Y beber como Richard Burton

«Como sucede siempre, el recorrido por la ciudad fue un recorrido por nosotros.»
David Trueba, en Blitz.

 

 

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Hace una semana llegaba a Ginebra. El propósito de la escapada (al menos el oficial, el que se puede contar) era visitar a un buen amigo al que había conocido en Bruselas y que unos meses atrás había decidido volver a Ginebra movido por dos cuestiones, principalmente: a) su nuevo trabajo como abogado para una gran ONG de defensa de derechos humanos, b) volver con su ex. En ocasiones, especialmente si se bebía un par de cervezas, añadía una c) tener un hijo con su ex. Claro que, en tal supuesto, ya no sería su ex.

Me abandonó, sí, pero no como se abandonan los zapatos viejos. Y en cuanto tuve la oportunidad me dije de ir a verle.

Ginebra no me hacía especial ilusión y no esperaba gran cosa. No soy una gran fan de lo helvético y había leído que la gran atracción de la ciudad era un chorro de agua gigante (les confesaré: el maldito chorro de agua luego mola una pasada). Pero ahí estaba Nader, esperándome a la salida del aeropuerto con un abrazo, llevándome a la ciudad «por la zona pobre de Ginebra», invitándome a mi primera bière piquant (no se asusten, es sólo cerveza con licor) y sonsacándome los últimos acontecimientos de mi vida, de los que yo tan siquiera quería hablar.

 

¿Qué te pasa, Violeta? Solías ser mucho más pretenciosa.

-¿Pretenciosa, yo?

En fin, la segunda vez que hablamos salió en la conversación El Guardián Entre El Centeno y me dijiste que eras la única persona sobre el planeta que de verdad entendía ese libro.

-Oh. Y lo mantengo.

 

Anécdotas menores aparte, el viaje moló (y Ginebra moló) porque la ciudad y caminarla nos llevó a descubrir no sólo a ella (yo, por vez primera, él, a través de mí) sino a nosotros mismos.

Al pasar por la Ópera, Nader me habló de cuando su ex se empeñó en que empezaran a hacer «algo de vida cultural», hasta el punto de un día recibir un mensaje tan directo como «hoy hay ópera gratis: te espero a las ocho allí» (la chica es italiana). Nader no había cenado y aquella imprevista cita le partía la tarde. Han de saber, a estas alturas, que Nader es libanés, y que decidió plantarse y prepararse una ensalada de lentejas, con su correspondiente de ajo, cebolla y perejil, como buen libanés. Lo metió todo en un tupper y allá que fue. Platea del Teatro de la Ópera de Ginebra y un tufo a ajo proveniente de un tipo con mucha pinta de árabe (en fin, es árabe). Y se quedó hasta el final de la representación.

Al pasar por una estatua ecuestre, Nader se preguntó por qué esa manía de esculpirle siempre los cojones tan bien parecidos a los caballos. Cuál es la necesidad. Y yo le hablé de la estatua de Espartero en Madrid, y de cómo y por qué habíamos generado el dicho de «tener los cojones como el caballo de Espartero».

Al llegar ante la sede de Naciones Unidas, me contó que era allí a donde había llevado a su primera cita en Ginebra.

-¿Te la tiraste?

-Sí. Y estuvimos juntos dos años.

Y fue así como supe cuál había sido el origen de todo.

Podría enumerar muchs pequeños momentos como estos, pero si el viaje fue especial por algo no se debió solo a Ginebra sino al momento en que la abandonamos para ir a buscar la tumba de Richard Burton. (Aquí el enlace a Wikipedia para los que no sepan quién era.)

Richard Burton fue un actor de talento nivel Laurence Olivier con una voz de ensueño, probablemente de las mejores que (nos) haya dado el cine (y no me juzguen, cada uno tiene sus obsesiones y sus fetiches). Para dummies, fue el Marco Antonio de Cleopatra, donde precisamente conoció a Elizabeth Taylor e iniciaron la historia más tumultuosa de todos los tiempos (llegaron a casarse dos veces, y a divorcio y nuevo casamiento y nuevo divorcio precedieron menos de un año).

 

Ella haciendo eso que hacía con sus ojos (mirar) y él cayendo rendido, claro.
Ella haciendo eso que hacía con sus ojos (mirar) y él cayendo rendido, claro.

 

A Nader y a mí nos obsesionan estos dos tipos precisamente por una película que protagonizaron juntos y de la que -siempre se ha dicho- nunca se recuperaron: Who’s Afraid Of Virginia Woolf?, que son dos horas de actitud pasivo-agresiva y autodestrucción de un matrimonio cincuentón. Sin destriparles más: una maravilla, una preciosidad, una obligación.

Así que cuando Nader me dijo el viernes «mañana iremos a ver la tumba de Richard Burton», a mi inicial «qué hacía Richard Burton en Suiza» le siguieron sonrisas y ovaciones, y contarle emocionada perdida a mi compañera sueca que iba a ir a ver a Richard Burton y, por supuesto, ella preguntándome quién es con signo de interrogación en la cara.

 

Y que me llamen pretenciosa cuando hablo de Holden Caulfield.
Y que me llamen pretenciosa cuando hablo de Holden Caulfield.

 

El caso es que Richard, para cuando ya se bebía (porque se bebía a sí mismo y si no, juzguen) cuatro botellas de alcohol duro al día, se dijo que era mejor hacerlo en un ambiente de aire puro para no joderse otro órgano (aunque sí, también fumaba como un carretero) y se fue a vivir a Céligny, un pueblo de -sí- Suiza.

El tren sólo llega a Coppen, y desde allí o bien coges un bus o bien decides que Richard bien merece una caminata y sigues la senda del bus, y más o menos una hora después en la que sólo has visto tres casas y cinco caballos al fin ves un cartel que dice: Céligny.

Dar con el cementerio fue una nueva odisea pero afortunadamente allí sólo había cinco tumbas y la primera era la de nuestro amigo. No recuerdo cuánto tiempo nos quedamos. Recuerdo que una familia llegó poco después y pasaron de largo por la tumba, apenas vieron a los dos ilusos que no paraban de inventar posturas para hacerse más fotos, la loca de los dos le hablaba a la tumba como si fuere a encontrar algún tipo de respuesta. Intentamos fallidamente procurarnos una selfie abrazados a aquel pedrusco pero decidimos borrar toda prueba del suceso en aras de salvaguardar la poca decencia que nos quedaba. Ya dispuestos a volver, dimos con un buen caballero norteamericano (norteamericanos en pueblos perdidos de Suiza, alguien debiere hacer un documental) que nos recomendó ir al Buffet de la Gare, «dicen que era el sitio preferido de Richard Burton». Se lo pueden imaginar: dónde está y por supuesto que vamos, y nos pedimos 4 cl. de Chivas al módico precio de 20 Francos cada uno. Y va por ti, Richard.

 

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-Espera, vamos a volver y te hago una foto de espaldas contemplando la tumba. -Nos van a encarcelar por ser tan frikis.

 

Volvimos a la ciudad algo mamados y sobrellevando esos momentos incómodos que se dan entre el alcohol y la muy visible emoción de haber puesto tus pies sobre los restos de alguien a quien admiras mucho. Después de la siesta, Nader subió esa foto que ven a Facebook y me etiquetó, obsesionado con constatar «cuántos Likes tendría mi foto». Le dije que no tendría Likes, que apenas nadie sabe -de nuestra generación- quién fue Richard Burton, y nos pasamos la tarde comprobando como niños pequeños si teníamos o no Likes y lamentándonos de que realmente el mundo fuera tan cruel y nadie compartiera nuestra emoción con nosotros ofreciéndonos un mísero Like sentido.

El domingo le invité a cenar. Llovía y habíamos pasado la tarde en casa, durmiendo, yo instalándole su nuevo sistema de sonido, yo criticando su poco entendimiento al comprar tecnología (¿un proyector Acer?, ¿a quién se le ocurre?), yo tragándome mis palabras al comprobar a mi pesar que se trataba de un pepino de proyector, yo descubriendo pasiones ocultas de Nader al abrir su página principal de YouTube. Fuera no paraba de llover y eso -creo- nos puso melancólicos de más, así que a la salida del lugar de comidas (han de saber que en Ginebra una no se puede permitir invitar a amigos a restaurantes), caminando bajo nuestros paraguas y sobre un paso de peatones, Nader, a mi derecha, se giró hacia mí, me miró durante unos tres segundos y me preguntó:

«Violeta, ¿tú crees en el amor?» (*)

Nader y yo nos habíamos pasado el fin de semana generando preguntas de este tipo. Somos así. Cuál es el sentido de la vida, el vivir tiene algún tipo de utilidad, estamos solos en el universo. Tampoco habíamos parado de cantar What Is Love – Baby Don’t Hurt Me – Don’t Hurt Me – No More (a dúo, por supuesto; si uno empezaba, el otro había de continuar). Pero supe que aquella pregunta era de verdad. Que no estaba intentando hacerme reír o provocarme otra perorata sobre la inexistencia de la existencia, o una nueva oda a los Monty Python. No. Me lo preguntaba muy en serio.

Y si quieren que les diga la verdad, nunca antes había contestado esa pregunta tan rápida y tan enteramente como entonces.

No.

Nader aguardó tras mi respuesta. No me miró. Yo continué.

«No, Nader. Necesito muchas cosas. Muchas. Y esa exigencia no va a desaparecer. Necesito a alguien inteligente, muy inteligente, tan inteligente que no necesite explicarme, porque no puedo compartir mi vida y estar explicándome todo el tiempo. No me refiero a culto, no es eso. Puede no saber quién era Richard Burton, vale. En serio, está bien. Pero si se lo cuento una vez, tiene que recordarlo, y tiene que recordar también por qué es tan importante para mí. Nader (y aquí respiré) yo estoy muy cansada, y al final de muchos días estoy reventada, y si llego a una casa y encuentro a un individuo necesito que esa persona entienda lo que estoy queriendo decirle. Y esto no pasa. Y si pasa, no funciona. Y si pasa, nunca es suficiente. Así que no. En cualquier otro momento te habría dicho sí. Pero ahora no.»

Nadie dijo nada más sobre el tema.

No sé (porque no puedo saberlo) si Richard y Elizabeth tuvieron alguna vez ese tipo de relación. Quiero pensar que sí. Que, como Martha y George en Who’s Afraid Of Virginia Woolf, ella siempre pudo volver a casa y a pesar de todo el daño (ese que sólo puede y sabe hacer la gente muy inteligente) y de todo lo malo, y a pesar incluso de ellos dos, podría sentarse junto a él, con su mano acariciándole el pelo, con esa voz grave y tan bien perfilada preguntándole qué le pasa, quién tiene miedo de Virginia Woolf, y ella confesarle entre lágrimas «yo, yo lo tengo».

Lo que sí sé es que Nader sí sabía quién era Richard Burton. Bebimos como Richard Burton.

Y aún así, no fue suficiente.

 

 

 

 

 

No te lo pregunté en su momento pero, ¿y tú? ¿Crees tú en el amor?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(*) O en su versión inglesa, que sonó mil veces mejor: Do you believe in love?

Fin y fundido a negro

“A la vuelta del cine, espera nervioso al padre para contarle de arriba abajo la película. Resulta sorprendente cómo se fija en todos los detalles de lo que ha visto en la pantalla. Se los repite cuidadosamente al padre y a veces hasta añade alguno que el director de cine se olvidó de poner. El padre lo escucha primero complacido, y luego tiene prisa por que concluya el relato que se alarga innecesariamente, y acaba por dormirse sin enterarse del final. José Luis, entonces, se pregunta cómo puede alguien empezar a escuchar una historia y darle igual cómo termina.”

Fragmento de Rafael Chirbes, en La Larga Marcha.

Es incomprensible, sí, y sin embargo así es. Quien suscribe siempre ha sido de borrón y cuenta nueva, de portazo en la cara, de despedirse a la francesa. Adiós, no volveré, no vuelvas. Varios ya los amigos que dejaron de serlo con la tranquilidad propia de quien asume el daño. Con la garantía del ya no te quiero. Los amigos te rompen. Los Él, las Ella y sus distintas versiones, avasallan. Quien suscribe, así, siempre se ha visto condenada a no cerrarse ante los segundos. En otro de esos convencimientos que alimentamos para justificar lo que no ha de ser, nos decimos que quizá la ausencia de final sea el mejor final posible, así haya historias de nudos tan indignos que no merezcan terminar. La purga del epílogo. La quema de los créditos. La canción que se hace concluir en un bucle de sí misma al acabarse antes que ella la inspiración de su autor. Declamamos que si el amor es un trastorno que ha de diferenciarse con ello de la amistad, ha de ser (por fuerza y voto abríos) de carácter crónico. Los amigos nos rompen, sí, pero entonces es fácil pasar página, empezar otro libro, no esperar a que José Luis termine de contarte la película porque ya la sabes aburrida, ya le reconoces el sinsentido. Te hacen daño, te decepcionan, y eso es óbice suficiente para expulsar a esa existencia de tu vida, decir no sin mirar atrás y borrar – ante la imposibilidad real, torpedear – todo rastro de lo previamente compartido. Pero qué pasa cuando uno quiere eliminar sin ser eliminado, olvidar lo acontecido mientras se sabe aún venerado. Cómo se conjuga una pulsión tan primaria como el extrañar lo que de otro modo no se provee con la absoluta desgana por suplicar su venida. Cómo desentrañar que quien te ha colmado de ilusión ahora sólo provoca en ti la pereza más pura: la promovida por la desazón, por el despecho, por el desdén. Y en fin qué se hace ante tanta y tan notoria incoherencia, en la que uno se reconoce negando a unos lo que persevera en otorgar a otros, a pesar de la dureza del daño infligido, a pesar tan siquiera de sí mismo. Si aún nos supiéramos movidos por el amor nos quedaría ese consuelo. Pero qué pasa entonces cuando ya no puedes decir es que aún le quiero, es que todavía la necesito. No. Ni le quieres ni lo necesitas y si supieras sostener una idea tan retorcida hasta te dirías que echas de menos quererle. De repente consideras que anhelarle le procuraba (al menos) ciertas dosis de lógica a la mera concatenación de actos que es tu vida. No un propósito, no un sentido, pero sí lógica. Escribo para ti porque te quiero. Escribo para impresionarte porque te quiero. Escribo para que me leas tú. Y sí, la pregunta es por ello digna. Qué pasa cuando se abandona ese estado y por ende esa mínima lógica que acariciaba (pues nunca dejamos que nos rozara) nuestras vidas. Lo cierto es que nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos habla de lo que acontece cuando se nos fuerza a aceptar lo que negaríamos más de tres veces, aún sin milagro. Cómo es posible, es la misma persona, la tengo delante, hace tres lunas me habría dejado cortar un brazo (de haber sido el derecho) por él, la mano por ella. Nadie nos advierte de lo rápido que se difumina la mera reminiscencia de lo efímero. Ya está, ya fue, ya pasó. Quisiste y ya no quieres y lo estás pensando de más. Porque quisiera entenderlo de más, quisiera anclarme en el equilibrio. Que alguien nos explique cómo se ha de sobrevivir en este vaivén en el que se siente y se desiente, se insiste y se desiste, y entretanto y para tanto sólo y únicamente se miente. Ni te preparas ni te preparan para la reunión del comité de expertos que sin más decide que se acabó lo vuestro, cuando a ti te habría encantado haber participado en el proceso. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos dormir y ya no podemos hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

“-Tienes que dejar de hablar con él. Bloquearle. Que no pueda ni tan siquiera llamarte.

-No puedo. Eso sería el fin. Fin y fundido a negro.”

Del optimismo, la amistad y lo bonita (preciosa) que es la vida

“We can complain because rose bushes have thorns, or rejoice because thorn bushes have roses.”
(Attributed to Abraham Lincoln.)

 

Calvin, you called it.
Calvin, you called it.

 

Tengo un amigo.

Sí, vale, tengo más de uno, pero hoy hablaré de él.

Con él he pasado por tantos estados emocionales que, haciendo gala de la mayor honradez posible, perdí la cuenta. Le he querido, le he odiado, le he deseado, le he vuelto a odiar, le volví a querer. Y ahora vivimos en estados de permanente déjà v(éc)u. Lo cual, haciendo gala de la más mínima honradez, me gusta.

Y él me quiere (supongo) pero no le gusta mi blog. Y no escatima ocasión para decirlo. Tampoco escatima ocasión para compararlo con otros blogs de otras chicas, a pesar del nulo o escaso o inexistente amor o puro odio mal canalizado que siento yo hacia esas otras chicas.

Según sus textuales palabras: es de un dramatismo incomparable y con cada entrada le dan a uno más y más ganas de cortarse las venas.

El pasado domingo, mientras comíamos juntos y a la luz de un plato de lentejas, me quedé una vez más mirando al infinito con la mirada perdida y triste como si en vez de legumbres estuviere comiendo hierbajos desamparada en una tierra de nadie. Y así, a bote pronto, le espeté que me estaba perdiendo muchas experiencias.

 

Lucky

“¿Me estás diciendo que quieres hacer un trío?”

Hombre, pues sí, quiero hacer un trío. Uno, dos, tres. Y alcanzar la perfecta triangulación. Pero esta vez me refería a que veía que con casi treinta tacos no había pasado por ninguna relación seria. Ya saben. Esas que tiene la gente en la veintena. Las de pasarse siete y ocho años juntos, no poder vivir el uno sin el otro, dejarlo y que sea un drama pero no por estar enamorado (vaya mandanga) sino porque “echas de menos todo lo que hacías con esa persona”. Hasta recuerdas haber hecho cosas que no has hecho, tipo calceta, o figuras sexuales imposibles. Y tu vida no tiene sentido.

Toda esa cantidad inigualable de drama yo no la he experimentado. Imaginad qué decepción.

Y él, que a ratos es sabio como él solo, me miró una vez más con ese porte de “ya empezamos con tus tonterías” y me dijo: “pero vamos a ver, Violeta, estás diciendo eso ahora un poco por decir; ¿me dices en serio que de repente no valoras el hecho de que llevas toda tu vida haciendo lo que te da la gana?, ¿que mañana puedes ir a un concierto o comprarte un billete de avión sin hablarlo con nadie, sin consultarlo con nadie, sin tener que mandar un WhatsApp de “oye, qué te parece si a pesar de que compartamos una vida juntos, a mí me apetezca mandarte a tomar vientos e irme de viaje sola o con mis amigos”?”

El touchée lo oyeron hasta los chinos de Rusia.

Continuó la perorata porque él es mucho de pontificar, y me dijo que yo simplemente adolezco de este inconformismo genético según el cual siempre voy a querer aquello que no tengo. Algo que no es del todo exacto: no tengo un perro ni un Maseratti y no son cosas que desee (por el momento); no tengo a Angelina Jolie pero traédmela y dadme cinco minutos con ella (cinco minutos con Angelina Jolie en la Tierra deben de ser igual a cinco años con mi amante average en Saturno).

¿Pero y qué sería de mi escritura y del poco estilo que tengo sin la tristeza intrínseca, las subliminales ganas de morir -o de no existir- y la eterna proyección de que valgo menos que nada?

Así que me propuso escribir sobre ello, acompañando a esta entradilla de unas muy inspiradoras imágenes que me hicieran ver la belleza profunda y absoluta del vivir.

 

Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.
Yo leo esto y me dan ganas de echarme Avecrem encima.

 

Con su permiso, le cito:

“Se trata de tomar altura y ver la vida, tu vida, no sólo desde lejos sino, lo más importante, desde una óptica positiva y optimista. Irreal por una vez, exagerada, pero en vez de preguntarte qué te falta, qué es el amor, qué sentido tiene tu vida, por qué no tengo tantas amigas, por qué soy una incomprendida, etc.; trata de ver lo que te ha ido dejando la vida, las experiencias que has podido vivir, las expectativas y opciones futuras. Cambiar de lente, para descubrir que en realidad, esa otra persona que surge de la nueva visión es también uno mismo.”

Sí, ¿no? Decidlo. Qué pereza.

Pero hagámosle caso (es un muy buen amigo). Intentémoslo. Se trata de, según él, que deje de sacarle a todo una lectura puramente pesimista.

Difícil de hacer, pero no tan difícil de cumplir. Lo sé. Empero, yo no soy así. Y esto es lo que quiero decir hoy, a él, y a todo el que quiera leerme.

Yo soy una persona pesimista. Quiero ser feliz. En algún punto de mi vida -y no estoy exagerando ni regodeándome en mi propio personaje de femme fatale- pensé (realmente pensé) que a mí no me haría falta ser feliz. De verdad. Pensé que a mí me bastaría conmigo y con mi mundo de pequeñas cosas: mis libros, mis películas, mis canciones, mis viajes. Y ya. Os lanzo hasta una confesión: pensé que la felicidad era para mentes inferiores, muy inferiores. Y ya no. Ahora, creedme, mato por ser feliz. Feliz de verdad. Ese estado de “hoy no necesito pensar en nada” similar a haberse fumado tres canutos. Me encantaría no ver siempre el vaso medio vacío, pero soy como soy y lo que soy precisamente porque siempre veo el vaso medio vacío. Soy una persona muy cínica, mucho; pero no me gustaría serlo tanto como para no ser capaz de aceptar que, como dijere Fo relatando la muerte accidental de un anarquista, llevamos la cabeza bien alta, sí, pero porque tenemos la mierda hasta el cuello.

Eso no significa que no haya espacio alguno de mejora. Tengo que dejar de exigirme tanto a mí pero, sobre todo, tengo que dejar de ser tan exigente con los demás. Tengo que dejar de vivir en un permanente estado de “show-off”, be prettier, be smarter, be better. Tengo que saber decirme que no a mí, y decir que no a los demás. Y tengo que aprender a sentir satisfacción, elemento bien diferente a la conformidad.

Ama, ama y ensancha el alma, que tanto nos gusta. Pero ámate primero a ti misma.

Me amaré, te lo prometo. No precisamente ahora, no precisamente hoy. Pero con el tiempo, y con amigos como tú: estaré bien.

Porque querer a un amigo implica también aceptarle como es. Quererse a uno mismo implica, desde luego, aceptarse tal y como uno es. Y yo soy una persona pesimista, muy pesimista. Alegre (lo sabes), divertida (y más con una cerveza), inquieta (hasta decir basta). Pero pesimista. La gente no suele tener miedo de hablar de sus virtudes, pero es muy difícil salir del armario para con los defectos de uno. Es difícil admitir “me obsesiona la búsqueda del amor”, igual de difícil que plantarse en un blog público y decir “soy tremendamente pesimista, encuentro muy complicado ser feliz por neurótica, tengo un complejo atroz con mi cuerpo (pese a que, objetivamente, con 2.000 euros de inversión en cada teta pudiere ser modelo)”. Es aún más difícil porque nos pasamos la vida clamando (y sosteniendo) una soplapollez gigantesca: “si no te quieres a ti mismo, nadie te va a querer”. Por lo que se torna empíricamente absurdo escribir, en un blog público, que tu amor propio se mide con el de Bécquer, con el de Kafka, con el de Larra.

Primera conclusión del 2015, o lo que ha aprendido Violeta en sus escasos quince días.

Quererse no es conditio sine qua non para que te quieran. Te quieren o no. Punto. Y ya puedes hacer el pino puente con más gracia que la Comanecci o ponerte falda y bailar el hula hula. El amor es una mierda tan soberana, tan asquerosamente infame, que escapa por entero a nuestro control.

Así que yo, por mi parte, seguiré simplemente descubriendo aquello en lo que me voy a convertir. Y cambiaré, poco a poco. Despacio, y con la buena letra de siempre.

Y, a ratos, procuraré ver el vaso medio lleno. Siempre medio lleno.

Aún sabiendo que está medio vacío.

 

 

 

 

 

Tonterías

-¡Las tonterías son importantes!
-Fun·da·men·ta·les.

 

 

Sí. Las tonterías son importantes, fundamentales, necesarias y -cuando más, cuando menos-, suficientes. Y de tonterías está lleno este blog. Y los Círculos de Podemos. No, no me malinterpreten, en esto soy juez y parte. La proporción entre lo que verdaderamente reviste interés y lo que de tan estúpido provoca carcajadas es suficiente para que merezca(n) la pena. Pero no hemos venido aquí a hablar de la lucha de clases, sino de clases de luchas. La mía por dejar de pensarte, y el tiempo que empeño en hacerlo en largas sesiones de sábado. Lo mejor de pertenecer al Círculo de Bruselas es que tu bandeja de entrada está más animada que Twitter después de cada cagada de Mariló. Entrar en un Google Group de un Círculo es abocar tu vida a hacer clics y eliminar. Mi GMail no conocía tanta actividad desde aquel año en que el hastío del máster nos forzaba a corregirnos cada cinco segundos para ver quién la tenía más grande. Recibo e-mails, como tónica de mis días. Multitud de nombres y todos desconocidos. Y el tuyo, nunca. Nombres bien escritos, mal escritos, apellidos compuestos y descompuestos, apellidos de niño abandonado (a lo Martín López o García Rodríguez) y otros ampulosos hasta hacerte declamar frente al ordenador “háztelo mirar que te has equivocado de partido”. Pero no, porque Podemos no es de izquierdas: es un partido transversal y aquí no hemos venido a hablar de estereotipos, sino de tonterías. ¿Me dices que son lo mismo? No, no me lo dices, porque en tu nombre no recibo nada. Tu nombre no aparece por ningún lado. Lo espero como se espera lo que no va a pasar, no a la Buendía -sería demasiado romántico para nosotros- sino más bien a lo Ariza, mandando a tomar por culo mi tiempo, yo, tú el tuyo, y aquí, entre estas líneas, el de todos. Cada uno en salas diferentes donde siempre suena otra música, queremos pensar, no tan diferente. Mis salas me llevaron hace poco a un concierto de Piovani. Tres butacas a mi izquierda un grupo de cuatro amigas dejaban de prestar atención a la música y se miraban, más pendientes de reconocerse el tamaño de sus pestañas. A una de ellas empezó a sonarle el móvil. En el intermezzo -déjame al menos aparentar la finura que mereces- tres gentileshombres se le acercaron y le pidieron, por favor y mediante fórmulas arcaizantes de cortesía que dudo mereciera, que apagara su teléfono móvil. La tipa -o no, arcaicémonos aquí también- señorita tuvo aún el descaro de reírse de tales peticiones, girándose hacia sus amigas (las del concurso de pestañas) y quejándose de los maleducados que se le habían acercado, a ella, la personificada evidencia de que si sabe lo que es una clave de sol es porque vio el símbolo una tarde de tiendas. Cuánto te pensé en ese momento. Mi teléfono, en silencio y no por cortesía, educación u olvido, sino porque me gusta la música y así, la respeto, estaba en silencio, sí, y sin ninguna llamada tuya. Quizá la llamabas a ella. Quizá fuiste tú e intencionadamente la llamabas a ella. Sabías que estaba allí por Facebook, cómo no. Foursquare y geolocalización y baje aquí el Hubble a ver cómo me paso dos horas mirando al del fagot porque qué se viene a hacer si no a un concierto de filarmónica. Otro selfie en Facebook a la salida. “My kingdom for a mascara.” Facebook, o ese otro lugar en el que tu nombre tampoco aparece, y sí otros que yo no quiero. Que nos tomemos un café un día a la salida del trabajo. Que si estoy libre hoy. Depende. Si a esa pregunta te contestan con inusitada vaguedad gallega y tú ahí sigues al toro mereces morir por intoxicación de melodías de Jarabe de Palo. Contigo no sería así, ya has demostrado no dar pie a tan siquiera un mísero «depende». No todos son como tú, lamentablemente, también afortunadamente. Los hay que ven luces donde no hay farolas, las hay que venden la piel del oso antes de cazarlo. Sí, es probable que nos estemos montando películas sin haber visto el tráiler. Igual de probable es que estemos perdiendo el tiempo como auténticos subnormales, deshojando margaritas como si las repartieran con cupones del súper, que no hace falta haber cursado tanta tontería y mucho menos algo de psicoanálisis para ver caparazones ni honestidad brutal disfrazada de absoluta perdición. El querer y no querer, el sí y el no, esta ambivalencia nuestra: ¿la tenemos o es inventada? Inventada, sí. Como te invento yo a ti. Como vivo, inventándote cualidades que no tienes. Inventándote yo. Y, entretanto, pariendo tonterías.

 

 

 

 

 

Querido K.

Me escribes. Me pides que reflexione (que reflexione, yo) sobre la muerte de alguien que ha enturbiado, y tanto, nuestro día. Me acerco a la RAE, más amiga ya que muchas otras; me dice que reflexionar es “considerar nueva o detenidamente algo”. Pero lo que me pides considerar no es nuevo. Es bien antiguo, un algo tan antiguo que me acompaña siempre, casi siempre, más a menudo que sólo de vez en cuando, más conscientemente de lo que me gustaría. Para muchos deviene absurda la idea de que la muerte de alguien a quien no has conocido (personalmente, si bien este adverbio se muestra también ambiguo, pues qué es conocer a alguien personalmente) pueda afectarte, afectarnos. Por qué él sí, por qué otros no. Todo lo que una muerte conlleva en estos tiempos de anomalía social. ¿Es suficiente tributo el desearte que descanses en paz, viniendo de nosotros, constructos de las más puras formas de ateísmo? Así que he pensado por ti, no he querido decepcionarme. No quiero criticar a los que (hoy, otros días) han subido, colgado, posteado en Facebook, Twitter, vídeos -como muy bien dices, rebuscados, rebuscadísimos- de él. No creo que seamos superiores por sabernos amantes de lo que hizo, de lo que hacía, pues es mejor la imperfección en el tiempo. Él hacía (de nuevo la RAE: producir algo, darle el primer ser) y de qué modo lo hacía. No es tampoco superior nuestra tristeza. Empero, es genuina. Muy genuina. Las lágrimas que hayamos podido derramar o esa congoja constante que sintamos en el pecho está, es, y existe. Tú, yo, no somos de medirnos las pollas con nadie. Pero qué duda cabe: mientras escribo esto, de nuevo asoman asustadas esas lágrimas: me habría gustado volver a verle. Cuando un virtuoso se va, no es suficiente el virtuosismo que deja. Nunca debiera serlo. Así que pienso también en otras muertes, otras que (sabes, sabemos) me han llegado muy hondo. ¿Adivinas quién es el primero, más cercano que visita mi mente, no? Sí. El día lo recordaré siempre. 20 de junio, era jueves, y me desperté con un mensaje de Paula: ha muerto James Gandolfini. Salté de la cama (yo, perezosa como soy y me sabes), pasé un día triste, triste, condenadamente triste. Ayer vi el documental (tributo documental, bien sabes también que ahora los documentales ya no son sólo documentales sino documentales “algo”: falsos, verdaderos, tributo, o muy malos) que sus compañeros le rindieron. 30 minutos, pero sólo los primeros me anegaron de rabia. ¿Qué tendrá que ver Gandolfini con de Lucía? Nada, me dirás. El uno fue un muy buen actor, muy muy buen actor, pero el otro puede ser (y, espero, será) considerado el mayor virtuoso del siglo XX en su instrumento (desgraciadamente, siempre se hará mención a su género, el flamenco, subyugándolo a ligas inferiores). Pero creo que era un tipo humilde, y que esto jamás le habría importado. En lo que se hace, está lo que uno es. En el fondo, qué coño, debía saberse el puto amo.

Gandolfini, Seymour Hoffman (que me encontró en Roma, maldito), de Lucía. Sí, son nombres que nada tienen que ver entre sí (quizá los dos primeros, pero con muchas salvaguardas). Pero son nombres que han entristecido mis días y me han llevado a un luto que yo creo sincero. Que se entienda o no, poco podemos hacer. Aún recuerdo las palabras de Berta en la oficina el día que murió James: ni que se hubiera muerto tu padre o alguien de tu familia. Jamás pensé que el refranero español estaría tan acertado al enarbolar tamañana pomposidad como “a palabras necias, oídos sordos”. Lo que quiero decirte, K., es que si la muerte de estas personas (otras) nos consterna es porque con su arte, con su hacer, con su presencia en vida nos han conmovido, han llegado a nosotros y eso es muy importante. Conforma la idea de que somos susceptibles a lo que otros nos transmiten. No todos los que conoces son capaces de esto, no somos mejores por ello. Pero tampoco hemos de desacreditarnos por guardar algo sincero: la admiración es esto.

Te escribo también porque, un día, no contesté a tu comentario.

Y está muy mal no contestar a quien aprecias.

 

 

 

Sin Título (III)

 

«La primera vez que vi a Calamaro fue a mis 18 años, en Madrid. Fui con el chico que me gustaba. Cómo me gustaba. Y el concierto fue genial, de los mejores de mi vida. Era Andrés, y era la primera vez que le veía. Pero sobre todas las cosas, siempre recordaré cómo se me partió el corazón en ochenta millones de trozos cuando, y mientras, sonó ‘Te Quiero Igual’.»

«¿Por qué?»

«Porque le busqué con la mirada, y ahí estaba él, besando a su novia.»

«Y allí estabas tú.»

«Allí estaba. Y además, durante esa gira [El Regreso] Calamaro recitaba un poema, precioso poema, que decía que “el día que me quieras no habrá más que armonía, endulzará sus cuerdas el pájaro cantor; florecerá la vida, y no existirá el dolor”.»

«Y allí estabas tú.»

«Sí, allí estaba. Con aquel chico que me gustaba de verdad. Y mientras sonaba ‘Te Quiero Igual’, a mi derecha él besaba a su recién estrenada novia.»

«Pero él sabía que te gustaba.»

«Sí, él lo sabía.»

«¿Y por qué hizo eso?»

«Supongo que pensó que ya no me afectaría, que ya había dejado de gustarme. Pero a mí me rompió el corazón.»

«Pues, más o menos lo que ha pasado ahora, siete años después. (Tu) entonces sigue siendo (tu) ahora.»

«Supongo. Pero lo cierto es que algunos seguimos necesitando ciertas drogas. Destructivas, adictivas, tan descorazonadoras y atrayentes. Las elegimos sin querer y las necesitamos para pagar la cuenta del incendio. O, al menos, eso es lo que diría Andrés.»

Conversaciones

 

«Esperar que otros actúen de un modo es arrogante, y siempre habrá error. Y en una relación, no debes buscar todas esas cosas. Lo que tienes que buscar, punto 1, es respeto; y el respeto entendido en sentido amplio. De nada te sirve el polifacetismo y la alta alcurnia si no te tienen verdadero respeto y absoluta admiración.»
«Bueno, yo no espero eso. Pero sí que creo que hay caracteres que son mejores que otros para la compatibilidad.»
«Yo no creo que la compatibilidad vaya en función de ideas o gustos…»
«No, yo ahora empiezo a entender la compatibilidad como la manera más primaria de responder ante las cosas de la vida, cómo actuar, y que entre dentro de unos parámetros similares a los míos.»

«…por la mera razón de que las personas cambian, incluso en esos aspectos, y si quieres construir algo con alguien vas a tener que aceptar esos posibles cambios. De ahí que lo fundamental y donde resida todo, para mí, sea el respeto. Desde luego, si estás 50 años con alguien, el viejito con el que mueras no va a tener nada que ver con el jovenzuelo que conociste a los 20. Lo mismo a los 30 deja de gustarle Dostoievski y un día vota al Partido Popular, y eso no son motivos para dejar de querer a nadie. Uno se tiene que enamorar de un ente, no de una persona siquiera, sino de un ente, y creer que ese enamoramiento puede durar toda la vida. Y digo “creer” porque, que yo sepa, nadie tiene bolitas de cristal y la creencia es suficiente.»
«Lo de enamorarse, lo del ente… Últimamente me planteo si el querer tiene que ver con el afecto, el apego, y la visión clara del otro, sin idolatración ni nada parecido.»
«Tiene que ver, pero a posteriori. El amor no puede nacer del apego, pero a la larga lo promueve.»