De la soledad entendida como una de las bellas artes

"I took a little lady I like to call loneliness… with her friend, humiliation."
Leonard Hofstadter in The Big Bang Theory, when asked who did he take to his own prom.

 

Al comenzar este año escribí que “en lo que nos gusta, estamos cada vez más solos de lo que pensamos”. Hoy añado: estamos cada vez más solos, y lo notamos de más. Lo notamos cuando se toca lo que de verdad nos emociona, lo que nos corrompe las entrañas. Para quien ha pasado el grueso de su existencia solo, sin figura paterna por práctico abandono, sin figura materna por descomposición, sin hermanos por temprana inexistencia y sin amigos por completa inapetencia, la soledad es la norma y, la compañía, tantas veces ni tan siquiera el gusto.

Y, sin embargo, cuán pesada se hace esa soledad cuando no se pretende.

Escribí esto unas horas después de quedarme sola en una sala de cine. La película, no importa. Que me gusta el cine es algo que se sabe y que deviene notorio para cualquiera que conmigo se cruce. Fui sola, sí, pero la sala estaba llena, pese a lo intempestivo de la hora. La película en cuestión me ha tocado el alma como ninguna otra pieza artística lo ha hecho en mucho tiempo. Mucho tiempo es mucho tiempo. A partir de la primera hora -y son casi tres- ya estaba emocionalmente destrozada. Pero ante imágenes que me tenían encogida, y llorando, y deseando vivir y morir allí al mismo tiempo, otras personas se daban a la risa. La más cruenta y desvergonzada risa.

Eso, y no otra cosa, es auténtica soledad. Al terminar la película, todo el mundo se ha levantado. Nadie -y esto pasa muy pocas veces- se ha quedado hasta el final conmigo. En un momento en el que yo siento haber visto una película que está más allá de la mera concepción de obra maestra, pasan los minutos de crédito, y de descrédito, ante la inesperada falta de otra fuerza de calor que no me haga sentir tan profundamente sola.

Y es entonces cuando pasa por delante el acomodador, que ha entrado sólo un momento a recoger la sala . Y es entonces cuando su presencia me hace darme cuenta de que he de aceptar que estoy cada vez más sola, pese a haberlo estado ya la mayor parte de mi vida.

Que, en lo que me gusta, estoy cada vez más sola.

Y que no quiero estarlo.

Pero no estar solo implica compartirse con alguien, implica ser uno mismo con alguien. Y eso, con mucho, la mayor de las veces es aún peor que estar solo.

Uno puede vivir solo, y estar siempre solo. Into The Wild afectó mucho a nuestra generación, sí, pero sigo pensando que es posible y que la felicidad, por imposible, da igual si es o no compartida. Pero la comprensión no conoce de soledades, y la soledad bien pudiera catalogarse, al igual que el cine, como una de las bellas artes. Cuánta maestría hace falta para doblegarla, cuánto autoengaño se requiere para sobrellevarla. Y qué fácil es sentirse virtuoso cuando uno no llega ni a aprendiz.

 

S.T.A.Y.
S.T.A.Y.

 

Continúo escribiendo en soledad, procurando domesticar a una compañera que hace tiempo ya me domesticó a mí. Termino. Cierro. Y me voy a ver esa película de nuevo.

Con la esperanza, esta vez, de no quedarme sola. Y de que alguien más lo entienda.

 

 

De domingos por la tarde y la muerte del amor

 
 
 
“-I loved you and then all we did was resent each other, try to control each other. We caused each other pain.
-That’s marriage.”
Gone Girl, David Fincher (2014).


Gone Girl, Gone Love.

 

Una vez, hace ya tiempo, un buen amigo me dijo que lo que buscamos en una pareja es alguien con quien ver películas los domingos por la tarde.

Pero no, no es así. Puedo sostener y sostengo que los domingos por la tarde mataron al amor. Cuando Sabina cantó que no los quería, sabía de lo que hablaba. El domingo de la Cristiandad y del calendario gregoriano, y del capitalismo que lo adaptó y lo perfeccionó, tornándolo el día más temido de la semana. La antesala del lunes, el punto y aparte. Cuántas parejas se habrán roto un domingo por la tarde ante el cansancio de no poder seguir siendo lo que ya antes no eran y ahora ya no son.

Ayer fui al cine. Raro en mí, si me permiten la ironía. Y no era domingo por la tarde, pero sí una tarde de cansancio y de películas que te devuelven, a base de hostias, la imagen más dolorosa (por exacta) que tienes de ti. No me gusta construir entradas en torno a películas o novelas, lo saben. Dependo de que el lector las conozca y, en gran medida, de que comparta mi visión sobre ellas. Pero ayer llegué destrozada a casa. Y sin ánimo de machacarles ningún argumento, quisiera contarles por qué.

Gone Girl trata de muchas cosas, supongo. Pero principalmente habla (no, disecciona y, la mayor de las veces, filosofa) sobre la vida en pareja y el matrimonio. Cuenta siete años de vida de Nick, y siete años de vida de Amy. Relata las etapas básicas de cualquier pareja: a) cómo durante los primeros meses, años quizá, nos esforzamos por mostrar nuestra mejor cara; la necesidad constante de impresionar, de dar con el comentario ácido, de provocar la risa, de mostrar toda nuestra luz mientras ocultamos cada una de nuestras sombras; b) cómo las dificultades empiezan a romper toda esa pátina sobre la que hemos construido una realidad paralela; en su caso, los dos pierden su trabajo y han de mudarse de ciudad; c) cómo todo se va absolutamente al carajo.

Es aquí cuando les digo que a mí me obsesiona desde siempre la búsqueda del amor. Que no lo haya volcado con tanta claridad en una decena de palabras – hasta ahora – no le resta entidad como verdad. Por qué, y yo qué sé. Por qué nos obsesiona a todos, en última instancia. ¿Cada uno tiene sus razones? Lo dudo. No, no entremos en el análisis fácil, no. Occam y yo no somos amigos. Disney ha sido mi infancia, de acuerdo, pero García Márquez fue mi adolescencia y cuéntenme ahora de qué trata su literatura si no es de amor, sus formas – y otros demonios, sí. Pero desde luego Gabriel nos dio, si algo, historias de amor brutas, crueles, que no, no las quisiéramos para nosotros. Y empero sigo. A mí me obsesiona la búsqueda del amor, como a todos – supongo, aunque reconocerlo nos aleje de todo el empeño que hemos puesto en aparentar que todo nos da igual. Me obsesiona la búsqueda del amor como me obsesiona la vida, cada vez más que la muerte, y tener que vivirla sola. Insisto: no me malinterpreten. Los que me conocen saben que guardo tanto espacio vital que por menos se han declarado guerras. Y yo también quiero mi Anschluss. Amor, amores, habrá más que putas en este mundo. La cuestión es dilucidar qué cojones es para nosotros el amor, qué buscamos. ¿Y qué buscamos? Muchas veces me pregunto si no buscaremos simplemente a alguien que nos ofrezca comprensión. Comprensión, sí. Lo que yo habría querido ayer. La comprensión de alguien a quien pudiera contarle todo el dolor de esas dos horas y media. El verme tan reflejada en dos protagonistas tan odiosos. El ver a este mundo tan reflejado. A amigos, parejas, a mis propios padres, que me hicieron tragar tanta mierda que, voto abríos, cualquiera cree ahora con determinación en el amor. Y todavía: tengo la absoluta certeza de que todos nosotros, bien seamos raros, complicados, simples o llanos, compatibilizamos con muchos, muchos otros. No existe el hombre o la mujer de nuestra vida, existe su plural. Ahora, tengo también la cada vez más apremiante certeza de que las relaciones de pareja (las mías, al menos – qué coño, perdónenme, muchas de las que veo) han sido, son y van a ser como la de Nick y Amy. Eso. Ente A y Ente B, parapetándose en el interés que el uno causa en el otro, bebiendo de un ego retroalimentado, cultivándose frente a un espejo que te devuelve lo que quieres ser, y que proyecta sobre ti lo que no eres. “The only time you liked yourself was when you were trying to be someone I might like”, le dice Amy a Nick. ¿Y no es así? ¿No es esa la finalidad, la razón última por la que buscamos al otro? ¿Tengo que mostrar un desaforado interés por el apasionante mundo de los relojes porque a ti te enloquecen los relojes? Perfecto, lo haré. ¿Tengo que obviar el hecho de que nuestros referentes culturales no son los mismos? ¿Que nos cuesta captar nuestros dobles sentidos? Sí, por qué no. Funcionaremos, claro que sí, una temporada. Me atrevo a decir que seremos felices. Pero cuando te vea tal y como eres, y cuando tú me veas a mí, el amor no será suficiente. Nunca lo es. No: claro que no quiero ser esa persona otra vez. ¿Quieren ustedes? Y sin embargo eso es lo que percibo. El estar por estar. El estar mal y continuar. El estar sin follar diariamente y las pamplinas de siempre. «No puedes esperar eso, Violeta.» No espero nada ya, entonces. Llegar a casa sola y disfrutar de esa soledad cuando me apetezca. Llegar a casa sola y maldecir esa soledad cuando no la necesite. Entretanto, cometer más errores, seguir conociendo sliding doors, hombres que sí pero que no, con cada vez menos amigos que se interesen por todo esto porque se deben a sus parejas. A esas que les llenan el vaso de agua cuando cenan por llenarles algo, pero nada más. Vamos de millenials, de emancipados, de libres – y de libertinos. Y qué, qué nos diferencia de la generación de nuestros padres. Habremos follado más, quizá. Nos hemos drogado igual, pese a la novedad de nuestros desfases. Donde teníamos que sobresalir, la primera generación atea, feminista, inconformista, los hijos de los ochenta, no era en esta suerte de eterno retorno: decimos sí al trabajo de oficina que bah, nos sublimamos a la pareja con la que nos sentimos cómodos. Me cago en la puta. Para sentirme cómoda me compro un sillón reclinable de esos que te masajean hasta cuando no lo necesitas. Sí, pensé que nosotros seríamos diferentes. También pensé que para mí sería diferente. Y no, fue y ha sido la misma mierda. Ahora no hay espejo en el que quiera mirarme, no hay pareja que me recomponga el ánimo. Y apuesto a que el silencio que se hizo ayer en el cine -antes de que todo el mundo se lanzara a proferir comentarios de arrabalero crítico- obedecía a que indudablemente se habían visto de esa misma tinta: mintiendo, ocultando, obviando las partes de su forma de ser más desagradables. Para gustarte, para que te enamores de mí. Durante unos segundos sería así; y luego, de camino a casa, pensarían: «no, nosotros no somos así». Pero sí somos así, sí somos esa misma mierda desde el minuto uno. Desde el momento en que nos repasamos el ojo antes de quedar con alguien, nos lavamos los dientes por tercera vez apresuradamente, nos ponemos la ropa interior de molar (la que sabemos que nos queda mejor), cinco toques de perfume y no sólo dos; desde y porque evitamos sacar ciertos temas, quizá no hablar de política o de religión, quizá obviar bromas que pueden muy fácilmente malentenderse. Todos esos por si acaso que ponemos en marcha para gustar, para enamorar. Pero a quién. ¿A ellos, a ellas, o a nuestro ego? ¿En qué creo ahora? ¿En qué puedo creer? ¿En más domingos por la tarde? ¿En la próxima persona para la que representaré este juego? ¿En mí? ¿En ti, que podrías haberlo sido todo, si no hubiera visto tu cara oculta tan pronto? ¿Si nos hubiéramos conocido hace cuatro años, quizá, o mejor dentro de cinco? ¿En el amor tal y como no es? ¿En el amor tal y como debería ser y no será?

En mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

Sliding Chairs

«Obtener vida después de la vida, aunque sea a costa de romperte los nervios y la salud en pesadas tareas nocturnas de escritura, y los ataques de rabia porque las genialidades a las que aspiras se niegan a comparecer a la voz de ya.»
Rafael Chirbes, En La Orilla.

 

Mi infancia no son recuerdos de un patio de Badajoz. Sí son recuerdos de Guiomar, de juegos de cámara, ventas al público, pasillos de baldosas no amarillas, sino rotas. Mi infancia es la imagen de mi madre intentando crearme, y la viva atestación de no haberme dejado hacer, nunca. La barrera de entrada que forjé desde una antaño mucho más morena epidermis. El dejarme entrever sólo a través de arrebatos, sofocos y llantos. Lo demás pertenecía a mi territorio, y vivir con ella no le granjeaba derecho cartográfico alguno: me querrás, te querré, pero nunca tendrás el mapa. Ese fue el pacto que hicimos. Aún hoy nos duele y nos echamos en cara el error primero. El amor, la admiración, intactos. La ingratitud del recuerdo, no. La primera contradicción de mi vida es que siempre he querido estar con ella, incluso cuando no he querido estar con ella. Yo podía pasar horas sin hablar, horas y horas de retraimiento que llevarían a cualquiera a pensarme víctima de más de un síndrome; otrosí, horas de preguntas que daban pie a nuevas preguntas y, como contrapartida, el hartazgo. No niego que fuera una niña difícil. Y entiendo que por eso – fuere o no la principal razón – cuando cumplí tres años mi madre tuvo a bien enrolarme en una guardería. Esa guardería fue mi primer contacto con el mundo y la primera vez que abandonaba sus faldas forzada a entablar mis primeras conversaciones banales con una población – no hay óbice aquí para la ofensa – que no me interesaba en absoluto. No argumentaré un trauma. Trauma es una palabra aún prohibida en nuestro vocabulario diario. Una más de esas acciones y efectos que todos tenemos, pero cuya discusión – perdonen la redundancia – ni se discute. No argumentaré, pues, que no quería ni quise nada de aquello: en todo aquel año no hablé con ningún otro niño; las profesoras no contestaban mis porqués con la misma graciosidad con mi madre y no tardaron en darse cuenta de que mi bienestar estaba donde se encontrare el aislamiento. Todo habría permanecido así, conmigo disfrutando en y de mis propia ínfulas, de no ser porque la pedagogía ya arremetía sus primeros coletazos en los años noventa, y en un intento de «tejer lazos de confianza» se promovió con verdadero ahínco la ejecución de la mayor de mis torturas: el juego de las sillas.

Odiaba, odié y odio ese juego con todas mis fuerzas. Era y es pura tensión, perdía y – aún hoy – perdería. Entonces la música paraba, sí. Y yo perdía, sí. Perdía porque pelearme por una silla significaba acercarme demasiado a mis compañeros y eso, admítolo, me daba miedo. Pero cuando la música paraba yo sabía qué silla quería. Lo recuerdo con la vividez característica con la que se recuerda lo que uno siempre preferiría olvidar. La discusión de antemano perdida por no querer participar de tal desagravio. La tristeza de volver y volver a empezar y saberme siempre una convidada de piedra, inerme, ante la música que paraba; ante el nuevo niño, la nueva mentecata que, sin oponérsele resistencia, me arrebataba la silla que yo quería.

Ahora releo las entradas de este blog. Como cualquier perfeccionista con más de un TOC (otra palabra prohibida) busco fallos, errores, lugares comunes. Todo para darme cuenta una vez más de la desagradable evidencia: me repito más que el ajo. No sé cuántas veces he escrito ya que estoy perdida. No sé ante cuántas preguntas se ha convertido ya en mi respuesta estándar. No sé si acaso no será asimismo – digno es de argumentar – una excusa estándar. La nueva versión de aquella niña paralizada que prefería no tocar a nadie así se quedare sin silla. No sé qué quiero, ya no sé qué me gusta. Mi único motor es la abulia y no encuentro significación en nada de lo que hago. Doy vueltas, y vueltas, alrededor de un corro de sillas. Aquellas sillas del colegio, de color pistacho, de chapado y atornillado barato, que deberían transmitirme tranquilidad y que sólo me generan aún más desasosiego. Sigo dando vueltas, la música sigue sonando. Para. Y no sé qué silla quiero.

Escribo estas líneas desde una oficina. Mi cuarta oficina en un año. Me decanto por escribirlas a ellas pues otras serían sólo causa de más desazón. Y sin embargo miro el reloj y las sé inevitables. De ahí que me pregunte, rescatando a la inocente que hay en mí, si esta perdición de la que adolezco – la que, muy probablemente, haya yo misma alimentado – puede alcanzar mayores cotas. Lo que empezó como un sentimiento más, una pizca de inconformismo, en qué ciudad quiero vivir, a qué querría dedicar el grueso de mi existencia, se ha convertido en una metástasis de la que no sé salir. Las sillas me arrastran hacia ellas y ya no sé hacerlas mías. Pierdo amigos con la misma intensidad con la que hago nuevos, es cierto, pero tejo lazos diferentes promovidos por motivaciones harto diferentes. No ejerzo gravidez alguna. Tal es el péndulo que soy que puedes arrastrarme a ti y nunca sabré si te elegí de forma genuina. Sí: esto aplica para todo. A las one-night stands que te confunden y a las que no – las que te dejan el cuerpo tatuado a base de «porqués»; a los nuevos amigos que superan todas mis barreras (esa bordería inicial, ese permanente desacato) y saben ver que, aunque difícil, merezco la pena; a puestos de trabajo que consigo mintiendo y soslayando el hecho, por notorio, de que nunca me va a motivar que te apropies de mi talento. Que le pongas una firma, un tope, una nota. Que no me llames y me rompas el ego, que me llames y me agobies y no quiera saber nada más de ti. Que te cuente que me han echado de un trabajo y no me preguntes más. ¿Es eso la amistad? ¿El juego va a continuar así? Todos a corro pendientes de dónde sentarnos, buscando nuestro sitio, encontrándolo. Y quedándonos allí, levantando una fortaleza así no pretendas nunca contagiar mi vida de perdición e infelicidad. No, no os preocupéis. Para mí la música sigue sonando.

Y no sé qué silla quiero.

 

 

 

 

 

De la literatura entendida en clave existencial y otras mierdas entre líneas

I need an interventionist
to intervene between me and this monster.
And save me from myself, and all this conflict.

 

Hay un momento, cuando se llega al punto final de una novela, en el que el lector (cualquier buen lector, no vengan con remilgos) experimenta una suerte de vacío momentáneo, tremendamente intenso, en la que se dan (y no exagero) en fragmentos de tiempo francamente ínfimos pinceladas de soledad, arrebatos de alegría, un ligero toque de decepción y una pizca de orgullo. Ningún MasterChef ha conseguido la receta, se lo aseguro.

Y justo después, vacío. Muy rápido, prácticamente efímero. Pero vacío.

Y sepan que vacío tiene catorce acepciones en nuestro diccionario. Catorce, porque para intenso, el castellano. A efectos explicativos, vamos con la 12. Falta, carencia o ausencia de alguna cosa o persona que se echa de menos.

Yo, que tardo en conciliar el sueño porque a la 1 a.m. de cada tres días pares y uno impar me arranco en hacerme partícipe de mi existencia (nada grave, sólo recuerdo mis aptitudes como mortal y sus parejas consecuencias y, sin más, no puedo dormir) admito que ese vacío (el existencial, el vacío Whiskey Tango Foxtrot) es bien parecido al del punto final de una novela. Parecido por lo inmediato e imprevisto de ese arrebato de consciencia que uno siente cuando termina una novela. Importa poco la calidad de la misma. Si la has disfrutado ese vacío se torna doloroso. Si no la has disfrutado – porque hay novelas malas, muy malas y malísimas (no escritas por rusos), además de dolorosamente largas – al vacío le acompaña la consciencia del tiempo perdido que tú, que no eres Proust, no podrás volver a buscar. La culpa por la sabida obstinación, por la manía de terminar lo empezado. La desazón que provoca el fraude.

El vacío es, y por ello se da. Y para luchar contra él, lo mejor es agarrar otro libro. Es el Bloody Mary a la resaca, el post break-up sex, el cum laude tras la suma. Sin pensar. Sin pensar. Sin pensar. Auparse veloz y de una zancada postrarse ante la estantería. Aparentar, con el mayor de tus acopios, que sabes qué te apetece leer. Cuando, no. No mintamos. Nunca sabemos qué queremos leer.

Aparentar, sí. Muchas veces – porque la literatura es el mayor arte que ha parido este planeta – el siguiente libro supera al anterior, o así te hace sentir al principio (las primeras páginas de un libro al que se pilla el ritmo son muy similares al enamoramiento, lo sabrán). Pero ante la estantería, antes de venderse a la obligación de mostrarse decidido, uno se reconoce afectado por lo que acaba de terminar, confuso, atolondrado.

Y estás, todavía si cabe, aún más perdido.

Y dejas tu trabajo.

No, ya sé que no. Pero yo sí, he dejado mi trabajo. Decidí que los libros no son suficientes para aliviar todos esos pequeñitos vacíos y que quiero ser feliz. Sí, en algún momento revestido -cómo no- de profundo y subterráneo vacío existencial pensé que la felicidad no es virtud a perseguirse por demasiado complicada y, si bien esto sigolo manteniendo, demasiado expuesta al azar. No, ya no lo pienso, tranquilos; soy una más que clama a los cuatro vientos que Quiero Ser Feliz. Así que sí, repito: he dejado mi trabajo. Eso me da ocho diarias que llenar. Imagínense la catarsis de cada uno de mis vacíos. Más de uno ha empezado a creerse molécula digna de Big Bang.

Así que leo, y veo películas. Lo que hacía antes, sólo que más, aún, más. Ayer, sin ir más lejos (que no hay dinero para viajar) vi una película italiana -cuando me da por el cine italiano no hay quien me ate y lo peor es que siempre me da una nueva punta de ingrata envidia “por-qué-en-mi-país-no-es-así”- y, cuando la terminé, tuve la mítica(mente asquerosa) sensación de “por qué no he dado con esto antes”. Nota mental para otra entrada de blog, antes de liarme: uno sabe que se está haciendo mayor cuando, cada vez más a menudo, entra en este estado de torbellino emocional de “por qué no he dado con esto antes”.

La cuestión no es esta, sino una simple escena en la que una chica va a buscar a su novio, fidanzato, cosa con la que se ha acostado una vez y como es Italia y no hay condones (se ve), está embarazada. Ella va con la intención de decírselo y él es tan borde y desagradable con ella que cambia de opinión. Pero le acaba espetando algo así: “a ti te gustan los libros porque puedes cerrarlos cuando quieras; pero la vida no es así y no siempre decides tú”. Aplausos. Pero el tipo le da una contestación maestra -una que nunca habría podido concebir un guionista español- y le dice: “te equivocas; en mi vida lo he decidido todo yo, incluyendo el hecho de que no quiero verte más”.

Más aplausos. A los cinco minutos de esa escena el receptor de tan cruento mensaje se suicida. (Por si se han preocupado, yo sigo aquí y acabo de cerrar otro libro para sentirme mejor.)

Bromas aparte, ahora es cuando confieso la total y absoluta ambivalencia que siento para con Italia, y entro en otro bucle de autoengaño, y salgo por tres estereotipos y recitando escenas de Moretti. Qué razón tiene ella cuando me dice que vago y divago.

Así que, por su bien, volvamos a la chica embarazada y a su comentario sobre los libros.

Vengo a decirles -porque, como muy bien me critican, yo solo sé hablar de mí y aquí he venido a hablar de mi libro- que, en nuestras vidas, podría ser todo así de fácil. Pasar página, y empezar otro libro. Pienso que nunca pensé que la vida fuera a ser difícil, y encuádrenme en mi propio contexto, no el suyo. O encuádrenme en el suyo. Dejamos cosas sin tener a dónde ir, relaciones sin habernos asegurado el rebote, amistades sin haber labrado las siguientes. Quién, y bien pregunto, ¿quién?, va a otorgarnos la certeza de que todo irá bien al final. Ni cuánto tiempo tardará en llegar ese intermedio final.

 

la foto

 

No soy yo porque no me he comido recientemente a una nadadora. Pero así estoy. Así de perdida. Y seguiré perdida. Me mude o no a la otra punta del mundo.

Eso sí, siempre con un libro en la mesita. De los que se abren y se cierran cuando uno quiere. Los que te hacen reír y llorar, pero con belleza. Los que te ayudan a pensar y no entorpecen el camino. Los que te llevan a ver que tú ya sabes el camino, pero qué fácil es pararse a leer y actuar como si no.

Sí, podría ser todo siempre así. Porque con los libros puedes hacer trampa y espiar el final. Si has leído mucho, puedes predecir sus cuitas hasta que dejen de doler. Puedes saltarte los fragmentos aburridos y leer únicamente las partes verdes (nota para futuros lectores de Los Pilares de la Tierra). Y si no te gustan, los puedes dejar, y no te hacen daño.

Y si se pierden, te puedes comprar otra edición. Y no te hacen daño.

 

 

 

Talento desperdiciado

Lo más triste en la vida, es un talento desperdiciado.”

Tell me about it.

 

Es triste, sí. No sé si lo más triste habida cuenta de la existencia de Mujeres, hombres y viceversa o la Korea de Huntington (perdonen el humor negro).

Este post iría de talentos desperdiciados en general, de no ser porque tomando al existencialismo del brazo (y algunos lo llevamos ya en las entrañas) todos tenemos talento desperdiciado. Unos más, otros menos. Pero hasta Goethe desperdició su talento. Y a muchos nos causa cierta angustia sabernos privados de un ex-ante (y más próspero, si cabe) Fausto. Reconozcámoslo, algunos éramos más felices a.H. (antes de Heisenberg).

El talento, que es más bien un intangible, porque no se corresponde con el coeficiente intelectual ni es una cosa etérea a juicio solo de los infalibles como el Papa, nace de las expectativas. De las de cada cual, quede claro, o si no no se explicaría por qué Mourinho está dónde está (esta vez no quise meterme en política ni mencionar a ningún gallego). En fin, lo que les quiero decir es que Mourinho causa expectativas que le confieren un aura de talento inacabado, o potencial, o disponible; del que puede hacer gala o no, pero entendemos que si mañana se levanta y le apetece, así hará.

 

He, so talented.
He, so talented.

 

Tener talento, más, menos, es común. Lo que varían son las expectativas. Y es difícil vivir a expensas de las expectativas de los demás. Y es más difícil aun cuando esas expectativas se te enraízan hasta el punto de que ya no puedes, o no sabes, diferenciar dónde empiezan las tuyas y dónde terminas las de los que te rodean que, acaso, son más importantes de cumplir (al menos para ti).

Mi padre siempre quiso que yo fuera una chica 10. Más bien, siempre quiso que en una escala de 1 a 10, yo fuera un 11. Y vivir intentando alcanzar un 11 provoca mucha tensión. Además, es un arma de doble filo porque cuando no llegas al 10 y te quedas en el 8 no es que sientas decepción, y no es que te duela el menosprecio de tu padre. Simple y llanamente, estás K.O.

Mi madre, al contrario, siempre me ha educado un poco más a lo Caribbean-style. Sabiéndome inteligente, me dejó vía libre para utilizar esa inteligencia para lo que quisiera. Y se lo agradezco, cómo no. A simple vista, además, es una posición más sana. Pero para las mentes más retorcidas, complicadas y viradas a lo Hamlet, nos provocaba un sentimiento de dejadez. Nunca contar con una opinión y ese constante “let the chips fall where they may” frustraban menos, pero frustraban al fin y al cabo.

En esta dualidad de “haz esto”, “haz lo que tú quieras” (que la situación económica convirtió en un “haz lo más barato”) he vivido ya 24 años. Y no es que las consecuencias afloren justo ahora; pero hoy me apetecía contarlo.

Mientras tanto, he tenido amigos, parejas, y más familia que (por supuesto) siempre ha intentado dar su opinión. Parece que cuando uno se asemeja más a una navaja suiza (múltiples funcionalidades) que a un simple cuchillo jamonero (una única funcionalidad) todo el mundo quiere sacar una parte de la susodicha navaja. Y como dar consejos gratis es muy del incontinente españolito medio, pasé unos cuantos años decidiendo ser lija o tijera. De hecho, aún no me he decidido.

Lo reconozco: me gustan demasiadas cosas y me sumo en la confusión y me atasco cuando corro de una cosa a otra y al final acabo hundida.

Mientras tanto, pocas personas (salvo los que me conocen un poquito) parecen darse cuenta de que la versatilidad, y no la especialización, es importante pese a Platón y el pensamiento occidental.

Pero esto da igual. Versátil o no, o polifacética, o polivalente, o poliédrica (quién sabe), después de todo eso, sigo decepcionándole a él, a mi padre, y, por ende, sigo decepcionándome a mí misma. A veces he llegado a pensar que nunca gozaré del sentimiento de conformidad. Que permaneceré en un constante estado de insatisfacción, por muy dañino que sea. Pero a ratos, cuando alcanzo la saramaga lucidez de la que a veces hago gala, me siento, y recapacito, me deshundo y floto a superficies donde me digo “querida, la insatisfacción no es un estado vital, ni una característica del ser” y, a lo Oscar Wilde, me vuelvo tan inteligente y sabia que no entiendo una sola palabra de lo que digo.

Con lo que, vuelvo a sentirme inacabada. Verán que es el cuento de nunca acabar.

Este post le debe algo a un fiel seguidor de Shakespeare y, ya que la insatisfacción es un síntoma de ambición, también a Macbeth. Que no es cualquier obra literaria, sino un tractatus filosoficus de cabecera sobre la condición humana. Y yo, que aún no he matado a nadie pero ansío despojar unos cuantos tronos, empiezo a tener miedito.

La ambición es un síntoma de insatisfacción sí, pero también de envidia. Sana o insana (parafraseando a facebook: la envidia sana no existe, son los padres), necesaria o no como elemento inapreciable que nos lleva a la insatisfacción y a la ambición entendida como ansia de mejorar, os contaré un secreto: la envidia es una mierda.

Lo reconozco. Embebí desde pequeña esa aura de chica 11 de papá. Ese “Dios, o la vida, o la genética, te han dado algo especial y tienes que honrarlo”. Y pardiez si es difícil. A Dios, o a la vida, o a la genética pongo por testigo. Porque en el instante en que notas que tú, como elemento mejorado, alcanzas menos cotas que elementos similares pero no mejorados, te sumes no en la desilusión, no en la desgana, y desde luego no en la tristeza. Simple y llanamente, estás K.O.

Pero el mundo no es justo, y las cosas dentro de él, tampoco. Lo cual incluye a España, a su mercado laboral, e inclusive a tus jefes, que prefieren desperdiciar un talento a índices que harían temblar primas de riesgo y que provocarían el rescate del FMI. Solo que en esta historia, no hay FMI.

Al final, mamá, mi contrapeso que nunca pesó lo suficiente, tenía razón.

A lo Tyler Durden, su consejo debería pesar más.

 

I say never be complete

I say stop being perfect

I say, let’s evolve

Let the chips fall where they may.”

 

Hagan esto o las toneladas de frustración les saldrán por las orejas.

Y, aunque solo sea por discurrir, perdónenme esta su intromisión en lo más profundo de mis pensamientos. Y a mis padres si no encuentran veraz lo que aquí se cuenta.

(Perdonen también el cambio de estilo. La excelencia, aunque un hábito, tiene sus grados. O eso dice la publicidad de ICADE.)

De Rothko, Kundera, y marmotas

 

He estado lejos.

En este tiempo, he cambiado a Rania por Mariano Rajoy. He vuelto.

Y hasta llegar aquí he hecho muchas elecciones. Muchas. Incluyendo una fundamental: no votar a Mariano Rajoy. Pero esa ya es otra historia.

Y ha pasado tanto tiempo que quería volver tratando precisamente de este tema tan poco manido. Tan inusitadamente opinado. Tan desconocido para el gran público. Tan peculiar. Las elecciones.

En Atrapado en el tiempo, Phil -personaje interpretado por Bill Murray-, un meteorólogo de una pequeña cadena local con mayores aspiraciones, se traslada con su equipo a Punxsutawney, un pequeño pueblín de Pennsylvania donde cada 2 de febrero celebran el Día de la Marmota, celebración en la que una marmota predice (en función de si mira o no su propia sombra) cuánto durará el invierno. Y Phil se encontrará con la maldición de despertarse todos los días en el Día de la Marmota. Cada día. Todos los días.

Así, todos los días tiene la oportunidad de luchar por el día perfecto. Todos los días tiene la oportunidad de calcular la palabra perfecta, el momento preciso, la acción idónea que se traduzca en la posibilidad de conseguir lo que desea. Hasta que empieza a comprender que es su excesiva ansia de perfección lo que acaba por no permitírselo. Hasta que se deja llevar, imperfectamente abandona al deseo de encontrar la perfecta perfección y encuentra una versión mejorada de sí mismo.

Sostenía Kundera, en esa maravilla de la naturaleza, ese prodigio literario, esa guía existencial que es La insoportable levedad del ser, que vivir solo una vez era asimilable a no vivir en absoluto. La incapacidad de repetir nuestras acciones pasadas, alterándolas, producto del perverso gerundio que nos inhabilita desandar lo ya recorrido, nos inhabilita asimismo a considerar ese mismo recorrido como experiencia. Para que nuestra vida adquiriera sentido, para que realmente pudiéramos hablar de experiencia adquirida, deberíamos tener la capacidad/oportunidad de rehacer aquello cuya consecuencia no nos ha satisfecho del todo, o nada, o no lo que esperábamos. Hacer y rehacer, poder considerar así causas y consecuencias, diagramas de flujos, futuribles, hojas de cálculo sobre nuestras propias acciones. Así, Kundera comparaba la vida con un cuadro que va pintándose sin que el pintor -nosotros- tuviéramos en algún momento la oportunidad de deshacer lo pintado. Incapacitados ante nuestra propia obra, sin verdadera capacidad de aprendizaje más allá que la que nos otorga el gerundio. Como el personaje de Bill Murray en Atrapado en el tiempo, deberíamos tener la capacidad de retrotraernos al punto en el que todo se torció. Borrar el morado que destrozó nuestro cuadro y cambiarlo por un añil, manteniendo el resto de las variables constantes. Solo «probar» hasta conseguir el resultado deseado. La elección indudable. Lo que todos anhelamos. Y lo que cualquier teórico cuántico, amén de Milan Kundera, sostendrían imposible.

Dicen que cuando algo se acaba siempre piensas en cómo empezó. Dicen que empiezas a repasar mentalmente cada paso, cómo acabaste ahí, así, cómo no se torció todo antes, o cómo no escogiste un camino alternativo. Como en el cuadro que es la vida para Kundera, intentas recuperar el primer trazo. Dónde empezó el color, en qué punto el rojo se tornó amarillo, en qué punto todo se mezcló hasta alcanzar el naranja. Pero a veces, como si de un Pollock se tratara, identificar el primer trazo es prácticamente imposible. La vida, lamentablemente, no es siempre un cuadro de Rothko. Compartimentado, riguroso. No hay pinceladas claras, perfectamente delimitadas, ni retazos de azul celeste que invoquen a la más perpetua calma entre cualquier atisbo de tempestad.

 

«Casi imperceptible, casi innecesaria, pero imprescindible.»

 

Yo digo que cuando algo empieza siempre piensas en cómo terminará. Digo que empiezas a repasar mentalmente cada paso, cómo acabará todo, así, o no, de qué manera se torcerá, cuándo, o por qué no escoger un camino alternativo. Que en el cuadro de tu vida, enmarcas todo tu ser y todas tus circunstancias hasta encontrarte plenamente convencido de que no te estás equivocando, de que estás haciendo lo correcto, de que todo estará bien.

Pero cómo saber que estás haciendo lo correcto.

Lo bueno es que a veces no tienes que saberlo.

Porque hay elecciones que no son tal. Hay veces que no eliges. Y no porque no haya opciones, o imposiciones. No es nada de eso.

Hay elecciones que son como ese retazo azul celeste, esa pizca de Rothko que añade orden, que envuelve de orden, que convierte en primitivo orden a tu universo, que se erigen en tu incondicional demiurgo. Esas elecciones son las fundamentales.

Afortunada, yo tengo ante mí una de esas. Y aunque no pueda saber cómo terminará, ni cuándo, ni dónde, ni siquiera la consabida incertidumbre de por qué, así es como la pienso. Quizá deje de serlo, quizá no. Pero hoy es mi elección absoluta, mi elección indudable, el trazo celeste sobre rosa y naranja, la marca Rothko de la tranquilidad.

Y entonces elegir no es renunciar. Entonces te olvidas de cuadros por pintar y repintar, de cuánticos y Kundera. Y empiezas, como Bill Murray, a construir una versión de ti mismo que es mejor que tú mismo.

Nadie te absuelve de que algún día, como involución abstracta y deformación inconclusa, el que es tu Mark Rothko se convierta en tu nuevo Jackson Pollock. Pero lo bueno de haber visitado más de un museo, es que aprecias mejor el arte. Mientras tanto, algunas elecciones te traerán a Mariano Rajoy, y otras a lo mejor de tu vida. Porque las mejores cosas de la vida no las elegimos nosotros. Y las peores sí.

A pesar, incluso, de Mariano Rajoy.

 

[No crea el lector que guardo algún tipo de desafecto hacia la figura artística de Jackson Pollock. Hacía él solo guardo la más absoluta admiración. No en vano fue una figura clave en la evolución desde un primitivo abuelito adorable que nos ofreció espectaculares estampas de su florido jardín con el mayor maestro del color, Mark Rothko. Pero, en el tapiz de este universo, no habría habido Rothko sin Pollock ni Monet. Y, por ello, gracias.]

Morir (o no)

 

No es esta la entrada que quería escribir hoy. No es esta la entrada que llevo semanas pensando e hilvanando hasta hacerla casi perfecta. No sé siquiera si casa con el supuesto espíritu de este blog. Por eso les aviso de que hoy escribo sobre algo de lo que nunca queremos hablar, leer, y mucho menos escuchar. Hoy voy a hablar sobre morir, morir(se), morir(nos).

Morir (o no) es una película -de qué otra manera podía empezar- de hace una década, catalana y de un director muy talentoso -otra suerte de eterna promesa-, Ventura Pons. De todas las películas que he visto (y ya van unas cuantas) creo que es la que mejor trata la perspectiva de la muerte desde el punto de vista del que ha de morir, no de los que han de darle duelo -que es lo común, en el cine-. A diferencia de otras (coixetada de Mi Vida Sin Mí, etc.) no muestra la angustia del que va a morir. Para los que no la hayan visto, la película se divide en dos partes: en la primera, siete personajes mueren; en la segunda, la historia les une de tal manera que cada uno de ellos consigue salvar la vida del siguiente, y todos viven. Son dos versiones de la misma historia. De ahí Morir (o no).

Sí. Todos vamos a morir, porque nuestras almas son los ríos que van a dar a la mar. Algún día. Tarde o temprano, etc. Pero algunos, como yo, aunque somos conscientes de que, irremediablemente, vamos a morir, aún no hemos aceptado la idea.

Yo lo reconozco, no la he aceptado. Soy consciente, sí. Llegará un momento en que dejaré de existir. Pero si de algo soy consciente, si algo tengo claro, si algo sé con absoluta certeza, es que morir no es lo peor que puede pasarnos. Si algo sé es que los que se van, los que ya no están, se han ido. Pueden haber sufrido mucho, con suerte poco, pero se han ido. Y ya no sufrirán más.

Porque los que sufrimos somos nosotros, los que nos quedamos. Los que recordamos. Los que hemos de vivir con la punzada constante de lo que vivimos y, peor aún, de lo que no vivimos. De lo que dijimos y no dijimos. Los que hemos de vivir forzando nuestra mente para mantener viva una imagen que, nos guste o no, se irá esfumando con el tiempo. Sin quererlo.

Es manido, sí. No sé qué sentiría cada persona que ha cruzado por mi vida si muriera mañana, pasado mañana o dentro de cinco minutos. Pero sí sé que mi hermana, mis primas, y algún que otro amigo me echarían de menos toda su vida, aunque sólo me hayan disfrutado unos pocos años y en muy pocas ocasiones. Sé que recordarían mis cuentos, mis palabras, mis tonterías. Sé que se les encogería el corazón cada vez que me vieran en una foto, cada vez que escucharan una canción de los Beatles, cada vez que oyeran hablar de Oscar Wilde o de enanos a los que se les rompe el corazón. Sé que ellos sufrirían. Y yo ya no.

No quiero decir con esto que no tenga miedo a mi propia muerte. Lo tengo, y mucho. Pero a lo que le tengo miedo de verdad, por encima de todas las cosas, es a la muerte de mis imprescindibles. No he conocido sensación más dolorosa -quizá porque he tenido mucha suerte en la vida- que la de saber, a ciencia cierta, que nunca más podré volver a ver a alguien a quien he querido. No porque se haya ido a vivir a las antípodas, ni porque nos hayamos enfadado, sino porque ya no está. Porque ya dejó de existir.

Hay personas que mueren y lo sientes, mucho. Hay otras muertes que te causan una suerte de lástima mezclada con compasión. Pero hay otras, las que menos, que te destrozan la vida. Y es ahí cuando sabes que lo que ya no es, era una de las imprescindibles.

Yo ya tuve que perder una. Y me gustaría pensar que, por ahora, puedo dedicar todos mis esfuerzos a recordarte a ti, y no tener que recordar a nadie más.

Pasen un buen marzo, queridos lectores. Háganlo por aquellos que no vamos a poder dejar de recordar.