Mi gran Όχι

 

 

Conocí a Esther gracias a este blog. Ella me leía -hacíamos juntas el mismo programa de becas, desde lugares harto diferentes- y un 4 de mayo de hace ya cuatro años me escribió: «uno siempre es en esencia el mismo, sólo acumulamos etapas a lo cebolla; y, en esa esencia, está escribir muy bien: sigue usando la escritura como catarsis». Yo no había visto nunca a Esther. No conocía su pequeña pero increíblemente expresiva nariz ni era consciente de ser mucho más alta que ella, tampoco había visto la cantidad de gestos que es capaz de hacer con su boca, es muy probable que Esther ostente el premio a la persona que conozco que más muecas, derivadas y claras puede hacer con su boca. Tras su comentario la agregué a Facebook, empezamos a hablar, la amistad surgió como surge siempre todo lo bueno y las mejores cosas de la vida (que, les insistiré una vez más, no, nunca las elegimos nosotros), naturalmente, sin forzar, sin apenas planearlo. La admiración se dio, del mismo modo, naturalmente, sin forzar, uno ve que no se puede no admirar a Esther cuando se la conoce. Ahora hablamos todos los días. Es la persona (una de las) a la que acudo cuando pasa algo. Sólo tengo que encender WhatsApp, buscar su nombre -que siempre estará ahí, en los primeros- y escribir «Esther». Y ella sabe qué hacer. Sabe que no necesito consejos mágicos, guías vitales, reprimendas, hostias, aplausos. Sabe que sólo necesito palabras más, palabras menos, la certeza de saberla al otro lado, alguna broma o chisme que nos lleve a hablar de otra cosa, conocer la última ocurrencia de Tinta, hablar de aquél al que profesamos admiración mutua en secreto, y no tan en secreto. Esther es catalana, y un día dijo sí a un proyecto político en el que cree, o más bien dijo sí a medias, pues aún muchos no quieren dejarle decir rotundamente sí. Hace quince días yo me iba de una patria que había dicho no, rotundamente no, porque al fin alguien les había permitido decir no. Volví al lugar al que llevo tres años diciendo sí. Sí a otro trabajo (y van cinco), sí a otra noche contigo (y fueron muchas, aunque no se las contáramos a nadie), sí a copas, planes, ratos que provocaban más vacío que aquel que pretendían suplir. Sí a no ser feliz porque necesito «el» dinero, porque no hay Troika que a mí me rescate ni banca privada que sostenga mi déficit primario, sí a que fueran sólo los fines de semana fuera los que me plasmaran la sonrisa en la cara. Volví, y tal y como volví vuelvo a irme, porque los griegos habrán perdido, y nosotros con ellos, y poco sabio sería no admitir que la decepción duele tanto o más como todas las que llevamos a cuestas. Pero no es ninguna tontería, tampoco, contar verdades y contar -porque es así, joder- que hemos recuperado la dignidad (ellos) y que podemos recuperarla con ellos. La dignidad se recupera diciendo no. Όχι. La dignidad se recupera plantándose y reconociéndose (a sí, a uno mismo) que somos nosotros los dueños de nuestro propio destino y que, de no serlo, qué menos que que nos dejen decirlo. Yo lo digo: Όχι. Όχι a los jefes que aprovechan que saliste a comer para entrar en tu ordenador, leer tus conversaciones privadas y – no contentos – a tu vuelta gritarte que eres muy poco profesional. Όχι a esta ciudad, gris, deprimente, poblada de personalidades banales cuyo único denominador común es su falta de rumbo. Όχι a ti, porque nadie más lo ha hecho, pero alguien tiene que decirte que eres un hijo de puta, así como alguien tuvo que plantarse, levantarse e irse, zapato o no en la mesa mediante, y espetarle a la Troika su verdadera condición: terroristas. A ti, mi particular Troika, alguien tiene que cantarte que no sé cómo te atreves a venir a decirme que me quieres, a pedirme que no cuente nada a nadie, a besarme en tu cocina mientras esperas que llegue la otra, a personarte en mi casa borracho como una cuba horas antes de irte de Bruselas, «porque es la última noche que pasaremos juntos». A ti, que seguirías buscándome, mientras vas ahora de la mano por Madrid con tu quincuagésima novia (todas son novias, todas menos yo). Όχι a seguir recordando (y eso que no consigo olvidarlo) dónde están todos y cada uno de los lunares de tu espalda. Y al final mi Όχι es a rendirse, a creernos, como creímos durante muchos años, que está todo hecho, pero porque no hay nada más que hacer. Ni está todo hecho ni nos moriremos habiendo finalizado nuestra labor, no porque la emancipación sea una utopía, sino porque la emancipación es una constante. Όχι a creer, y hacer creer, que no podemos mejorar. Όχι a creer, y a hacer creer, que para mejorar no necesitamos -nosotros- mejorar.

Todo Όχι es un sí. Mi sí es a España, a los amigos, a la patria. Un sí a los que aplauden que, antes, ahora y siempre, siga usando la escritura como catarsis.

Un sí a quienes entienden que lo normal, un jueves por la mañana, es encontrar un mensaje de una amiga que dice «me voy a Grecia el próximo domingo». Un sí a quienes me escriben en ese momento para que pueda compartir mi alegría con ellos, porque saben – y entienden – que no quiero compartirla con nadie más. Un sí a los que me quieren. Un sí a los que me recuerdan que estoy muy mal de la cabeza, pero que es valiente, muy valiente, y digno, muy digno, irse a otro país porque, simplemente, quieres hacer bulto en una plaza en la que quedará para siempre el recuerdo del momento en el que se dijo Όχι.

Como quedará en mi memoria la certeza de todas las cosas, personas, y momentos, a los que yo tenía que decir Όχι para volver a ser feliz, tumbada en el césped de una plaza llamada Syntagma, viendo las estrellas, un domingo 5 de julio de 2015 en Atenas.

 

 

 

 

 

Coda (planetaria):

 

«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»
«Y Mendieta tocó la guitarra de forma increíble.»

 

El sábado pasado, Mendieta tocó con Los Planetas Un Buen Día, y nos marcó a todos – más a los allí presentes – un gol realmente increíble.

Cualquier día del último año, habría deseado haber estado allí, contigo.

Hoy deseé muy, muy fuerte, haber estado allí sin ti.

 

 

 

 

 

 

 

Desastre(s)

 

La sucesión es la siguiente: conoces a alguien, si el sexo es mínimamente decente comienza el desastre (*), primero te gusta mucho, más tarde quizá te enamoras; algo sale mal, algo siempre sale mal, te cansas, se cansa, no es lo suficientemente inteligente, eres demasiado compleja – y complicada -, cuando ambas opciones no son mutuamente excluyentes; te desenamoras, y empieza el dolor, el dolor más egoísta del mundo, el del tiempo perdido, el del tiempo echado a perder. Sabes que estarás bien, que conocerás a alguien, sabes que añorar imposibles sólo lleva a la más infructuosa de las melancolías. Conoces a alguien y, si el sexo es mínimamente decente, echas una vez más la vista atrás y dices, piensas, respiras: pero por qué.

Y vuelta a empezar. Una y otra vez.

En serio, es ya un ruego.

Que alguien procure convencernos de que esto no es una absoluta y soberana mierda.

 

 

 

 

(*) La Costa Brava – Desastre
Somos máquinas que no entendemos,
que se enamoran cada cierto tiempo.

 

 

 

 

 

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Y le dieron las diez a mis ojos de gata

 

 

Hoy hablaré de él. Una vez más.
Hoy hablaré de él. Una vez más.

 

Últimamente estoy escribiendo mucho.

Lo sé. Y no quiero ser una suerte de spammer para una veintena de followers que bastante tienen ya con soportar constantes idas y venidas entre inglés y castellano.

Pero tengo cosas que contar, y esta es mi vía para hacerlo.

Hoy, esta noche, realmente sólo tengo una reflexión. Otra nacida al abrigo de otra conversación memorable. Otra nacida en el nada equidistante espacio entre sus ojos azules y mis ojos de gata.

Todo ha empezado hablando de un repertorio. De qué cantaremos el próximo viernes. De que se había aprendido Ojos de Gata. Con lo que yo he dedicado cinco minutos de mi vida a explicar por qué Enrique sí y Álvaro no.

Sí, hablo de Los Secretos. Ese grupo que nunca me ha gustado pese a esa voz que siempre me ha enamorado. Pese a haber tenido a uno de los mejores compositores españoles. Pese a él, tan perdido como yo, en un mundo que no era el suyo.

Afortunadamente él recondujo la conversación a una apreciación muy interesante. Cómo un mismo comienzo, cómo una misma idea, una misma historia podía ser entendida, vista, desarrollada de manera tan diferente y que, sin embargo, el resultado en ambos casos fuera tan bueno.

 

“Es como si tú y yo escribiéramos sobre cualquier tema. La soledad, por ejemplo. Escribiríamos algo diametralmente opuesto… Como ellos. Como el que te utiliza de almohada mientras el otro representa una historia bohemia con un amor fugaz de por medio…”

 

Para los que no lo sepan, Ojos de Gata (de Los Secretos) e Y Nos Dieron Las Diez (de Joaquín Sabina) tienen el mismo comienzo. La historia (la quizá ya leyenda) cuenta que Enrique y Joaquín se vieron en un bar -añadan el suplemento de drogadicción que prefieran- y que Enrique, falto de inspiración, le pidió una ayuda (y quizá algo de polvo blanco y/o marrón) a Joaquín. La leyenda continúa, con Joaquín sacándose del bolsillo un par de estrofas de una canción aún inacabada.

Quizá Enrique ya tuviera su historia y sólo necesitare un empujón. Una estrofa tan grandiosa como “cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario” no necesita de ningún Sabina.

Y quizá Joaquín estuviere haciendo un experimento. Qué hará este muchacho con mi letra.

Enrique murió, y su versión ya no la vamos a tener. Joaquín vive, pero su versión sólo es una de las dos.

 

Lo que yo venía a decir es que en las historias de dos, en las amistades, en los amores (los fugaces, los de almohada, los conclusos, los inacabados, todos), se dan siempre dos maneras diferentes de vivir. Dos maneras diferentes de vivirlas.

Las canciones son relatos honrados y nuestras vidas dependen de la existencia que las habita. Pero no hay versión mala ni buena, sólo principios y mejores finales. Sólo prismas que entreven destellos de belleza. Y una belleza que depende de los ojos que la disfruten.

Vivir en dos versiones no es malo. No resta entidad moral a una, no hace mejor la otra. Ojos de Gata no es mejor que Y Nos Dieron Las Diez. Y Nos Dieron Las Diez no es mejor que Ojos de Gata.

Son dos canciones preciosas que simplemente fueron compuestas por personas diferentes.

 

Las historias a veces se viven de forma diferente. Y no pasa nada. Y ninguna versión es mejor que otra.

Las dos pueden haber sido buenas.

Las dos, de hecho, seguramente sean inolvidables.

 

 

 

 

Top #5. Canciones para el amor (o para enamorarse)

“Lo mires como lo mires, Violeta,

todo el tema Bruselas es una historia de éxito.”

Pequeña reflexión desde Nueva York, que llegó a mí hace algunos días.

 

Bruselas es una historia de éxito por muchas cosas. Tengo una buhardilla genial, en un barrio pijo -pero genial-, con una compañera de piso genial y además tengo un trabajo en el que -oh là là y sacre bleu- por primera vez parece que me valoran. Pero aparte de todas estas cositas que -indudablemente- hacen mi vida más fácil, Bruselas es una historia de éxito porque, una vez más, me he propuesto escribir. Bien, mal, tenga cuatro millones de lectores o solo uno. He concluido que lo importante es no perder el hábito, también llamado costumbre o rutina, o simplemente ociosidad mal llevada.

Con lo que he de cumplir con la segunda parte de una entrada que aún no había finalizado. He de cumplir con el Top #5 Canciones para el amor (o para enamorarse).

Pero antes de imbuirme en una suerte de cursiladas, cuánto te quieros, qué mal se vive sin ti y qué sería de este planeta sin tu presencia en él, he de decir que no es una perfecta antítesis del Top #5 Canciones para el desamor (o para desenamorarse). Como entonces, son estas canciones para un proceso. Para ese maravilloso momento en el que alguien nos empieza a gustar; para esos días en los que nos sentimos con fuerzas por volverle, o volverla, o volverles, o volverlas a ver. Para cuando disfrutamos del hecho de que nos remuevan las entrañas. Como entonces, son canciones que empujan, que exacerban, y que también exageran un sentimiento, al tiempo que nos ceden cierto aura de condescendencia, cual espejo en el que poder mirarnos y decirnos que los hay más ridículos y no tan elocuentes. No son poesía barroca. Pero tampoco tan intensas, ni sentidas, y mucho menos tan conmovedoras.

De nuevo, una captatio benevolentia: esta entrada, pasiva o activamente, debería haberse escrito hace poco más de un año. Poco más de un año, cuando yo regresaba a España más enamorada que nunca. Y no ahora, cuando me quedo en Bruselas, cuando decido quedarme en Bruselas, después de volver a escapar, y más desenamorada que nunca. De ahí la imperfección en el pretendido equilibrio entre ambas entradas.

Pretensión desmedida, fracaso asegurado.

Afortunadamente, y si algo bueno tiene Bruselas, es que está llena de gente joven y guapa. Pequeño y sencillo silogismo, ello conlleva, también, que haya muchos hombres guapos en esta ciudad.

De esos de los que no te enamoras, aun siendo potenciales sujetos de un potencial enamoramiento, pero que te conmueven lo mínimo, lo suficiente para que no tengas excusa alguna con la que retrotraerte en tu lado oscuro y tan en suma independiente en el que estás convencida de que eso del amor es un invento malsano que no va contigo. Lo suficiente para sentir que te sigue corriendo algo de sangre, más espesa, pero sangre y no horchata, por las venas.

Así que este Top #5 va por todos los que me habéis removido en alguna ocasión las entrañas. Que ya sois unos cuantos. Que ya sois muchos.

 

Top #1. SECOND. Conocerte

 

 

“Me apetece oír cada minúsculo detalle.”

 

Second eran, son, de Murcia. Todo parecía ser de Murcia por aquel entonces.

Para alguien que presume de tener un (muy) buen gusto musical, para alguien que presume de que tal cosa es digna de ser presumida, poner a Second como Top #1 de cualquier Top #5 es ligera, no, totalmente vergonzoso.

Pero he de ser fiel al espíritu de todo esto, que no es más que una cualidad no por estar en boca de todos más consabida y común: la transparencia.

Transparente soy cuando admito que esta cursilada me trastoca cuando empieza a gustarme alguien.

No mintáis, que sé que todos hemos estado ahí. Todos hemos tenido conversaciones banales sobre hechos banales basados en experiencias tan colosalmente banales y a la vez tan jodidamente divertidas que nos mantenían más allá de la madrugada y más allá del amanecer hablando de si con cuatro años jugabas a la peonza o tú eras más bien de canicas.

En alguna ocasión he dicho que a mí se me enamora con una buena conversación. Es mentira. Mentira a niveles José María Aznar elevados a la enésima potencia. Yo disfrazo de buenas conversaciones charlatanería, historias insulsas y bromas sin pizca de gracia. Y eso es lo que las hace tan buenas. Que una vez más, me conmueven tanto que soy yo la que se apasiona por ellas.

Y “Conocerte” va de esto. Del momento clave en que se nos enciende la bombillita. Del momento en que no sabemos qué va a pasar, pero ay, ya no eres solo un polvo. [Terrible momento, por cierto. No hay mayor sentimiento de indefensión que este.]

“Conocerte” va del momento en que yo estoy deseando oírte decir que con once años te caíste de la bici y desde entonces tienes una cicatriz en la frente. Cuéntamelo, venga. Que lo jodido es que me va a parecer que me estés hablando de filosofía medieval francesa.

 

Top #2. TACHENKO. Escapatoria

 

“Por mucho que te digan por ahí, me gustas más que el resto.”

 

Quizá no lo compartais pero, para las que se autoconvencen proyectos de escritora, como yo, un solo muso no vale, no funciona, no rinde. Hay que buscarse aledaños, por el bien de la inspiración y de una misma. Que la letra con sangre entra y la pena se cura antes si es compartida.

Aún así, y pese a lo que digan las matemáticas, de todo conjunto siempre sobresale un individuo.

Back-up: Me Gustas, de La Casa Azul.

 

Top #3. MANDO DIAO. Sheepdog

 

“Don’t know why I can’t locate this feeling that I would rather be with you.”

 

Back-up: La Niña Imantada, de Love of Lesbian.

 

Top #4. THE MOLDY PEACHES. Anyone Else But You

 

“I don’t know what anyone can see in anyone else, but you.”

 

(Y aunque yo más bien preferiría un full-time lover, part-time friend.)

¡Pregunta del millón! A bombo y platillo y sin pretender ser -por una vez- original… ¿Qué es estar enamorado?

Espero haberme ganado con esta insensatez doscientas apariciones en resultados de motores de búsqueda, diarias.

Es broma. Pero sé que es una pregunta tonta, por insulsa e imposible de responder. Cada cual tiene su propia medida de lo que es estar enamorado, pues cada cual quiere a su manera. Y no somos nadie para juzgar algo tan personal -y sí, también intransferible- como el querer.

Y al ser algo puramente individual, supongo que el problema está en dónde establecer la comparación. ¿Qué es tú estando enamorado?

En mi caso, si la establezco en el primer chico que me gustó, y mucho, hace ya diez años (esa tierna y pizpireta edad de quince) me he enamorado tantas veces que podría ser la nueva Danielle Steel y háganse los dólares sobre mi cabeza.

Si la establezco en el buen mozo que me grabó a fuego -y literalmente- “that I may love you”, vendrán las lágrimas y el llanto y el sollozo perpetuo y el remanente sentimiento de que oh, con veinticinco años, y no me voy a enamorar nunca más.

Vaya pamplinas me cruzan por la cabeza.

He querido, que es lo importante. De un modo u otro, correspondido o no. Y sigo haciéndolo.

Pero no seré yo quien escriba una cosa tan evidente, ni quien desarrolle una idea que de por sí ya clama por obvia.

Lo que han tenido siempre en común todos estos enamoramientos permanece. Y, de verdad, es lo único que han tenido en común. El hecho de que mi ensimismamiento era de tal calibre que yo estaba convencida de que el colega de turno tenía que ser objeto de deseo de todas las féminas. Quién iba a explicarme, si no, que un tipo tan atrayente no fuera enamorando por ahí a cualquiera que con él hablara.

Ese es mi yo estando enamorada. La fría e insensible de Violeta, un personaje de Danielle Steel.

 

Top #5 (y una aportación muy personal).

EXTREMODURO. Puta

 

“Y en mi cabeza paso el día buscándote.”

Es la mejor canción de amor de todos los tiempos. Es la prueba definitiva de que no hay marcha atrás. Y si os explicara por qué, desnudaría tanto mi alma que no dejaría apenas nada por contar.

Así que esta me la guardo para mí.

 

Estas cinco canciones son mi particular ‘checklist’. Si en mi cabeza aparece la misma persona escuchando estas cinco canciones, estoy jodida.

No es el mejor de mis Top #5, por la sencilla razón de que (y más que ningún otro) es profunda y profusamente personal. Pero helo aquí, porque lo prometido -dícese, en ocasiones- es deuda.

Enamoraos de alguien. Por sus tetas, por su intelectualidad, o por su sonrisa. Pero enamoraos de alguien, sanamente, solo porque está bien tener a alguien en mente. O enamoraos del amor mismo o, como dijera Calamaro, de la propia belleza. Pero qué os darán, hombres. Qué tendréis.

Sí, afortunadamente hay muchos hombres guapos en esta ciudad.

Pero ninguno en concreto se me aparece. De nuevo, no hay nadie tras la ventana.

Me pregunto si precisamente por eso Bruselas está siendo una historia de éxito, lo mire por donde lo mire. Me pregunto también por qué no dejo de hacerme preguntas que no tienen respuesta, al menos no una que me guste, que me satisfaga, que me enorgullezca.

Bruselas tuvo una razón de ser que ya no es tal. Y cuatro meses después, es bueno reconocerle un nuevo sentido.

Habitantes de Bruselas, seguid removiéndome las entrañas, que os compensaré con algún pensamiento vespertino, alguna línea de blog camuflada que nunca descifraréis, alguna noche entre sábanas. Y nada más. Aún no dais la talla para ganaros este Top #5.

 

 

 

 

 

Sin Título (III)

 

«La primera vez que vi a Calamaro fue a mis 18 años, en Madrid. Fui con el chico que me gustaba. Cómo me gustaba. Y el concierto fue genial, de los mejores de mi vida. Era Andrés, y era la primera vez que le veía. Pero sobre todas las cosas, siempre recordaré cómo se me partió el corazón en ochenta millones de trozos cuando, y mientras, sonó ‘Te Quiero Igual’.»

«¿Por qué?»

«Porque le busqué con la mirada, y ahí estaba él, besando a su novia.»

«Y allí estabas tú.»

«Allí estaba. Y además, durante esa gira [El Regreso] Calamaro recitaba un poema, precioso poema, que decía que “el día que me quieras no habrá más que armonía, endulzará sus cuerdas el pájaro cantor; florecerá la vida, y no existirá el dolor”.»

«Y allí estabas tú.»

«Sí, allí estaba. Con aquel chico que me gustaba de verdad. Y mientras sonaba ‘Te Quiero Igual’, a mi derecha él besaba a su recién estrenada novia.»

«Pero él sabía que te gustaba.»

«Sí, él lo sabía.»

«¿Y por qué hizo eso?»

«Supongo que pensó que ya no me afectaría, que ya había dejado de gustarme. Pero a mí me rompió el corazón.»

«Pues, más o menos lo que ha pasado ahora, siete años después. (Tu) entonces sigue siendo (tu) ahora.»

«Supongo. Pero lo cierto es que algunos seguimos necesitando ciertas drogas. Destructivas, adictivas, tan descorazonadoras y atrayentes. Las elegimos sin querer y las necesitamos para pagar la cuenta del incendio. O, al menos, eso es lo que diría Andrés.»

Top #5. Canciones para el desamor (o para desenamorarse)

 

Cada vez son más las voces que me incitan a dejar mi trabajo, hacer de nuevo una maleta, empacar mi vida -cada vez más mínima- y retirarme a una cabaña en Suiza (otras voces prefieren Bali) para dedicarme por completo a la literatura. Esas voces, para qué negar o divertir la realidad, suelen provenir de personas que, extrañamente, me quieren mucho. De otro modo su conclusión no sería la de que escribo bien, ni muy bien; de otro modo me dirían la verdad, que tengo un ego demasiado grande, y que para mantenerlo necesito que los demás lo rieguen.

Con lo que os pido que dudemos de su objetividad, amemos su subjetividad manifiesta. Y que honremos juntos sus buenas intenciones y deseos para conmigo, excusando que, de nuevo, tengo bastantes pocas ganas de hacer literatura. Lo que me apetece, voto a bríos, es divagar.

Mis musos, cual patos, bien han volado y quién sabe cuándo volverán, bien han decidido dejar de hacer efecto. Mi inspiración, tan necesitada de elementos exógenos que frecuentemente toman la forma corpórea de hombres canallas de barba y grata conversación, decide por ende esfumarse momentáneamente y abandonar este blog a suerte de tonterías. De esas para no dormir.

Con lo que, para honrar a quienes tanta confianza depositan en mí, esperando que su descendencia pueda ver mi nombre en sus estanterías, he comenzado un proyecto que llevaba ya tiempo ideando. Sin trascendentalismos ni vueltas de tuerca, sin subterfugios disfrazados entre líneas. Que si hay algo que me guste más que la literatura, es llenar mi mundo de canciones.

Este es mi Top #5 Canciones para el desamor (o para desenamorarse).

Como otros Top #5, su finalidad es la de ayudar(n)os a identificar un momento del que, lamentablemente, ninguno vamos a escapar. Ese en el que lo que un día sentíamos desaparece. Su finalidad es ayudarnos a evitar la soledad en que nos imbuimos en etapas así. Desenamorarse es una mierda, directamente proporcional a lo maravilloso que es enamorarse (cuando se es correspondido). Pero mi impresión, después de 25 años de andanzas terrenales (suficientes para soltar parafrasadas en un blog) es que, al igual que pasa cuando nos enamoramos, tendemos a empequeñecer el sentimiento, a soslayarlo, a dejarlo de lado, a negar su existencia.

Error. Craso. Garrafal. Error de puro campeonato.

El amor y el desamor son estados que tienen fácil la entrada y difícil la salida. Y pese a las consecuencias que de cada uno derivan, ambos son una buena muestra de que estamos vivos. Y ambos merecen ser tratados con el mismo respeto. Nos construyen, nos definen, nos moldean. Porque somos aquello que amamos, sin duda, pero también aquello que dejamos de amar (y, sobre todo, por qué dejamos de amarlo).

Como en todo Top #5, no se trata de elegir las mejores canciones. No es una competición. Se trata, simplemente, de compartir con vosotros las canciones que han compartido conmigo mis etapas de amor y desamor. Las que han activado mis alarmas. Las que han sido mis compañeras de viaje.

Y, que espero, os sirvan.

 

Top #1. LOVE OF LESBIAN. Universos Infinitos

“Yo ya no puedo hacer más si este más siempre resta.”
(Lee el resto de la letra.)

 

Es la número uno porque ha sido mi número uno. Porque expresa el trabajo constante por evitar lo inevitable. Porque, aunque te estés dando cuenta de que la situación te va a estallar en la cara, sigues dando más.

Más de ti, hasta que ese más empieza a restar. Hasta que la ecuación se invierte, hasta que solo se deriva aquello que deberías integrar. Pero eso ya lo sabías. Lo jodido es que eso siempre lo has sabido.

Y, cuando tu vida es la apuesta (como bien dice Santi), está bien recurrir a una letra que te haga reaccionar. Luego -y además- está el vídeo de Lyona, perfecto acompañante para una perfecta canción.

Back-up: 1999. Más lapidaria, más desgarradora. Menos «universal», quizá. Y más propia de otros desenamoramientos, que suceden más por hartazgo y desgana que por puro desatino.

 

Top #2. NIÑOS MUTANTES. No Puedo Más Contigo

“Cada vez que te oigo hablar, sé que no durará.
Porque siempre haces algo por empeorar. Empeorar.”
(Lee el resto de la letra.)

 

Los vasos se llenan. Las personas se cansan. Los límites existen, y se alcanzan, aunque en su día tú creyeras que siempre tenderían a infinito. Sin que realmente podamos hacer nada.  Y, aunque quisiéramos, sin culpas.

Dejas de poder, y no pasa nada.

 

Top #3. THE NEW RAEMON. Tú, Garfunkel

“Lo miras bien y te das cuenta de que todo se nos fue a la mierda.”
(Lee el resto de la letra.)

 

Hay desamores muy sonados. Pero ninguno como el de Paul y Art.

Esta canción no (solo) habla de un desamor, sino más bien de una ruptura. De la típica, tipiquísima ruptura. De la ruptura de manual donde hay dos partes descompensadas cuando, sin que lo sepan, las dos tienen exactamente lo que querían.

Pero también ilustra el principio del fin y, como las demás, puede asociarse al momento en el que “te das cuenta de que todo se nos fue a la mierda”.

The New Raemon ha sido uno de los descubrimientos de este año, para mí, que suelo llegar tarde casi siempre a todas partes. Salvo a esta canción, a la que llegué en el momento justo. En el más adecuado.

Back-up (con grandes dosis de drama): Morir o Matar, de Nacho Vegas.

 

Top #4. LOS PIRATAS. Mi Matadero Clandestino

“Qué puedo hacer si ya no te quiero, si ya no quiero verte más.”
(Lee el resto de la letra.)

 

El día D llega. Nunca mejor dicho.

Esta canción habla de que los sentimientos, como las relaciones, se terminan. Que no es un drama, ni nosotros malas personas por dejar de sentir. Eso, simplemente, pasa.
Y que es una pena tener que hacerlo, pero de cuando en cuando y de vez en vez hay que crearse un matadero clandestino, un espacio personal e instransferible -a la par que inaccesible- en el que deshacernos de esas cosas que no sirven para nada y que no podemos tirar. Como el sentimiento de culpa. Que ya tenemos bastante con las goteras del corazón.

Iván, ya viejuno, nos dijo así que, en los mundos de dos, las cosas van bien cuando se va a la misma velocidad. Y que nada puedes hacer cuando, sin más, dejas de hacerlo.

 

Top #5 (y una incursión extranjera). THE CORAL. Dreaming Of You

(Aquí la letra.)

 

Lo reconozco. He incluido esta canción porque, a la postre, quería incluir una reflexión nada reflexionada. Me apetece, simplemente, decirlo.

Decir que es relativamente difícil, a no ser que seamos almas descorazonadas (que también las hay) pasar del amor al no-amor -concepto diferente a desamor- como quien cambia de ropa interior por las mañanas. Parafraseando a House, no hay una fina línea entre el amor y el no-amor; está la Gran Muralla China con centinelas armados cada cinco metros entre el amor y el no-amor (o el odio, pero valga el ejemplo). Desenamorarse de alguien no implica dejar de quererle, más bien suele implicar, de hecho, seguir queriendo, seguir sintiendo algo, bien esté disfrazado de cariño o de apego, de afecto o de que, vaya, nos gustaba su compañía. Somos seres de costumbres, y poco podemos hacer contra ello. Sería una más, otra lucha de gigantes.

Para mí, eso es lo que encierra algo tan demoledor como “I still need you but, I don’t want you now”. Y lleva al inevitable y casi tautológico “It’s gonna hurt, but I’ll have to say goodbye”.

Duele. Lo dejes o te dejen. Duele de cojones. Como rescaté de un sublime diálogo hace semanas, sientes que te arrancan el corazón, lo tiran en un horno precalentado a 250 grados, y lo hornean con un glaseado de miel para después servirlo en un cuenco con arroz. Duele lo suficiente como para que sigas confundiendo el cariño que os queda con el amor que ya no existe.

Muy gráfico. Muy vívido. Muy cierto.

Pero también se pasa.

Y, a veces, es sencillo.

Es tan sencillo como reconocer que necesitamos otra cosa. Algo más. Que no es lo que tenemos.

Si os estáis desenamorando, estas canciones os ayudarán a sacar a relucir un sentimiento amargo, sí, pero necesario, tan necesario como el de enamorarse. Del que también hablaremos.

Que enamorarse molará más, pero recordad siempre que, como una vez me dijo un buen amigo, la mayoría de las veces el término de cualquier relación, desenamorarse, es también un triunfo del amor.

Del amor propio.

[Próximamente: Top #5 Canciones para el amor (o para enamorarse). Sean pacientes.]

Istanbul

 

 

Hace escasas doce horas regresé de Estambul, Turquía, Europa/Asia, el Mundo, el Universo. Es el primer viaje que hago desde otro lugar, otro lugar que no se llame España. No sabría explicar por qué, pero ello claramente ha influido en la percepción que hoy, sentada en el despacho, recupero de Estambul. Y me ha servido de algo, de mucho. Me ha servido para constatar que el subdesarrollo social, político y económico no es un designio divino de Allah, que el islam no está condenado al ostracismo ni determinado al desentendimiento con el ‘manido’ Occidente, en un lugar donde la línea que separa el ‘supuesto’ Oriente de Said del Occidente de Huntington es tan fina como un estrecho que se cruza en treinta minutos y tan ancha que se desdibuja por completo. Me habría sorprendido visitar Estambul desde Madrid, sin duda alguna; pero me sorprendió más visitarlo desde Ammán. Conocer la potencialidad del cruce de culturas en dos sociedades muy diferentes, pero separadas tan sólo por dos horas de avión y más de cinco vuelos diarios.

Los detractores, los adictos a Huntington, los que leyeron y enmarcaron el último ‘special report’ del Economist sobre Turquía se retrotraerán al discurso griego, alemán, francés, intolerante e intolerable. Turquía no es Estambul, dicen mientras clavan en nuestras pupilas su pupila azul. Pero decir que Turquía no es Estambul es tan banal como decir que España no es Madrid o Barcelona, Grecia no es Atenas y Francia no es París. Es un pretexto para intentar negar que un país capaz de institucionalizar un estilo de vida y un comportamiento social como el que viví en Estambul, aunque se reduzca a un espacio, es capaz también de extender el modelo. (Pero espero tener la oportunidad de ver el resto de Turquía para saberlo.)

Es también un pretexto para intentar negar a un país que se pregunta, se debate, se cuestiona hechos que ocurrieron hace cien años. Porque en Turquía se debate el genocidio armenio, con complicaciones, pero se hace. Y uno no puede hacer sino preguntarse: si ellos pueden recapacitar, ¿por qué no nosotros?

No lo sé. No sé por qué un estado ‘en teoría’ menos desarrollado y con menos tradición democrática que la nuestra puede plantearse preguntas que a nosotros nos aterran. Sólo sé que la compañía fue inmejorable. Las largas caminatas, necesarias. La sensación de volver a pasear con una ciudad, impagable. Los miles de White Mocca, felicidad.

 

¿Repetimos?
¿Repetimos?

 

Pero en Ammán no hay nada de esto.

En Ammán no hay calles que patear. Lo único a patear son los culos de muchas malas personas. No hay miradas que sostener. No hay turcos. No hay manifestaciones ni hostales rojillos. No hay miles de risas producto de los comentarios de algún que otro tendero. No hay gatitos recostados sobre una pila de libros, echando la siesta mientras una chica cree encontrar en ellos un refugio a su mundo descomunal y les toma una foto…

 

 

…porque, directamente, no hay librerías. No hay vida, sino ambivalencia. No hay Mustafa, ni Kemal, ni Atatürk.

¿Cuántas veces puede desearse algo? ¿Cuántas veces puedes sentirte comprendido e incomprendido al mismo tiempo, lleno y vacío a la vez? ¿Cuántas veces puedes escuchar «Lucha de Gigantes» sin cansarte?

En mi Top #5 Ciudades en las que quiero vivir ya hay dos lugares ocupados: #1, Viena; #2, Estambul. Las dos tienen muchas cosas en común, pero una en concreto que, en ambas ocasiones, acabó robándome el corazón:

 

Señalitas del transporte público, :)
Señalitas del transporte público, :)

 

Porque yo, al fin y al cabo, soy tan romántica como la ciudad que amo. Madrid, no te pongas celosa, tarde o temprano, volveré.

Pero sáquenme de aquí. Houston, tengan compasión. Ni me inspiran las estrellas ni vi a Dios. Espero vuestra decisión…

 

 

[Y este lugar, y ellos, malditos sean.]