Cosas que no te dije en Roma, pero porque no estabas

«Sabía, al igual que Chéjov, que el interés por nuevas ciudades no es tanto llegar a conocerlas como escapar de otras anteriores

Chi sei tu?
Chi sei tu?

Escrito en Roma, en la madrugada del 5 al 6 de abril de 2015, como una nada a la altura continuación de Cosas que no te dije en Roma.

 

 

 

Todo empezó con David Trueba.

Todo empezó con una entrevista a David Trueba en Carne Cruda a la que llegué porque en el mismo programa Javier entrevistaba a Francisco Nixon. Trueba presentaba su nueva novela, Blitz, y Fran su nuevo disco, Lo malo que nos pasa. Y ya me conoces, mi capacidad para agarrar algo y no soltarlo, volcarme del todo hasta exprimirle el último de los detalles. Escuchar mil veces que lo malo que nos pasa es todo por salir de casa. Oír a Fran hablando de Sergio Algora y recordar que gracias a que dejaste de ser en mi vida recuperé a La Costa Brava y El Niño Gusano. Saber de Muy Poca Gente, y de Ricardo Vicente. No parar de escuchar, descubrir, mientras tanto pensar. Comprar Blitz y devorarla en dos días. Que, a través de Blitz, Amazon me recomiende una novela de una tal Milena Busquets (También esto pasará), descargarla y devorarla en otros dos días. Y mientras tanto, en Roma. Pensando en todo lo que te diría si estuvieras conmigo en Roma, a pesar de que no hubiese querido, bajo ningún concepto, tenerte conmigo en Roma.

Todo empezó con David hablando de la orfandad. Blitz no es una gran novela. Es tremendamente inverosímil (lo sé, siempre defenderé que la ficción es ficción, pero en ningún momento me creo al treintañero follándose a la vieja, lo siento, por muy buena que sea tu intención de hablarnos de lo irremediable del paso del tiempo y que hemos de curarnos de preocuparnos tanto por envejecer), no está particularmente bien escrita (lo sé, David es mejor guionista y no tan buen novelista, pero Saber perder y Cuatro amigos tenían, al menos, personajes bien perfilados), pero sí tiene esas pequeñas píldoras tan características de él y que hacen que yo le admire tanto, aún teniendo -de lejos, y añoz luz mamma mia- la voz más fea de todas las voces posibles. Lo juro, me follaría a David Trueba, con gusto. Pero que no me hable en absolutamente ningún momento del coito, acto, momento, lugar. Nin-gu-no.

Decía David, y pese a la fealdad de su voz con mucho acierto, que cuando uno se queda huérfano nadie viene a decirle «no te preocupes, encontrarás otro padre». Pero cuando alguien desaparece de nuestras vidas todo son peces y peceras, y a algunos sólo les falta ponerse en plan Sebastián y soltarte que siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar. Y David continuaba con que aquello le parecía una muy bonita soplapollez, porque aunque no sea enteramente comparable, la sensación de pérdida y vacío se asimila momentáneamente a la de la orfandad, y que el agujero que te dejan te lo dejan aunque luego vengan otros amigos parejas y perros. Que la cuestión de fondo, señores, es cómo sobrevivimos al y con el agujero.

 

«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»
«-Marforio, qué pesada se pone la gente con la mierda de los panes y los peces. -Dímelo a mí, que no me dejan en paz.»

 

El protagonista de su novela lo hace follándose a una vieja, cosa que no me parecería mal si me atrayeran lo más mínimo. No somos en esta casa de hacer ascos a nada que no sea votante de Ciudadanos. Pero no me molan las viejas en general, tampoco los viejos en particular. En realidad en eso no he cambiado y sigue sin gustarme nada que sea real. Con lo que para llenar los agujeros, o mis agujeros (David falló al no especificar si nos pertenecían o no, pues los generan otros por nosotros) me voy de Bruselas. En un mes, cuatro ciudades, en cuatro fines de semana seguidos. París Berlín Ginebra Roma. Todo para terminar con la sensación de que a pesar de haber hecho millones de cosas mi cuerpo está igual de fatigado y mi cabeza igual de perdida. Todo para terminar en Testaccio cenando con Mauro y confesándole que estoy perdida, extraviada, hasta el punto de que ya da igual Bruselas o no Bruselas, y el problema quizá no sean las ciudades sino el afectado desapego que muestro para con todo. Mauro tuvo a bien recalcar (así es él) que lleva escuchándome decir eso desde que me conoce. Lo sé, soy un puto broken record, y aunque no lo creas estoy ya cansada de que cuando me preguntáis cómo estoy y qué tal va mi vida la respuesta más natural y sincera que me salga sea esa, que estoy perdida. You have to live more, come on, si lo piensas has estado en cuatro ciudades estas últimas semanas, has hecho miles de cosas. Sí, y debería sentirme mejor, lo sé. Pero no se va, esa continua sensación de «no es suficiente». No deberías sentirte así, eres muy joven aún. Sí, soy joven, y siempre hay ritmo, ritmo marino bajo el mar.

El viernes, paseando con Mauro y pensando -claramente- a y en otra persona, me di de bruces y me llevé una hostia de narices y una rodilla ensangrentada. Para colmo iba en vestido y medias, con sus correspondientes tacones, porque esta vez me metí mucho en el papel de Vacanze romane. Pensé mucho en mi madre y en lo mucho que quería que estuviera allí conmigo, aunque sólo fueren cinco minutos, para rociarme de agua oxigenada, como cuando era pequeña y me caía cada tres por dos, por torpe y pensativa (hay cosas que no, no cambian). Mi madre piensa que no la quiero, lo piensa de verdad, y es cierto que a veces aparento desquererla, pero eso lo hago con todo bicho viviente al que sí quiero y de verdad. Querer consiste en eso. Y entonces leí, en También esto pasará, que el verdadero amor es por definición ambivalente, que sólo se puede querer aquello que al mismo tiempo te provoca sentimientos encontrados. Y pensé en toda la gente a la que quiero, en Guiomar, en Paula, en Esther, en Blanca, también en Alberto, en cómo les quiero completamente, y en cómo muchas veces también querría arrancarles la cabeza porque pueden llegar a sacarme mucho de quicio. Y en cómo yo también a ellos les saco mucho, muchísimo, de quicio.

He pensado en todas estas cosas durante estos cuatro días. Y también en ti, y en que te echo de menos. Sin ti soy alguien y sin embargo te echo de menos. Y lo último que pienso cada noche antes de dormir es que a ver cuándo cojones volveré a la normalidad de no volver a pensar en ti nunca más, que al fin y al cabo viví veintisiete años sin conocerte y tampoco me estaba yendo tan mal, follaba y todo. Porque esto de echarte de menos a medias cansa. Esto de no saber si eres o no un agujero, agota. Y agotan los amigos (no los buenos, los buenos me conocen y saben que lo detesto) con su «encontrarás a otra persona». Qué persona ni qué leches, gilipollas, que a veces sois todos un poco gilipollas. Esto no va de esperar a ninguna persona, ni tan siquiera de buscar a una u otra persona, ni de querer (a) una persona. Esto va de querer volver al estado natural de cada uno, en el que no se es huérfano de nada. Esto va de David teniendo más razón que un santo, va de que las categorías no sirven de nada, mi pareja, mi amante, mi mejor amigo. Tendremos muchos, y menos mal, pero los que se van se llevan algo de ti consigo, así vayamos todos de machotes por la vida.

Y también, por pedir, quiero poder hablar de mí sin que se note que soy yo, quiero decir, que está bien inspirarse en la vida de una y el egocentrismo nunca me ha parecido mala cosa si está bien canalizado, pero veo que hay mucho cotilla por ahí suelto que sólo se mete aquí para ver si hablo o no de él, para más inri luego soltarte que «no, si yo apenas me meto, pero justo aquel día y leí aquello y quería saber si lo decías por mí». Chico, la próxima vez pongo tu nombre al lado con luces de neón. No te angusties de más que te estalla la meninge que te queda. Pero dejemos ya de hablar de mí, porque ahora escribo porque no puedo dormir y todo se agolpa en mi cabeza sin darme siquiera la posibilidad de plantarle una coma a todo esto como Dios manda. Me duele la rodilla cada vez que respiro. Y tengo que despertarme dentro de tres horas.

Puto David Trueba. No es medicina para una neurótica.

 

 

 

 

 

 

(No lean Blitz a no ser que sean, como menda, devotos del Sr. Trueba. Lean También esto pasará, porque de tan honrado da igual que esté o no bien escrito. Es bello per se, como ejercicio literario. Hagan caso. Y, para sus agujeros, masilla.)

 

 

 

Cosas que no te dije en Roma

Escrito en Roma, un 4 de febrero de 2014

Vine a Roma buscando hombres que no existen.

O quizá fuera una idea, ya no lo recuerdo.

Cuatro días y tres noches después, de lluvia constante e inconstantes destellos de belleza, me siento sobre una pieza de mármol (una más en esta ciudad marmórea) a contemplar un atardecer igua al que habrán contemplado ellos.

Y, sin embargo, tan diferente.

Pues ellos no existen.

Vine a Roma siguiendo tu estela, Jep. Desde que te conozco, no he dejado de pensar en ti. Mis amigos se ríen: ninguno logra entender -bien prefiero pensar que yo no logro explicar- por qué tú. Tú y tus 65 años recién cumplidos.

Pero eres tú y tu manera de vivir, entre la mediocridad y la belleza, entre la desidia y la más profunda hipocresía (la tuya, la suya); esa mirada lacónica, que aprecia y desprecia al mismo tiempo. Que se sabe y se desconoce al mismo tiempo.

¿Sabes, Jep? Conocí a alguien que me dijo que tenía que aprender a ser feliz. Con él fui muy feliz, pero un día decidió que el esfuerzo ya no merecía la pena y se marchó, balones fuera y yo tengo que aprender a ser feliz. Balones fuera para mí también: ¿acaso no todos tenemos que aprender? Desde entonces vago aún más, aún más sin rumbo, y sin rumbo alguno te busco a ti y a otros hombres que no existen. Andrés me repite los días pares y los impares también que yo lo que quiero es un novio, y yo le intento hacer ver los días impares y los pares también que yo lo que quiero no es lo que ya he tenido, pero tampoco lo que ya no tengo. No quiero más sliding doors ni historias sin terminar. Quiero poder mirarte y estar segura de que tú y yo, juntos, no tenemos nada que hacer, así como miro a otros y no encuentro duda alguna en que la pasión, el sexo, nada tiene que ver con el amor. Que todo muera, que la amistad se acabe, que yo envejezca y presa de todas las inseguridades que me abaten camine pese a todo despreocupada, no así desvencijada. Volver a sentir que da todo igual, pues eso ha sido para mí el amor. Sentir que todo lo demás no importa.

Sí, Jep. Vine a buscarte a este país que tanto amo, y que tanto odio. Vine para intentar entenderte, a ti, a mí, a nuestra extraña relación con la felicidad. Aquí descubrí lo que escondes, al menos parte de lo que escondes. Descubrí que cuando Ramona te pregunta por qué ella, por qué la invitas a tus fiestas, por qué la buscas, si tienes otros amigos (para qué mentir, otros y menos aburridos, más similares, parecidos, ecuánimes). Y tú le contestas: “quizá algún día te lo diré”. Pero ella muere y tú no se lo dices. Y todos moriremos, quizá mañana, y no lo habremos dicho. A ti Roma te absorbe, y yo me quedaría, pero aquí no hay nada para mí salvo una constante búsqueda (bajo el sol, ahora) en la que sé que no voy a encontrarte. Que tu Roma es la capital de una Italia que sigue siendo la misma. Sí, también la misma de Gramsci, de Malatesta, de Fo, Calvino, Camilleri, Veronesi, Ammaniti. Sí, Jep, tantos otros. No he de mencionarte a Moretti, a Pasolini, a ti, que has respirado un país de cine en el que no se aprecia ese cine. Sí, es la Roma de ellos también, pero nunca mía. Algo hay, algo me aleja de todo esto. Algo hay que hace que te ame en la distancia y que tenga tanto miedo de volver a verte. Algo hay en mí que sigo sin poder reconocer, por muchos libros que lea, películas vea, ciudades visite. Y no es mi grande bellezza.

 

Roma. Esterno. Tramonto.
Roma. Esterno. Tramonto.

 

Veo atardecer en tu ciudad, a la que llegaste con 26 años. A la que yo llego, per la prima volta, con 26 años. Pero yo, a diferencia de ti, no soy ninguna reina, y menos aún la reina de los mundanos.

Veo atardecer y pienso que quizá tengas razón.

Es sólo un truco.

 

[-Viole-t-t-aaa!!!
-Mauro!
-I got you writing?
-Yeah, I was writing a little bit, you know.
-Come on! I made a reservation, we ought to leave…]

 

(Ci vediamo presto, amico.)

 

 

 

 

 

Mi 2013

 

Ayer fui al cine a ver una película que ya había visto. El cine, pensé, no tiene nada que ver con el sexo. Un visionado es suficiente para saber si la película te gusta o no. Si el cine te gusta mucho -y te gusta de verdad- encontrarás muchas buenas películas que adorar. El cine es, creo, el arte que permanece más sano y que mejor ha sabido superarse, retarse, conseguirse, ensalzarse. Si el sexo te gusta mucho (primera lección de 2013: hay gente, más de la que creemos, a la que no le gusta el sexo) es difícil encontrar muchas buenas parejas con las que congeniar. Y un visionado no es suficiente para saber si la pareja te gusta o no. Las buenas primeras veces, eso sí, son igual de improbables: en el cine, y en el sexo. La pasión engendra pasión, sí, pero el regusto que nos queda al terminar una película (o un polvo) suele ser una satisfacción (maravillosa, no lo negaremos) y ya: una satisfacción. Abandonar un nuevo portal es como abandonar una sala de cine: pues salgo de allí henchida, risueña, con una media sonrisa muy pícara que simboliza una pulsión de lo más primaria, que me lo he pasado bien. Pero eso sí, cuando das con una buena primera vez es cuando más se parecen el cine, y el sexo. Las buenas primeras veces te turban, se enquistan y, sí, dan miedo. Si pruebas algo, si descubres algo que te trastorna, temes no volver a sentirlo. Ese polvazo puede haber sido una conjunción (muy fortuita, y gracias fortuna) de circunstancias azarosas que no vuelvan a repetirse: el alcohol, la libido, el lugar, los fetiches de cada uno. Ese peliculón puede haberte marcado (a ti, que no has cambiado tu Top #5 desde hace diez años) por haberte pillado desprevenida, sí, simplemente porque estabas afectada por la más profunda melancolía, esa que siempre generas consecuencia de todo tu esfuerzo inútil. Lo diré: ayer fui a ver La Grande Bellezza porque quería acabar el 2013 de la misma manera en la que lo empecé y lo he atravesado, como esta suerte de Violeta Gambardella que observa por inercia y recela con ironía de toda la mediocridad que la rodea. A Jep le preguntan por qué no vuelve a escribir una novela y contesta que Roma no se lo ha permitido. A mí, mis amigos me preguntan por qué no escribo de una maldita vez una novela y no contesto, pero si contestara les diría que yo no me lo permito. Sí: revisité mi polvazo/peliculón el último día del año que tuvo a bien traerlo a mi vida, el último día del año en el que más me he reído en, qué coño, muy probablemente un lustro. Lo revisité y salí del cine henchida, con las mismas ganas de agarrar un avión a Roma que sentí la primera vez, a pasearme sola como Jep, a fijarme en todo y en nada, como Jep, a que me digan que no soy nadie, como a Jep. Porque no soy nadie, o al menos no alguien que pueda expresar todo lo que una película le ha hecho sentir sin sonar abigarrada, arrogante y altanera (segunda lección de 2013: estamos más solos de lo que pensamos, en lo que nos gusta estamos cada vez más y más solos de lo que pensamos).

Pero Jep tiene razón. In fondo, è solo un trucco.

En el fondo, es sólo un truco.