Benvolgut David

 

Benvolgut David:

No nos conocemos. Más bien, tú no me conoces a mí. Tampoco es que yo sepa mucho de ti, no voy a mentir, apenas supe de ti hace tres años. Pero ya he hablado de ti en esta casa meva, que será siempre casa vostra, siempre, i si és que hi ha cases d’algú. Eso me lo enseñó un chico, que empezó siendo mi compañero de trabajo, más tarde mi amigo, y que encontraba extraña la fijación que tenía contigo. Es extraño para un catalán que una española simpatice con la causa independentista, ¿verdad? Pero tú sabrías que no, tú sabrías que en eso consiste el internacionalismo, y si nos hubiéramos tomado una copa juntos algún día hasta te habría dado un abrazo (no soy yo de abrazar, en eso no nos parecemos) y habríamos concluido que catalanes y españoles estamos mejor separados, y que es precisamente de nuestra separación de donde nacerán las repúblicas -la vuestra, la nuestra, hermanadas-, las dos ecologistas, las dos feministas, las dos si algo, de cara y de frente, anticapitalistas. Imagínanos, los Països Catalans, lo que sea que seamos nosotros, reconociendo a la vez al Estado Palestino. Habría sido bonito, ¿no crees? Es bonito confiar en que lo que no podemos romper nosotros (el Estado demofóbico, David, lo sabes bien) te ayuden a romperlo otros. Y por mucha estima que te tenga -que te la tengo, tanto esfuerzo tendría que hacer por dejar de tenértela- es difícil justificar, explicar, exponer todo esto. Cuánto, no lo sabrás bien. Un catalán, sea o no charnego, sea o no de linaje segador, para un español siempre será eso, catalán, si no es su familia es la inmersión lingüística de Pujol o la TV3 quien le ha lavado el cerebro. Ahora párate a pensar cómo es que una chica, cualquiera, de izquierdas pero callada, que toma partido a tientas por las cosas (un poco aquí, un poco allá), un día te escucha hablar, y al día siguiente vuelve a hacerlo, y se convence de que tienes razón y que, como te dije antes, la solución, el principio de la revolución, depende de la independencia de Cataluña. Imagina lo que es defender esto en España, cuando la chica ni habla catalán, ni tiene nada que le ate a Cataluña. Nada es nada, más allá de haber estado en Barcelona muchas veces y haber vuelto siempre con la sensación de «sí, esta ciudad tiene sus cosas, pero está muy mal hecha». ¿Cómo crees que actúa ella cuando lo que escucha todos los días es «consulta ilegal»? ¿O «qué aparece en su DNI»? «Que los catalanes serán siempre españoles aunque ellos no quieran.» ¿Crees que se calla? No, no se calla. Se sabe pequeña, pero conoce a Galeano igual que tú, y sabe de lo que es capaz la gente pequeña. Así que sigue, día tras día, intentando explicar a quien no quiere entender. Y cuando se cansa, cuando cree no poder más, acude a ti, y a Quim, y a Gabriela, y a Anna, y a Antonio, y a Josep Manel, y a mucha gente que ha creado para ella lo que no ha podido tener en su país porque -mal que le pese- su país «no está para esto». Así que explícale a esa chica, David, qué tiene que hacer para contestar los mensajes de todos sus amigos, acérrimos votantes del PP, de Ciudadanos, del PSOE, de Podemos, por qué no dejo de decirles que Artur Mas nunca volverá a ser President, que tú no dejarás que lo sea, y que sin embargo has decidido pedir dos votos para él, con la única contrapartida de un plan de choque que nadie va a cumplir. Explícale a esa chica qué pasa ahora con todas las veces que ha defendido ante sus amigos de izquierdas que tú no harías nunca algo así. Explícale que estaba equivocada, lo entenderá, se equivoca mucho, pero si de algo ha estado siempre segura es de que merece la pena continuar, que el fin es más grande que ella, que ante el capitalismo no cabe otra cosa que no sea vencer. Explícaselo, pero no la malinterpretes: sabe que no eres imprescindible, que no depende sólo de ti, que ni siquiera que lo hagas o no depende de ella; al fin y al cabo, ella nunca podrá afiliarse a la CUP. Es radical ella, todos los que pedimos decencia y justicia en este siglo que nos ha tocado vivir somos radicales; qué pensarán de nosotros cuando volvamos a defender la abolición del Estado. Es radical ella, sí, pero podrás convencerla; un día ya lo hiciste.

Y quizá ella pueda intentar explicarte a su vez lo que es la admiración.

 

 

 

Del optimismo, la amistad y lo bonita (preciosa) que es la vida

“We can complain because rose bushes have thorns, or rejoice because thorn bushes have roses.”
(Attributed to Abraham Lincoln.)

 

Calvin, you called it.
Calvin, you called it.

 

Tengo un amigo.

Sí, vale, tengo más de uno, pero hoy hablaré de él.

Con él he pasado por tantos estados emocionales que, haciendo gala de la mayor honradez posible, perdí la cuenta. Le he querido, le he odiado, le he deseado, le he vuelto a odiar, le volví a querer. Y ahora vivimos en estados de permanente déjà v(éc)u. Lo cual, haciendo gala de la más mínima honradez, me gusta.

Y él me quiere (supongo) pero no le gusta mi blog. Y no escatima ocasión para decirlo. Tampoco escatima ocasión para compararlo con otros blogs de otras chicas, a pesar del nulo o escaso o inexistente amor o puro odio mal canalizado que siento yo hacia esas otras chicas.

Según sus textuales palabras: es de un dramatismo incomparable y con cada entrada le dan a uno más y más ganas de cortarse las venas.

El pasado domingo, mientras comíamos juntos y a la luz de un plato de lentejas, me quedé una vez más mirando al infinito con la mirada perdida y triste como si en vez de legumbres estuviere comiendo hierbajos desamparada en una tierra de nadie. Y así, a bote pronto, le espeté que me estaba perdiendo muchas experiencias.

 

Lucky

“¿Me estás diciendo que quieres hacer un trío?”

Hombre, pues sí, quiero hacer un trío. Uno, dos, tres. Y alcanzar la perfecta triangulación. Pero esta vez me refería a que veía que con casi treinta tacos no había pasado por ninguna relación seria. Ya saben. Esas que tiene la gente en la veintena. Las de pasarse siete y ocho años juntos, no poder vivir el uno sin el otro, dejarlo y que sea un drama pero no por estar enamorado (vaya mandanga) sino porque “echas de menos todo lo que hacías con esa persona”. Hasta recuerdas haber hecho cosas que no has hecho, tipo calceta, o figuras sexuales imposibles. Y tu vida no tiene sentido.

Toda esa cantidad inigualable de drama yo no la he experimentado. Imaginad qué decepción.

Y él, que a ratos es sabio como él solo, me miró una vez más con ese porte de “ya empezamos con tus tonterías” y me dijo: “pero vamos a ver, Violeta, estás diciendo eso ahora un poco por decir; ¿me dices en serio que de repente no valoras el hecho de que llevas toda tu vida haciendo lo que te da la gana?, ¿que mañana puedes ir a un concierto o comprarte un billete de avión sin hablarlo con nadie, sin consultarlo con nadie, sin tener que mandar un WhatsApp de “oye, qué te parece si a pesar de que compartamos una vida juntos, a mí me apetezca mandarte a tomar vientos e irme de viaje sola o con mis amigos”?”

El touchée lo oyeron hasta los chinos de Rusia.

Continuó la perorata porque él es mucho de pontificar, y me dijo que yo simplemente adolezco de este inconformismo genético según el cual siempre voy a querer aquello que no tengo. Algo que no es del todo exacto: no tengo un perro ni un Maseratti y no son cosas que desee (por el momento); no tengo a Angelina Jolie pero traédmela y dadme cinco minutos con ella (cinco minutos con Angelina Jolie en la Tierra deben de ser igual a cinco años con mi amante average en Saturno).

¿Pero y qué sería de mi escritura y del poco estilo que tengo sin la tristeza intrínseca, las subliminales ganas de morir -o de no existir- y la eterna proyección de que valgo menos que nada?

Así que me propuso escribir sobre ello, acompañando a esta entradilla de unas muy inspiradoras imágenes que me hicieran ver la belleza profunda y absoluta del vivir.

 

Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.
Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.

 

Con su permiso, le cito:

“Se trata de tomar altura y ver la vida, tu vida, no sólo desde lejos sino, lo más importante, desde una óptica positiva y optimista. Irreal por una vez, exagerada, pero en vez de preguntarte qué te falta, qué es el amor, qué sentido tiene tu vida, por qué no tengo tantas amigas, por qué soy una incomprendida, etc.; trata de ver lo que te ha ido dejando la vida, las experiencias que has podido vivir, las expectativas y opciones futuras. Cambiar de lente, para descubrir que en realidad, esa otra persona que surge de la nueva visión es también uno mismo.”

Sí, ¿no? Decidlo. Qué pereza.

Pero hagámosle caso (es un muy buen amigo). Intentémoslo. Se trata de, según él, que deje de sacarle a todo una lectura puramente pesimista.

Difícil de hacer, pero no tan difícil de cumplir. Lo sé. Empero, yo no soy así. Y esto es lo que quiero decir hoy, a él, y a todo el que quiera leerme.

Yo soy una persona pesimista. Quiero ser feliz. En algún punto de mi vida -y no estoy exagerando ni regodeándome en mi propio personaje de femme fatale- pensé (realmente pensé) que a mí no me haría falta ser feliz. De verdad. Pensé que a mí me bastaría conmigo y con mi mundo de pequeñas cosas: mis libros, mis películas, mis canciones, mis viajes. Y ya. Os lanzo hasta una confesión: pensé que la felicidad era para mentes inferiores, muy inferiores. Y ya no. Ahora, creedme, mato por ser feliz. Feliz de verdad. Ese estado de “hoy no necesito pensar en nada” similar a haberse fumado tres canutos. Me encantaría no ver siempre el vaso medio vacío, pero soy como soy y lo que soy precisamente porque siempre veo el vaso medio vacío. Soy una persona muy cínica, mucho; pero no me gustaría serlo tanto como para no ser capaz de aceptar que, como dijere Fo relatando la muerte accidental de un anarquista, llevamos la cabeza bien alta, sí, pero porque tenemos la mierda hasta el cuello.

Eso no significa que no haya espacio alguno de mejora. Tengo que dejar de exigirme tanto a mí pero, sobre todo, tengo que dejar de ser tan exigente con los demás. Tengo que dejar de vivir en un permanente estado de “show-off”, be prettier, be smarter, be better. Tengo que saber decirme que no a mí, y decir que no a los demás. Y tengo que aprender a sentir satisfacción, elemento bien diferente a la conformidad.

Ama, ama y ensancha el alma, que tanto nos gusta. Pero ámate primero a ti misma.

Me amaré, te lo prometo. No precisamente ahora, no precisamente hoy. Pero con el tiempo, y con amigos como tú: estaré bien.

Porque querer a un amigo implica también aceptarle como es. Quererse a uno mismo implica, desde luego, aceptarse tal y como uno es. Y yo soy una persona pesimista, muy pesimista. Alegre (lo sabes), divertida (y más con una cerveza), inquieta (hasta decir basta). Pero pesimista. La gente no suele tener miedo de hablar de sus virtudes, pero es muy difícil salir del armario para con los defectos de uno. Es difícil admitir “me obsesiona la búsqueda del amor”, igual de difícil que plantarse en un blog público y decir “soy tremendamente pesimista, encuentro muy complicado ser feliz por neurótica, tengo un complejo atroz con mi cuerpo (pese a que, objetivamente, con 2.000 euros de inversión en cada teta pudiere ser modelo)”. Es aún más difícil porque nos pasamos la vida clamando (y sosteniendo) una soplapollez gigantesca: “si no te quieres a ti mismo, nadie te va a querer”. Por lo que se torna empíricamente absurdo escribir, en un blog público, que tu amor propio se mide con el de Bécquer, con el de Kafka, con el de Larra.

Primera conclusión del 2015, o lo que ha aprendido Violeta en sus escasos quince días.

Quererse no es conditio sine qua non para que te quieran. Te quieren o no. Punto. Y ya puedes hacer el pino puente con más gracia que la Comanecci o ponerte falda y bailar el hula hula. El amor es una mierda tan soberana, tan asquerosamente infame, que escapa por entero a nuestro control.

Así que yo, por mi parte, seguiré simplemente descubriendo aquello en lo que me voy a convertir. Y cambiaré, poco a poco. Despacio, y con la buena letra de siempre.

Y, a ratos, procuraré ver el vaso medio lleno. Siempre medio lleno.

Aún sabiendo que está medio vacío.

 

 

 

 

 

Decepción

A veces pienso que el problema es mío. El problema, sí, es definitivamente mío. El problema es mío cuando me enfado por que mis amigos no guardan mi número de teléfono bajo mi nombre. Mi nombre, que es Violeta, que no es un nombre común. Vio le ta. Después de haberlo odiado, malogrado, a ratos ensalzado -por raro, por distante, por irreligioso, también- he llegado a llevarme bien con él. Mi nombre es Violeta, no es Violeta Bruselas, ni Violeta Trabajo, ni Violeta cualquier-cosa-que-te-recuerde-a-mí. Porque deberías recordarme por mi nombre, igual que yo te recuerdo por tu nombre. En mi móvil hay tres César, pero sólo uno merece llamarse César. Pero ahora vivimos así, y todo tiene que tener etiquetas, todo tiene que ayudarnos a recordar. A recordar hasta lo más elemental: que tenemos amigos y que tenemos que cuidar de ellos.

El problema es mío, sí, cuando exijo demasiado, cuando me falta empatía, dicen. Cuando mis expectativas son demasiado altas. Lo entiendo. Pero no quiero tener empatía. No quiero tenerla. No entiendo que te guste más el Nesquik que el ColaCao, como no entiendo que seas católico. Yo, como Hitchens, abogo por la condescendencia del que sabe respetar pero no se rebaja a la comprensión: no voy a entenderte jamás porque eso implicaría aceptar que tu línea de pensamiento es tan siquiera cercana a la normalidad. Me niego. Creéis en la ¿palabra? de un tipo que creció en una familia en la que su madre y su padre no vivían juntos, pero la adopción para homosexuales es una salvajada que pone en peligro la salvaguarda moral de cualquier ser humano, incluido el potencial ser humano que albergo en mi vientre por el mero hecho de desear sexo, así, como concepto, la mayor parte de mi tiempo libre. No os entiendo, ni quiero, ni me voy a esforzar.

No entiendo que tengamos que aguantar semanas así: Venezuela, Ucrania, la sempiterna Siria. Aguantar esta mierda de artículos. Aguantar que whatsapp interrumpa el servicio (porque no se cae, interrumpe el servicio) y mi Facebook se llene de palurdos pidiendo sus 89 céntimos de vuelta o, mejor, de alguno que otro diciendo que mejor le hubieran dado los 14.000 millones de euros a él, que mejor nos habría ido y no se habría “caído” whatsapp. Mejor, ver cómo todos se encienden abogando por el traspaso instanstáneo (más que el Nesquik) a Telegram, porque bien es sabido que cinco minutos sin un servicio de mensajería instantánea (Nesquik) conllevaría pérdidas de conciencia a niveles muy, muy Nesquik. Mientras todo esto pasaba, una política, corrupta, marioneta, montaba un espectáculo bufonesco en Kiev y se aparecía como salvadora de la patria, de una patria que escenificaba así un nuevo Golpe de Estado que no va a cambiar nada pero que toda la prensa ha tenido a bien aplaudir esta misma mañana. Por supuesto, esto no es sujeto de debate: como mucho colgamos un vídeo de una ucraniana (que sí, está buenísima) que habla así como con voz cándida y nos pone cachondos mientras habla de tres o cuatro generalidades y (parece, porque el vídeo lo firma una organización con bandera de colores, y eso -es sabido- es muy progre) en nombre de todo el pueblo ucraniano (que son unos cuantos, vaya, y un tanto divididos). No sé de qué me sorprendo. Artur Mas también habla ahora en nombre de toda Cataluña.

Yo hablo por mí. Me represento a mí misma y me sobra con eso (de verdad, no es arrogancia, me sobra mucho con eso). Pero no entiendo que tengamos que aguantar todo esto. Ya ni siquiera el que era el mejor periodista del país (mi país, cada día me dueles más) es capaz de tomarse en serio el que, muy probablemente, sea el episodio histórico más turbio de nuestra historia reciente. Sí, esa que ha tenido FILESA, GAL, 11-M, Gürtel, sobres y a saber cuántas cosas más. Pero los hay que creemos que el 23-F sí hubo un intento real de Golpe de Estado y que no es sostenible de ningún modo seguir argumentando que el Jefe de las Fuerzas Armadas no sabía nada. Hacer una hora de pantomima para probar un argumento tan básico es deprimente. Sí, me deprime. Es de meterse el falso documental este por el culo.

Me represento a mí misma también cuando digo que me cansa mucho seguir esperando cosas de los demás. De vosotros, de todos. Del periodismo, también. Del amor, de la amistad. De que las cosas, o se hacen bien, o mejor no hacerlas. De que si quieres a alguien, quiérelo bien. Porque querer a medias es, de entrada, un coñazo. Y de salida, una vergüenza.

Como la que acaba de salir en La Sexta.

Como la que ocupa toda la franja gualda de mi bandera.

Y plus ultra.

 

 

 

Agosto fácil

 

Agosto no es mes para las chicas difíciles.

Vaya si no lo es.

Agosto es sopor, desgana, dipsomanía.

Pero entre todo este malhumor, aún pensamos que lo mejor quizá sea reconvenir, ahuyentar los fantasmas del desasosiego que no nos deja escribir, y vencer la crisis.

Crisis que no se vence sino pensando que, si de por sí nadie lee tu blog, menos eco tendrá lo que publiques este mes. Más honestidad te puedes permitir.

Y vaya si te gusta y no te gusta ser honesta al mismo tiempo.

Hoy me apetece contaros una pequeña historia. Pequeña por su relativa importancia. Historia porque sus protagonistas ya no están presentes en mi vida.

Hace cinco años, antes de que yo tan siquiera me embarcara en mi primera relación formal – y sí, sigues resultándome un error, conocí a un chico. Le llamaremos el chico que sabía demasiado, por el bien de esta historia.

El chico que sabía demasiado y yo conectamos muy bien. Había química. Y no era sólo por lo que teníamos en común o por lo que no nos separaba por completo – a pesar de que no le gustaba la filosofía, por ejemplo (y vaya insensatez, diréis con ávida razón). De hecho, a día de hoy y si me preguntáis – sólo si me preguntáis, tendría que reconocer que no recuerdo haber experimentado ese nivel de conexión con nadie (más) desde entonces. Siendo consciente, al mismo tiempo, de que muy perfectamente puedo estar agrandándolo todo, como siempre tendemos a enaltecer experiencias pasadas. Quizá por eso, porque son pasadas, y muchas veces nos ayudan a empequeñecer gloriosos presentes.

Partamos de la base de que no recuerde o no quiera recordar conexión mayor que con el chico que sabía demasiado. Sería una base cierta y quedaría bien como primera premisa.

 

 

Ya he reconocido muchas veces que soy una pequeña gran víctima del autoengaño. Mis amigos lo saben, él lo sabe, y si os dais una pequeña vuelta a esta pequeña producción en forma de blog, lo sabréis. Lo que yo hago lo denomino empequeñecer cada sentimiento que (pre)siento hasta que me estalla en la cara y se me estaña a fuego en el cuerpo. De ahí que tarde un tiempo en extremo prudencial en reconocer cualquiera cosa que por mi vida pase, hasta la más pequeña forma de cariño, hasta el mínimo atisbo de primer odio.

La cuestión es que el chico que sabía demasiado me confesó, en algún punto de esta historia, que se sentía muy atraído por una de mis mejores amigas. La llamaremos, de nuevo por el bien de esta historia, la chica que no sabía nada.

La cuestión es que, una vez más, ganó mi amiga. El chico que sabía demasiado y ella terminaron juntos, no antes de que él confesara que bien podría haber entrado yo en liza. Que por las dos sentía algo, pero que yo no ganaba la partida. Lo peor de todo (o lo mejor, quizá) fue que la bola de nieve creció y creció, y arrastró todo a su paso. Al final, me quedé así sin amigo, sin amante, y sin amiga.

Y sí, cinco años después los hay que han demostrado tener vivencias similares, gustos prácticamente iguales; los hay que me han terminado las frases, y tan independientes – y tan necesitados – como yo. También los que tras meses de convivencia no podrían haber dicho cuál es mi novela favorita. Ni cuál era su novela favorita.

Ya van unos cuantos y los hay de todos los tipos. Y todos guardan un elemento común. Todos reconocieron todas mis virtudes. Y, al mismo tiempo, todos mis defectos. Incluyendo el peor de todos: que no soy una chica fácil.

Me pregunto, una vez más, por qué escogemos siempre lo fácil.

Hay chicas que leen esto y no entienden una sola palabra de lo que están leyendo.

Lo saben, y saben quiénes son.

Y también saben que ellos – vosotros – os morís por acostaros con ellas. Queréis el cuerpo de Gisele y una actuación de madre. Alguien que cuide, que pregunte, pero que no pregunte de más. Os da igual que su conversación se reduzca a preguntaros qué color de esmalte de uñas les queda mejor o qué modelito esconderá mejor sus cada vez más anchas caderas – y procuraréis, porque así de bien os han enseñado, no maldecir jamás sus caderas. Ellas tampoco quieren más que eso. Lo sabemos, lo sabéis, lo saben.

Lo sé. Es muy complicado volver a casa y que alguien te taladre con ideas sobre la última novela que está leyendo y lo identificada que se siente con la protagonista. Yo también llevaría mejor hablar de la Middleton.

Lo sabéis. Adornáis todo esto en vuestra cabeza porque sabéis que no van a molestar y, que cuando molesten, será fácil darles la espalda porque no les habréis cogido cariño. O al menos no el cariño que – de nuevo, sabéis – se les coge a las demás. Las que tenéis como amigas. Ese que desgarra y que maldices cuando todo se ha acabado. Ese del que darán igual las Giseles que vengan después, tú no la vas a olvidar a ella, y será sólo ella. Normal que queráis sólo chicas fáciles. Lo entiendo. Sólo una difícil ya te jode la vida.

De verdad. Os entiendo. He estado ahí. Sé lo que es agarrar lo fácil porque crees que te hará feliz.

Lo hará, sin duda. Momentáneamente uno es muy feliz. Y el momento, como buena medida de tiempo irregular, puede alargarse todo lo que uno quiera, pueda, conciba.

Pero sé también lo dura que es la contrapartida. Y sé que lo habéis sentido. El profundo vacío al levantarte al lado de alguien que no te quiere. Que no te quiere precisamente porque no eres fácil.

Sé que lo habéis sentido. La otra vuelta de tuerca. La profunda soledad de levantarte al lado de alguien que te quiere. Que te quiere porque cree que eres fácil. Pero que dejará de luchar por ti en el momento en que empiece a sentir que tu inteligencia conlleva mucho más que una asombrosa capacidad para retener datos y fechas de cumpleaños. Que eres mucho más que la chica guapa y lista de la que poder presumir, y que cuestas trabajo.

Los que merecen la pena cuestan trabajo.

Hace poco conocí a uno de ellos, aunque nuestro encuentro fue tan breve que, de momento, sólo irregulares whatsapps pueblan nuestras conversaciones.

Él no lo sabe porque nunca hemos hablado de ello. Pero yo sé quién es su mujer.

Y sólo me ha hecho falta leerla brevemente para saber que nunca estará a la altura de alguien que, en un atisbo de asombrosa e impresionante genialidad mientras yo intento exponerle una comparación entre Dios y el común de los mortales, me contesta: Et hoc omnes dicunt Deum.

Es cuando me impresionan personas a las que impresionas cuando vuelvo atrás, siempre.

A ella.

A la chica que no sabía nada.

Y cinco años después, sigo preguntándome por qué la eligió a ella.

Por qué siempre vencen, de un modo u otro. Las fáciles.

Mi agosto fácil es sin vosotras, fáciles.

No quiero chicas fáciles, ni chicos fáciles. En agosto, no quiero ver la vida como vosotros.

Quiero dejar de inventaros cualidades que no tenéis. Ya he aceptado que nunca sabréis que no las tenéis. Qué decir, también los hay que creen en dioses.

Quiero un desafío real y omnipresente.

Et hoc omnes dicunt Deum.

¿Cómo hablarán los hombres de mí?

 

 

 

¿Respeto? Tres dosis de familia, por favor

 

De todos los recuerdos que guardo de Guiomar -y ya van unos cuantos- sobresale siempre una enseñanza muy básica que me otorgó hace ya algunos años, al abrigo de un verano más y de ese maravilloso salón de El Puig, cuando nada nos faltaba en nuestra vida y nadie comía como en casa pues la que guisaba era mamá. Todo surgió en torno a una sobremesa de adormecimiento, siesta y despertar, mientras en la tele veíamos Aquí Hay Tomate, yo la agobiaba con preguntas porque no entendía nada y ella se acaloraba hablando de cotilleos familiares. Fue entonces cuando le espeté que no podía estar a todo: era la familia o Aquí Hay Tomate.

Su respuesta quedaría por siempre grabada en la contraparte oeste de mi retina. Esa imagen, de Guiomar esbelta, piernas cruzadas, pelo rubio y largo y el sempiterno móvil Nokia (y rosa) en la mano, zarandeándolo mientras solucionaba que:

 

«¿No te jode? La familia me perjudica más que el tomate.»

Ella, algunos años después, tan sabia.
Ella, algunos años después, tan sabia.

 

Mi padre, que en ocasiones también solía ser sabio y aún hoy muy de vez en cuando tiene algún arranque de lucidez, procuró hacerme ver desde una muy tierna edad (no había entrado aún en mi primera década ni sabía lo que era tener hermanos) que en esta vida acaso podría elegir todo, salvo la familia que me había tocado. La familia, me dijo, es lo único que nunca podrás elegir.

No sé hasta qué punto aquellas palabras afectaron mi juicio. Quizá aquella versión de Violeta -que no dista mucho de la de ahora- anteponía llevar la contraria ante cualquier atisbo de dar la razón (el espíritu animoso de la contradicción, prefiero llamarlo) y así se propuso desoír y deshonrar las palabras de su padre como si con ella no fuera la cosa. Nunca he sido muy familiar, ni he entendido el tiempo que pasaba con mi familia como un fin en sí mismo. Hace casi diez años mi madre me sacó del nido familiar y desde entonces nos comunicamos cada vez menos; cuando veo a mi hermano es ligeramente más alto, menos rubio, y se parece tanto o más a su padre; lo contrario ocurre con Guiomar, que tiene el pelo cada vez más rubio; y otro tanto con mi hermana, que crece en todos los sentidos. También cambio yo cada vez que me ven: otro novio, otro piso, otra ciudad, otro trabajo. Aunque cada vez dediquemos menos tiempo a buscar nuestras diferencias.

Pero sí, todas esas versiones de mí se propusieron desatender las palabras de mi padre. Constituyéndose irreversible el hecho, por necesario, de que efectivamente había yo nacido en este mundo de la mano y al amparo de dos personas que así lo quisieron, dijera lo que dijese mi albedrío al respecto, concluí muy a mi pesar que no podía elegir no tenerles, pero sí podía elegir no quererles.

No me malinterpreten. Siempre he sostenido que las mejores cosas de la vida no las elegimos nosotros. Las peores, sí. Las mejores cosas de mi vida no las he elegido yo y tienen nombre y apellidos: Argudo, Sánchez y Martínez. Pero ello no elimina el absurdo -por socialmente impuesto- de que tengamos que vivir y morir con parcelas de amor reservadas, como si nuestro cariño hubiera de repartirse institucionalmente y se lo debiéramos a alguien por el mero hecho de existir. Yo, encariñada con mi propio cariño, creo que es mejor -y me atrevería a decir, más razonable- concentrarlo y repartirlo entre aquellos que se hayan ganado mi respeto, y no creerme protagonista de un clan de predilección autoimpuesta a lo Falcon Crest.

Razón por la que, y muy deliberadamente, hace ya algún tiempo que he procurado demostrar a quien me da igual que me da igual. Llamadme cruel, desaprensiva, arrogante. En vuestro universo todas esas cosas serán ciertas pero encuentro más sano el proceso de aceptación que desemboca en la más pura forma de tolerancia: entender a ciertos integrantes de nuestra(s) familia(s) como lo que de verdad son, meros convidados de piedra en un árbol de problemas.

Entretanto y si me lo permitís, seguiré disfrutando de las mejores cosas de mi vida que, insisto, no las he elegido yo. Y seguiré creyendo que, si he de contar con alguien, con que alguien me conozca, me acepte y me quiera como soy y no de otra manera, para eso están los amigos. Versión mejorada de cualquier familia.

Familia es pasar un día en Bruselas -sólo un día- con la persona con la que más has discutido en tu vida -también con la que más te has reído- y descubrir que seguís teniendo la misma extraña conexión de siempre. Familia son whatsapps de tu hermana un sábado por la noche y después de varios vinos donde te pregunta por el sentido de la vida y la ineptitud del inconformismo. Familia es una tía que, cuando te preocupas por tu futuro y pese a que ninguna de las dos creéis en nada, te dice que Dios proveerá. Familia son amigos que te dicen que Venecia mejor no, que no es para ti porque te vas a poner triste y que prefieren sacarte a caminar y caminar hasta que te duelan las piernas. Familia es que alguien te llene el muro de Facebook con chorradas que te ayuden a escapar -aunque no físicamente- de una semana cruel en una ciudad muy cruel.

Familia es respeto. Respeto que se gana y que nunca hay que dar por sentado.

Y familia es que alguien te falte tanto que no haya día en que no la recuerdes.

Entretanto, sigamos disfrutando de las mejores cosas de nuestra vida. De nuevos integrantes que están por llegar y de toda la risa que aún hemos de producir. (Pero sólo) Con quien merece nuestra risa.

 

 

 

 

Alegato contra la tolerancia

 

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Me duele España.

No tengo por qué aguantaros. No tengo por qué aguantarlo.

No quiero ser española. Pero no sólo, no tanto por vosotros, políticos, política de mierda, sátrapocorruptos de pacotilla cuya mayor afición es medirse la polla sin llegar siquiera a micropene. No es por vosotros, es por ellos. Por los que os votan, por los que os votaron, por mis padres, que votaron sí a una Constitución de mierda; por los padres de mis amigos, que cual miedicas acudieron a votar sí esa Constitución de mierda. Y es sobre todo y principalmente por ellos, por los compatriotas, por los que ven sin querer pero, principalmente, por los que no ven queriendo. Me dais asco. No os soporto más. No aguanto vuestro barriobajerismo chulesco, la altivez que demostrais en vuestra estupidez ignorante propia de parvulario elemental. Lo patética que queda vuestra mirada perdida cuando no tenéis nada que decir ni que añadir. Sí, patética, rancia como el moho más putrefacto cuando el país se conmueve y vosotros cambiáis de canal y de tema, no perdéis el tiempo leyendo un mísero titular y, por favor, “si el reflejo de la tinta impresa alcanza mi retina aléjalo de mi vista”.

Que sois muchos, y no sois nada cobardes. Os enaltece demostrar que os da todo igual. Os jactáis de que no va con vosotros cuando España sois vosotros. Presumís de una felicidad impostada y, para colmo, aún pretendéis presentar vuestra inopia como un modelo a seguir.

Pero a mí no. A mí me habéis cansado.

El problema de mi país sois vosotros. Porque existís vosotros, existen ellos. Porque no demandáis nada. No queréis nada. Os da igual tener un Presidente del Gobierno que se enorgullece de no leer, porque vosotros tampoco lo hacéis. Y si mañana compareciera -Dios, el suyo, no lo quiera, pues ya ha generado alergia a la luz focal- y clamara a los cuatro vientos que le encantó Cincuenta sombras de Grey allí seguiríais, aplaudiendo. Porque la Justicia no se ha pronunciado y aquí la presunción de inocencia es vaca más sagrada que un toro de Mihura. Me cago en Dios, España. No. Me cago en el Dios que es España. En esa religiosidad inmanente que tenéis todos, cristianos y ateos, que os convierte en carne de consumidor sadomasoquista cuando no llegaríais ni a agilipollados.

Sí, me prometí que nunca hablaría de política. Pero no puedo más. Dimito. Tú no lo harás.

Pero yo dimito.

España, vete a tomar por culo.

Españoles condecorados del pasotismo, estandartes del idiotismo patrio más rancio, seguid cabalgando vuestra vida con visera, pues ya ni quiero que veáis mi mismo sol. Idos todos a tomar por culo.

 

Timeline

 

Captatio benevolentia. Hoy me apetece hablar de lugares comunes. Sin esforzarme por exprimir el diccionario, sin intentar impresionar a nadie.

Así, empezaré diciendo que lo peor de tener memoria es que la memoria tiene un precio.

Llamémoslo melancolía, sabiduría, tristeza. Ninguna de estas opciones, entre ellas, se vuelve en modo alguno excluyente.

Como sabréis, Facebook ha decidido que yo, que todos, podamos hacer clic en un momento concreto de nuestras vidas y comprobar qué decíamos, a quién, por qué. Qué música escuchábamos, qué frases resaltábamos, qué series veíamos, de quién nos rodeábamos.

Y para mí, que nunca he sido mucho de guardar un diario, que siempre me he refugiado en mi cada vez más desmejorada memoria, ahora me es más accesible un dato, un proceso, una verdad que no es de mis favoritas: que cambias, que cambiamos, que cambio. De hábitos, de amigos, de novios. Y que mientras todo eso pasa, lo que queda de ti son tus pasiones. Que lo que queda de ti es que estás siempre dispuesta.

Hace unos días se me ocurrió el pueril experimento de clic en una fecha al azar. Alguna de antes de empezar a escribir este blog. Alguna de antes de irme a Jordania.

Y no pude evitar sino pensar que odiaba aquella versión de Violeta.

Era dependiente, capciosa, y bastante mentecata. Mucho menos culta, y mucho más desaprovechada. Totalmente ida. Igual de arrogante que siempre, igual de arrogante que ahora, pero sin ese punto entrañable que -creo- consigo imprimirme de vez en cuando.

Lo admito, y lo siento si llegas a leerlo. Estar contigo fue el mayor de los errores del gran libro de los errores de todos los tiempos. Mi personalidad sufrió un paréntesis de casi dos años y medio, y ahora encima Mark Zuckerberg se encarga de idear un sistema que me ayude a recordarlo desde un lugar de California que, para mayor sorna, se llama Palo Alto.

Fuiste el mismo error de siempre, pero otra variante, y una muy dañina. Y no sabes cuánto te agradezco que me dejaras marchar. Te lo agradezco en cotas directamente proporcionales al enfado que me produce pensar que desde entonces siento que no hago más que expulsar a la gente de mi alrededor.

Pero así es. Me fui lejos, muy lejos. Viví sola. Me rehice. Y desarrollé un espacio vital tan grande que, al parecer, ya no me sirve solo con invadir Polonia. Y me volviste tan exigente que acabé destrozando la única relación sana que he conocido.

Análisis simple, pero ya dije que no me apetecía pararme a pensar demasiado.

Aquella chica que pedía siempre un abrazo antes de irse a dormir, ahora rechaza el contacto físico. Es así. Tampoco lucho ya por lo que quiero -aunque es cierto que no me cuesta aferrarme a un clavo ardiendo si necesito huir-. Yo, que iba siempre con la verdad por delante, yo, que pensaba que hablando se entendía la gente. Pese a todo, a ratos estoy orgullosa de mí, y a ratos sigo perdiéndome en mi ansia de perfección. Ansia, que no anhelo, ni deseo, ni obsesión, de tan enquistada que la tengo.

Pero aquí sigo, cuatro años después de ti, y cada día más completa. Encontrando a quien me conceda la consabida inspiración, ya que tú cortaste todo atisbo de ella; y a la vez, admitiendo que nunca sabré escribir porque el ego y la arrogancia me pueden, y solo sé hablar de mí. Y de mis circunstancias. Y de mis pasiones. Alégrate, porque he aceptado que nunca llamará un editor a mi puerta. Que en algún momento, tendré que decidir qué quiero e ir a por ello, aunque eso implique ser infeliz durante un tiempo.

Aquí sigo, intentando que me gusten cosas que no me gustan. Intentando que no me gusten cosas que sí me gustan. Porque es lo que he hecho siempre.

Modelándome continuamente, sin que me acabe de convencer nunca el resultado. Preguntándome, una vez más, por qué tomo las decisiones que tomo. Qué me mueve, pues la inercia no es, y la seguridad, tampoco.

Querido Timeline: me gusta recordar cuánto me gustaba estar con alguien. Pero me gusta más saber cuánto me gusta estar sola.

Este blog, mi Facebook, y cualquier red social a la que alguna vez le haya ofrecido alguno de mis insulsos datos, siguen una máxima: nunca cuentes nada que no le contarías a un desconocido en una buena borrachera. Y supongo que podríais decir que es demasiado, o demasiado poco, especialmente si habéis conocido mi faceta más etílica.

Pero una cosa es cierta: las cosas que me duelen de verdad, no las menciono. No hablo sobre ellas. Y así es como encuentro el equilibrio entre lo que quiero que sepáis de mí y lo que quiero guardarme para mí.

Y es por eso que, de vez en cuanto, tengo que soltar estar parrafadas fuera, y dejarlas aquí, al abrigo de los bits, a la vista de todos, para gritar que estoy bien sin estarlo, sin que nadie me lo tenga en cuenta.

Y es por eso que decido desnudar mi alma mientras España juega un partido ante Francia.

Maravillas de tener un blog que nadie lee. Aunque de vez en cuando me sorprendan.