Es un tuit. Acabo de escribirlo. Y de repente he sentido de nuevo esa urgencia de abrir una página en blanco y dejar que todo brote a borbotones. Escribir sobre un año más que no ha sido precisamente el año que yo esperaba. Al término de 2014, yo auguraba que 2015 sería «el» año. El vaivén que es nuestras vidas parecía jugar así: 2011, mejor imposible; 2012, camino a la perdición; 2013, el último de la felicidad; 2014, la eterna búsqueda, el desencuentro; 2015, qué ha sido 2015.

En 2015 he intentado por todos los medios posibles hacer la revolución. El 25 de enero, el día en que Syriza ganó las elecciones por primera vez en Grecia, Blanca me llevaba en coche al aeropuerto de Madrid y yo, que no había dejado de llorar en quince minutos, y ella, bloqueada ante el hecho de que nada de lo que me dijera parecía calmarme, me dio un abrazo después de dejarme frente a la puerta de la Terminal 4. Así empezaba el año electoral. El año en que a mí me tocaría también elegir; bien, y mal. Y ahora, quién sabe aún si bien, o mal.

Era 25 de enero y viví la primera noche electoral del año en el lugar que ha sido Bruselas, que podría perfectamente reducirse a un cautivador apartamento en Avenue de la Couronne, 130. El miedo -parecía- iba a cambiar de bando. Pese a ello, yo seguí enviando mensajes que no debía enviar, y avisé de que había vuelto a quien no debía saberlo. Regresé a casa con la sonrisa a medias de quien sabe que la esperanza se mueve entre bambalinas y que su existencia no es certeza para uno mismo. Regresé a casa con la consciencia de que yo, aquella noche, no esperaba estar regresando a casa sola. Y me dormí con la certidumbre de que lo que tocaba, tanto a mí como a Grecia, era enfrentarse a lo que viniera después -para ella la Troika, para mí mi nuevo trabajo- absolutamente sola.

Fue 22 de marzo y viví la segunda noche electoral del año en una sala de espera de Berlín Tegel y en un avión de Brussels Airlines que me devolvía, también y una vez más, a Bruselas. Los resultados de Podemos no habían sido los que esperábamos; recibí el mensaje que quería y que no quería recibir al mismo tiempo, una muestra más de lo Schrödinger que fue siempre nuestra historia, si es que fue algo. «Mal, ¿no?» Sí, mal. Todo mal. Año nuevo, trabajo nuevo y vida nueva no cumplían ninguna de sus premisas y, para colmo, Susana Díaz barría en Andalucía y Ciudadanos obtenía un resultado muy digno pese a haber mandado a los andaluces a pescar. Pero aún podíais empeorarlo: tú, el trabajo nuevo, y la supuesta vida nueva que yo había supuestamente elegido.

Fue 24 de mayo y, desde el trono que es el sofá de mi casa de Badajoz, vi llorar a Ada Colau al saberse la próxima alcaldesa de la Ciudad de Barcelona. Si hubo una noche en la que el miedo pareció cambiar de bando, era esa, y yo no estaba donde quería. Jesús y Juanma me enviaban fotos desde la Cuesta de Moyano y yo me veía una vez más en la tierra de nadie en la que tuve a bien crecer y a la que no quiero volver. Y, sin embargo, creo recordar que sonreía.

Fue 13 de junio y me pasé cuatro horas de pie en la Plaça de Sant Jaume. Por la mañana había visto, desde la cama de Esther, las investiduras de Manuela, de Xulio, de Pedro, de Kichi y de Joan. Y por la tarde forzaba a mi cerebro, anestesiado por la alergia, a prestar atención a gentes que hablaban una lengua que aún me costaba y me cuesta mucho. Y me llenaba de confeti por verla a ella, aunque sólo fuera de lejos, que iba vestida de rojo y estaba sobrepasada, y probablemente pensara si todo aquello le iba a merecer la pena. A mí, querida Ada, me mereció mucho la pena. Fue 13 de junio y la tarde anterior, Esther, Robert, Bet y yo celebrábamos que me iba a vivir a Beirut. No me acerqué a la Barceloneta pensando que no era necesario, que ya tendría Mediterráneo de sobra en menos de un mes. Tres días después, le contaba a Esther que no podría cumplirse aquel sueño y que, por lo tanto, dejaba Bruselas. A Robert no se lo conté hasta bien entrado septiembre.

Fue 5 de julio y llegaba a Syntagma a las siete de la tarde, cuando comenzaba el escrutinio del referéndum a la propuesta de memorándum de la Troika. Y a los quince minutos conocía a Thanasis, que me hablaba en perfecto inglés, francés y castellano, y me traducía a mí y a muchos otros al perfecto unísono lo que los compañeros transmitían por el megáfono. Los sondeos a pie de urna, que ya daban claramente vencedor al NO. El recuento de votos, rapidísimo como fue, dejando atrás aquel 25 de enero que nos tuvo en vilo ante la plausibilidad de la mayoría absoluta. La explosión. La alegría más plena. La foto que me hicieron los de TeleSur y que estuvo rondando Twitter un día entero. Los griegos que se acercaban a hablar (intuyo que también a ligar) conmigo y que alucinaban con que hubiera volado sola desde Bruselas a «hacer hueco». La señora que me dio las gracias y me dijo: «cuando nos necesitéis, yo también iré a España». La sonrisa con la que le contesté: «os necesitaremos».

Fue 27 de septiembre y agarraba un taxi en Via Laietana y le pedía al taxista que me llevara a la Rambla del Poble Nou. Allí, entre gritos de Anti-Anti-Anticapitalistas e Inde-Inde-Independència, vi por primera vez a David Fernàndez y a Antonio Baños, que era lo que yo en realidad había ido a hacer a Catalunya. Allí acabé cantando La Internacional en castellano mientras el resto la entonaba en catalán. Allí acabé maldiciéndome por no saberme la letra de Els Segadors. Tardé muy pocos días en aprenderla, pero aún no he tenido ocasión de volver a cantarla. Em sembla que la Catalunya triomfant no ha tornat encara a ser rica i plena.

 

Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.
Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.

 

Fue 20 de diciembre y, desde el Teatro Goya de Madrid, me enfrentaba a más de un demonio y a la sempiterna sensación de por qué no estaré dedicándome yo a lo que más me gusta, que era aquello: el conocerles a todos, el observar con gracia, el analizar con y sin detalle, el esperar con la misma ilusión y desesperanza el resultado para el que ya te habías preparado. Ramón me dijo: «nos ha faltado una semana más de campaña electoral». Y yo pensé: «a mí me ha faltado una semana más de esta mañana».

Hay quien recuerda dónde ha estado en todas las finales de Champions League que ha vivido. Yo recuerdo dónde he estado en todas las noches electorales que he vivido. El 22 de mayo de 2011 arrasó el PP y yo, desde un salón más que barroco en Ammán, pasaba el trago en un Skype que se alargó hasta las cuatro de la mañana. El 20 de diciembre mi país recuperó algo de decencia, un tipo al que le profeso desmedida admiración se ganó un acta de diputado por Barcelona, y casi un mes después de la primera noche que soñé con Albert Rivera, pude dormir siete horas seguidas sin soñar con Albert Rivera.

No tengo ni la más remota idea de lo que será 2016. Pero ven ya. Y acaba con esto. Viviremos las noches electorales que haga falta. Nos perderemos tanto como haga falta. Endarrera aquesta gent, tan ufana i tan superba.

 

 

 

Benvolgut David

 

Benvolgut David:

No nos conocemos. Más bien, tú no me conoces a mí. Tampoco es que yo sepa mucho de ti, no voy a mentir, apenas supe de ti hace tres años. Pero ya he hablado de ti en esta casa meva, que será siempre casa vostra, siempre, i si és que hi ha cases d’algú. Eso me lo enseñó un chico, que empezó siendo mi compañero de trabajo, más tarde mi amigo, y que encontraba extraña la fijación que tenía contigo. Es extraño para un catalán que una española simpatice con la causa independentista, ¿verdad? Pero tú sabrías que no, tú sabrías que en eso consiste el internacionalismo, y si nos hubiéramos tomado una copa juntos algún día hasta te habría dado un abrazo (no soy yo de abrazar, en eso no nos parecemos) y habríamos concluido que catalanes y españoles estamos mejor separados, y que es precisamente de nuestra separación de donde nacerán las repúblicas -la vuestra, la nuestra, hermanadas-, las dos ecologistas, las dos feministas, las dos si algo, de cara y de frente, anticapitalistas. Imagínanos, los Països Catalans, lo que sea que seamos nosotros, reconociendo a la vez al Estado Palestino. Habría sido bonito, ¿no crees? Es bonito confiar en que lo que no podemos romper nosotros (el Estado demofóbico, David, lo sabes bien) te ayuden a romperlo otros. Y por mucha estima que te tenga -que te la tengo, tanto esfuerzo tendría que hacer por dejar de tenértela- es difícil justificar, explicar, exponer todo esto. Cuánto, no lo sabrás bien. Un catalán, sea o no charnego, sea o no de linaje segador, para un español siempre será eso, catalán, si no es su familia es la inmersión lingüística de Pujol o la TV3 quien le ha lavado el cerebro. Ahora párate a pensar cómo es que una chica, cualquiera, de izquierdas pero callada, que toma partido a tientas por las cosas (un poco aquí, un poco allá), un día te escucha hablar, y al día siguiente vuelve a hacerlo, y se convence de que tienes razón y que, como te dije antes, la solución, el principio de la revolución, depende de la independencia de Cataluña. Imagina lo que es defender esto en España, cuando la chica ni habla catalán, ni tiene nada que le ate a Cataluña. Nada es nada, más allá de haber estado en Barcelona muchas veces y haber vuelto siempre con la sensación de «sí, esta ciudad tiene sus cosas, pero está muy mal hecha». ¿Cómo crees que actúa ella cuando lo que escucha todos los días es «consulta ilegal»? ¿O «qué aparece en su DNI»? «Que los catalanes serán siempre españoles aunque ellos no quieran.» ¿Crees que se calla? No, no se calla. Se sabe pequeña, pero conoce a Galeano igual que tú, y sabe de lo que es capaz la gente pequeña. Así que sigue, día tras día, intentando explicar a quien no quiere entender. Y cuando se cansa, cuando cree no poder más, acude a ti, y a Quim, y a Gabriela, y a Anna, y a Antonio, y a Josep Manel, y a mucha gente que ha creado para ella lo que no ha podido tener en su país porque -mal que le pese- su país «no está para esto». Así que explícale a esa chica, David, qué tiene que hacer para contestar los mensajes de todos sus amigos, acérrimos votantes del PP, de Ciudadanos, del PSOE, de Podemos, por qué no dejo de decirles que Artur Mas nunca volverá a ser President, que tú no dejarás que lo sea, y que sin embargo has decidido pedir dos votos para él, con la única contrapartida de un plan de choque que nadie va a cumplir. Explícale a esa chica qué pasa ahora con todas las veces que ha defendido ante sus amigos de izquierdas que tú no harías nunca algo así. Explícale que estaba equivocada, lo entenderá, se equivoca mucho, pero si de algo ha estado siempre segura es de que merece la pena continuar, que el fin es más grande que ella, que ante el capitalismo no cabe otra cosa que no sea vencer. Explícaselo, pero no la malinterpretes: sabe que no eres imprescindible, que no depende sólo de ti, que ni siquiera que lo hagas o no depende de ella; al fin y al cabo, ella nunca podrá afiliarse a la CUP. Es radical ella, todos los que pedimos decencia y justicia en este siglo que nos ha tocado vivir somos radicales; qué pensarán de nosotros cuando volvamos a defender la abolición del Estado. Es radical ella, sí, pero podrás convencerla; un día ya lo hiciste.

Y quizá ella pueda intentar explicarte a su vez lo que es la admiración.

 

 

 

Oracle System Error

 

Escribiría toda la vida. Me despertaría con una Moleskine y con mi Pilot Falcon (a la izquierda, siempre a la izquierda) y me mancharía la mano (la derecha, lamentablemente la derecha) con la primera media hora del día. Le relataría a mi mano la porción de sueño de la que consiga acordarme, en la que muy probablemente salieras tú, algún político, en ocasiones mi padre, y casi siempre la muerte. Desayunaría con el único propósito de no desfallecer, porque aún no aprendí a agarrarte firmemente y me sigues doliendo al escribir. Y desayunar sería eso, y sólo eso, alimentar una producción que no habría de cesar. Por qué, si es lo que me gusta. Por qué, si es lo que quiero. Con lo que mi taza de café y yo pulularíamos por el espacio, de la cama al sofá, del sofá al alféizar, del alféizar al café de abajo quizá, y si me apuran caminaríamos un poco para que nos diera el viento de cara, y si me apuran le pediríamos que nos aclarara lo que no conseguimos aclarar. Escribiría en todas partes, a todas horas, y en todos los lugares. Escribiría sobre cómo llegué a ser la mujer que sólo es jueves. Te contaría a ti, Moleskine, a ti, extrañada máquina de escribir, a ti, ordenador, cómo ahora cada jueves dedico minutos de mi existencia a imputar horas. Cómo he de sentarme, encorvada y triste yo, a contarle a un sistema llamado Oracle a qué he dedicado mis horas de oficina, a qué dedico mi existencia, mientras esa existencia se circunscribe a un edificio acristalado donde sólo hay congéneres de poco genio y congenio. Escribiría sobre cómo procuro seguir convenciéndome de que lograré conformarme. Escribiría por y para mí, no formatearía informes un miércoles de madrugada, no ordenaría en un correo electrónico pensamientos que no fueran los míos. No firmaría contratos que no quiero. No imputaría mis horas, no contabilizaría mi tiempo. No me contabilizaría a mí. O sí, sí lo haría. Estas son ocho horas y media que no he leído, estas cuatro equivalen a cuarto y mitad de Gogol. Aquellas tres equivaldrían a todo lo que aún no sé de ti porque no he tenido el tiempo para preguntarte; estas dos, a no haber podido releerte. Las cinco del viernes, a todos los correos que Paula no ha recibido. La consabida pausa para comer, a todas las cartas que a Gorka ya no le escribo. Que el rato que tengo a Lola en brazos un domingo por la tarde ha de valerme por todos los demás que no puedo pasar con ella a diario, y todas las veces que le he cantado La Internacional a Blanca han de valerle por todas las tardes que no podré verla bajo la excusa -certera, pero excusa- de que salgo del trabajo demasiado tarde. Y lo que sí me importa pasaría a engrosar la imputación de mis horas de vida, y éstas serían literatura, risas, alcohol, literatura, cine, amigos. Desaparecería el Project Management, el Business Development, las reuniones de cartera, los errores de sistema.

Y la escritura, y tú, y yo, seríamos un fin en sí mismo. Un fin en nosotros mismos.

No esta nada que somos ahora.

 

 

 

 

 

Mi gran Όχι

 

 

Conocí a Esther gracias a este blog. Ella me leía -hacíamos juntas el mismo programa de becas, desde lugares harto diferentes- y un 4 de mayo de hace ya cuatro años me escribió: «uno siempre es en esencia el mismo, sólo acumulamos etapas a lo cebolla; y, en esa esencia, está escribir muy bien: sigue usando la escritura como catarsis». Yo no había visto nunca a Esther. No conocía su pequeña pero increíblemente expresiva nariz ni era consciente de ser mucho más alta que ella, tampoco había visto la cantidad de gestos que es capaz de hacer con su boca, es muy probable que Esther ostente el premio a la persona que conozco que más muecas, derivadas y claras puede hacer con su boca. Tras su comentario la agregué a Facebook, empezamos a hablar, la amistad surgió como surge siempre todo lo bueno y las mejores cosas de la vida (que, les insistiré una vez más, no, nunca las elegimos nosotros), naturalmente, sin forzar, sin apenas planearlo. La admiración se dio, del mismo modo, naturalmente, sin forzar, uno ve que no se puede no admirar a Esther cuando se la conoce. Ahora hablamos todos los días. Es la persona (una de las) a la que acudo cuando pasa algo. Sólo tengo que encender WhatsApp, buscar su nombre -que siempre estará ahí, en los primeros- y escribir «Esther». Y ella sabe qué hacer. Sabe que no necesito consejos mágicos, guías vitales, reprimendas, hostias, aplausos. Sabe que sólo necesito palabras más, palabras menos, la certeza de saberla al otro lado, alguna broma o chisme que nos lleve a hablar de otra cosa, conocer la última ocurrencia de Tinta, hablar de aquél al que profesamos admiración mutua en secreto, y no tan en secreto. Esther es catalana, y un día dijo sí a un proyecto político en el que cree, o más bien dijo sí a medias, pues aún muchos no quieren dejarle decir rotundamente sí. Hace quince días yo me iba de una patria que había dicho no, rotundamente no, porque al fin alguien les había permitido decir no. Volví al lugar al que llevo tres años diciendo sí. Sí a otro trabajo (y van cinco), sí a otra noche contigo (y fueron muchas, aunque no se las contáramos a nadie), sí a copas, planes, ratos que provocaban más vacío que aquel que pretendían suplir. Sí a no ser feliz porque necesito «el» dinero, porque no hay Troika que a mí me rescate ni banca privada que sostenga mi déficit primario, sí a que fueran sólo los fines de semana fuera los que me plasmaran la sonrisa en la cara. Volví, y tal y como volví vuelvo a irme, porque los griegos habrán perdido, y nosotros con ellos, y poco sabio sería no admitir que la decepción duele tanto o más como todas las que llevamos a cuestas. Pero no es ninguna tontería, tampoco, contar verdades y contar -porque es así, joder- que hemos recuperado la dignidad (ellos) y que podemos recuperarla con ellos. La dignidad se recupera diciendo no. Όχι. La dignidad se recupera plantándose y reconociéndose (a sí, a uno mismo) que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y que, de no serlo, qué menos que que nos dejen decirlo. Yo lo digo: Όχι. Όχι a los jefes que aprovechan que saliste a comer para entrar en tu ordenador, leer tus conversaciones privadas y – no contentos – a tu vuelta gritarte que eres muy poco profesional. Όχι a esta ciudad, gris, deprimente, poblada de personalidades banales cuyo único denominador común es su falta de rumbo. Όχι a ti, porque nadie más lo ha hecho, pero alguien tiene que decirte que eres un hijo de puta, así como alguien tuvo que plantarse, levantarse e irse, zapato o no en la mesa mediante, y espetarle a la Troika su verdadera condición: terroristas. A ti, mi particular Troika, alguien tiene que cantarte que no sé cómo te atreves a venir a decirme que me quieres, a pedirme que no cuente nada a nadie, a besarme en tu cocina mientras esperas que llegue la otra, a personarte en mi casa borracho como una cuba horas antes de irte de Bruselas, «porque es la última noche que pasaremos juntos». A ti, que seguirías buscándome, mientras vas ahora de la mano por Madrid con tu quincuagésima novia (todas son novias, todas menos yo). Όχι a seguir recordando (y eso que no consigo olvidarlo) dónde están todos y cada uno de los lunares de tu espalda. Y al final mi Όχι es a rendirse, a creernos, como creímos durante muchos años, que está todo hecho, pero porque no hay nada más que hacer. Ni está todo hecho ni nos moriremos habiendo finalizado nuestra labor, no porque la emancipación sea una utopía, sino porque la emancipación es una constante. Όχι a creer, y hacer creer, que no podemos mejorar. Όχι a creer, y a hacer creer, que para mejorar no necesitamos -nosotros- mejorar.

Todo Όχι es un sí. Mi sí es a España, a los amigos, a la patria. Un sí a los que aplauden que, antes, ahora y siempre, siga usando la escritura como catarsis.

Un sí a quienes entienden que lo normal, un jueves por la mañana, es encontrar un mensaje de una amiga que dice «me voy a Grecia el próximo domingo». Un sí a quienes me escriben en ese momento para que pueda compartir mi alegría con ellos, porque saben – y entienden – que no quiero compartirla con nadie más. Un sí a los que me quieren. Un sí a los que me recuerdan que estoy muy mal de la cabeza, pero que es valiente, muy valiente, y digno, muy digno, irse a otro país porque, simplemente, quieres hacer bulto en una plaza en la que quedará para siempre el recuerdo del momento en el que se dijo Όχι.

Como quedará en mi memoria la certeza de todas las cosas, personas, y momentos, a los que yo tenía que decir Όχι para volver a ser feliz, tumbada en el césped de una plaza llamada Syntagma, viendo las estrellas, un domingo 5 de julio de 2015 en Atenas.

 

 

 

 

 

Coda (planetaria):

 

«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»
«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»

 

El sábado pasado, Mendieta tocó con Los Planetas Un Buen Día, y nos marcó a todos – más a los allí presentes – un gol realmente increíble.

Cualquier día del último año, habría deseado haber estado allí, contigo.

Hoy deseé muy, muy fuerte, haber estado allí sin ti.

 

 

 

 

 

 

 

Should I stay or should I go

 

Te acordaste de mi cumpleaños y provocaste que te echara de menos. You have a new message. Feliz cumple, Vio. Me llamaste Vio, porque para ti nunca fui y sigo sin ser Violeta. Intenté recordar cuándo había sido la última vez que me habías llamado Violeta. Fue la vez que me dijiste que no, que puerta, que no había nada que pudiera hacer para que todo volviera a ser como antes. ¿Nada? No, nada. Nada significa nada. Provocaste que te echara de menos, de no ser porque te echo de menos todos los días. Echo de menos que nuestras decisiones sean cuáles serán las nuevas series que veremos juntas o qué helado de Ben & Jerrys toca, si nos hemos cansado ya del Vanilla Cookies o todavía nos entra una cucharada más. Echo de menos ver las películas de siempre una y otra vez, y una y otra vez tras desechar una veintena de estrenos que ni nos van, ni nos vienen. Echo de menos que llames a mi puerta para proponerme cualquier absurdez que nos hará felices, y olvidarnos de todas las veces que nos han roto el corazón. Echo de menos que nos rompan el corazón como nos lo rompían entonces, cuando mirábamos a izquierda y derecha y enseguida encontrábamos a alguien nuevo en quien depositar nuestra devoción. Echo de menos que me repitas, como me repetiste siempre, que no hay nada malo conmigo (salvo sí, Vio, que te faltan tetas, pero nada más) y que abronques a los chicos que me tratan mal llamándoles cobardes. Ya no estás para agarrar a nadie de la solapa y decirle entra ahí ahora mismo y termina lo que viniste a hacer, cobarde. Ahora vamos cada una por su lado y se acumulan las conversaciones que nunca hemos tenido, los discos que hemos escuchado a solas, las películas que no hemos visto juntas. Y se seguirán acumulando, junto a los cobardes que no entran en mi habitación a terminar lo que habían empezado.

Y yo seguiré echando de menos que la decisión más compleja que tengamos que tomar sea ir a clase o no, gastarnos treinta euros en cenar o no, pasarnos la tarde haciendo listas o no, vaguear juntas o gritándonos a cada rato desde la habitación contigua. Ahora tengo que decidir entre irme a vivir a Iraq o quedarme en Bélgica, con todo el daño que me hace Bélgica, con lo poco que realmente me motiva Iraq. Provocas que te eche de menos, pero porque si tuviera que decidir algo hoy, esta tarde, decidiría tener una tarde más de leche y leche, tirarnos en la cama con un ordenador, pelearnos por el mando de la música y el control del Repeat y del Random, salir y ver una película, y volver contándote teorías locas sobre personajes inanimados a los que nunca nos pareceremos. Nada de eso se va a dar, y no vas a estar para ayudarme a decidir si debo irme o debo quedarme. Te acordaste de mi cumpleaños. Ya nadie se acuerda de mi cumpleaños.

 

 

 

 

Should I stay or should I go now?
If I go there will be trouble
and if I stay it will be double.

 

 

 

 

 

Cosas que no te dije en Roma, pero porque no estabas

«Sabía, al igual que Chéjov, que el interés por nuevas ciudades no es tanto llegar a conocerlas como escapar de otras anteriores

Chi sei tu?
Chi sei tu?

Escrito en Roma, en la madrugada del 5 al 6 de abril de 2015, como una nada a la altura continuación de Cosas que no te dije en Roma.

 

 

 

Todo empezó con David Trueba.

Todo empezó con una entrevista a David Trueba en Carne Cruda a la que llegué porque en el mismo programa Javier entrevistaba a Francisco Nixon. Trueba presentaba su nueva novela, Blitz, y Fran su nuevo disco, Lo malo que nos pasa. Y ya me conoces, mi capacidad para agarrar algo y no soltarlo, volcarme del todo hasta exprimirle el último de los detalles. Escuchar mil veces que lo malo que nos pasa es todo por salir de casa. Oír a Fran hablando de Sergio Algora y recordar que gracias a que dejaste de ser en mi vida recuperé a La Costa Brava y El Niño Gusano. Saber de Muy Poca Gente, y de Ricardo Vicente. No parar de escuchar, descubrir, mientras tanto pensar. Comprar Blitz y devorarla en dos días. Que, a través de Blitz, Amazon me recomiende una novela de una tal Milena Busquets (También esto pasará), descargarla y devorarla en otros dos días. Y mientras tanto, en Roma. Pensando en todo lo que te diría si estuvieras conmigo en Roma, a pesar de que no hubiese querido, bajo ningún concepto, tenerte conmigo en Roma.

Todo empezó con David hablando de la orfandad. Blitz no es una gran novela. Es tremendamente inverosímil (lo sé, siempre defenderé que la ficción es ficción, pero en ningún momento me creo al treintañero follándose a la vieja, lo siento, por muy buena que sea tu intención de hablarnos de lo irremediable del paso del tiempo y que hemos de curarnos de preocuparnos tanto por envejecer), no está particularmente bien escrita (lo sé, David es mejor guionista y no tan buen novelista, pero Saber perder y Cuatro amigos tenían, al menos, personajes bien perfilados), pero sí tiene esas pequeñas píldoras tan características de él y que hacen que yo le admire tanto, aún teniendo -de lejos, y añoz luz mamma mia- la voz más fea de todas las voces posibles. Lo juro, me follaría a David Trueba, con gusto. Pero que no me hable en absolutamente ningún momento del coito, acto, momento, lugar. Nin-gu-no.

Decía David, y pese a la fealdad de su voz con mucho acierto, que cuando uno se queda huérfano nadie viene a decirle «no te preocupes, encontrarás otro padre». Pero cuando alguien desaparece de nuestras vidas todo son peces y peceras, y a algunos sólo les falta ponerse en plan Sebastián y soltarte que siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar. Y David continuaba con que aquello le parecía una muy bonita soplapollez, porque aunque no sea enteramente comparable, la sensación de pérdida y vacío se asimila momentáneamente a la de la orfandad, y que el agujero que te dejan te lo dejan aunque luego vengan otros amigos parejas y perros. Que la cuestión de fondo, señores, es cómo sobrevivimos al y con el agujero.

 

«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»
«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»

 

El protagonista de su novela lo hace follándose a una vieja, cosa que no me parecería mal si me atrayeran lo más mínimo. No somos en esta casa de hacer ascos a nada que no sea votante de Ciudadanos. Pero no me molan las viejas en general, tampoco los viejos en particular. En realidad en eso no he cambiado y sigue sin gustarme nada que sea real. Con lo que para llenar los agujeros, o mis agujeros (David falló al no especificar si nos pertenecían o no, pues los generan otros por nosotros) me voy de Bruselas. En un mes, cuatro ciudades, en cuatro fines de semana seguidos. París Berlín Ginebra Roma. Todo para terminar con la sensación de que a pesar de haber hecho millones de cosas mi cuerpo está igual de fatigado y mi cabeza igual de perdida. Todo para terminar en Testaccio cenando con Mauro y confesándole que estoy perdida, extraviada, hasta el punto de que ya da igual Bruselas o no Bruselas, y el problema quizá no sean las ciudades sino el afectado desapego que muestro para con todo. Mauro tuvo a bien recalcar (así es él) que lleva escuchándome decir eso desde que me conoce. Lo sé, soy un puto broken record, y aunque no lo creas estoy ya cansada de que cuando me preguntáis cómo estoy y qué tal va mi vida la respuesta más natural y sincera que me salga sea esa, que estoy perdida. You have to live more, come on, si lo piensas has estado en cuatro ciudades estas últimas semanas, has hecho miles de cosas. Sí, y debería sentirme mejor, lo sé. Pero no se va, esa continua sensación de «no es suficiente». No deberías sentirte así, eres muy joven aún. Sí, soy joven, y siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar.

El viernes, paseando con Mauro y pensando -claramente- a y en otra persona, me di de bruces y me llevé una hostia de narices y una rodilla ensangrentada. Para colmo iba en vestido y medias, con sus correspondientes tacones, porque esta vez me metí mucho en el papel de Vacanze romane. Pensé mucho en mi madre y en lo mucho que quería que estuviera allí conmigo, aunque sólo fueren cinco minutos, para rociarme de agua oxigenada, como cuando era pequeña y me caía cada tres por dos, por torpe y pensativa (hay cosas que no, no cambian). Mi madre piensa que no la quiero, lo piensa de verdad, y es cierto que a veces aparento desquererla, pero eso lo hago con todo bicho viviente al que sí quiero y de verdad. Querer consiste en eso. Y entonces leí, en También esto pasará, que el verdadero amor es por definición ambivalente, que sólo se puede querer aquello que al mismo tiempo te provoca sentimientos encontrados. Y pensé en toda la gente a la que quiero, en Guiomar, en Paula, en Esther, en Blanca, también en Alberto, en cómo les quiero completamente, y en cómo muchas veces también querría arrancarles la cabeza porque pueden llegar a sacarme mucho de quicio. Y en cómo yo también a ellos les saco mucho, muchísimo, de quicio.

He pensado en todas estas cosas durante estos cuatro días. Y también en ti, y en que te echo de menos. Sin ti soy alguien y sin embargo te echo de menos. Y lo último que pienso cada noche antes de dormir es que a ver cuándo cojones volveré a la normalidad de no volver a pensar en ti nunca más, que al fin y al cabo viví veintisiete años sin conocerte y tampoco me estaba yendo tan mal, follaba y todo. Porque esto de echarte de menos a medias cansa. Esto de no saber si eres o no un agujero, agota. Y agotan los amigos (no los buenos, los buenos me conocen y saben que lo detesto) con su «encontrarás a otra persona». Qué persona ni qué leches, gilipollas, que a veces sois todos un poco gilipollas. Esto no va de esperar a ninguna persona, ni tan siquiera de buscar a una u otra persona, ni de querer (a) una persona. Esto va de querer volver al estado natural de cada uno, en el que no se es huérfano de nada. Esto va de David teniendo más razón que un santo, va de que las categorías no sirven de nada, mi pareja, mi amante, mi mejor amigo. Tendremos muchos, y menos mal, pero los que se van se llevan algo de ti consigo, así vayamos todos de machotes por la vida.

Y también, por pedir, quiero poder hablar de mí sin que se note que soy yo, quiero decir, que está bien inspirarse en la vida de una y el egocentrismo nunca me ha parecido mala cosa si está bien canalizado, pero veo que hay mucho cotilla por ahí suelto que sólo se mete aquí para ver si hablo o no de él, para más inri luego soltarte que «no, si yo apenas me meto, pero justo aquel día y leí aquello y quería saber si lo decías por mí». Chico, la próxima vez pongo tu nombre al lado con luces de neón. No te angusties de más que te estalla la meninge que te queda. Pero dejemos ya de hablar de mí, porque ahora escribo porque no puedo dormir y todo se agolpa en mi cabeza sin darme siquiera la posibilidad de plantarle una coma a todo esto como Dios manda. Me duele la rodilla cada vez que respiro. Y tengo que despertarme dentro de tres horas.

Puto David Trueba. No es medicina para una neurótica.

 

 

 

 

 

 

(No lean Blitz a no ser que sean, como menda, devotos del Sr. Trueba. Lean También esto pasará, porque de tan honrado da igual que esté o no bien escrito. Es bello per se, como ejercicio literario. Hagan caso. Y, para sus agujeros, masilla.)

 

 

 

Bruselas

 

He vivido contigo casi tres años y, en todo este tiempo, apenas he hablado de ti.

Sé que no hemos sido las mejores compañeras de viaje. Sé que en algún punto de nuestra relación dejé de agradecerte lo que has hecho por mí. Sé que olvidé que me curaste en tiempo récord. Sé que obvié que tú, y no otra ciudad, otorgó algo de sentido a mi vida profesional. Sé que me empeñé en que, contigo, jamás podré ser feliz. Pero reconócelo, somos una imposibilidad. Lo que tenías que darme ya lo cogí. Lo que tenía que ofrecerte se transformó en la más originaria pereza. La apatía, la desgana, el desconcierto. El qué hacer contigo, cuando parece que hace mucho que tú ya no haces nada por mí.

Tengo que darte otra oportunidad aunque no la merezcas. Aunque yo no la quiera, aunque tú no la quieras. Y lo sé: o terminarás por destrozarme o me harás tan, tan fuerte, que conseguiré dejarte sin mirar atrás. Podré huir sin necesitar una excusa. Escaparé de ti sin necesidad de dramas, de dificultades, de glorias. Y mamá no podrá volver a decirme que sólo abandono los sitios cuando me han roto el corazón.

De hecho, a partir de ahora y para protegerme de ti, dejaré de tener corazón.

 

Tranvía. Tramonto.
Tranvía. Tramonto.

 

Ahora me toca adularte. Decirte por qué te quiero, a pesar de todo lo que me has hecho odiarte. Intentar entrever por qué sigo contigo, a pesar de ti y de mí. Eres mala. Eres malvada. Me bajas el cielo y me lo quitas. Lo has hecho siempre. Cuando llegué a ti me diste a Blanca y me la quitaste. Me diste al grupo de amigos que siempre quise tener y me lo quitaste. Siguen ahí, sí, pero te los llevaste. Me llevaste a la motivación más real que he conocido en forma de oficina; y la cerraste. Más tarde me dejaste traerla a ella, a Paula, a mi persona. Ahora te la llevas. No me dejas aferrarme a nada. No me ofreces nada que me guste de verdad. Y empero pretendes que te quiera, como se pretende siempre aquello que no existe: la atracción por tu parte, el amor por la mía.

Y ahora tengo que decirte qué es lo que me gusta de ti, y me cuesta pensar. Me bloqueas, no me dejas. Me cansas, como todo me ha cansado siempre. Me pierdes, como todo me ha perdido siempre.

Pero lo intentaré, una vez más.

Me gusta que mentiría si te dijera que no me has hecho (son)reír.

 

We Used To Wait.
We Used To Wait.

 

Me gusta que tus calles estén siempre tan vacías, o siempre tan llenas de personalidades tan desangeladas, que puedo cantar por la calle, y bailar para mí, y todo sin que ninguna presencia real me altere. Me gusta caminarte. Si algo me ha gustado siempre de ti, es caminarte. Me gustan los sábados en los que despierto y, al salir de la cama, me recibe toda la luz de mi apartamento. Me gusta la independencia que me das, porque no me ha dado tanta ningún otro lugar. Me gusta que tengas dos aeropuertos, que mi familia (mis amigos) esté a dos horas de distancia. Me gusta que, aunque poco aventurera, me hayas dado anécdotas; que algún día pueda contar qué es el sello Couronne 130, qué canté en aquel karaoke, cómo conseguimos ser las únicas que nunca cayeron del kayak. Me gusta que, durante un tiempo, hiciste que sintiera verdadera ilusión al montarme en un tranvía. Me gusta que, gracias a ti, he hecho realidad sueños. Sueños con nombres y apellidos. Bruce Springsteen, Daniel Barenboim y, mañana, Ennio Morricone. Y más aún. Me gusta que puedo contar nuestra historia en función de buenas y malas temporadas, conmigo siempre quejándome, siempre, y sin embargo aquí, y sin embargo contigo. Plantéate por qué. Ayúdame a plantearme por qué. ¿Me deparas algo? ¿Tienes algo en la recámara para mí? ¿Me estás poniendo a prueba? ¿Haces esto con todos los demás o es sólo conmigo? ¿O soy simplemente yo, yo haciéndome daño a través tuya, yo echándote la culpa de acontecimientos que nada tienen que ver contigo?

Ahora tengo que calentarme en todo el frío que provocas.

 

Y tu arte.
Y tu arte.

 

Tengo que sobrevivir en todo el frío que provoco.