Mi 2015

 

Ojalá pudiera seguirme a mí misma para encontrarme. Es un tuit. Acabo de escribirlo. Y de repente he sentido de nuevo esa urgencia de abrir una página en blanco y dejar que todo brote a borbotones. Escribir sobre un año más que no ha sido precisamente el año que yo esperaba. Al término de 2014, yo auguraba que 2015 sería «el» año. El vaivén que es nuestras vidas parecía jugar así: 2011, mejor imposible; 2012, camino a la perdición; 2013, el último de la felicidad; 2014, la eterna búsqueda, el desencuentro; 2015, qué ha sido 2015.

En 2015 he intentado por todos los medios posibles hacer la revolución. El 25 de enero, el día en que Syriza ganó las elecciones por primera vez en Grecia, Blanca me llevaba en coche al aeropuerto de Madrid y yo, que no había dejado de llorar en quince minutos, y ella, bloqueada ante el hecho de que nada de lo que me dijera parecía calmarme, me dio un abrazo después de dejarme frente a la puerta de la Terminal 4. Así empezaba el año electoral. El año en que a mí me tocaría también elegir; bien, y mal. Y ahora, quién sabe aún si bien, o mal.

Era 25 de enero y viví la primera noche electoral del año en el lugar que ha sido Bruselas, que podría perfectamente reducirse a un cautivador apartamento en Avenue de la Couronne, 130. El miedo -parecía- iba a cambiar de bando. Pese a ello, yo seguí enviando mensajes que no debía enviar, y avisé de que había vuelto a quien no debía saberlo. Regresé a casa con la sonrisa a medias de quien sabe que la esperanza se mueve entre bambalinas y que su existencia no es certeza para uno mismo. Regresé a casa con la consciencia de que yo, aquella noche, no esperaba estar regresando a casa sola. Y me dormí con la certidumbre de que lo que tocaba, tanto a mí como a Grecia, era enfrentarse a lo que viniera después -para ella la Troika, para mí mi nuevo trabajo- absolutamente sola.

Fue 22 de marzo y viví la segunda noche electoral del año en una sala de espera de Berlín Tegel y en un avión de Brussels Airlines que me devolvía, también y una vez más, a Bruselas. Los resultados de Podemos no habían sido los que esperábamos; recibí el mensaje que quería y que no quería recibir al mismo tiempo, una muestra más de lo Schrödinger que fue siempre nuestra historia, si es que fue algo. «Mal, ¿no?» Sí, mal. Todo mal. Año nuevo, trabajo nuevo y vida nueva no cumplían ninguna de sus premisas y, para colmo, Susana Díaz barría en Andalucía y Ciudadanos obtenía un resultado muy digno pese a haber mandado a los andaluces a pescar. Pero aún podíais empeorarlo: tú, el trabajo nuevo, y la supuesta vida nueva que yo había supuestamente elegido.

Fue 24 de mayo y, desde el trono que es el sofá de mi casa de Badajoz, vi llorar a Ada Colau al saberse la próxima alcaldesa de la Ciudad de Barcelona. Si hubo una noche en la que el miedo pareció cambiar de bando, era esa, y yo no estaba donde quería. Jesús y Juanma me enviaban fotos desde la Cuesta de Moyano y yo me veía una vez más en la tierra de nadie en la que tuve a bien crecer y a la que no quiero volver. Y, sin embargo, creo recordar que sonreía.

Fue 13 de junio y me pasé cuatro horas de pie en la Plaça de Sant Jaume. Por la mañana había visto, desde la cama de Esther, las investiduras de Manuela, de Xulio, de Pedro, de Kichi y de Joan. Y por la tarde forzaba a mi cerebro, anestesiado por la alergia, a prestar atención a gentes que hablaban una lengua que aún me costaba y me cuesta mucho. Y me llenaba de confeti por verla a ella, aunque sólo fuera de lejos, que iba vestida de rojo y estaba sobrepasada, y probablemente pensara si todo aquello le iba a merecer la pena. A mí, querida Ada, me mereció mucho la pena. Fue 13 de junio y la tarde anterior, Esther, Robert, Bet y yo celebrábamos que me iba a vivir a Beirut. No me acerqué a la Barceloneta pensando que no era necesario, que ya tendría Mediterráneo de sobra en menos de un mes. Tres días después, le contaba a Esther que no podría cumplirse aquel sueño y que, por lo tanto, dejaba Bruselas. A Robert no se lo conté hasta bien entrado septiembre.

Fue 5 de julio y llegaba a Syntagma a las siete de la tarde, cuando comenzaba el escrutinio del referéndum a la propuesta de memorándum de la Troika. Y a los quince minutos conocía a Thanasis, que me hablaba en perfecto inglés, francés y castellano, y me traducía a mí y a muchos otros al perfecto unísono lo que los compañeros transmitían por el megáfono. Los sondeos a pie de urna, que ya daban claramente vencedor al NO. El recuento de votos, rapidísimo como fue, dejando atrás aquel 25 de enero que nos tuvo en vilo ante la plausibilidad de la mayoría absoluta. La explosión. La alegría más plena. La foto que me hicieron los de TeleSur y que estuvo rondando Twitter un día entero. Los griegos que se acercaban a hablar (intuyo que también a ligar) conmigo y que alucinaban con que hubiera volado sola desde Bruselas a «hacer hueco». La señora que me dio las gracias y me dijo: «cuando nos necesitéis, yo también iré a España». La sonrisa con la que le contesté: «os necesitaremos».

Fue 27 de septiembre y agarraba un taxi en Via Laietana y le pedía al taxista que me llevara a la Rambla del Poble Nou. Allí, entre gritos de Anti-Anti-Anticapitalistas e Inde-Inde-Independència, vi por primera vez a David Fernàndez y a Antonio Baños, que era lo que yo en realidad había ido a hacer a Catalunya. Allí acabé cantando La Internacional en castellano mientras el resto la entonaba en catalán. Allí acabé maldiciéndome por no saberme la letra de Els Segadors. Tardé muy pocos días en aprenderla, pero aún no he tenido ocasión de volver a cantarla. Em sembla que la Catalunya triomfant no ha tornat encara a ser rica i plena.

 

Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.
Publiqué esto en Instagram bajo el pie de foto «Bon cop de falç». A día de hoy, sólo tiene un Me Gusta, y es de Robert.

 

Fue 20 de diciembre y, desde el Teatro Goya de Madrid, me enfrentaba a más de un demonio y a la sempiterna sensación de por qué no estaré dedicándome yo a lo que más me gusta, que era aquello: el conocerles a todos, el observar con gracia, el analizar con y sin detalle, el esperar con la misma ilusión y desesperanza el resultado para el que ya te habías preparado. Ramón me dijo: «nos ha faltado una semana más de campaña electoral». Y yo pensé: «a mí me ha faltado una semana más de esta mañana».

Hay quien recuerda dónde ha estado en todas las finales de Champions League que ha vivido. Yo recuerdo dónde he estado en todas las noches electorales que he vivido. El 22 de mayo de 2011 arrasó el PP y yo, desde un salón más que barroco en Ammán, pasaba el trago en un Skype que se alargó hasta las cuatro de la mañana. El 20 de diciembre mi país recuperó algo de decencia, un tipo al que le profeso desmedida admiración se ganó un acta de diputado por Barcelona, y casi un mes después de la primera noche que soñé con Albert Rivera, pude dormir siete horas seguidas sin soñar con Albert Rivera.

No tengo ni la más remota idea de lo que será 2016. Pero ven ya. Y acaba con esto. Viviremos las noches electorales que haga falta. Nos perderemos tanto como haga falta. Endarrera aquesta gent, tan ufana i tan superba.

 

 

 

Benvolgut David

 

Benvolgut David:

No nos conocemos. Más bien, tú no me conoces a mí. Tampoco es que yo sepa mucho de ti, no voy a mentir, apenas supe de ti hace tres años. Pero ya he hablado de ti en esta casa meva, que será siempre casa vostra, siempre, i si és que hi ha cases d’algú. Eso me lo enseñó un chico, que empezó siendo mi compañero de trabajo, más tarde mi amigo, y que encontraba extraña la fijación que tenía contigo. Es extraño para un catalán que una española simpatice con la causa independentista, ¿verdad? Pero tú sabrías que no, tú sabrías que en eso consiste el internacionalismo, y si nos hubiéramos tomado una copa juntos algún día hasta te habría dado un abrazo (no soy yo de abrazar, en eso no nos parecemos) y habríamos concluido que catalanes y españoles estamos mejor separados, y que es precisamente de nuestra separación de donde nacerán las repúblicas -la vuestra, la nuestra, hermanadas-, las dos ecologistas, las dos feministas, las dos si algo, de cara y de frente, anticapitalistas. Imagínanos, los Països Catalans, lo que sea que seamos nosotros, reconociendo a la vez al Estado Palestino. Habría sido bonito, ¿no crees? Es bonito confiar en que lo que no podemos romper nosotros (el Estado demofóbico, David, lo sabes bien) te ayuden a romperlo otros. Y por mucha estima que te tenga -que te la tengo, tanto esfuerzo tendría que hacer por dejar de tenértela- es difícil justificar, explicar, exponer todo esto. Cuánto, no lo sabrás bien. Un catalán, sea o no charnego, sea o no de linaje segador, para un español siempre será eso, catalán, si no es su familia es la inmersión lingüística de Pujol o la TV3 quien le ha lavado el cerebro. Ahora párate a pensar cómo es que una chica, cualquiera, de izquierdas pero callada, que toma partido a tientas por las cosas (un poco aquí, un poco allá), un día te escucha hablar, y al día siguiente vuelve a hacerlo, y se convence de que tienes razón y que, como te dije antes, la solución, el principio de la revolución, depende de la independencia de Cataluña. Imagina lo que es defender esto en España, cuando la chica ni habla catalán, ni tiene nada que le ate a Cataluña. Nada es nada, más allá de haber estado en Barcelona muchas veces y haber vuelto siempre con la sensación de «sí, esta ciudad tiene sus cosas, pero está muy mal hecha». ¿Cómo crees que actúa ella cuando lo que escucha todos los días es «consulta ilegal»? ¿O «qué aparece en su DNI»? «Que los catalanes serán siempre españoles aunque ellos no quieran.» ¿Crees que se calla? No, no se calla. Se sabe pequeña, pero conoce a Galeano igual que tú, y sabe de lo que es capaz la gente pequeña. Así que sigue, día tras día, intentando explicar a quien no quiere entender. Y cuando se cansa, cuando cree no poder más, acude a ti, y a Quim, y a Gabriela, y a Anna, y a Antonio, y a Josep Manel, y a mucha gente que ha creado para ella lo que no ha podido tener en su país porque -mal que le pese- su país «no está para esto». Así que explícale a esa chica, David, qué tiene que hacer para contestar los mensajes de todos sus amigos, acérrimos votantes del PP, de Ciudadanos, del PSOE, de Podemos, por qué no dejo de decirles que Artur Mas nunca volverá a ser President, que tú no dejarás que lo sea, y que sin embargo has decidido pedir dos votos para él, con la única contrapartida de un plan de choque que nadie va a cumplir. Explícale a esa chica qué pasa ahora con todas las veces que ha defendido ante sus amigos de izquierdas que tú no harías nunca algo así. Explícale que estaba equivocada, lo entenderá, se equivoca mucho, pero si de algo ha estado siempre segura es de que merece la pena continuar, que el fin es más grande que ella, que ante el capitalismo no cabe otra cosa que no sea vencer. Explícaselo, pero no la malinterpretes: sabe que no eres imprescindible, que no depende sólo de ti, que ni siquiera que lo hagas o no depende de ella; al fin y al cabo, ella nunca podrá afiliarse a la CUP. Es radical ella, todos los que pedimos decencia y justicia en este siglo que nos ha tocado vivir somos radicales; qué pensarán de nosotros cuando volvamos a defender la abolición del Estado. Es radical ella, sí, pero podrás convencerla; un día ya lo hiciste.

Y quizá ella pueda intentar explicarte a su vez lo que es la admiración.

 

 

 

Alegato contra la tolerancia

 

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Me duele España.

No tengo por qué aguantaros. No tengo por qué aguantarlo.

No quiero ser española. Pero no sólo, no tanto por vosotros, políticos, política de mierda, sátrapocorruptos de pacotilla cuya mayor afición es medirse la polla sin llegar siquiera a micropene. No es por vosotros, es por ellos. Por los que os votan, por los que os votaron, por mis padres, que votaron sí a una Constitución de mierda; por los padres de mis amigos, que cual miedicas acudieron a votar sí esa Constitución de mierda. Y es sobre todo y principalmente por ellos, por los compatriotas, por los que ven sin querer pero, principalmente, por los que no ven queriendo. Me dais asco. No os soporto más. No aguanto vuestro barriobajerismo chulesco, la altivez que demostrais en vuestra estupidez ignorante propia de parvulario elemental. Lo patética que queda vuestra mirada perdida cuando no tenéis nada que decir ni que añadir. Sí, patética, rancia como el moho más putrefacto cuando el país se conmueve y vosotros cambiáis de canal y de tema, no perdéis el tiempo leyendo un mísero titular y, por favor, “si el reflejo de la tinta impresa alcanza mi retina aléjalo de mi vista”.

Que sois muchos, y no sois nada cobardes. Os enaltece demostrar que os da todo igual. Os jactáis de que no va con vosotros cuando España sois vosotros. Presumís de una felicidad impostada y, para colmo, aún pretendéis presentar vuestra inopia como un modelo a seguir.

Pero a mí no. A mí me habéis cansado.

El problema de mi país sois vosotros. Porque existís vosotros, existen ellos. Porque no demandáis nada. No queréis nada. Os da igual tener un Presidente del Gobierno que se enorgullece de no leer, porque vosotros tampoco lo hacéis. Y si mañana compareciera -Dios, el suyo, no lo quiera, pues ya ha generado alergia a la luz focal- y clamara a los cuatro vientos que le encantó Cincuenta sombras de Grey allí seguiríais, aplaudiendo. Porque la Justicia no se ha pronunciado y aquí la presunción de inocencia es vaca más sagrada que un toro de Mihura. Me cago en Dios, España. No. Me cago en el Dios que es España. En esa religiosidad inmanente que tenéis todos, cristianos y ateos, que os convierte en carne de consumidor sadomasoquista cuando no llegaríais ni a agilipollados.

Sí, me prometí que nunca hablaría de política. Pero no puedo más. Dimito. Tú no lo harás.

Pero yo dimito.

España, vete a tomar por culo.

Españoles condecorados del pasotismo, estandartes del idiotismo patrio más rancio, seguid cabalgando vuestra vida con visera, pues ya ni quiero que veáis mi mismo sol. Idos todos a tomar por culo.

 

España


"Verás llanuras bélicas y páramos de asceta,
-no fue por estos campos el bíblico jardín-;
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín."
-Antonio Machado-

 

A riesgo de convertir este blog en un diario, de alguien que simplemente sabe poner bien las comas y escribir quijotadas sobre pajas mentales. A riesgo de saber que siguen esperando el típico blog sobre mis vivencias y andanzas por Oriente Próximo, lleno de curiosidades, y fotos con amigos y gente guay, y anécdotas. O ese otro típico blog conceptual con fotos y una cita a pie de página que habré sacado de Wikiquote y que no citaría para que todos creyeran que he leído el Ulises de Joyce. A riesgo de no alcanzar nunca la gloria literaria, voy a seguir hablando de mí, y de lo que pienso, y de cómo me siento.

Voy a contar, así, que cuando estoy nerviosa, y me entra la melancolía, y me sangran los dedos, me da por escribir. Peroratas por aquí y por allá, porque nunca he sido muy de “introducción, nudo y desenlace”. Y así me va. Pero hay días, los que menos, por desgracia, que uno se inspira (o más bien, le inspiran). Y yo no escapo a ese proceso biológico en el cual te da por empezar pensando en que mañana te juegas, en mayor o menor medida, tu futuro, y acabas teorizando sobre la relación que te une a tu lugar de nacimiento. Volver o quedarse. Volver, o volver a marchar.

 

 

Hablar de mi idea de España, o de mis sentimientos hacia España, de la patria o la bandera no es original. Más bien, es ruin y es una patochada. Pero es algo clave en la idiosincrasia del ser español. Todo español se pregunta varias veces a lo largo de su vida por España. Qué es, de dónde viene, a dónde va. Y yo, que suelo rechazar por sistema todas las modas, me encuentro cómoda con esta. Será porque soy española, mal que me pese.

El debate es perpetuo, y rancio, y parece el cuento de nunca acabar. Porque España se rompe, España no tiene remedio. España está abocada al mutuo desentendimiento. Porque no hay una España, sino dos, o diecisiete, o cincuenta y dos. O cuarenta y seis millones, que vamos ya. Pamplinas, todas ellas.

Lo que quiero decir con esto es que lo que a mí me duele no es España. A mí, al contrario que a Don Miguel, no me duele España. Simplemente, la echo de menos lo mismo que antes la echaba de más.

Porque España me ha permitido conocer y dominar la que, insisto, e insistiré hasta el día de mi muerte, es la lengua más rica, más completa, más hermosa del mundo. Y cómo digo yo esto, si no conozco, ni domino, ni he oído, o leído, o hablado todas las lenguas del planeta. Pero no, no me hace falta. No hay nada comparable a leer buena literatura en castellano, escrita en castellano. Porque, en un universo paralelo, quizá Cortázar, y Borges, y García Márquez, y Rulfo escriben en inglés, o en alemán, o en quechua. Pero en este, esos dioses escriben en castellano, sólo en castellano.

Es la mejor lengua para insultar. Es la mejor lengua para mentir. Para aderezar, para cumplimentar y para exigir. Es la lengua de la aproximación y los “oides”, de la disminución y los “illos”, y los “icos”, y los “etes”. Las mejores cosas de la vida no las elegimos nosotros. Y yo, que no elegí nacer en España, ni pensar ni hablar ni soñar en castellano, no elegí tampoco una de las mejores cosas de mi vida. Y me alegro.

La vida, así como la historia, sería imposible si todo se recordase. Y aunque, como dijo el sabio, quien no conoce su pasado esté condenado a repetirlo, quizá el secreto esté en saber lo que debe olvidarse.

Lo que no olvido, lo que recuerdo, es que mi país tiene la mejor comida del mundo. Mi país tiene Madrid, y Barcelona, y San Sebastián. Mi país tiene románico, y gótico, y plazas mayores la mar de bonitas. Yo soy del país de las voces de Raphael y Serrat, de la movida, de la Bola de Cristal, de Martes y Trece, Cruz y Raya y La Hora Chanante. Del país del anarcosindicalismo campesino, de los maquis, de las guerrillas y los bandoleros. Del país del que, cualquiera con algo corazón, llora cuando oye hablar de él de la mano de Hemingway u Orwell. Del país de Larra, de Galdós, de Unamuno y de Machado. De Cela y de Delibes. De Lope de Vega, Quevedo y Cervantes.

No soy del país de las Comunas, los Mayos del 68, las revoluciones populares, que se llaman populares por no llamarse golpes de Estado. No soy del país de Kant, Nietzsche, Fichte, Schopenhauer y Heidegger. No soy del país de Gramsci, ni guardo un apellido Garibaldi en mi ascendencia, ni visto camisas rojas. No soy del país de los grandes inventores, de los premios Nobel, de los best-sellers traducidos a un millón de lenguas.

Pero eso también quiere decir que no soy del país de Napoleón, de Le Pen, del más horrible modelo de colonización y de la música gangosa. Que no soy del país que provocó dos guerras mundiales y que aún no se ha sentado a recapacitar que eligió democráticamente a un dictador que abocaba por acabar con dos tercios de la población mundial. Que no soy del país que eligió democráticamente a Berlusconi, a quien le precede su nombre, y quien no requiere presentación.

Mi madre, que es muy sabia, solía decirme que en todos lados cuecen habas, y en tu casa, calderadas. Supongo que toda nación, territorio, estado o cosa con mínimos lugares comunes tendrá motivos, razones, hechos y personas por las que sentirse orgulloso y otras por las que sentirse denostado e inútil. Así como todos nosotros tenemos virtudes, actitudes, gustos y personas de las que sentirnos orgullosos, y otras de las que sentirnos avergonzados y desdichados. Como cada uno de nosotros, cada país (nación o territorio) tiene sus cosas. Cada uno tiene sus cosas.

Yo no voy a recordar nunca más que nací en la España del Cid, de los Reyes Católicos, de Colón, y Cortés, y Pizarro. De los pronunciamientos como comodín del público. Del carlismo, de la Inquisición, de Fernando VII. Del falangismo, del nacionalcatolicismo, y de Francisco Franco. No, porque esa no es mi España. Y quien la quiera hacer suya, contará con mi respeto, pero nunca con mi aprecio.

Puede que viva condenada a sentirme extranjera en España y española en el extranjero. A que cuando esté allí quiera salir, y cuando salga, volver. Puede que eso no constituya una muestra de mi relación con mi lugar de origen, sino una muestra de mi forma de ser. Que me canso, y no me conformo, y siempre necesito más.

 

Y ahora que vuelvo a hablar de mí, lo dejo. Que no quiero que mi blog sea como los de las gilipollas que se empeñan en crear alegorías de acontecimientos tan banales como la pérdida de una uña postiza. Y, si vuelvo a España, al menos me veré obligada a cambiarle el nombre. A Si Rajoy puede, yo también.

Madrid, Ammán.

– A veces ocurren cosas malas y no puedes evitarlo y, si no puedes poner el remedio… ¿por qué vas a angustiarte?

– Porque es tu responsabilidad.

 

He ahí: la eterna discusión. Para los que me conozcan (y lo reconozcan) será muy fácil. Para los que no, he de admitirlo. Sí, puedo recitar El Rey León de principio a fin, y unas copas me ayudan a terminar sin cansarme, ;)

Experta en ver filosofías de vida en todas partes, El Rey León es una de ellas, y esta conversación entre Nala y Simba ilustra lo que, para mí, es el trasfondo de la película, el “hakuna matata” que está bien pero que no puedes alargar en el tiempo, porque no puedes negar quién eres y qué eres. Sé que la película es recordada, básicamente, porque un suricato y un jabalí berrugoso cantan alegremente al “carpe diem” sin Walt Whitman y “Oh, captain, my captain”. Pero no, en El Rey León finalmente vence la responsabilidad, Nala, la esencia irrenunciable de Simba.

Ayer, dolorosamente, recordé este fragmento. Recordé que uno puede poner mucha tierra de por medio, que uno puede intentar huir, despejarse, avanzar pero que, lamentablemente, hubo no puede desdibujarse y reinvertarse. Uno tiene responsabilidades. Yo, que no soy Simba, y no tengo unas piernas fuertes y veloces para cruzar selva tropical, desierto y sabana en treinta segundos de película, sigo en Ammán mientras, en España, tengo responsabilidades.

Ayer me gustaría haber sacado de paseo a alguien. Me gustaría haber ido a la inauguración de Renoir en el Prado y, por qué no, empalmar más tarde con la de Mario Testino en el Thyssen. Me gustaría haberle robado una sonrisa a una personita que alega que El Rey León no le gusta porque los animales no hablan.

Como no podía hacer nada de eso, un buen amigo y yo fantaseamos virtualmente con volver a ir al Starbucks. Sí, me gustaría volver al Starbucks: ir con aquellos que odian Starbucks, aquellos que lo odiaban y que ahora aprovechan cualquier ocasión para ir, o con aquellos que siempre compartieron mi dosis necesaria del esnobismo más absurdo… pagar cuatro euros por un café que cuesta menos de uno, para participar de esa escena de Family Guy:

 

 

Ayer fue ayer, y hoy, al pasar por un Starbucks, no me apeteció en absoluto.

Hoy, tras una buena tarde, me apetece dormirme recitando algunas frases memorables:

“- Está desinflado.

– Pues yo le veo bastante gordito.