Y beber como Richard Burton

«Como sucede siempre, el recorrido por la ciudad fue un recorrido por nosotros.»
David Trueba, en Blitz.

 

 

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Hace una semana llegaba a Ginebra. El propósito de la escapada (al menos el oficial, el que se puede contar) era visitar a un buen amigo al que había conocido en Bruselas y que unos meses atrás había decidido volver a Ginebra movido por dos cuestiones, principalmente: a) su nuevo trabajo como abogado para una gran ONG de defensa de derechos humanos, b) volver con su ex. En ocasiones, especialmente si se bebía un par de cervezas, añadía una c) tener un hijo con su ex. Claro que, en tal supuesto, ya no sería su ex.

Me abandonó, sí, pero no como se abandonan los zapatos viejos. Y en cuanto tuve la oportunidad me dije de ir a verle.

Ginebra no me hacía especial ilusión y no esperaba gran cosa. No soy una gran fan de lo helvético y había leído que la gran atracción de la ciudad era un chorro de agua gigante (les confesaré: el maldito chorro de agua luego mola una pasada). Pero ahí estaba Nader, esperándome a la salida del aeropuerto con un abrazo, llevándome a la ciudad «por la zona pobre de Ginebra», invitándome a mi primera bière piquant (no se asusten, es sólo cerveza con licor) y sonsacándome los últimos acontecimientos de mi vida, de los que yo tan siquiera quería hablar.

 

¿Qué te pasa, Violeta? Solías ser mucho más pretenciosa.

-¿Pretenciosa, yo?

En fin, la segunda vez que hablamos salió en la conversación El Guardián Entre El Centeno y me dijiste que eras la única persona sobre el planeta que de verdad entendía ese libro.

-Oh. Y lo mantengo.

 

Anécdotas menores aparte, el viaje moló (y Ginebra moló) porque la ciudad y caminarla nos llevó a descubrir no sólo a ella (yo, por vez primera, él, a través de mí) sino a nosotros mismos.

Al pasar por la Ópera, Nader me habló de cuando su ex se empeñó en que empezaran a hacer «algo de vida cultural», hasta el punto de un día recibir un mensaje tan directo como «hoy hay ópera gratis: te espero a las ocho allí» (la chica es italiana). Nader no había cenado y aquella imprevista cita le partía la tarde. Han de saber, a estas alturas, que Nader es libanés, y que decidió plantarse y prepararse una ensalada de lentejas, con su correspondiente de ajo, cebolla y perejil, como buen libanés. Lo metió todo en un tupper y allá que fue. Platea del Teatro de la Ópera de Ginebra y un tufo a ajo proveniente de un tipo con mucha pinta de árabe (en fin, es árabe). Y se quedó hasta el final de la representación.

Al pasar por una estatua ecuestre, Nader se preguntó por qué esa manía de esculpirle siempre los cojones tan bien parecidos a los caballos. Cuál es la necesidad. Y yo le hablé de la estatua de Espartero en Madrid, y de cómo y por qué habíamos generado el dicho de «tener los cojones como el caballo de Espartero».

Al llegar ante la sede de Naciones Unidas, me contó que era allí a donde había llevado a su primera cita en Ginebra.

-¿Te la tiraste?

-Sí. Y estuvimos juntos dos años.

Y fue así como supe cuál había sido el origen de todo.

Podría enumerar muchs pequeños momentos como estos, pero si el viaje fue especial por algo no se debió solo a Ginebra sino al momento en que la abandonamos para ir a buscar la tumba de Richard Burton. (Aquí el enlace a Wikipedia para los que no sepan quién era.)

Richard Burton fue un actor de talento nivel Laurence Olivier con una voz de ensueño, probablemente de las mejores que (nos) haya dado el cine (y no me juzguen, cada uno tiene sus obsesiones y sus fetiches). Para dummies, fue el Marco Antonio de Cleopatra, donde precisamente conoció a Elizabeth Taylor e iniciaron la historia más tumultuosa de todos los tiempos (llegaron a casarse dos veces, y a divorcio y nuevo casamiento y nuevo divorcio precedieron menos de un año).

 

Ella haciendo eso que hacía con sus ojos (mirar) y él cayendo rendido, claro.
Ella haciendo eso que hacía con sus ojos (mirar) y él cayendo rendido, claro.

 

A Nader y a mí nos obsesionan estos dos tipos precisamente por una película que protagonizaron juntos y de la que -siempre se ha dicho- nunca se recuperaron: Who’s Afraid Of Virginia Woolf?, que son dos horas de actitud pasivo-agresiva y autodestrucción de un matrimonio cincuentón. Sin destriparles más: una maravilla, una preciosidad, una obligación.

Así que cuando Nader me dijo el viernes «mañana iremos a ver la tumba de Richard Burton», a mi inicial «qué hacía Richard Burton en Suiza» le siguieron sonrisas y ovaciones, y contarle emocionada perdida a mi compañera sueca que iba a ir a ver a Richard Burton y, por supuesto, ella preguntándome quién es con signo de interrogación en la cara.

 

Y que me llamen pretenciosa cuando hablo de Holden Caulfield.
Y que me llamen pretenciosa cuando hablo de Holden Caulfield.

 

El caso es que Richard, para cuando ya se bebía (porque se bebía a sí mismo y si no, juzguen) cuatro botellas de alcohol duro al día, se dijo que era mejor hacerlo en un ambiente de aire puro para no joderse otro órgano (aunque sí, también fumaba como un carretero) y se fue a vivir a Céligny, un pueblo de -sí- Suiza.

El tren sólo llega a Coppen, y desde allí o bien coges un bus o bien decides que Richard bien merece una caminata y sigues la senda del bus, y más o menos una hora después en la que sólo has visto tres casas y cinco caballos al fin ves un cartel que dice: Céligny.

Dar con el cementerio fue una nueva odisea pero afortunadamente allí sólo había cinco tumbas y la primera era la de nuestro amigo. No recuerdo cuánto tiempo nos quedamos. Recuerdo que una familia llegó poco después y pasaron de largo por la tumba, apenas vieron a los dos ilusos que no paraban de inventar posturas para hacerse más fotos, la loca de los dos le hablaba a la tumba como si fuere a encontrar algún tipo de respuesta. Intentamos fallidamente procurarnos una selfie abrazados a aquel pedrusco pero decidimos borrar toda prueba del suceso en aras de salvaguardar la poca decencia que nos quedaba. Ya dispuestos a volver, dimos con un buen caballero norteamericano (norteamericanos en pueblos perdidos de Suiza, alguien debiere hacer un documental) que nos recomendó ir al Buffet de la Gare, «dicen que era el sitio preferido de Richard Burton». Se lo pueden imaginar: dónde está y por supuesto que vamos, y nos pedimos 4 cl. de Chivas al módico precio de 20 Francos cada uno. Y va por ti, Richard.

 

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-Espera, vamos a volver y te hago una foto de espaldas contemplando la tumba. -Nos van a encarcelar por ser tan frikis.

 

Volvimos a la ciudad algo mamados y sobrellevando esos momentos incómodos que se dan entre el alcohol y la muy visible emoción de haber puesto tus pies sobre los restos de alguien a quien admiras mucho. Después de la siesta, Nader subió esa foto que ven a Facebook y me etiquetó, obsesionado con constatar «cuántos Likes tendría mi foto». Le dije que no tendría Likes, que apenas nadie sabe -de nuestra generación- quién fue Richard Burton, y nos pasamos la tarde comprobando como niños pequeños si teníamos o no Likes y lamentándonos de que realmente el mundo fuera tan cruel y nadie compartiera nuestra emoción con nosotros ofreciéndonos un mísero Like sentido.

El domingo le invité a cenar. Llovía y habíamos pasado la tarde en casa, durmiendo, yo instalándole su nuevo sistema de sonido, yo criticando su poco entendimiento al comprar tecnología (¿un proyector Acer?, ¿a quién se le ocurre?), yo tragándome mis palabras al comprobar a mi pesar que se trataba de un pepino de proyector, yo descubriendo pasiones ocultas de Nader al abrir su página principal de YouTube. Fuera no paraba de llover y eso -creo- nos puso melancólicos de más, así que a la salida del lugar de comidas (han de saber que en Ginebra una no se puede permitir invitar a amigos a restaurantes), caminando bajo nuestros paraguas y sobre un paso de peatones, Nader, a mi derecha, se giró hacia mí, me miró durante unos tres segundos y me preguntó:

«Violeta, ¿tú crees en el amor?» (*)

Nader y yo nos habíamos pasado el fin de semana generando preguntas de este tipo. Somos así. Cuál es el sentido de la vida, el vivir tiene algún tipo de utilidad, estamos solos en el universo. Tampoco habíamos parado de cantar What Is Love – Baby Don’t Hurt Me – Don’t Hurt Me – No More (a dúo, por supuesto; si uno empezaba, el otro había de continuar). Pero supe que aquella pregunta era de verdad. Que no estaba intentando hacerme reír o provocarme otra perorata sobre la inexistencia de la existencia, o una nueva oda a los Monty Python. No. Me lo preguntaba muy en serio.

Y si quieren que les diga la verdad, nunca antes había contestado esa pregunta tan rápida y tan enteramente como entonces.

No.

Nader aguardó tras mi respuesta. No me miró. Yo continué.

«No, Nader. Necesito muchas cosas. Muchas. Y esa exigencia no va a desaparecer. Necesito a alguien inteligente, muy inteligente, tan inteligente que no necesite explicarme, porque no puedo compartir mi vida y estar explicándome todo el tiempo. No me refiero a culto, no es eso. Puede no saber quién era Richard Burton, vale. En serio, está bien. Pero si se lo cuento una vez, tiene que recordarlo, y tiene que recordar también por qué es tan importante para mí. Nader (y aquí respiré) yo estoy muy cansada, y al final de muchos días estoy reventada, y si llego a una casa y encuentro a un individuo necesito que esa persona entienda lo que estoy queriendo decirle. Y esto no pasa. Y si pasa, no funciona. Y si pasa, nunca es suficiente. Así que no. En cualquier otro momento te habría dicho sí. Pero ahora no.»

Nadie dijo nada más sobre el tema.

No sé (porque no puedo saberlo) si Richard y Elizabeth tuvieron alguna vez ese tipo de relación. Quiero pensar que sí. Que, como Martha y George en Who’s Afraid Of Virginia Woolf, ella siempre pudo volver a casa y a pesar de todo el daño (ese que sólo puede y sabe hacer la gente muy inteligente) y de todo lo malo, y a pesar incluso de ellos dos, podría sentarse junto a él, con su mano acariciándole el pelo, con esa voz grave y tan bien perfilada preguntándole qué le pasa, quién tiene miedo de Virginia Woolf, y ella confesarle entre lágrimas «yo, yo lo tengo».

Lo que sí sé es que Nader sí sabía quién era Richard Burton. Bebimos como Richard Burton.

Y aún así, no fue suficiente.

 

 

 

 

 

No te lo pregunté en su momento pero, ¿y tú? ¿Crees tú en el amor?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(*) O en su versión inglesa, que sonó mil veces mejor: Do you believe in love?

My Own Private Tesseract

 
 
 
“-I see that you have watched Interstellar.
-I have indeed watched Interstellar. Twice.
I watched it last night.
-If you’re going to say anything bad about it please restrain yourself. For our friendship.
-No. Do not worry. I watch these movies for their special effects but I was expecting the father-daughter relationship to have an impact on you.
-It did. Have. An impact. But how could you figure?
-Again, the father-daughter relationship… I noticed that this triggers something in you.
-When? Whend did you notice? I mean… I won’t lie, it does. But we have never talked about this before.
From the movies that tend to strike you. Movies tend to tell a lot about people.
-Well, yes. You have a point. So I do my best trying to appear complicated and it turns out I am not.”
 

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Complicada no sé si seré, habida cuenta de la capacidad de algunos para desentrañar la más original de mis afectaciones sólo a través de las películas que me gustan. Lo que sí no soy, desde luego, es una experta en física cuántica.

Y, sin embargo, cuánto me obsesiona la idea, tan matrixiana como poco terrenal ella, de la elección. Alguna vez habrán escuchado hablar de la plausible existencia de universos paralelos. Cómo cualquier punto de nuestras propias historias (esas que son nuestras vidas pese a lo costoso que es vivirlas) puede desdibujarse hasta plantearse en más de una realidad, simultánea, en otro tiempo y espacio que no es el nuestro. La clave, o el punto de inflexión, la sliding door que se abre, lo hace siempre en el momento de la decisión. Existe así pues la posibilidad, por ínfima que fuere, de que pudiéramos estar viviendo dos vidas al mismo tiempo, pese a ser sólo conscientes de una.

Interstellar habla del espacio, del tiempo, y del amor. Del amor como único vector verdaderamente capaz de deformar el espacio-tiempo. Que les explique algo más sin que hayan visto la película carece de todo sentido. Pero plantéense lo siguiente (la película lo hace): el amor es realmente la única emoción que subyace al espacio y al tiempo y sobrevive más allá de ellos. Amamos a personas que hemos perdido y que ya no están en nuestras vidas y las echamos de menos con una fuerza descomunal. Amamos a quien ha muerto y ya no existe. Amamos sin razón aparente. Y sin razón real, también.

Así como quisiéramos amar a los padres y amigos que nos han abandonado.

Hay una moda en Bruselas. Consiste en abandonarla, y abandonarnos, para irse a Ginebra. Otros se van a Londres. Él se fue a Ginebra. De mí se llevó mucho cine y una historia que pudo haber sido, poco más. Y aún así me escribió esta mañana, desde su puestazo en Ginebra, para confesarme que él conocía la verdadera razón por la que a mí me había tocado tanto Interstellar. Yo, que nunca le había hablado, jamás, del mayor de mis abandonos.

La teoría dice que podría estar viviendo muchas vidas en este instante.

La práctica, que sólo puedo reconocer estar viviendo esta.

So shut the door, have a seat.

And stay.

De la soledad entendida como una de las bellas artes

"I took a little lady I like to call loneliness… with her friend, humiliation."
Leonard Hofstadter in The Big Bang Theory, when asked who did he take to his own prom.

 

Al comenzar este año escribí que “en lo que nos gusta, estamos cada vez más solos de lo que pensamos”. Hoy añado: estamos cada vez más solos, y lo notamos de más. Lo notamos cuando se toca lo que de verdad nos emociona, lo que nos corrompe las entrañas. Para quien ha pasado el grueso de su existencia solo, sin figura paterna por práctico abandono, sin figura materna por descomposición, sin hermanos por temprana inexistencia y sin amigos por completa inapetencia, la soledad es la norma y, la compañía, tantas veces ni tan siquiera el gusto.

Y, sin embargo, cuán pesada se hace esa soledad cuando no se pretende.

Escribí esto unas horas después de quedarme sola en una sala de cine. La película, no importa. Que me gusta el cine es algo que se sabe y que deviene notorio para cualquiera que conmigo se cruce. Fui sola, sí, pero la sala estaba llena, pese a lo intempestivo de la hora. La película en cuestión me ha tocado el alma como ninguna otra pieza artística lo ha hecho en mucho tiempo. Mucho tiempo es mucho tiempo. A partir de la primera hora -y son casi tres- ya estaba emocionalmente destrozada. Pero ante imágenes que me tenían encogida, y llorando, y deseando vivir y morir allí al mismo tiempo, otras personas se daban a la risa. La más cruenta y desvergonzada risa.

Eso, y no otra cosa, es auténtica soledad. Al terminar la película, todo el mundo se ha levantado. Nadie -y esto pasa muy pocas veces- se ha quedado hasta el final conmigo. En un momento en el que yo siento haber visto una película que está más allá de la mera concepción de obra maestra, pasan los minutos de crédito, y de descrédito, ante la inesperada falta de otra fuerza de calor que no me haga sentir tan profundamente sola.

Y es entonces cuando pasa por delante el acomodador, que ha entrado sólo un momento a recoger la sala . Y es entonces cuando su presencia me hace darme cuenta de que he de aceptar que estoy cada vez más sola, pese a haberlo estado ya la mayor parte de mi vida.

Que, en lo que me gusta, estoy cada vez más sola.

Y que no quiero estarlo.

Pero no estar solo implica compartirse con alguien, implica ser uno mismo con alguien. Y eso, con mucho, la mayor de las veces es aún peor que estar solo.

Uno puede vivir solo, y estar siempre solo. Into The Wild afectó mucho a nuestra generación, sí, pero sigo pensando que es posible y que la felicidad, por imposible, da igual si es o no compartida. Pero la comprensión no conoce de soledades, y la soledad bien pudiera catalogarse, al igual que el cine, como una de las bellas artes. Cuánta maestría hace falta para doblegarla, cuánto autoengaño se requiere para sobrellevarla. Y qué fácil es sentirse virtuoso cuando uno no llega ni a aprendiz.

 

S.T.A.Y.
S.T.A.Y.

 

Continúo escribiendo en soledad, procurando domesticar a una compañera que hace tiempo ya me domesticó a mí. Termino. Cierro. Y me voy a ver esa película de nuevo.

Con la esperanza, esta vez, de no quedarme sola. Y de que alguien más lo entienda.

 

 

De domingos por la tarde y la muerte del amor

 
 
 
“-I loved you and then all we did was resent each other, try to control each other. We caused each other pain.
-That’s marriage.”
Gone Girl, David Fincher (2014).


Gone Girl, Gone Love.

 

Una vez, hace ya tiempo, un buen amigo me dijo que lo que buscamos en una pareja es alguien con quien ver películas los domingos por la tarde.

Pero no, no es así. Puedo sostener y sostengo que los domingos por la tarde mataron al amor. Cuando Sabina cantó que no los quería, sabía de lo que hablaba. El domingo de la Cristiandad y del calendario gregoriano, y del capitalismo que lo adaptó y lo perfeccionó, tornándolo el día más temido de la semana. La antesala del lunes, el punto y aparte. Cuántas parejas se habrán roto un domingo por la tarde ante el cansancio de no poder seguir siendo lo que ya antes no eran y ahora ya no son.

Ayer fui al cine. Raro en mí, si me permiten la ironía. Y no era domingo por la tarde, pero sí una tarde de cansancio y de películas que te devuelven, a base de hostias, la imagen más dolorosa (por exacta) que tienes de ti. No me gusta construir entradas en torno a películas o novelas, lo saben. Dependo de que el lector las conozca y, en gran medida, de que comparta mi visión sobre ellas. Pero ayer llegué destrozada a casa. Y sin ánimo de machacarles ningún argumento, quisiera contarles por qué.

Gone Girl trata de muchas cosas, supongo. Pero principalmente habla (no, disecciona y, la mayor de las veces, filosofa) sobre la vida en pareja y el matrimonio. Cuenta siete años de vida de Nick, y siete años de vida de Amy. Relata las etapas básicas de cualquier pareja: a) cómo durante los primeros meses, años quizá, nos esforzamos por mostrar nuestra mejor cara; la necesidad constante de impresionar, de dar con el comentario ácido, de provocar la risa, de mostrar toda nuestra luz mientras ocultamos cada una de nuestras sombras; b) cómo las dificultades empiezan a romper toda esa pátina sobre la que hemos construido una realidad paralela; en su caso, los dos pierden su trabajo y han de mudarse de ciudad; c) cómo todo se va absolutamente al carajo.

Es aquí cuando les digo que a mí me obsesiona desde siempre la búsqueda del amor. Que no lo haya volcado con tanta claridad en una decena de palabras – hasta ahora – no le resta entidad como verdad. Por qué, y yo qué sé. Por qué nos obsesiona a todos, en última instancia. ¿Cada uno tiene sus razones? Lo dudo. No, no entremos en el análisis fácil, no. Occam y yo no somos amigos. Disney ha sido mi infancia, de acuerdo, pero García Márquez fue mi adolescencia y cuéntenme ahora de qué trata su literatura si no es de amor, sus formas – y otros demonios, sí. Pero desde luego Gabriel nos dio, si algo, historias de amor brutas, crueles, que no, no las quisiéramos para nosotros. Y empero sigo. A mí me obsesiona la búsqueda del amor, como a todos – supongo, aunque reconocerlo nos aleje de todo el empeño que hemos puesto en aparentar que todo nos da igual. Me obsesiona la búsqueda del amor como me obsesiona la vida, cada vez más que la muerte, y tener que vivirla sola. Insisto: no me malinterpreten. Los que me conocen saben que guardo tanto espacio vital que por menos se han declarado guerras. Y yo también quiero mi Anschluss. Amor, amores, habrá más que putas en este mundo. La cuestión es dilucidar qué cojones es para nosotros el amor, qué buscamos. ¿Y qué buscamos? Muchas veces me pregunto si no buscaremos simplemente a alguien que nos ofrezca comprensión. Comprensión, sí. Lo que yo habría querido ayer. La comprensión de alguien a quien pudiera contarle todo el dolor de esas dos horas y media. El verme tan reflejada en dos protagonistas tan odiosos. El ver a este mundo tan reflejado. A amigos, parejas, a mis propios padres, que me hicieron tragar tanta mierda que, voto abríos, cualquiera cree ahora con determinación en el amor. Y todavía: tengo la absoluta certeza de que todos nosotros, bien seamos raros, complicados, simples o llanos, compatibilizamos con muchos, muchos otros. No existe el hombre o la mujer de nuestra vida, existe su plural. Ahora, tengo también la cada vez más apremiante certeza de que las relaciones de pareja (las mías, al menos – qué coño, perdónenme, muchas de las que veo) han sido, son y van a ser como la de Nick y Amy. Eso. Ente A y Ente B, parapetándose en el interés que el uno causa en el otro, bebiendo de un ego retroalimentado, cultivándose frente a un espejo que te devuelve lo que quieres ser, y que proyecta sobre ti lo que no eres. “The only time you liked yourself was when you were trying to be someone I might like”, le dice Amy a Nick. ¿Y no es así? ¿No es esa la finalidad, la razón última por la que buscamos al otro? ¿Tengo que mostrar un desaforado interés por el apasionante mundo de los relojes porque a ti te enloquecen los relojes? Perfecto, lo haré. ¿Tengo que obviar el hecho de que nuestros referentes culturales no son los mismos? ¿Que nos cuesta captar nuestros dobles sentidos? Sí, por qué no. Funcionaremos, claro que sí, una temporada. Me atrevo a decir que seremos felices. Pero cuando te vea tal y como eres, y cuando tú me veas a mí, el amor no será suficiente. Nunca lo es. No: claro que no quiero ser esa persona otra vez. ¿Quieren ustedes? Y sin embargo eso es lo que percibo. El estar por estar. El estar mal y continuar. El estar sin follar diariamente y las pamplinas de siempre. «No puedes esperar eso, Violeta.» No espero nada ya, entonces. Llegar a casa sola y disfrutar de esa soledad cuando me apetezca. Llegar a casa sola y maldecir esa soledad cuando no la necesite. Entretanto, cometer más errores, seguir conociendo sliding doors, hombres que sí pero que no, con cada vez menos amigos que se interesen por todo esto porque se deben a sus parejas. A esas que les llenan el vaso de agua cuando cenan por llenarles algo, pero nada más. Vamos de millenials, de emancipados, de libres – y de libertinos. Y qué, qué nos diferencia de la generación de nuestros padres. Habremos follado más, quizá. Nos hemos drogado igual, pese a la novedad de nuestros desfases. Donde teníamos que sobresalir, la primera generación atea, feminista, inconformista, los hijos de los ochenta, no era en esta suerte de eterno retorno: decimos sí al trabajo de oficina que bah, nos sublimamos a la pareja con la que nos sentimos cómodos. Me cago en la puta. Para sentirme cómoda me compro un sillón reclinable de esos que te masajean hasta cuando no lo necesitas. Sí, pensé que nosotros seríamos diferentes. También pensé que para mí sería diferente. Y no, fue y ha sido la misma mierda. Ahora no hay espejo en el que quiera mirarme, no hay pareja que me recomponga el ánimo. Y apuesto a que el silencio que se hizo ayer en el cine -antes de que todo el mundo se lanzara a proferir comentarios de arrabalero crítico- obedecía a que indudablemente se habían visto de esa misma tinta: mintiendo, ocultando, obviando las partes de su forma de ser más desagradables. Para gustarte, para que te enamores de mí. Durante unos segundos sería así; y luego, de camino a casa, pensarían: «no, nosotros no somos así». Pero sí somos así, sí somos esa misma mierda desde el minuto uno. Desde el momento en que nos repasamos el ojo antes de quedar con alguien, nos lavamos los dientes por tercera vez apresuradamente, nos ponemos la ropa interior de molar (la que sabemos que nos queda mejor), cinco toques de perfume y no sólo dos; desde y porque evitamos sacar ciertos temas, quizá no hablar de política o de religión, quizá obviar bromas que pueden muy fácilmente malentenderse. Todos esos por si acaso que ponemos en marcha para gustar, para enamorar. Pero a quién. ¿A ellos, a ellas, o a nuestro ego? ¿En qué creo ahora? ¿En qué puedo creer? ¿En más domingos por la tarde? ¿En la próxima persona para la que representaré este juego? ¿En mí? ¿En ti, que podrías haberlo sido todo, si no hubiera visto tu cara oculta tan pronto? ¿Si nos hubiéramos conocido hace cuatro años, quizá, o mejor dentro de cinco? ¿En el amor tal y como no es? ¿En el amor tal y como debería ser y no será?

En mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi 2013

 

Ayer fui al cine a ver una película que ya había visto. El cine, pensé, no tiene nada que ver con el sexo. Un visionado es suficiente para saber si la película te gusta o no. Si el cine te gusta mucho -y te gusta de verdad- encontrarás muchas buenas películas que adorar. El cine es, creo, el arte que permanece más sano y que mejor ha sabido superarse, retarse, conseguirse, ensalzarse. Si el sexo te gusta mucho (primera lección de 2013: hay gente, más de la que creemos, a la que no le gusta el sexo) es difícil encontrar muchas buenas parejas con las que congeniar. Y un visionado no es suficiente para saber si la pareja te gusta o no. Las buenas primeras veces, eso sí, son igual de improbables: en el cine, y en el sexo. La pasión engendra pasión, sí, pero el regusto que nos queda al terminar una película (o un polvo) suele ser una satisfacción (maravillosa, no lo negaremos) y ya: una satisfacción. Abandonar un nuevo portal es como abandonar una sala de cine: pues salgo de allí henchida, risueña, con una media sonrisa muy pícara que simboliza una pulsión de lo más primaria, que me lo he pasado bien. Pero eso sí, cuando das con una buena primera vez es cuando más se parecen el cine, y el sexo. Las buenas primeras veces te turban, se enquistan y, sí, dan miedo. Si pruebas algo, si descubres algo que te trastorna, temes no volver a sentirlo. Ese polvazo puede haber sido una conjunción (muy fortuita, y gracias fortuna) de circunstancias azarosas que no vuelvan a repetirse: el alcohol, la libido, el lugar, los fetiches de cada uno. Ese peliculón puede haberte marcado (a ti, que no has cambiado tu Top #5 desde hace diez años) por haberte pillado desprevenida, sí, simplemente porque estabas afectada por la más profunda melancolía, esa que siempre generas consecuencia de todo tu esfuerzo inútil. Lo diré: ayer fui a ver La Grande Bellezza porque quería acabar el 2013 de la misma manera en la que lo empecé y lo he atravesado, como esta suerte de Violeta Gambardella que observa por inercia y recela con ironía de toda la mediocridad que la rodea. A Jep le preguntan por qué no vuelve a escribir una novela y contesta que Roma no se lo ha permitido. A mí, mis amigos me preguntan por qué no escribo de una maldita vez una novela y no contesto, pero si contestara les diría que yo no me lo permito. Sí: revisité mi polvazo/peliculón el último día del año que tuvo a bien traerlo a mi vida, el último día del año en el que más me he reído en, qué coño, muy probablemente un lustro. Lo revisité y salí del cine henchida, con las mismas ganas de agarrar un avión a Roma que sentí la primera vez, a pasearme sola como Jep, a fijarme en todo y en nada, como Jep, a que me digan que no soy nadie, como a Jep. Porque no soy nadie, o al menos no alguien que pueda expresar todo lo que una película le ha hecho sentir sin sonar abigarrada, arrogante y altanera (segunda lección de 2013: estamos más solos de lo que pensamos, en lo que nos gusta estamos cada vez más y más solos de lo que pensamos).

Pero Jep tiene razón. In fondo, è solo un trucco.

En el fondo, es sólo un truco.

 

 

 

Charlotte

 

Debe de haber muchas Charlottes a lo largo y ancho del mundo. Charlotte York, Charlotte Lewis, Charlotte Gainsbourgh. Muchas. Pero yo hoy me voy a referir a una Charlotte sin apellidos. A una que Sofia Coppola creó y que Scarlett Johansson personificó para gloria y soporte de Bill Murray. Hoy me voy a referir al gran personaje secundario que somos todos, de una manera u otra, en algún momento de nuestra vida. Demos soporte o no a un personaje principal.

Y aquí va un aviso a navegantes. Hace poco un buen amigo me dijo que no había quien entendiera mi blog. “Sólo hablas de pelis y de libros que, si no he visto, no puedo entender.” “Pero si sólo las utilizo para expresar cómo me siento, y explico el porqué, ¿qué más da que no las hayas visto o leído?” “Que sí, que sí, que tu blog no hay quien lo entienda, y cuando quieras te lo demuestro”. Así que es muy probable que esto sólo lo entiendan los que, como yo, hayan visto cincuenta veces Lost In Translation. Absténganse el resto de intentar leer entre líneas, aunque esta vez no sea muy complicado.

Hoy voy a hablar de ella, de la chica que vive mintiéndose -que no engañándose- y mintiendo a los demás, de la auténtica profesional del escapismo, de la chica que no es ambivalente, sino dual. Y de la película por la que, cualquiera que sea preguntado, contesta “oh, esa película habla de la soledad…” (léase con voz de Antonio Gala). De la película que habla de la soledad, sí, pero también del sacrificio, de la complacencia, de la pasión, y de adónde nos lleva todo lo anterior una vez hemos perdido el orgullo. Si es que alguna vez lo tuvimos.

Pondré en antecedentes a quien no haya visto la película. Charlotte es una chica de veintitantos que acaba de graduarse en Yale. Está casada con John, un fotógrafo -parece ser que de cierto éxito- que ha de trasladarse una temporada a Tokio. Ella va con él y allí conoce a Ben, un actor que está en Japón ganando una millonada simplemente por aparecer en un anuncio de una marca de güisqui. Como dije antes, la película (el guión) se gestó para gloria de Bill Murray, y es su personaje el eje central. Él se come la pantalla, él se desnuda, él es quien realmente está perdido en la traducción. Charlotte sólo existe como indefinición. Como una esteta, sosaina y aburrida, que simplemente parece no saber lo que quiere y sólo sabe estar completamente perdida. Pero hay una escena en concreto, hay un gesto, en el que su personaje se reivindica y, quizá, se muestre más transparente que en ninguna otra escena de la película.

 

 

Kelly: But listen, let’s all go out for a drink sometimes. Yeah?
John: Yeah, yeah.
Kelly: You know, call me, okay?
John: Yeah, okay.
Kelly: Alright. Listen, I’m under Evelyn Waugh. Shh, okay?
Charlotte: [after Kelly leaves] Evelyn Waugh? Evelyn Waugh was a man.
John: Oh, come on, she’s nice. What? You know, not everybody went to Yale. It’s just a pseudonym, for Christ’s sake.

 

[Pueden ver la escena completa aquí.]

 

Me gusta esta escena porque, hasta entonces sabíamos que, quizá, el problema de Charlotte se llamaba John. Porque ese gesto, esa cara de asco, encierra dos interpretaciones, y está a medio camino entre el desprecio y la envidia, si no muestra ambas cosas al mismo tiempo. El problema de Charlotte no es John, es ella misma. Ella y su dualidad. Ella y la superioridad moral que siente, la satisfacción que corre por sus venas cuando oye decir Evelyn Waugh. Ella y la infelicidad que le llena por completo cuando oye la risa de John ante semejante estupidez. Porque ella sabe que es mejor que Kelly, mil veces mejor. Pero también sabe que los demás no lo saben.

Minutos más tarde, Charlotte acude a la conferencia de prensa que Kelly -que es actriz- está dando en el mismo hotel donde se hospeda ella. Vuelve a sonreír con malignidad ante sus tonterías y se aleja. Originariamente, esa escena duraba 5 minutos, y en el montaje final sólo se respetaron 30 segundos.

 

 

Kelly simboliza todo lo que yo puedo llegar a odiar. Pero también todo aquello que los demás pueden llegar a amar. ¿Por qué Sofia Coppola gastó tiempo y dinero en rodar una escena que se sabía condenada a ser eliminada? ¿Que se sabía, no casaba, era demasiado larga y alteraba la lógica de toda la película? Las malas lenguas dicen que Kelly está basada en Cameron Díaz, a quien Sofia odia desde que su ex, Spike Jonze, rodó con ella Cómo ser John Malkovich.

Sea lo que sea, Kelly simboliza aquello que no quiere ser, y tiene aquello que quiere tener. Y su gesto, para mí, encierra esa doble interpretación. Porque Charlotte no merece estar perdida en la traducción. Eso lo sabe John, lo sabe Bob, y lo sabemos todos. Todos nosotros, que ansiamos tener y conocer a una Charlotte, pero que acabamos deseando y conformándonos con una Kelly.

O puede que no. De hecho, lo más probable es que sólo esté intentando imprimirle a un personaje características que me ayuden a identificarme con ella, y nada más. Quizá simplemente esté proyectando en el personaje de Charlotte elementos de mi propia personalidad que necesito vincular a un ente imaginado. Quizá lleve haciendo eso toda la vida y sea momento de acabar. Porque yo no soy Charlotte, ni Holden Caulfield, ni Hal 9000, ni Travis Bickle, y mucho menos Ignatius J. Reilly. No soy ni tan genial ni tan inolvidable como ninguno de ellos.

Así, su gesto puede significar mero asombro, y no necesariamente desprecio. Porque lo más probable es que su personaje sea mucho más simple. Lo más probable es que yo sea mucho más simple.

Los que hayan visto la película, recordarán el homenaje final a La Dolce Vita, en el cual Bob, al despedirse de Charlotte, le susurra algo al oído que no podemos escuchar. No les voy a relatar las insondables hordas de teorías al respecto que pululan por foros, ni la de veces que he creído dejarme el tímpano repitiendo una y otra vez la escena desde mi DVD. Pueden intentarlo, si gustan. Lo que sí sé, es que las últimas palabras de Bob a Charlotte son “and tell him the truth, ok?”.

 

Así que, la próxima vez, dile la verdad, Charlotte.

 

Y oblígame a decirla yo también, aunque sólo sea de vez en cuando.

 

Kamchatka

 

Kamchatka es una península. Pero también un territorio del Risk, y una película de Marcelo Piñeyro.

 

 

Para los que no hayan visto la película, ésta se sucede durante los años de dictadura militar en Argentina. Ante el temor de la represión, una pareja -junto con sus dos hijos- se ven obligados a alejarse de Buenos Aires y esconderse. En la escena más memorable, Harry -que se llama así a sí mismo por Houdini, que no era mago, sino escapista- y su padre juegan su último Risk. A lo largo de la partida, Harry queda arrinconado en Kamchatka. Sólo le queda ese territorio que defender, y allí es donde envía todas sus tropas. Resiste desde allí y fnalmente, gana la partida. Y antes de que detengan a su padre, éste le dice que, desde allí, será desde donde siempre resistirá. Que allí, siempre que quiera, podrá volver a reunirse con él.

Como tantas otras miles de películas, la vi con quien me contó la historia de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia. Con quien me relató también la de aquel hombre al que cortaron sus dedos y su lengua y, aun así, hasta la muerte gritó “¡revolución!”. La vi con quien, de no haber existido, no habría Kubrick, ni cine bélico, ni encuadres, planos y ángulos, ni pasión.  No habría Cuatro Rosas, ni movida, ni años ochenta. No habría Let It Be, ni canciones de los Beatles, ni se me encogería el corazón cada vez que escucho Mediterráneo. Sin él, yo nunca habría llegado a ser yo. Porque sin él, no habría estudiado la carrera que estudié, y ahora no estaría llena por completo.

Sin él, al fin y al cabo, no habría García Márquez, ni recordaría el día en el que iban a matar a Santiago Nassar. Y muchos años después, frente a mi pelotón de fusilamiento, recordaré que fuiste tú quien me llevó a conocer el hielo.

Una vez dije que, para olvidar a alguien a quien debemos olvidar, tenemos que intentar dejar de recordar lo bueno. No guardar solamente los días más gratos, sino recordar los demás. Pero para recordar a quien se debe recordar quizá debamos echar la vista atrás y procurar recordar sólo lo bueno. Porque aunque nuestra vida sólo se entienda hacia atrás, se ha de vivir hacia delante, siempre hacia delante.

La última vez no pude conseguirlo. No pude conseguir Kamchatka para mí. Estuve a punto y no lo conseguí. Pero, mentalmente, sé que allí siempre me encontraré contigo. Porque Kamchatka es una península, un territorio del Risk y una película, pero también es nuestro refugio.

Papá, allí nos vemos. Siempre que quieras.