Mi 2015

 

Ojalá pudiera seguirme a mí misma para encontrarme. Es un tuit. Acabo de escribirlo. Y de repente he sentido de nuevo esa urgencia de abrir una página en blanco y dejar que todo brote a borbotones. Escribir sobre un año más que no ha sido precisamente el año que yo esperaba. Al término de 2014, yo auguraba que 2015 sería «el» año. El vaivén que es nuestras vidas parecía jugar así: 2011, mejor imposible; 2012, camino a la perdición; 2013, el último de la felicidad; 2014, la eterna búsqueda, el desencuentro; 2015, qué ha sido 2015.

En 2015 he intentado por todos los medios posibles hacer la revolución. El 25 de enero, el día en que Syriza ganó las elecciones por primera vez en Grecia, Blanca me llevaba en coche al aeropuerto de Madrid y yo, que no había dejado de llorar en quince minutos, y ella, bloqueada ante el hecho de que nada de lo que me dijera parecía calmarme, me dio un abrazo después de dejarme frente a la puerta de la Terminal 4. Así empezaba el año electoral. El año en que a mí me tocaría también elegir; bien, y mal. Y ahora, quién sabe aún si bien, o mal.

Era 25 de enero y viví la primera noche electoral del año en el lugar que ha sido Bruselas, que podría perfectamente reducirse a un cautivador apartamento en Avenue de la Couronne, 130. El miedo -parecía- iba a cambiar de bando. Pese a ello, yo seguí enviando mensajes que no debía enviar, y avisé de que había vuelto a quien no debía saberlo. Regresé a casa con la sonrisa a medias de quien sabe que la esperanza se mueve entre bambalinas y que su existencia no es certeza para uno mismo. Regresé a casa con la consciencia de que yo, aquella noche, no esperaba estar regresando a casa sola. Y me dormí con la certidumbre de que lo que tocaba, tanto a mí como a Grecia, era enfrentarse a lo que viniera después -para ella la Troika, para mí mi nuevo trabajo- absolutamente sola.

Fue 22 de marzo y viví la segunda noche electoral del año en una sala de espera de Berlín Tegel y en un avión de Brussels Airlines que me devolvía, también y una vez más, a Bruselas. Los resultados de Podemos no habían sido los que esperábamos; recibí el mensaje que quería y que no quería recibir al mismo tiempo, una muestra más de lo Schrödinger que fue siempre nuestra historia, si es que fue algo. «Mal, ¿no?» Sí, mal. Todo mal. Año nuevo, trabajo nuevo y vida nueva no cumplían ninguna de sus premisas y, para colmo, Susana Díaz barría en Andalucía y Ciudadanos obtenía un resultado muy digno pese a haber mandado a los andaluces a pescar. Pero aún podíais empeorarlo: tú, el trabajo nuevo, y la supuesta vida nueva que yo había supuestamente elegido.

Fue 24 de mayo y, desde el trono que es el sofá de mi casa de Badajoz, vi llorar a Ada Colau al saberse la próxima alcaldesa de la Ciudad de Barcelona. Si hubo una noche en la que el miedo pareció cambiar de bando, era esa, y yo no estaba donde quería. Jesús y Juanma me enviaban fotos desde la Cuesta de Moyano y yo me veía una vez más en la tierra de nadie en la que tuve a bien crecer y a la que no quiero volver. Y, sin embargo, creo recordar que sonreía.

Fue 13 de junio y me pasé cuatro horas de pie en la Plaça de Sant Jaume. Por la mañana había visto, desde la cama de Esther, las investiduras de Manuela, de Xulio, de Pedro, de Kichi y de Joan. Y por la tarde forzaba a mi cerebro, anestesiado por la alergia, a prestar atención a gentes que hablaban una lengua que aún me costaba y me cuesta mucho. Y me llenaba de confeti por verla a ella, aunque sólo fuera de lejos, que iba vestida de rojo y estaba sobrepasada, y probablemente pensara si todo aquello le iba a merecer la pena. A mí, querida Ada, me mereció mucho la pena. Fue 13 de junio y la tarde anterior, Esther, Robert, Bet y yo celebrábamos que me iba a vivir a Beirut. No me acerqué a la Barceloneta pensando que no era necesario, que ya tendría Mediterráneo de sobra en menos de un mes. Tres días después, le contaba a Esther que no podría cumplirse aquel sueño y que, por lo tanto, dejaba Bruselas. A Robert no se lo conté hasta bien entrado septiembre.

Fue 5 de julio y llegaba a Syntagma a las siete de la tarde, cuando comenzaba el escrutinio del referéndum a la propuesta de memorándum de la Troika. Y a los quince minutos conocía a Thanasis, que me hablaba en perfecto inglés, francés y castellano, y me traducía a mí y a muchos otros al perfecto unísono lo que los compañeros transmitían por el megáfono. Los sondeos a pie de urna, que ya daban claramente vencedor al NO. El recuento de votos, rapidísimo como fue, dejando atrás aquel 25 de enero que nos tuvo en vilo ante la plausibilidad de la mayoría absoluta. La explosión. La alegría más plena. La foto que me hicieron los de TeleSur y que estuvo rondando Twitter un día entero. Los griegos que se acercaban a hablar (intuyo que también a ligar) conmigo y que alucinaban con que hubiera volado sola desde Bruselas a «hacer hueco». La señora que me dio las gracias y me dijo: «cuando nos necesitéis, yo también iré a España». La sonrisa con la que le contesté: «os necesitaremos».

Fue 27 de septiembre y agarraba un taxi en Via Laietana y le pedía al taxista que me llevara a la Rambla del Poble Nou. Allí, entre gritos de Anti-Anti-Anticapitalistas e Inde-Inde-Independència, vi por primera vez a David Fernàndez y a Antonio Baños, que era lo que yo en realidad había ido a hacer a Catalunya. Allí acabé cantando La Internacional en castellano mientras el resto la entonaba en catalán. Allí acabé maldiciéndome por no saberme la letra de Els Segadors. Tardé muy pocos días en aprenderla, pero aún no he tenido ocasión de volver a cantarla. Em sembla que la Catalunya triomfant no ha tornat encara a ser rica i plena.

 

Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.
Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.

 

Fue 20 de diciembre y, desde el Teatro Goya de Madrid, me enfrentaba a más de un demonio y a la sempiterna sensación de por qué no estaré dedicándome yo a lo que más me gusta, que era aquello: el conocerles a todos, el observar con gracia, el analizar con y sin detalle, el esperar con la misma ilusión y desesperanza el resultado para el que ya te habías preparado. Ramón me dijo: «nos ha faltado una semana más de campaña electoral». Y yo pensé: «a mí me ha faltado una semana más de esta mañana».

Hay quien recuerda dónde ha estado en todas las finales de Champions League que ha vivido. Yo recuerdo dónde he estado en todas las noches electorales que he vivido. El 22 de mayo de 2011 arrasó el PP y yo, desde un salón más que barroco en Ammán, pasaba el trago en un Skype que se alargó hasta las cuatro de la mañana. El 20 de diciembre mi país recuperó algo de decencia, un tipo al que le profeso desmedida admiración se ganó un acta de diputado por Barcelona, y casi un mes después de la primera noche que soñé con Albert Rivera, pude dormir siete horas seguidas sin soñar con Albert Rivera.

No tengo ni la más remota idea de lo que será 2016. Pero ven ya. Y acaba con esto. Viviremos las noches electorales que haga falta. Nos perderemos tanto como haga falta. Endarrera aquesta gent, tan ufana i tan superba.

 

 

 

A.

 

Cuando le conocí acababan de romperme el corazón, pero eso él no lo sabía. Tampoco lo sabe ahora, ahora que empiezo a quererle mucho. Cuando le conocí iba sobre aviso: este chico va a caerte muy bien. Suelo desconfiar de los que me dicen eso; suelo desconfiar de los que creen saber lo que me gusta y lo que no, porque rara vez aciertan. Su nombre empieza por A y es ya histórico el desacierto y la buena y la mala suerte que gasta la que suscribe con los nombres que empiezan por A. Y sin embargo algo pasó en Potsdam. Algo que nos llevó a esa malsana pero muy bella situación en la cual sólo quieres preguntar y preguntar. Y saber y saber. En la cual descubrimos que teníamos enfrente a un ser igual de visceral y totalitario, que defendería hasta el final su postura, aunque el final fuere tan sencillo como sentenciar: eso es una puta mierda. Yo, que veía imposible querer contarle mi vida a nadie más, tenía enfrente a un tipo sobre el que sólo podía pensar: qué hay que hacer para ser su amiga. Cuando cada uno volvió a su ciudad la chica pensó que aquel chico quedaría en ser aquel extraño clic en Potsdam, el momento en que todos sus amigos les odiaron porque sólo querían hablar de ellos, entre ellos, y de sus cosas. Se siguieron por Twitter. Pasaron a Facebook. Se escribían mensajes: Messenger, WhatsApp, cualquier medio era bueno para poder seguir diciéndose «estoy aquí, y aunque vivamos en ciudades diferentes quiero ser tu amigo». Cuando ella volvía a la ciudad de él, le anteponía a sus amigos más antiguos: quería que aquel clic no se esfumara. Una noche de ginebra (como todas sus noches) él le confesó que, de haber sido hetero, probablemente le habría metido fichas. Ella no dijo yo también, pero porque ella es de tragarse cualquier cumplido, así sea demasiado evidente que lo hace por no desprotegerse. Ella volvió a su ciudad, que también es la de él, y ahora ensayan su amistad desde apartamentos sólo separados por la Gran Vía. Su cumpleaños es el 15 de enero. Cumplió 30 años el mismo día en que a ella la hicieron pedazos. Pero eso, él, no lo sabe, porque ella se reserva el poder contárselo a la luz de un porche frente al Mediterráneo, cuando sean ya mayores y sólo se dediquen a beber gin tonics, escribir, y maldecir las oportunidades perdidas.

Las buenas amistades surgen como una buena historia de amor.

Las buenas amistades son mejores que una buena historia de amor.

 

 

 

 

 

No lo lea de noche

 

Llevo desde las seis de la tarde queriendo escribir. La cronología ha sido la siguiente: he vuelto a casa caminando, y he sentido el domingo por la tarde. Sí, ya sé que es martes. Esta misma mañana la sentía como una más de sábado. Pero no he podido evitarlo, de repente estaba ahí, el domingo por la tarde y tú, y la obsesión que sé que tienes por los domingos por la tarde. He deseado tanto que me escribieras, para poder intercambiar dos frases contigo, y nada más. Sólo para saber que, un domingo más, me recordabas. Te he buscado, lo confieso, quizá tenías alguna foto nueva que me dejara saber algo de ti, algo que no fuera sólo mi pura elucubración. Mis elucubraciones suelen estar llenas de un montón de chicas que se parecen a mí, pero que no son yo, y que no entienden, no saben lo que son nuestros domingos por la tarde. Y luego he recordado que es martes, que hoy es martes, no domingo, que para ti no es festivo, que ha sido un martes más. Uno más en el que si te has acordado de mí, desde luego no me lo has dicho. Y ya no he querido escribir, he intentado distraerme. Ver series, leer, ser yo. Todas esas cosas que me gusta hacer sola y que tú querías hacer conmigo. Después de buscarte a ti he entrado en mi propia espiral de destrucción: he buscado a todos los demás. Lo hice la semana pasada, cuando escribí Lost, Gone, Girl. Entré en esa espiral en la que leí muchos, muchos correos electrónicos. Los tuyos no, no tengo. Pero de él sí, tenía muchísimos. Tenía incluso uno en el que decía que nunca se acostaría con una chica que conocíamos, que no podía ni pararse a pensarlo. Sí, luego lo hizo, ya ves, los hombres a los que elijo tienen las convicciones justas para terminar el día sin haberse cambiado el nombre. Le he buscado a él, sí, hasta el punto en el que he entrado en mi lista de suscriptores del blog y su nombre ya no aparecía. Tengo un follower menos, he pensado. Y me ha importado tan poco. Y me he alegrado tanto. No quiero que me lean los que no me entienden porque ni tan siquiera lo intentan. No quiero que me lean los que no me merecen. Y sin embargo ha aparecido de nuevo: esa sensación asquerosa y horrible de que nadie me lee, de que soy una pérdida en mí misma, de aptitud, de aptitudes, de existencia. Y he dicho: no, no escribas. Para qué vas a escribir. Para contarle de nuevo al mundo que, como el año se acaba, y Madrid está gris, y anochece tan pronto, sigues dándole vueltas a esta apetecencia que tienes por estar con alguien y a esa otra parte de ti que te dice que lo dejes, que todo siempre sale mal, que todo siempre es una mierda, una mierda en la que acabas escribiendo sola entradas que nunca leerá nadie. Y en ese momento, cuando ya no tenías nada más en lo que pensar, cuando volvías a refugiarte en ese libro, te ha llegado un mensaje. Hoy he leído una entrada tuya, y me ha parecido la hostia. Y como sé que lo que uno escribe sólo tiene sentido cuando un desconocido lo lee, que sepas que soy ese desconocido. Para colmo no es un desconocido, es alguien de quien he llegado a imprimir artículos, yo, que encuentro que el noventa y nueve por ciento de los que se autodenominan escritores no llegan ni a cuentacuentos. Yo misma. Yo incluida. Y he dicho: qué coño, siéntate, siéntate y escribe una vez más sobre lo mismo, suéltalo. Él no lo leerá, él tampoco, les puedes decir ya que te han destrozado y que te han convertido en esta persona incapaz de confiar en nadie, acomplejada con que ya no merece la pena ni intentarlo, segura de que no soportarás otro momento así, otra irregularidad, otra desgana contenida, otro ya no hay más que hacer. Resultó que no te necesitaba a ti para escribir, resulta que sólo me necesito a mí para hacerlo, siempre y cuando alguien pueda, quiera y sepa hacer esto suyo, de algún modo, y no sé cuándo. Quizá hasta algún día lo leas tú también. Y entonces podrías decirme si me quisiste de verdad alguna vez.

 

 

 

 

 

Cosas que no te dije en Roma, pero porque no estabas

«Sabía, al igual que Chéjov, que el interés por nuevas ciudades no es tanto llegar a conocerlas como escapar de otras anteriores

Chi sei tu?
Chi sei tu?

Escrito en Roma, en la madrugada del 5 al 6 de abril de 2015, como una nada a la altura continuación de Cosas que no te dije en Roma.

 

 

 

Todo empezó con David Trueba.

Todo empezó con una entrevista a David Trueba en Carne Cruda a la que llegué porque en el mismo programa Javier entrevistaba a Francisco Nixon. Trueba presentaba su nueva novela, Blitz, y Fran su nuevo disco, Lo malo que nos pasa. Y ya me conoces, mi capacidad para agarrar algo y no soltarlo, volcarme del todo hasta exprimirle el último de los detalles. Escuchar mil veces que lo malo que nos pasa es todo por salir de casa. Oír a Fran hablando de Sergio Algora y recordar que gracias a que dejaste de ser en mi vida recuperé a La Costa Brava y El Niño Gusano. Saber de Muy Poca Gente, y de Ricardo Vicente. No parar de escuchar, descubrir, mientras tanto pensar. Comprar Blitz y devorarla en dos días. Que, a través de Blitz, Amazon me recomiende una novela de una tal Milena Busquets (También esto pasará), descargarla y devorarla en otros dos días. Y mientras tanto, en Roma. Pensando en todo lo que te diría si estuvieras conmigo en Roma, a pesar de que no hubiese querido, bajo ningún concepto, tenerte conmigo en Roma.

Todo empezó con David hablando de la orfandad. Blitz no es una gran novela. Es tremendamente inverosímil (lo sé, siempre defenderé que la ficción es ficción, pero en ningún momento me creo al treintañero follándose a la vieja, lo siento, por muy buena que sea tu intención de hablarnos de lo irremediable del paso del tiempo y que hemos de curarnos de preocuparnos tanto por envejecer), no está particularmente bien escrita (lo sé, David es mejor guionista y no tan buen novelista, pero Saber perder y Cuatro amigos tenían, al menos, personajes bien perfilados), pero sí tiene esas pequeñas píldoras tan características de él y que hacen que yo le admire tanto, aún teniendo -de lejos, y añoz luz mamma mia- la voz más fea de todas las voces posibles. Lo juro, me follaría a David Trueba, con gusto. Pero que no me hable en absolutamente ningún momento del coito, acto, momento, lugar. Nin-gu-no.

Decía David, y pese a la fealdad de su voz con mucho acierto, que cuando uno se queda huérfano nadie viene a decirle «no te preocupes, encontrarás otro padre». Pero cuando alguien desaparece de nuestras vidas todo son peces y peceras, y a algunos sólo les falta ponerse en plan Sebastián y soltarte que siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar. Y David continuaba con que aquello le parecía una muy bonita soplapollez, porque aunque no sea enteramente comparable, la sensación de pérdida y vacío se asimila momentáneamente a la de la orfandad, y que el agujero que te dejan te lo dejan aunque luego vengan otros amigos parejas y perros. Que la cuestión de fondo, señores, es cómo sobrevivimos al y con el agujero.

 

«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»
«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»

 

El protagonista de su novela lo hace follándose a una vieja, cosa que no me parecería mal si me atrayeran lo más mínimo. No somos en esta casa de hacer ascos a nada que no sea votante de Ciudadanos. Pero no me molan las viejas en general, tampoco los viejos en particular. En realidad en eso no he cambiado y sigue sin gustarme nada que sea real. Con lo que para llenar los agujeros, o mis agujeros (David falló al no especificar si nos pertenecían o no, pues los generan otros por nosotros) me voy de Bruselas. En un mes, cuatro ciudades, en cuatro fines de semana seguidos. París Berlín Ginebra Roma. Todo para terminar con la sensación de que a pesar de haber hecho millones de cosas mi cuerpo está igual de fatigado y mi cabeza igual de perdida. Todo para terminar en Testaccio cenando con Mauro y confesándole que estoy perdida, extraviada, hasta el punto de que ya da igual Bruselas o no Bruselas, y el problema quizá no sean las ciudades sino el afectado desapego que muestro para con todo. Mauro tuvo a bien recalcar (así es él) que lleva escuchándome decir eso desde que me conoce. Lo sé, soy un puto broken record, y aunque no lo creas estoy ya cansada de que cuando me preguntáis cómo estoy y qué tal va mi vida la respuesta más natural y sincera que me salga sea esa, que estoy perdida. You have to live more, come on, si lo piensas has estado en cuatro ciudades estas últimas semanas, has hecho miles de cosas. Sí, y debería sentirme mejor, lo sé. Pero no se va, esa continua sensación de «no es suficiente». No deberías sentirte así, eres muy joven aún. Sí, soy joven, y siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar.

El viernes, paseando con Mauro y pensando -claramente- a y en otra persona, me di de bruces y me llevé una hostia de narices y una rodilla ensangrentada. Para colmo iba en vestido y medias, con sus correspondientes tacones, porque esta vez me metí mucho en el papel de Vacanze romane. Pensé mucho en mi madre y en lo mucho que quería que estuviera allí conmigo, aunque sólo fueren cinco minutos, para rociarme de agua oxigenada, como cuando era pequeña y me caía cada tres por dos, por torpe y pensativa (hay cosas que no, no cambian). Mi madre piensa que no la quiero, lo piensa de verdad, y es cierto que a veces aparento desquererla, pero eso lo hago con todo bicho viviente al que sí quiero y de verdad. Querer consiste en eso. Y entonces leí, en También esto pasará, que el verdadero amor es por definición ambivalente, que sólo se puede querer aquello que al mismo tiempo te provoca sentimientos encontrados. Y pensé en toda la gente a la que quiero, en Guiomar, en Paula, en Esther, en Blanca, también en Alberto, en cómo les quiero completamente, y en cómo muchas veces también querría arrancarles la cabeza porque pueden llegar a sacarme mucho de quicio. Y en cómo yo también a ellos les saco mucho, muchísimo, de quicio.

He pensado en todas estas cosas durante estos cuatro días. Y también en ti, y en que te echo de menos. Sin ti soy alguien y sin embargo te echo de menos. Y lo último que pienso cada noche antes de dormir es que a ver cuándo cojones volveré a la normalidad de no volver a pensar en ti nunca más, que al fin y al cabo viví veintisiete años sin conocerte y tampoco me estaba yendo tan mal, follaba y todo. Porque esto de echarte de menos a medias cansa. Esto de no saber si eres o no un agujero, agota. Y agotan los amigos (no los buenos, los buenos me conocen y saben que lo detesto) con su «encontrarás a otra persona». Qué persona ni qué leches, gilipollas, que a veces sois todos un poco gilipollas. Esto no va de esperar a ninguna persona, ni tan siquiera de buscar a una u otra persona, ni de querer (a) una persona. Esto va de querer volver al estado natural de cada uno, en el que no se es huérfano de nada. Esto va de David teniendo más razón que un santo, va de que las categorías no sirven de nada, mi pareja, mi amante, mi mejor amigo. Tendremos muchos, y menos mal, pero los que se van se llevan algo de ti consigo, así vayamos todos de machotes por la vida.

Y también, por pedir, quiero poder hablar de mí sin que se note que soy yo, quiero decir, que está bien inspirarse en la vida de una y el egocentrismo nunca me ha parecido mala cosa si está bien canalizado, pero veo que hay mucho cotilla por ahí suelto que sólo se mete aquí para ver si hablo o no de él, para más inri luego soltarte que «no, si yo apenas me meto, pero justo aquel día y leí aquello y quería saber si lo decías por mí». Chico, la próxima vez pongo tu nombre al lado con luces de neón. No te angusties de más que te estalla la meninge que te queda. Pero dejemos ya de hablar de mí, porque ahora escribo porque no puedo dormir y todo se agolpa en mi cabeza sin darme siquiera la posibilidad de plantarle una coma a todo esto como Dios manda. Me duele la rodilla cada vez que respiro. Y tengo que despertarme dentro de tres horas.

Puto David Trueba. No es medicina para una neurótica.

 

 

 

 

 

 

(No lean Blitz a no ser que sean, como menda, devotos del Sr. Trueba. Lean También esto pasará, porque de tan honrado da igual que esté o no bien escrito. Es bello per se, como ejercicio literario. Hagan caso. Y, para sus agujeros, masilla.)

 

 

 

Fin y fundido a negro

“A la vuelta del cine, espera nervioso al padre para contarle de arriba abajo la película. Resulta sorprendente cómo se fija en todos los detalles de lo que ha visto en la pantalla. Se los repite cuidadosamente al padre y a veces hasta añade alguno que el director de cine se olvidó de poner. El padre lo escucha primero complacido, y luego tiene prisa por que concluya el relato que se alarga innecesariamente, y acaba por dormirse sin enterarse del final. José Luis, entonces, se pregunta cómo puede alguien empezar a escuchar una historia y darle igual cómo termina.”

Fragmento de Rafael Chirbes, en La Larga Marcha.

Es incomprensible, sí, y sin embargo así es. Quien suscribe siempre ha sido de borrón y cuenta nueva, de portazo en la cara, de despedirse a la francesa. Adiós, no volveré, no vuelvas. Varios ya los amigos que dejaron de serlo con la tranquilidad propia de quien asume el daño. Con la garantía del ya no te quiero. Los amigos te rompen. Los Él, las Ella y sus distintas versiones, avasallan. Quien suscribe, así, siempre se ha visto condenada a no cerrarse ante los segundos. En otro de esos convencimientos que alimentamos para justificar lo que no ha de ser, nos decimos que quizá la ausencia de final sea el mejor final posible, así haya historias de nudos tan indignos que no merezcan terminar. La purga del epílogo. La quema de los créditos. La canción que se hace concluir en un bucle de sí misma al acabarse antes que ella la inspiración de su autor. Declamamos que si el amor es un trastorno que ha de diferenciarse con ello de la amistad, ha de ser (por fuerza y voto abríos) de carácter crónico. Los amigos nos rompen, sí, pero entonces es fácil pasar página, empezar otro libro, no esperar a que José Luis termine de contarte la película porque ya la sabes aburrida, ya le reconoces el sinsentido. Te hacen daño, te decepcionan, y eso es óbice suficiente para expulsar a esa existencia de tu vida, decir no sin mirar atrás y borrar – ante la imposibilidad real, torpedear – todo rastro de lo previamente compartido. Pero qué pasa cuando uno quiere eliminar sin ser eliminado, olvidar lo acontecido mientras se sabe aún venerado. Cómo se conjuga una pulsión tan primaria como el extrañar lo que de otro modo no se provee con la absoluta desgana por suplicar su venida. Cómo desentrañar que quien te ha colmado de ilusión ahora sólo provoca en ti la pereza más pura: la promovida por la desazón, por el despecho, por el desdén. Y en fin qué se hace ante tanta y tan notoria incoherencia, en la que uno se reconoce negando a unos lo que persevera en otorgar a otros, a pesar de la dureza del daño infligido, a pesar tan siquiera de sí mismo. Si aún nos supiéramos movidos por el amor nos quedaría ese consuelo. Pero qué pasa entonces cuando ya no puedes decir es que aún le quiero, es que todavía la necesito. No. Ni le quieres ni lo necesitas y si supieras sostener una idea tan retorcida hasta te dirías que echas de menos quererle. De repente consideras que anhelarle le procuraba (al menos) ciertas dosis de lógica a la mera concatenación de actos que es tu vida. No un propósito, no un sentido, pero sí lógica. Escribo para ti porque te quiero. Escribo para impresionarte porque te quiero. Escribo para que me leas tú. Y sí, la pregunta es por ello digna. Qué pasa cuando se abandona ese estado y por ende esa mínima lógica que acariciaba (pues nunca dejamos que nos rozara) nuestras vidas. Lo cierto es que nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos habla de lo que acontece cuando se nos fuerza a aceptar lo que negaríamos más de tres veces, aún sin milagro. Cómo es posible, es la misma persona, la tengo delante, hace tres lunas me habría dejado cortar un brazo (de haber sido el derecho) por él, la mano por ella. Nadie nos advierte de lo rápido que se difumina la mera reminiscencia de lo efímero. Ya está, ya fue, ya pasó. Quisiste y ya no quieres y lo estás pensando de más. Porque quisiera entenderlo de más, quisiera anclarme en el equilibrio. Que alguien nos explique cómo se ha de sobrevivir en este vaivén en el que se siente y se desiente, se insiste y se desiste, y entretanto y para tanto sólo y únicamente se miente. Ni te preparas ni te preparan para la reunión del comité de expertos que sin más decide que se acabó lo vuestro, cuando a ti te habría encantado haber participado en el proceso. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos dormir y ya no podemos hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

“-Tienes que dejar de hablar con él. Bloquearle. Que no pueda ni tan siquiera llamarte.

-No puedo. Eso sería el fin. Fin y fundido a negro.”

Del optimismo, la amistad y lo bonita (preciosa) que es la vida

“We can complain because rose bushes have thorns, or rejoice because thorn bushes have roses.”
(Attributed to Abraham Lincoln.)

 

Calvin, you called it.
Calvin, you called it.

 

Tengo un amigo.

Sí, vale, tengo más de uno, pero hoy hablaré de él.

Con él he pasado por tantos estados emocionales que, haciendo gala de la mayor honradez posible, perdí la cuenta. Le he querido, le he odiado, le he deseado, le he vuelto a odiar, le volví a querer. Y ahora vivimos en estados de permanente déjà v(éc)u. Lo cual, haciendo gala de la más mínima honradez, me gusta.

Y él me quiere (supongo) pero no le gusta mi blog. Y no escatima ocasión para decirlo. Tampoco escatima ocasión para compararlo con otros blogs de otras chicas, a pesar del nulo o escaso o inexistente amor o puro odio mal canalizado que siento yo hacia esas otras chicas.

Según sus textuales palabras: es de un dramatismo incomparable y con cada entrada le dan a uno más y más ganas de cortarse las venas.

El pasado domingo, mientras comíamos juntos y a la luz de un plato de lentejas, me quedé una vez más mirando al infinito con la mirada perdida y triste como si en vez de legumbres estuviere comiendo hierbajos desamparada en una tierra de nadie. Y así, a bote pronto, le espeté que me estaba perdiendo muchas experiencias.

 

Lucky

“¿Me estás diciendo que quieres hacer un trío?”

Hombre, pues sí, quiero hacer un trío. Uno, dos, tres. Y alcanzar la perfecta triangulación. Pero esta vez me refería a que veía que con casi treinta tacos no había pasado por ninguna relación seria. Ya saben. Esas que tiene la gente en la veintena. Las de pasarse siete y ocho años juntos, no poder vivir el uno sin el otro, dejarlo y que sea un drama pero no por estar enamorado (vaya mandanga) sino porque “echas de menos todo lo que hacías con esa persona”. Hasta recuerdas haber hecho cosas que no has hecho, tipo calceta, o figuras sexuales imposibles. Y tu vida no tiene sentido.

Toda esa cantidad inigualable de drama yo no la he experimentado. Imaginad qué decepción.

Y él, que a ratos es sabio como él solo, me miró una vez más con ese porte de “ya empezamos con tus tonterías” y me dijo: “pero vamos a ver, Violeta, estás diciendo eso ahora un poco por decir; ¿me dices en serio que de repente no valoras el hecho de que llevas toda tu vida haciendo lo que te da la gana?, ¿que mañana puedes ir a un concierto o comprarte un billete de avión sin hablarlo con nadie, sin consultarlo con nadie, sin tener que mandar un WhatsApp de “oye, qué te parece si a pesar de que compartamos una vida juntos, a mí me apetezca mandarte a tomar vientos e irme de viaje sola o con mis amigos”?”

El touchée lo oyeron hasta los chinos de Rusia.

Continuó la perorata porque él es mucho de pontificar, y me dijo que yo simplemente adolezco de este inconformismo genético según el cual siempre voy a querer aquello que no tengo. Algo que no es del todo exacto: no tengo un perro ni un Maseratti y no son cosas que desee (por el momento); no tengo a Angelina Jolie pero traédmela y dadme cinco minutos con ella (cinco minutos con Angelina Jolie en la Tierra deben de ser igual a cinco años con mi amante average en Saturno).

¿Pero y qué sería de mi escritura y del poco estilo que tengo sin la tristeza intrínseca, las subliminales ganas de morir -o de no existir- y la eterna proyección de que valgo menos que nada?

Así que me propuso escribir sobre ello, acompañando a esta entradilla de unas muy inspiradoras imágenes que me hicieran ver la belleza profunda y absoluta del vivir.

 

Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.
Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.

 

Con su permiso, le cito:

“Se trata de tomar altura y ver la vida, tu vida, no sólo desde lejos sino, lo más importante, desde una óptica positiva y optimista. Irreal por una vez, exagerada, pero en vez de preguntarte qué te falta, qué es el amor, qué sentido tiene tu vida, por qué no tengo tantas amigas, por qué soy una incomprendida, etc.; trata de ver lo que te ha ido dejando la vida, las experiencias que has podido vivir, las expectativas y opciones futuras. Cambiar de lente, para descubrir que en realidad, esa otra persona que surge de la nueva visión es también uno mismo.”

Sí, ¿no? Decidlo. Qué pereza.

Pero hagámosle caso (es un muy buen amigo). Intentémoslo. Se trata de, según él, que deje de sacarle a todo una lectura puramente pesimista.

Difícil de hacer, pero no tan difícil de cumplir. Lo sé. Empero, yo no soy así. Y esto es lo que quiero decir hoy, a él, y a todo el que quiera leerme.

Yo soy una persona pesimista. Quiero ser feliz. En algún punto de mi vida -y no estoy exagerando ni regodeándome en mi propio personaje de femme fatale- pensé (realmente pensé) que a mí no me haría falta ser feliz. De verdad. Pensé que a mí me bastaría conmigo y con mi mundo de pequeñas cosas: mis libros, mis películas, mis canciones, mis viajes. Y ya. Os lanzo hasta una confesión: pensé que la felicidad era para mentes inferiores, muy inferiores. Y ya no. Ahora, creedme, mato por ser feliz. Feliz de verdad. Ese estado de “hoy no necesito pensar en nada” similar a haberse fumado tres canutos. Me encantaría no ver siempre el vaso medio vacío, pero soy como soy y lo que soy precisamente porque siempre veo el vaso medio vacío. Soy una persona muy cínica, mucho; pero no me gustaría serlo tanto como para no ser capaz de aceptar que, como dijere Fo relatando la muerte accidental de un anarquista, llevamos la cabeza bien alta, sí, pero porque tenemos la mierda hasta el cuello.

Eso no significa que no haya espacio alguno de mejora. Tengo que dejar de exigirme tanto a mí pero, sobre todo, tengo que dejar de ser tan exigente con los demás. Tengo que dejar de vivir en un permanente estado de “show-off”, be prettier, be smarter, be better. Tengo que saber decirme que no a mí, y decir que no a los demás. Y tengo que aprender a sentir satisfacción, elemento bien diferente a la conformidad.

Ama, ama y ensancha el alma, que tanto nos gusta. Pero ámate primero a ti misma.

Me amaré, te lo prometo. No precisamente ahora, no precisamente hoy. Pero con el tiempo, y con amigos como tú: estaré bien.

Porque querer a un amigo implica también aceptarle como es. Quererse a uno mismo implica, desde luego, aceptarse tal y como uno es. Y yo soy una persona pesimista, muy pesimista. Alegre (lo sabes), divertida (y más con una cerveza), inquieta (hasta decir basta). Pero pesimista. La gente no suele tener miedo de hablar de sus virtudes, pero es muy difícil salir del armario para con los defectos de uno. Es difícil admitir “me obsesiona la búsqueda del amor”, igual de difícil que plantarse en un blog público y decir “soy tremendamente pesimista, encuentro muy complicado ser feliz por neurótica, tengo un complejo atroz con mi cuerpo (pese a que, objetivamente, con 2.000 euros de inversión en cada teta pudiere ser modelo)”. Es aún más difícil porque nos pasamos la vida clamando (y sosteniendo) una soplapollez gigantesca: “si no te quieres a ti mismo, nadie te va a querer”. Por lo que se torna empíricamente absurdo escribir, en un blog público, que tu amor propio se mide con el de Bécquer, con el de Kafka, con el de Larra.

Primera conclusión del 2015, o lo que ha aprendido Violeta en sus escasos quince días.

Quererse no es conditio sine qua non para que te quieran. Te quieren o no. Punto. Y ya puedes hacer el pino puente con más gracia que la Comanecci o ponerte falda y bailar el hula hula. El amor es una mierda tan soberana, tan asquerosamente infame, que escapa por entero a nuestro control.

Así que yo, por mi parte, seguiré simplemente descubriendo aquello en lo que me voy a convertir. Y cambiaré, poco a poco. Despacio, y con la buena letra de siempre.

Y, a ratos, procuraré ver el vaso medio lleno. Siempre medio lleno.

Aún sabiendo que está medio vacío.

 

 

 

 

 

De la soledad entendida como una de las bellas artes

"I took a little lady I like to call loneliness… with her friend, humiliation."
Leonard Hofstadter in The Big Bang Theory, when asked who did he take to his own prom.

 

Al comenzar este año escribí que “en lo que nos gusta, estamos cada vez más solos de lo que pensamos”. Hoy añado: estamos cada vez más solos, y lo notamos de más. Lo notamos cuando se toca lo que de verdad nos emociona, lo que nos corrompe las entrañas. Para quien ha pasado el grueso de su existencia solo, sin figura paterna por práctico abandono, sin figura materna por descomposición, sin hermanos por temprana inexistencia y sin amigos por completa inapetencia, la soledad es la norma y, la compañía, tantas veces ni tan siquiera el gusto.

Y, sin embargo, cuán pesada se hace esa soledad cuando no se pretende.

Escribí esto unas horas después de quedarme sola en una sala de cine. La película, no importa. Que me gusta el cine es algo que se sabe y que deviene notorio para cualquiera que conmigo se cruce. Fui sola, sí, pero la sala estaba llena, pese a lo intempestivo de la hora. La película en cuestión me ha tocado el alma como ninguna otra pieza artística lo ha hecho en mucho tiempo. Mucho tiempo es mucho tiempo. A partir de la primera hora -y son casi tres- ya estaba emocionalmente destrozada. Pero ante imágenes que me tenían encogida, y llorando, y deseando vivir y morir allí al mismo tiempo, otras personas se daban a la risa. La más cruenta y desvergonzada risa.

Eso, y no otra cosa, es auténtica soledad. Al terminar la película, todo el mundo se ha levantado. Nadie -y esto pasa muy pocas veces- se ha quedado hasta el final conmigo. En un momento en el que yo siento haber visto una película que está más allá de la mera concepción de obra maestra, pasan los minutos de crédito, y de descrédito, ante la inesperada falta de otra fuerza de calor que no me haga sentir tan profundamente sola.

Y es entonces cuando pasa por delante el acomodador, que ha entrado sólo un momento a recoger la sala . Y es entonces cuando su presencia me hace darme cuenta de que he de aceptar que estoy cada vez más sola, pese a haberlo estado ya la mayor parte de mi vida.

Que, en lo que me gusta, estoy cada vez más sola.

Y que no quiero estarlo.

Pero no estar solo implica compartirse con alguien, implica ser uno mismo con alguien. Y eso, con mucho, la mayor de las veces es aún peor que estar solo.

Uno puede vivir solo, y estar siempre solo. Into The Wild afectó mucho a nuestra generación, sí, pero sigo pensando que es posible y que la felicidad, por imposible, da igual si es o no compartida. Pero la comprensión no conoce de soledades, y la soledad bien pudiera catalogarse, al igual que el cine, como una de las bellas artes. Cuánta maestría hace falta para doblegarla, cuánto autoengaño se requiere para sobrellevarla. Y qué fácil es sentirse virtuoso cuando uno no llega ni a aprendiz.

 

S.T.A.Y.
S.T.A.Y.

 

Continúo escribiendo en soledad, procurando domesticar a una compañera que hace tiempo ya me domesticó a mí. Termino. Cierro. Y me voy a ver esa película de nuevo.

Con la esperanza, esta vez, de no quedarme sola. Y de que alguien más lo entienda.