Del optimismo, la amistad y lo bonita (preciosa) que es la vida

“We can complain because rose bushes have thorns, or rejoice because thorn bushes have roses.”
(Attributed to Abraham Lincoln.)

 

Calvin, you called it.
Calvin, you called it.

 

Tengo un amigo.

Sí, vale, tengo más de uno, pero hoy hablaré de él.

Con él he pasado por tantos estados emocionales que, haciendo gala de la mayor honradez posible, perdí la cuenta. Le he querido, le he odiado, le he deseado, le he vuelto a odiar, le volví a querer. Y ahora vivimos en estados de permanente déjà v(éc)u. Lo cual, haciendo gala de la más mínima honradez, me gusta.

Y él me quiere (supongo) pero no le gusta mi blog. Y no escatima ocasión para decirlo. Tampoco escatima ocasión para compararlo con otros blogs de otras chicas, a pesar del nulo o escaso o inexistente amor o puro odio mal canalizado que siento yo hacia esas otras chicas.

Según sus textuales palabras: es de un dramatismo incomparable y con cada entrada le dan a uno más y más ganas de cortarse las venas.

El pasado domingo, mientras comíamos juntos y a la luz de un plato de lentejas, me quedé una vez más mirando al infinito con la mirada perdida y triste como si en vez de legumbres estuviere comiendo hierbajos desamparada en una tierra de nadie. Y así, a bote pronto, le espeté que me estaba perdiendo muchas experiencias.

 

Lucky

“¿Me estás diciendo que quieres hacer un trío?”

Hombre, pues sí, quiero hacer un trío. Uno, dos, tres. Y alcanzar la perfecta triangulación. Pero esta vez me refería a que veía que con casi treinta tacos no había pasado por ninguna relación seria. Ya saben. Esas que tiene la gente en la veintena. Las de pasarse siete y ocho años juntos, no poder vivir el uno sin el otro, dejarlo y que sea un drama pero no por estar enamorado (vaya mandanga) sino porque “echas de menos todo lo que hacías con esa persona”. Hasta recuerdas haber hecho cosas que no has hecho, tipo calceta, o figuras sexuales imposibles. Y tu vida no tiene sentido.

Toda esa cantidad inigualable de drama yo no la he experimentado. Imaginad qué decepción.

Y él, que a ratos es sabio como él solo, me miró una vez más con ese porte de “ya empezamos con tus tonterías” y me dijo: “pero vamos a ver, Violeta, estás diciendo eso ahora un poco por decir; ¿me dices en serio que de repente no valoras el hecho de que llevas toda tu vida haciendo lo que te da la gana?, ¿que mañana puedes ir a un concierto o comprarte un billete de avión sin hablarlo con nadie, sin consultarlo con nadie, sin tener que mandar un WhatsApp de “oye, qué te parece si a pesar de que compartamos una vida juntos, a mí me apetezca mandarte a tomar vientos e irme de viaje sola o con mis amigos”?”

El touchée lo oyeron hasta los chinos de Rusia.

Continuó la perorata porque él es mucho de pontificar, y me dijo que yo simplemente adolezco de este inconformismo genético según el cual siempre voy a querer aquello que no tengo. Algo que no es del todo exacto: no tengo un perro ni un Maseratti y no son cosas que desee (por el momento); no tengo a Angelina Jolie pero traédmela y dadme cinco minutos con ella (cinco minutos con Angelina Jolie en la Tierra deben de ser igual a cinco años con mi amante average en Saturno).

¿Pero y qué sería de mi escritura y del poco estilo que tengo sin la tristeza intrínseca, las subliminales ganas de morir -o de no existir- y la eterna proyección de que valgo menos que nada?

Así que me propuso escribir sobre ello, acompañando a esta entradilla de unas muy inspiradoras imágenes que me hicieran ver la belleza profunda y absoluta del vivir.

 

Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.
Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.

 

Con su permiso, le cito:

“Se trata de tomar altura y ver la vida, tu vida, no sólo desde lejos sino, lo más importante, desde una óptica positiva y optimista. Irreal por una vez, exagerada, pero en vez de preguntarte qué te falta, qué es el amor, qué sentido tiene tu vida, por qué no tengo tantas amigas, por qué soy una incomprendida, etc.; trata de ver lo que te ha ido dejando la vida, las experiencias que has podido vivir, las expectativas y opciones futuras. Cambiar de lente, para descubrir que en realidad, esa otra persona que surge de la nueva visión es también uno mismo.”

Sí, ¿no? Decidlo. Qué pereza.

Pero hagámosle caso (es un muy buen amigo). Intentémoslo. Se trata de, según él, que deje de sacarle a todo una lectura puramente pesimista.

Difícil de hacer, pero no tan difícil de cumplir. Lo sé. Empero, yo no soy así. Y esto es lo que quiero decir hoy, a él, y a todo el que quiera leerme.

Yo soy una persona pesimista. Quiero ser feliz. En algún punto de mi vida -y no estoy exagerando ni regodeándome en mi propio personaje de femme fatale- pensé (realmente pensé) que a mí no me haría falta ser feliz. De verdad. Pensé que a mí me bastaría conmigo y con mi mundo de pequeñas cosas: mis libros, mis películas, mis canciones, mis viajes. Y ya. Os lanzo hasta una confesión: pensé que la felicidad era para mentes inferiores, muy inferiores. Y ya no. Ahora, creedme, mato por ser feliz. Feliz de verdad. Ese estado de “hoy no necesito pensar en nada” similar a haberse fumado tres canutos. Me encantaría no ver siempre el vaso medio vacío, pero soy como soy y lo que soy precisamente porque siempre veo el vaso medio vacío. Soy una persona muy cínica, mucho; pero no me gustaría serlo tanto como para no ser capaz de aceptar que, como dijere Fo relatando la muerte accidental de un anarquista, llevamos la cabeza bien alta, sí, pero porque tenemos la mierda hasta el cuello.

Eso no significa que no haya espacio alguno de mejora. Tengo que dejar de exigirme tanto a mí pero, sobre todo, tengo que dejar de ser tan exigente con los demás. Tengo que dejar de vivir en un permanente estado de “show-off”, be prettier, be smarter, be better. Tengo que saber decirme que no a mí, y decir que no a los demás. Y tengo que aprender a sentir satisfacción, elemento bien diferente a la conformidad.

Ama, ama y ensancha el alma, que tanto nos gusta. Pero ámate primero a ti misma.

Me amaré, te lo prometo. No precisamente ahora, no precisamente hoy. Pero con el tiempo, y con amigos como tú: estaré bien.

Porque querer a un amigo implica también aceptarle como es. Quererse a uno mismo implica, desde luego, aceptarse tal y como uno es. Y yo soy una persona pesimista, muy pesimista. Alegre (lo sabes), divertida (y más con una cerveza), inquieta (hasta decir basta). Pero pesimista. La gente no suele tener miedo de hablar de sus virtudes, pero es muy difícil salir del armario para con los defectos de uno. Es difícil admitir “me obsesiona la búsqueda del amor”, igual de difícil que plantarse en un blog público y decir “soy tremendamente pesimista, encuentro muy complicado ser feliz por neurótica, tengo un complejo atroz con mi cuerpo (pese a que, objetivamente, con 2.000 euros de inversión en cada teta pudiere ser modelo)”. Es aún más difícil porque nos pasamos la vida clamando (y sosteniendo) una soplapollez gigantesca: “si no te quieres a ti mismo, nadie te va a querer”. Por lo que se torna empíricamente absurdo escribir, en un blog público, que tu amor propio se mide con el de Bécquer, con el de Kafka, con el de Larra.

Primera conclusión del 2015, o lo que ha aprendido Violeta en sus escasos quince días.

Quererse no es conditio sine qua non para que te quieran. Te quieren o no. Punto. Y ya puedes hacer el pino puente con más gracia que la Comanecci o ponerte falda y bailar el hula hula. El amor es una mierda tan soberana, tan asquerosamente infame, que escapa por entero a nuestro control.

Así que yo, por mi parte, seguiré simplemente descubriendo aquello en lo que me voy a convertir. Y cambiaré, poco a poco. Despacio, y con la buena letra de siempre.

Y, a ratos, procuraré ver el vaso medio lleno. Siempre medio lleno.

Aún sabiendo que está medio vacío.

 

 

 

 

 

The Schrödinger Accommodation

Violeta Schrödinger.
Violeta Schrödinger.

 

Schrödinger bajo la lluvia.

Sí: lo han notado. Hoy vengo a divagar. Llueve en Bruselas, y si no llueve bien pudiera estar lloviendo en los próximos minutos. Llueve y yo pienso en paradojas, en qué hacer para no trabajar, en cómo soltar lastre y contar entre líneas lo que de otro modo no puedo contar. Because if I do, I’d start missing everybody.

Las paradojas son el desayuno de todo existencialista que se precie. Y si algo somos en este resquicio virtual de cien lectores por banda (con suerte) es existencialistas.

Mi paradoja favorita tiempo ha es la del gato de Schrödinger. El bueno de Erwin ideó lo siguiente: una caja cerrada y opaca con un gato en su interior, una botella de gas venenoso y un dispositivo que hace las veces de emisor del gas. El dispositivo está programado para activarse en un momento determinado con una probabilidad exacta del 50%. De hacerlo, el gato muere. Si no, entendemos que el gato vive. Mais c’est ça la question. Al terminar el tiempo establecido, hay una probabilidad del 50% de que el dispositivo se haya activado y el gato esté muerto, y la misma probabilidad de que el dispositivo no se haya activado y el gato esté vivo.

Et voilà: o abrimos la caja y miramos o es imposible saber si el gato está vivo. Sólo nos queda esa acción que han dado en llamar confiar.

Octubre ha tenido un trending topic en mi vida muy diferente al que suele poblar mis conversaciones. En octubre el trending topic por excelencia ha sido la confianza. Octubre metió mi vida en una caja y, sin atreverme a mirar dentro, tengo ahora que confiar en la existencia de un gato que no maúlla. Figúrenme de eterna espectadora, auspiciando el momento en que la caja al fin me diga: miau, Violeta. Miau.

La confianza tendrá muchas acepciones, y será absoluta o relativa, o tendrá grados y hasta graduación, y hasta quizá podamos emborracharnos de ella. Será acaso como las putas: hay muchas y de todos los tipos, colores y sabores. Vale. Pero no, para mí no hay muchas. A mí, para según qué temas, no me van las mandangas. La confianza es uno de esos temas, en los que toca y apremia ser categórica. La confianza – es – esto:

 

"Could you do what you did? Of course you could. But I never thought that you could, or would, do that, to me."

 

Octubre me trajo una gran brecha de confianza. Una de esas en las que tú jamás, nunca, en ningún momento, circunstancia o lugar habrías dado en pensar que una persona se comportaría de cierta manera. Y, aún así, todo lo que pudo salir mal, salió mal. Todo lo que pude dar por cierto, fue incierto. Y ahora, en noviembre, me toca perdonar. Perdonar, que acaso sea acción costosa por excelencia. Y exigente por condescendencia.

Una vez leí (la novela, me disculpan, no la recuerdo) que confiar es un acto pusilánime: se sabe o no. De ahí que me sienta ahora espectadora de una caja que sólo guarda indefinición. Mi vida, y este 2014 de perdición, de pérdidas -de amigos, de amores, de heridas-, se acaba de meter en una caja con el mismo nivel de alegría y de tristeza. Y me piden que confíe en que el gato no está muerto.

Pero, sed sinceros. Quién, ¿quién piensa de verdad que el gato de Schrödinger no está muerto? Si hubiera que apostar, ¿quién apostaría lo contrario?

 

Qui-Gon y Anakin
“-Siente. No pienses. Usa tu instinto. -Pero, Qui-Gon… Si yo no gasto de eso.”

 

 

 

 

 

«El gato bajo la lluvia.»

Solo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario. La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás.

–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.

–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.

–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!

El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.

–No te mojes –le advirtió.

La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.

–Il piove –expresó la americana.

El dueño del hotel le resultaba simpático.

–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.

Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes. Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.

–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.

Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad.

–Ha perduto qualque cosa, signora?

–Había un gato aquí –contestó la americana.

–¿Un gato?

–Sí il gatto.

–¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?

–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito.

Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.

–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.

–Me lo imagino –dijo la extranjera.

Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.

–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.

–Se ha ido.

–¿Y donde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista.

La mujer se sentó en la cama.

–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.

George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello.

–¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.

George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.

–A mí me gusta como está.

–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.

George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.

–¡Caramba! Si estás muy bonita –dijo.

La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.

–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.

–¿Sí? –dijo George.

–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.

–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.

Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.

–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.

George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza. Alguien llamó a la puerta.

–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro.

En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.

–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.

Ernest Hemingway
El gato bajo la lluvia