Oracle System Error

 

Escribiría toda la vida. Me despertaría con una Moleskine y con mi Pilot Falcon (a la izquierda, siempre a la izquierda) y me mancharía la mano (la derecha, lamentablemente la derecha) con la primera media hora del día. Le relataría a mi mano la porción de sueño de la que consiga acordarme, en la que muy probablemente salieras tú, algún político, en ocasiones mi padre, y casi siempre la muerte. Desayunaría con el único propósito de no desfallecer, porque aún no aprendí a agarrarte firmemente y me sigues doliendo al escribir. Y desayunar sería eso, y sólo eso, alimentar una producción que no habría de cesar. Por qué, si es lo que me gusta. Por qué, si es lo que quiero. Con lo que mi taza de café y yo pulularíamos por el espacio, de la cama al sofá, del sofá al alféizar, del alféizar al café de abajo quizá, y si me apuran caminaríamos un poco para que nos diera el viento de cara, y si me apuran le pediríamos que nos aclarara lo que no conseguimos aclarar. Escribiría en todas partes, a todas horas, y en todos los lugares. Escribiría sobre cómo llegué a ser la mujer que sólo es jueves. Te contaría a ti, Moleskine, a ti, extrañada máquina de escribir, a ti, ordenador, cómo ahora cada jueves dedico minutos de mi existencia a imputar horas. Cómo he de sentarme, encorvada y triste yo, a contarle a un sistema llamado Oracle a qué he dedicado mis horas de oficina, a qué dedico mi existencia, mientras esa existencia se circunscribe a un edificio acristalado donde sólo hay congéneres de poco genio y congenio. Escribiría sobre cómo procuro seguir convenciéndome de que lograré conformarme. Escribiría por y para mí, no formatearía informes un miércoles de madrugada, no ordenaría en un correo electrónico pensamientos que no fueran los míos. No firmaría contratos que no quiero. No imputaría mis horas, no contabilizaría mi tiempo. No me contabilizaría a mí. O sí, sí lo haría. Estas son ocho horas y media que no he leído, estas cuatro equivalen a cuarto y mitad de Gogol. Aquellas tres equivaldrían a todo lo que aún no sé de ti porque no he tenido el tiempo para preguntarte; estas dos, a no haber podido releerte. Las cinco del viernes, a todos los correos que Paula no ha recibido. La consabida pausa para comer, a todas las cartas que a Gorka ya no le escribo. Que el rato que tengo a Lola en brazos un domingo por la tarde ha de valerme por todos los demás que no puedo pasar con ella a diario, y todas las veces que le he cantado La Internacional a Blanca han de valerle por todas las tardes que no podré verla bajo la excusa -certera, pero excusa- de que salgo del trabajo demasiado tarde. Y lo que sí me importa pasaría a engrosar la imputación de mis horas de vida, y éstas serían literatura, risas, alcohol, literatura, cine, amigos. Desaparecería el Project Management, el Business Development, las reuniones de cartera, los errores de sistema.

Y la escritura, y tú, y yo, seríamos un fin en sí mismo. Un fin en nosotros mismos.

No esta nada que somos ahora.

 

 

 

 

 

Cosas que no te dije en Roma, pero porque no estabas

«Sabía, al igual que Chéjov, que el interés por nuevas ciudades no es tanto llegar a conocerlas como escapar de otras anteriores

Chi sei tu?
Chi sei tu?

Escrito en Roma, en la madrugada del 5 al 6 de abril de 2015, como una nada a la altura continuación de Cosas que no te dije en Roma.

 

 

 

Todo empezó con David Trueba.

Todo empezó con una entrevista a David Trueba en Carne Cruda a la que llegué porque en el mismo programa Javier entrevistaba a Francisco Nixon. Trueba presentaba su nueva novela, Blitz, y Fran su nuevo disco, Lo malo que nos pasa. Y ya me conoces, mi capacidad para agarrar algo y no soltarlo, volcarme del todo hasta exprimirle el último de los detalles. Escuchar mil veces que lo malo que nos pasa es todo por salir de casa. Oír a Fran hablando de Sergio Algora y recordar que gracias a que dejaste de ser en mi vida recuperé a La Costa Brava y El Niño Gusano. Saber de Muy Poca Gente, y de Ricardo Vicente. No parar de escuchar, descubrir, mientras tanto pensar. Comprar Blitz y devorarla en dos días. Que, a través de Blitz, Amazon me recomiende una novela de una tal Milena Busquets (También esto pasará), descargarla y devorarla en otros dos días. Y mientras tanto, en Roma. Pensando en todo lo que te diría si estuvieras conmigo en Roma, a pesar de que no hubiese querido, bajo ningún concepto, tenerte conmigo en Roma.

Todo empezó con David hablando de la orfandad. Blitz no es una gran novela. Es tremendamente inverosímil (lo sé, siempre defenderé que la ficción es ficción, pero en ningún momento me creo al treintañero follándose a la vieja, lo siento, por muy buena que sea tu intención de hablarnos de lo irremediable del paso del tiempo y que hemos de curarnos de preocuparnos tanto por envejecer), no está particularmente bien escrita (lo sé, David es mejor guionista y no tan buen novelista, pero Saber perder y Cuatro amigos tenían, al menos, personajes bien perfilados), pero sí tiene esas pequeñas píldoras tan características de él y que hacen que yo le admire tanto, aún teniendo -de lejos, y añoz luz mamma mia- la voz más fea de todas las voces posibles. Lo juro, me follaría a David Trueba, con gusto. Pero que no me hable en absolutamente ningún momento del coito, acto, momento, lugar. Nin-gu-no.

Decía David, y pese a la fealdad de su voz con mucho acierto, que cuando uno se queda huérfano nadie viene a decirle «no te preocupes, encontrarás otro padre». Pero cuando alguien desaparece de nuestras vidas todo son peces y peceras, y a algunos sólo les falta ponerse en plan Sebastián y soltarte que siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar. Y David continuaba con que aquello le parecía una muy bonita soplapollez, porque aunque no sea enteramente comparable, la sensación de pérdida y vacío se asimila momentáneamente a la de la orfandad, y que el agujero que te dejan te lo dejan aunque luego vengan otros amigos parejas y perros. Que la cuestión de fondo, señores, es cómo sobrevivimos al y con el agujero.

 

«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»
«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»

 

El protagonista de su novela lo hace follándose a una vieja, cosa que no me parecería mal si me atrayeran lo más mínimo. No somos en esta casa de hacer ascos a nada que no sea votante de Ciudadanos. Pero no me molan las viejas en general, tampoco los viejos en particular. En realidad en eso no he cambiado y sigue sin gustarme nada que sea real. Con lo que para llenar los agujeros, o mis agujeros (David falló al no especificar si nos pertenecían o no, pues los generan otros por nosotros) me voy de Bruselas. En un mes, cuatro ciudades, en cuatro fines de semana seguidos. París Berlín Ginebra Roma. Todo para terminar con la sensación de que a pesar de haber hecho millones de cosas mi cuerpo está igual de fatigado y mi cabeza igual de perdida. Todo para terminar en Testaccio cenando con Mauro y confesándole que estoy perdida, extraviada, hasta el punto de que ya da igual Bruselas o no Bruselas, y el problema quizá no sean las ciudades sino el afectado desapego que muestro para con todo. Mauro tuvo a bien recalcar (así es él) que lleva escuchándome decir eso desde que me conoce. Lo sé, soy un puto broken record, y aunque no lo creas estoy ya cansada de que cuando me preguntáis cómo estoy y qué tal va mi vida la respuesta más natural y sincera que me salga sea esa, que estoy perdida. You have to live more, come on, si lo piensas has estado en cuatro ciudades estas últimas semanas, has hecho miles de cosas. Sí, y debería sentirme mejor, lo sé. Pero no se va, esa continua sensación de «no es suficiente». No deberías sentirte así, eres muy joven aún. Sí, soy joven, y siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar.

El viernes, paseando con Mauro y pensando -claramente- a y en otra persona, me di de bruces y me llevé una hostia de narices y una rodilla ensangrentada. Para colmo iba en vestido y medias, con sus correspondientes tacones, porque esta vez me metí mucho en el papel de Vacanze romane. Pensé mucho en mi madre y en lo mucho que quería que estuviera allí conmigo, aunque sólo fueren cinco minutos, para rociarme de agua oxigenada, como cuando era pequeña y me caía cada tres por dos, por torpe y pensativa (hay cosas que no, no cambian). Mi madre piensa que no la quiero, lo piensa de verdad, y es cierto que a veces aparento desquererla, pero eso lo hago con todo bicho viviente al que sí quiero y de verdad. Querer consiste en eso. Y entonces leí, en También esto pasará, que el verdadero amor es por definición ambivalente, que sólo se puede querer aquello que al mismo tiempo te provoca sentimientos encontrados. Y pensé en toda la gente a la que quiero, en Guiomar, en Paula, en Esther, en Blanca, también en Alberto, en cómo les quiero completamente, y en cómo muchas veces también querría arrancarles la cabeza porque pueden llegar a sacarme mucho de quicio. Y en cómo yo también a ellos les saco mucho, muchísimo, de quicio.

He pensado en todas estas cosas durante estos cuatro días. Y también en ti, y en que te echo de menos. Sin ti soy alguien y sin embargo te echo de menos. Y lo último que pienso cada noche antes de dormir es que a ver cuándo cojones volveré a la normalidad de no volver a pensar en ti nunca más, que al fin y al cabo viví veintisiete años sin conocerte y tampoco me estaba yendo tan mal, follaba y todo. Porque esto de echarte de menos a medias cansa. Esto de no saber si eres o no un agujero, agota. Y agotan los amigos (no los buenos, los buenos me conocen y saben que lo detesto) con su «encontrarás a otra persona». Qué persona ni qué leches, gilipollas, que a veces sois todos un poco gilipollas. Esto no va de esperar a ninguna persona, ni tan siquiera de buscar a una u otra persona, ni de querer (a) una persona. Esto va de querer volver al estado natural de cada uno, en el que no se es huérfano de nada. Esto va de David teniendo más razón que un santo, va de que las categorías no sirven de nada, mi pareja, mi amante, mi mejor amigo. Tendremos muchos, y menos mal, pero los que se van se llevan algo de ti consigo, así vayamos todos de machotes por la vida.

Y también, por pedir, quiero poder hablar de mí sin que se note que soy yo, quiero decir, que está bien inspirarse en la vida de una y el egocentrismo nunca me ha parecido mala cosa si está bien canalizado, pero veo que hay mucho cotilla por ahí suelto que sólo se mete aquí para ver si hablo o no de él, para más inri luego soltarte que «no, si yo apenas me meto, pero justo aquel día y leí aquello y quería saber si lo decías por mí». Chico, la próxima vez pongo tu nombre al lado con luces de neón. No te angusties de más que te estalla la meninge que te queda. Pero dejemos ya de hablar de mí, porque ahora escribo porque no puedo dormir y todo se agolpa en mi cabeza sin darme siquiera la posibilidad de plantarle una coma a todo esto como Dios manda. Me duele la rodilla cada vez que respiro. Y tengo que despertarme dentro de tres horas.

Puto David Trueba. No es medicina para una neurótica.

 

 

 

 

 

 

(No lean Blitz a no ser que sean, como menda, devotos del Sr. Trueba. Lean También esto pasará, porque de tan honrado da igual que esté o no bien escrito. Es bello per se, como ejercicio literario. Hagan caso. Y, para sus agujeros, masilla.)

 

 

 

Fin y fundido a negro

“A la vuelta del cine, espera nervioso al padre para contarle de arriba abajo la película. Resulta sorprendente cómo se fija en todos los detalles de lo que ha visto en la pantalla. Se los repite cuidadosamente al padre y a veces hasta añade alguno que el director de cine se olvidó de poner. El padre lo escucha primero complacido, y luego tiene prisa por que concluya el relato que se alarga innecesariamente, y acaba por dormirse sin enterarse del final. José Luis, entonces, se pregunta cómo puede alguien empezar a escuchar una historia y darle igual cómo termina.”

Fragmento de Rafael Chirbes, en La Larga Marcha.

Es incomprensible, sí, y sin embargo así es. Quien suscribe siempre ha sido de borrón y cuenta nueva, de portazo en la cara, de despedirse a la francesa. Adiós, no volveré, no vuelvas. Varios ya los amigos que dejaron de serlo con la tranquilidad propia de quien asume el daño. Con la garantía del ya no te quiero. Los amigos te rompen. Los Él, las Ella y sus distintas versiones, avasallan. Quien suscribe, así, siempre se ha visto condenada a no cerrarse ante los segundos. En otro de esos convencimientos que alimentamos para justificar lo que no ha de ser, nos decimos que quizá la ausencia de final sea el mejor final posible, así haya historias de nudos tan indignos que no merezcan terminar. La purga del epílogo. La quema de los créditos. La canción que se hace concluir en un bucle de sí misma al acabarse antes que ella la inspiración de su autor. Declamamos que si el amor es un trastorno que ha de diferenciarse con ello de la amistad, ha de ser (por fuerza y voto abríos) de carácter crónico. Los amigos nos rompen, sí, pero entonces es fácil pasar página, empezar otro libro, no esperar a que José Luis termine de contarte la película porque ya la sabes aburrida, ya le reconoces el sinsentido. Te hacen daño, te decepcionan, y eso es óbice suficiente para expulsar a esa existencia de tu vida, decir no sin mirar atrás y borrar – ante la imposibilidad real, torpedear – todo rastro de lo previamente compartido. Pero qué pasa cuando uno quiere eliminar sin ser eliminado, olvidar lo acontecido mientras se sabe aún venerado. Cómo se conjuga una pulsión tan primaria como el extrañar lo que de otro modo no se provee con la absoluta desgana por suplicar su venida. Cómo desentrañar que quien te ha colmado de ilusión ahora sólo provoca en ti la pereza más pura: la promovida por la desazón, por el despecho, por el desdén. Y en fin qué se hace ante tanta y tan notoria incoherencia, en la que uno se reconoce negando a unos lo que persevera en otorgar a otros, a pesar de la dureza del daño infligido, a pesar tan siquiera de sí mismo. Si aún nos supiéramos movidos por el amor nos quedaría ese consuelo. Pero qué pasa entonces cuando ya no puedes decir es que aún le quiero, es que todavía la necesito. No. Ni le quieres ni lo necesitas y si supieras sostener una idea tan retorcida hasta te dirías que echas de menos quererle. De repente consideras que anhelarle le procuraba (al menos) ciertas dosis de lógica a la mera concatenación de actos que es tu vida. No un propósito, no un sentido, pero sí lógica. Escribo para ti porque te quiero. Escribo para impresionarte porque te quiero. Escribo para que me leas tú. Y sí, la pregunta es por ello digna. Qué pasa cuando se abandona ese estado y por ende esa mínima lógica que acariciaba (pues nunca dejamos que nos rozara) nuestras vidas. Lo cierto es que nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos habla de lo que acontece cuando se nos fuerza a aceptar lo que negaríamos más de tres veces, aún sin milagro. Cómo es posible, es la misma persona, la tengo delante, hace tres lunas me habría dejado cortar un brazo (de haber sido el derecho) por él, la mano por ella. Nadie nos advierte de lo rápido que se difumina la mera reminiscencia de lo efímero. Ya está, ya fue, ya pasó. Quisiste y ya no quieres y lo estás pensando de más. Porque quisiera entenderlo de más, quisiera anclarme en el equilibrio. Que alguien nos explique cómo se ha de sobrevivir en este vaivén en el que se siente y se desiente, se insiste y se desiste, y entretanto y para tanto sólo y únicamente se miente. Ni te preparas ni te preparan para la reunión del comité de expertos que sin más decide que se acabó lo vuestro, cuando a ti te habría encantado haber participado en el proceso. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos dormir y ya no podemos hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

“-Tienes que dejar de hablar con él. Bloquearle. Que no pueda ni tan siquiera llamarte.

-No puedo. Eso sería el fin. Fin y fundido a negro.”

Tonterías

-¡Las tonterías son importantes!
-Fun·da·men·ta·les.

 

 

Sí. Las tonterías son importantes, fundamentales, necesarias y -cuando más, cuando menos-, suficientes. Y de tonterías está lleno este blog. Y los Círculos de Podemos. No, no me malinterpreten, en esto soy juez y parte. La proporción entre lo que verdaderamente reviste interés y lo que de tan estúpido provoca carcajadas es suficiente para que merezca(n) la pena. Pero no hemos venido aquí a hablar de la lucha de clases, sino de clases de luchas. La mía por dejar de pensarte, y el tiempo que empeño en hacerlo en largas sesiones de sábado. Lo mejor de pertenecer al Círculo de Bruselas es que tu bandeja de entrada está más animada que Twitter después de cada cagada de Mariló. Entrar en un Google Group de un Círculo es abocar tu vida a hacer clics y eliminar. Mi GMail no conocía tanta actividad desde aquel año en que el hastío del máster nos forzaba a corregirnos cada cinco segundos para ver quién la tenía más grande. Recibo e-mails, como tónica de mis días. Multitud de nombres y todos desconocidos. Y el tuyo, nunca. Nombres bien escritos, mal escritos, apellidos compuestos y descompuestos, apellidos de niño abandonado (a lo Martín López o García Rodríguez) y otros ampulosos hasta hacerte declamar frente al ordenador “háztelo mirar que te has equivocado de partido”. Pero no, porque Podemos no es de izquierdas: es un partido transversal y aquí no hemos venido a hablar de estereotipos, sino de tonterías. ¿Me dices que son lo mismo? No, no me lo dices, porque en tu nombre no recibo nada. Tu nombre no aparece por ningún lado. Lo espero como se espera lo que no va a pasar, no a la Buendía -sería demasiado romántico para nosotros- sino más bien a lo Ariza, mandando a tomar por culo mi tiempo, yo, tú el tuyo, y aquí, entre estas líneas, el de todos. Cada uno en salas diferentes donde siempre suena otra música, queremos pensar, no tan diferente. Mis salas me llevaron hace poco a un concierto de Piovani. Tres butacas a mi izquierda un grupo de cuatro amigas dejaban de prestar atención a la música y se miraban, más pendientes de reconocerse el tamaño de sus pestañas. A una de ellas empezó a sonarle el móvil. En el intermezzo -déjame al menos aparentar la finura que mereces- tres gentileshombres se le acercaron y le pidieron, por favor y mediante fórmulas arcaizantes de cortesía que dudo mereciera, que apagara su teléfono móvil. La tipa -o no, arcaicémonos aquí también- señorita tuvo aún el descaro de reírse de tales peticiones, girándose hacia sus amigas (las del concurso de pestañas) y quejándose de los maleducados que se le habían acercado, a ella, la personificada evidencia de que si sabe lo que es una clave de sol es porque vio el símbolo una tarde de tiendas. Cuánto te pensé en ese momento. Mi teléfono, en silencio y no por cortesía, educación u olvido, sino porque me gusta la música y así, la respeto, estaba en silencio, sí, y sin ninguna llamada tuya. Quizá la llamabas a ella. Quizá fuiste tú e intencionadamente la llamabas a ella. Sabías que estaba allí por Facebook, cómo no. Foursquare y geolocalización y baje aquí el Hubble a ver cómo me paso dos horas mirando al del fagot porque qué se viene a hacer si no a un concierto de filarmónica. Otro selfie en Facebook a la salida. “My kingdom for a mascara.” Facebook, o ese otro lugar en el que tu nombre tampoco aparece, y sí otros que yo no quiero. Que nos tomemos un café un día a la salida del trabajo. Que si estoy libre hoy. Depende. Si a esa pregunta te contestan con inusitada vaguedad gallega y tú ahí sigues al toro mereces morir por intoxicación de melodías de Jarabe de Palo. Contigo no sería así, ya has demostrado no dar pie a tan siquiera un mísero «depende». No todos son como tú, lamentablemente, también afortunadamente. Los hay que ven luces donde no hay farolas, las hay que venden la piel del oso antes de cazarlo. Sí, es probable que nos estemos montando películas sin haber visto el tráiler. Igual de probable es que estemos perdiendo el tiempo como auténticos subnormales, deshojando margaritas como si las repartieran con cupones del súper, que no hace falta haber cursado tanta tontería y mucho menos algo de psicoanálisis para ver caparazones ni honestidad brutal disfrazada de absoluta perdición. El querer y no querer, el sí y el no, esta ambivalencia nuestra: ¿la tenemos o es inventada? Inventada, sí. Como te invento yo a ti. Como vivo, inventándote cualidades que no tienes. Inventándote yo. Y, entretanto, pariendo tonterías.

 

 

 

 

 

De la literatura entendida en clave existencial y otras mierdas entre líneas

I need an interventionist
to intervene between me and this monster.
And save me from myself, and all this conflict.

 

Hay un momento, cuando se llega al punto final de una novela, en el que el lector (cualquier buen lector, no vengan con remilgos) experimenta una suerte de vacío momentáneo, tremendamente intenso, en la que se dan (y no exagero) en fragmentos de tiempo francamente ínfimos pinceladas de soledad, arrebatos de alegría, un ligero toque de decepción y una pizca de orgullo. Ningún MasterChef ha conseguido la receta, se lo aseguro.

Y justo después, vacío. Muy rápido, prácticamente efímero. Pero vacío.

Y sepan que vacío tiene catorce acepciones en nuestro diccionario. Catorce, porque para intenso, el castellano. A efectos explicativos, vamos con la 12. Falta, carencia o ausencia de alguna cosa o persona que se echa de menos.

Yo, que tardo en conciliar el sueño porque a la 1 a.m. de cada tres días pares y uno impar me arranco en hacerme partícipe de mi existencia (nada grave, sólo recuerdo mis aptitudes como mortal y sus parejas consecuencias y, sin más, no puedo dormir) admito que ese vacío (el existencial, el vacío Whiskey Tango Foxtrot) es bien parecido al del punto final de una novela. Parecido por lo inmediato e imprevisto de ese arrebato de consciencia que uno siente cuando termina una novela. Importa poco la calidad de la misma. Si la has disfrutado ese vacío se torna doloroso. Si no la has disfrutado – porque hay novelas malas, muy malas y malísimas (no escritas por rusos), además de dolorosamente largas – al vacío le acompaña la consciencia del tiempo perdido que tú, que no eres Proust, no podrás volver a buscar. La culpa por la sabida obstinación, por la manía de terminar lo empezado. La desazón que provoca el fraude.

El vacío es, y por ello se da. Y para luchar contra él, lo mejor es agarrar otro libro. Es el Bloody Mary a la resaca, el post break-up sex, el cum laude tras la suma. Sin pensar. Sin pensar. Sin pensar. Auparse veloz y de una zancada postrarse ante la estantería. Aparentar, con el mayor de tus acopios, que sabes qué te apetece leer. Cuando, no. No mintamos. Nunca sabemos qué queremos leer.

Aparentar, sí. Muchas veces – porque la literatura es el mayor arte que ha parido este planeta – el siguiente libro supera al anterior, o así te hace sentir al principio (las primeras páginas de un libro al que se pilla el ritmo son muy similares al enamoramiento, lo sabrán). Pero ante la estantería, antes de venderse a la obligación de mostrarse decidido, uno se reconoce afectado por lo que acaba de terminar, confuso, atolondrado.

Y estás, todavía si cabe, aún más perdido.

Y dejas tu trabajo.

No, ya sé que no. Pero yo sí, he dejado mi trabajo. Decidí que los libros no son suficientes para aliviar todos esos pequeñitos vacíos y que quiero ser feliz. Sí, en algún momento revestido -cómo no- de profundo y subterráneo vacío existencial pensé que la felicidad no es virtud a perseguirse por demasiado complicada y, si bien esto sigolo manteniendo, demasiado expuesta al azar. No, ya no lo pienso, tranquilos; soy una más que clama a los cuatro vientos que Quiero Ser Feliz. Así que sí, repito: he dejado mi trabajo. Eso me da ocho diarias que llenar. Imagínense la catarsis de cada uno de mis vacíos. Más de uno ha empezado a creerse molécula digna de Big Bang.

Así que leo, y veo películas. Lo que hacía antes, sólo que más, aún, más. Ayer, sin ir más lejos (que no hay dinero para viajar) vi una película italiana -cuando me da por el cine italiano no hay quien me ate y lo peor es que siempre me da una nueva punta de ingrata envidia “por-qué-en-mi-país-no-es-así”- y, cuando la terminé, tuve la mítica(mente asquerosa) sensación de “por qué no he dado con esto antes”. Nota mental para otra entrada de blog, antes de liarme: uno sabe que se está haciendo mayor cuando, cada vez más a menudo, entra en este estado de torbellino emocional de “por qué no he dado con esto antes”.

La cuestión no es esta, sino una simple escena en la que una chica va a buscar a su novio, fidanzato, cosa con la que se ha acostado una vez y como es Italia y no hay condones (se ve), está embarazada. Ella va con la intención de decírselo y él es tan borde y desagradable con ella que cambia de opinión. Pero le acaba espetando algo así: “a ti te gustan los libros porque puedes cerrarlos cuando quieras; pero la vida no es así y no siempre decides tú”. Aplausos. Pero el tipo le da una contestación maestra -una que nunca habría podido concebir un guionista español- y le dice: “te equivocas; en mi vida lo he decidido todo yo, incluyendo el hecho de que no quiero verte más”.

Más aplausos. A los cinco minutos de esa escena el receptor de tan cruento mensaje se suicida. (Por si se han preocupado, yo sigo aquí y acabo de cerrar otro libro para sentirme mejor.)

Bromas aparte, ahora es cuando confieso la total y absoluta ambivalencia que siento para con Italia, y entro en otro bucle de autoengaño, y salgo por tres estereotipos y recitando escenas de Moretti. Qué razón tiene ella cuando me dice que vago y divago.

Así que, por su bien, volvamos a la chica embarazada y a su comentario sobre los libros.

Vengo a decirles -porque, como muy bien me critican, yo solo sé hablar de mí y aquí he venido a hablar de mi libro- que, en nuestras vidas, podría ser todo así de fácil. Pasar página, y empezar otro libro. Pienso que nunca pensé que la vida fuera a ser difícil, y encuádrenme en mi propio contexto, no el suyo. O encuádrenme en el suyo. Dejamos cosas sin tener a dónde ir, relaciones sin habernos asegurado el rebote, amistades sin haber labrado las siguientes. Quién, y bien pregunto, ¿quién?, va a otorgarnos la certeza de que todo irá bien al final. Ni cuánto tiempo tardará en llegar ese intermedio final.

 

la foto

 

No soy yo porque no me he comido recientemente a una nadadora. Pero así estoy. Así de perdida. Y seguiré perdida. Me mude o no a la otra punta del mundo.

Eso sí, siempre con un libro en la mesita. De los que se abren y se cierran cuando uno quiere. Los que te hacen reír y llorar, pero con belleza. Los que te ayudan a pensar y no entorpecen el camino. Los que te llevan a ver que tú ya sabes el camino, pero qué fácil es pararse a leer y actuar como si no.

Sí, podría ser todo siempre así. Porque con los libros puedes hacer trampa y espiar el final. Si has leído mucho, puedes predecir sus cuitas hasta que dejen de doler. Puedes saltarte los fragmentos aburridos y leer únicamente las partes verdes (nota para futuros lectores de Los Pilares de la Tierra). Y si no te gustan, los puedes dejar, y no te hacen daño.

Y si se pierden, te puedes comprar otra edición. Y no te hacen daño.

 

 

 

Venezuela para literatos

 

Es esta la historia de quien se fue dos semanas a Venezuela, aquella que Américo Vespucio nombró, presa del extrañamiento, cuando al desembarcar lo que vio le recordó a la Venezia italiana.

La Venezuela que es mil veces mejor que la Venezia italiana.

Cuando, el Jueves Santo de 1812, un terremoto asoló Caracas y otras ciudades de la costa venezolana -algo que la Iglesia de entonces consideró un castigo de Dios por haber luchado por la independencia- Simón Bolívar se dirigió a los suyos y les dijo: «si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella, y haremos que nos obedezca».

Ella y un Libertador.
Ella y un Libertador.

Ella -pues es ella a quien nos referiremos- se preguntaba cómo sería luchar contra su naturaleza y hacer que la obedeciera. Ella, que como dijeran aquellos versos de Cernuda, no conocía más libertad que la de ser presa de alguien cuyo nombre no puede oír sin escalofrío.

Ella sabe, con casi todas las certezas posibles, que cuando regrese ocurrirá lo mismo que casi todas las veces certeras. Ella habrá vivido tantas cosas, en tan poco tiempo, que se sentirá volviendo de un estado de ebullición en el cual el tiempo no era ya relativo, sino otro por completo diferente. Cuando regrese se sabe que será con el pecho henchido -ella, que ha conocido letras superiores a la B sólo en aviones-, y también que aterrizará sobre sus lugares comunes de antes. Que los amigos le contarán las novedades, y que a ella le resultarán nada novedosas. Las habrá que hayan engordado, adelgazado, envejecido incluso, si el tiempo hubiera sido en efecto otro por completo diferente. Los habrá que hayan encontrado el amor, y quien lo haya perdido, aunque en perder el amor ella siga entendiendo una suerte de bendición en forma de eterno retorno de la libertad. Los habrá que compartan su punto de vista y quien, sin encontrar el amor, haya encontrado en dos semanas asilo y refugio en más de una cama.

Ella aterrizará, qué duda cabe, desde un país que exporta misses, telenovelas y petróleo. No en ese orden, pero sí en barriles Brent, a razón de varios litros de sudor -y aún más de sangre- por minuto. Exporta eso, y nada más. Pues es un país al que alguien, en algún momento de su historia, le hizo creer que no valía más que aquella simiente negra que corría bajo sus tierras.

Qué equivocados estaban, pensaba, los que no se maravillaban ante un país donde la guardia del aeropuerto te pregunta por qué hay en tu pasaporte letras “como en musulmán”. “Es árabe”, les contesta. “Es poco usual encontrar esto, señorita, y más con tantos sellos; dígame a qué se dedica usted, qué fue a hacer a ese país”. Y el recuerdo de por qué fuiste a Arabia Saudí la sacude de pronto, y muy fuerte, y presa una vez más de su propia naturaleza no sabe qué responder.

Un país donde te insisten para que pruebes sus cervezas, de cuatro grados, y tú rebates que no, que estás aprovechando tu estadía para desintoxicarte de una vida de excesos. Quizá sea por eso, porque te ven como alcohólica empedernida a reformar, quizá -sea esto más probable- porque vuelves a tener la suerte de conocer a gente increíble allá a donde vas.

 

Birongo, Venezuela.
Violeta, Flor de Birongo.

 

Vienen, y te llevan a cenar pizza al horno de leña, a comer sushi con plátano tostado, a subir el monte Ávila -y tú en Converse, ojos de princesa-, a probar bombones de lujo “hechos a la manera belga”, no vayas tú a extrañar lo que no es tuyo pero también te pertenece. A comprar libros, libros, libros; a montar en vagones de CAF y, a la salida, ver la CAF por la que suspiras. A conocer los paraderos de ese personaje que tanto idolatras, esa línea más entre el amor y el odio que ha sido siempre para ti Simón Bolívar. Y al teatro, glorioso teatro, donde no puedes sino interpretar como una señal que una de las protagonistas se llame Violeta. Como tú, y con sólo una t, que dos -es sabido- son demasiadas. Un teatro como tú: ávido, exigente, discursivo. Y no te preocupes, que no abandonarás el país sin tener grabado a fuego en tu memoria el bigote de Juan Vicente Gómez. El de Maduro, por descontado. Que al fin y al cabo, es Movember.

Y no sufras que tú, el Salto del Ángel lo ves antes de poner un pie fuera de Venezuela.

Venezuela: el país donde te ofrecen 200 bolívares al día por picar cacao, pero la carne de lapa se cotiza a 10.000 el kilo. Donde 10 litros de gasolina cuestan sólo 1 bolívar, lo que supone 0,11 euros al tipo de cambio oficial – no queráis conocer cuánto usando el paralelo. Lo mismo cuesta un ‘ticket’ de metro. Pero un país, también, donde te encuentras con que un desodorante marcado en 16 bolívares cuesta 52 cuando llegas a la caja. “No señorita, esto ha subido desde que usted lo tomó hasta ahora; lo paga, o lo deja.” Cómo cambia la vida en un pasillo, piensa.

Donde ha conocido una izquierda que desconocía, y una derecha que no querría conocer.

Uno que no se visita por miedo y que, de tan interesante, se convierte en convulsamente maravilloso.

Ella aterrizaría, sí.

Pero aún tenía tres días para encontrar a quien, como profiriera Bolívar, la comandara a luchar contra su propia naturaleza.

Si es que en algún momento fuera eso lo que ella en realidad quisiera.

 

Ella y la sonrisa de felicidad.

 

 

 

 

 

Más países para literatos:
1.- Líbano para literatos.
2.- India para literatos.

Gabriel, Oscar, Fiódor, William

 

En El Quijote, en esas páginas que son mi patria, Miguel alumbró un fenómeno literario que, luego, muchos estudiaron y otros tantos copiaron. Antes de Vince Gilligan y Breaking Bad – que han tocado el cielo con las manos y nosotros con ellos – Miguel nos enseñó que la literatura, como la química, es el estudio de la transformación.

En El Quijote, en esas páginas que son la máxima expresión de mi lengua, Alonso es el loco, el defensor de las causas perdidas, el lector empedernido, el que se torció de tanto leer y persigue que su vida sea como la de esos libros que tanto le han dado. Los libros que la vida le han dado. Sancho, por su parte, comienza siendo un personaje menor, pero es el menos menor de los personajes mejores y, ya en la segunda parte, protagonista en exclusiva de muchos de los mejores fragmentos de la novela. De hecho, en ese impasse que es Barataria se nos muestra a un nuevo Cervantes y a un nuevo Sancho. Pero no es hasta el final, hasta ese glorioso y desaforado final – que Alonso es ya Sancho y Sancho ya no es más que Alonso.

Cómo a lo largo de tantas páginas Sancho aprende de Alonso y se va convirtiendo en él, y cómo Alonso deja de ser sí mismo para ser nada y morir triste, es un viaje que cada uno ha de hacer y sobre el que ya no me atrevo a escribir. Su pulsión no es sólo una afrenta entre una personalidad realista y otra idealista, ni sólo entre dos modos de ver la vida. Son dos opuestos que en un comienzo afrontan su camino en común de maneras muy polarizadas, van acercando posiciones, y terminan intercambiando caracteres. Su propia relación y el amor que se demuestran se alteran en esta balanza. Y dudo que haya novela en la que se muestre una relación siempre tan descompensada y tan llena de desencuentros, que únicamente se equilibra en dos puntos convergentes (principio y final) con la maestría con la que lo hace El Quijote.

En esta historia menor, la menor de mis historias que es mi andanza y continua desventura por este siglo perdido y de perdición, a mí -como a Alonso- unos señores llamados Gabriel, Oscar, William, John, Robert, Julio y Jorge, tuvieron a bien llenarme la cabeza de pájaros. No fue Amadís de Gaula ni caballeros de alcurnia y escarnio, pero mi madre bien quiso las más de las veces purgarlos de mi existencia para que esta viera otra luz que no fuera la de los libros. A través de ellos Oscar me hizo creer -y demasiado- en la belleza; Gabriel me dijo que no pasaba nada por esperar toda la vida, siempre y cuando tuviera yo cuidado pues si me condenaba a la soledad no tendría una segunda oportunidad sobre esta tierra; Jerome me enseñó a escapar como mejor salida hacia adelante, a nunca dejar de buscar la respuesta de mis propias preguntas; Vladimir, a no pedir perdón por lo que se ama, a saber que se ha de amar con pasión y, si no, mejor no amar; Fiódor, que mis vicios determinarían mi personalidad, y lo que ahora soy, porque somos aquello que amamos, pero más aún aquello que nos consume.

 

From hell's heart I stabbed at thee.
From hell’s heart I stabbed at thee.

 

Como Alonso, necesité, necesitaba, un personaje secundario que me bajara de las nubes al Hades que es este mundo. Mi Caronte, mi Sancho, mi personaje secundario siempre ha sido Guiomar. A ella le gustaba la moda lo mismo que a mí me asustaba; ella ha sido de bicicleta y calle lo mismo que yo de leche caliente y periódico; ella es irónica cuando yo me enredo en el sarcasmo; y hasta esta segunda parte de nuestras vidas, ella ha sido la borde y nada cariñosa, y yo la empeñada en demostrarle al mundo cada ápice de mis sentimientos. Pues era yo quien le recriminaba su frialdad y buscaba su afecto; y ahora soy yo quien descubre palabras de desagrado por lo que era y he dejado de ser.

Porque era la chica que, durante cuatro años, subió cada noche a un quinto piso buscando el abrazo de Alberto. La que, día uno y otro también, buscaba la frase perfecta para adornar con su letra y alegrarle el día a Antonio. La que fallaba una y otra vez y fallaba mejor todavía. La que se enamoraba y lo decía, porque quién no iba a enamorarse perdidamente a los veinte años con tantos hombres de tu vida como parecía haber. Era también la que decía a los amigos a los que quería que los quería. Porque -entonces- no parecía haber problema en decir te quiero, o te necesito, o quiero que estés aquí.

En algún momento al comienzo de la segunda parte y con mi Sancho en su propia ínsula valenciana -no sé si, quizá, porque alguien murió y se llevó a mi Alonso interno consigo- me convertí en esto que soy; en la chica que se va por la mañana, la que abandona y no lucha por lo que quiere; la que confunde capricho con puro y genuino sentimiento, amor con simples ganas de pasarlo bien; la que se acostumbra a lo que no merece, vive por inercia y viaja pensando -esperando- que en algún lugar de este mundo lo que busca la encontrará. Pues no sabe qué busca ni ya tan siquiera qué significa encontrar.

No sé en qué momento, y no hay noche de insomnio que me haya ayudado a recordarlo.

Y no es que no quiera ser Sancho, es que a mis ojos de extraterrestre les iba mucho más la mirada romántica de Alonso.

 

And for hate's sake I spitted my last breath at thee.
And for hate’s sake I spitted my last breath at thee.

 

Que así, podría volver a ver gigantes donde sólo hay pusilánimes.

Cariño en lugar de mera cortesía.

Y sentiría alegría a la luz de fortuitas y nada elaboradas mentiras.

Pues no quiero sentirme más como un moribundo Alonso, sin un Sancho que clame por que volvamos a salir a derrotar molinos, a cabalgar palabras, a crearnos una vida inmortal de la que alguien, algún día, hablará con orgullo.

Vale.