Bruselas

 

He vivido contigo casi tres años y, en todo este tiempo, apenas he hablado de ti.

Sé que no hemos sido las mejores compañeras de viaje. Sé que en algún punto de nuestra relación dejé de agradecerte lo que has hecho por mí. Sé que olvidé que me curaste en tiempo récord. Sé que obvié que tú, y no otra ciudad, otorgó algo de sentido a mi vida profesional. Sé que me empeñé en que, contigo, jamás podré ser feliz. Pero reconócelo, somos una imposibilidad. Lo que tenías que darme ya lo cogí. Lo que tenía que ofrecerte se transformó en la más originaria pereza. La apatía, la desgana, el desconcierto. El qué hacer contigo, cuando parece que hace mucho que tú ya no haces nada por mí.

Tengo que darte otra oportunidad aunque no la merezcas. Aunque yo no la quiera, aunque tú no la quieras. Y lo sé: o terminarás por destrozarme o me harás tan, tan fuerte, que conseguiré dejarte sin mirar atrás. Podré huir sin necesitar una excusa. Escaparé de ti sin necesidad de dramas, de dificultades, de glorias. Y mamá no podrá volver a decirme que sólo abandono los sitios cuando me han roto el corazón.

De hecho, a partir de ahora y para protegerme de ti, dejaré de tener corazón.

 

Tranvía. Tramonto.
Tranvía. Tramonto.

 

Ahora me toca adularte. Decirte por qué te quiero, a pesar de todo lo que me has hecho odiarte. Intentar entrever por qué sigo contigo, a pesar de ti y de mí. Eres mala. Eres malvada. Me bajas el cielo y me lo quitas. Lo has hecho siempre. Cuando llegué a ti me diste a Blanca y me la quitaste. Me diste al grupo de amigos que siempre quise tener y me lo quitaste. Siguen ahí, sí, pero te los llevaste. Me llevaste a la motivación más real que he conocido en forma de oficina; y la cerraste. Más tarde me dejaste traerla a ella, a Paula, a mi persona. Ahora te la llevas. No me dejas aferrarme a nada. No me ofreces nada que me guste de verdad. Y empero pretendes que te quiera, como se pretende siempre aquello que no existe: la atracción por tu parte, el amor por la mía.

Y ahora tengo que decirte qué es lo que me gusta de ti, y me cuesta pensar. Me bloqueas, no me dejas. Me cansas, como todo me ha cansado siempre. Me pierdes, como todo me ha perdido siempre.

Pero lo intentaré, una vez más.

Me gusta que mentiría si te dijera que no me has hecho (son)reír.

 

We Used To Wait.
We Used To Wait.

 

Me gusta que tus calles estén siempre tan vacías, o siempre tan llenas de personalidades tan desangeladas, que puedo cantar por la calle, y bailar para mí, y todo sin que ninguna presencia real me altere. Me gusta caminarte. Si algo me ha gustado siempre de ti, es caminarte. Me gustan los sábados en los que despierto y, al salir de la cama, me recibe toda la luz de mi apartamento. Me gusta la independencia que me das, porque no me ha dado tanta ningún otro lugar. Me gusta que tengas dos aeropuertos, que mi familia (mis amigos) esté a dos horas de distancia. Me gusta que, aunque poco aventurera, me hayas dado anécdotas; que algún día pueda contar qué es el sello Couronne 130, qué canté en aquel karaoke, cómo conseguimos ser las únicas que nunca cayeron del kayak. Me gusta que, durante un tiempo, hiciste que sintiera verdadera ilusión al montarme en un tranvía. Me gusta que, gracias a ti, he hecho realidad sueños. Sueños con nombres y apellidos. Bruce Springsteen, Daniel Barenboim y, mañana, Ennio Morricone. Y más aún. Me gusta que puedo contar nuestra historia en función de buenas y malas temporadas, conmigo siempre quejándome, siempre, y sin embargo aquí, y sin embargo contigo. Plantéate por qué. Ayúdame a plantearme por qué. ¿Me deparas algo? ¿Tienes algo en la recámara para mí? ¿Me estás poniendo a prueba? ¿Haces esto con todos los demás o es sólo conmigo? ¿O soy simplemente yo, yo haciéndome daño a través tuya, yo echándote la culpa de acontecimientos que nada tienen que ver contigo?

Ahora tengo que calentarme en todo el frío que provocas.

 

Y tu arte.
Y tu arte.

 

Tengo que sobrevivir en todo el frío que provoco.

 

 

 

 

 

 

De la literatura entendida en clave existencial y otras mierdas entre líneas

I need an interventionist
to intervene between me and this monster.
And save me from myself, and all this conflict.

 

Hay un momento, cuando se llega al punto final de una novela, en el que el lector (cualquier buen lector, no vengan con remilgos) experimenta una suerte de vacío momentáneo, tremendamente intenso, en la que se dan (y no exagero) en fragmentos de tiempo francamente ínfimos pinceladas de soledad, arrebatos de alegría, un ligero toque de decepción y una pizca de orgullo. Ningún MasterChef ha conseguido la receta, se lo aseguro.

Y justo después, vacío. Muy rápido, prácticamente efímero. Pero vacío.

Y sepan que vacío tiene catorce acepciones en nuestro diccionario. Catorce, porque para intenso, el castellano. A efectos explicativos, vamos con la 12. Falta, carencia o ausencia de alguna cosa o persona que se echa de menos.

Yo, que tardo en conciliar el sueño porque a la 1 a.m. de cada tres días pares y uno impar me arranco en hacerme partícipe de mi existencia (nada grave, sólo recuerdo mis aptitudes como mortal y sus parejas consecuencias y, sin más, no puedo dormir) admito que ese vacío (el existencial, el vacío Whiskey Tango Foxtrot) es bien parecido al del punto final de una novela. Parecido por lo inmediato e imprevisto de ese arrebato de consciencia que uno siente cuando termina una novela. Importa poco la calidad de la misma. Si la has disfrutado ese vacío se torna doloroso. Si no la has disfrutado – porque hay novelas malas, muy malas y malísimas (no escritas por rusos), además de dolorosamente largas – al vacío le acompaña la consciencia del tiempo perdido que tú, que no eres Proust, no podrás volver a buscar. La culpa por la sabida obstinación, por la manía de terminar lo empezado. La desazón que provoca el fraude.

El vacío es, y por ello se da. Y para luchar contra él, lo mejor es agarrar otro libro. Es el Bloody Mary a la resaca, el post break-up sex, el cum laude tras la suma. Sin pensar. Sin pensar. Sin pensar. Auparse veloz y de una zancada postrarse ante la estantería. Aparentar, con el mayor de tus acopios, que sabes qué te apetece leer. Cuando, no. No mintamos. Nunca sabemos qué queremos leer.

Aparentar, sí. Muchas veces – porque la literatura es el mayor arte que ha parido este planeta – el siguiente libro supera al anterior, o así te hace sentir al principio (las primeras páginas de un libro al que se pilla el ritmo son muy similares al enamoramiento, lo sabrán). Pero ante la estantería, antes de venderse a la obligación de mostrarse decidido, uno se reconoce afectado por lo que acaba de terminar, confuso, atolondrado.

Y estás, todavía si cabe, aún más perdido.

Y dejas tu trabajo.

No, ya sé que no. Pero yo sí, he dejado mi trabajo. Decidí que los libros no son suficientes para aliviar todos esos pequeñitos vacíos y que quiero ser feliz. Sí, en algún momento revestido -cómo no- de profundo y subterráneo vacío existencial pensé que la felicidad no es virtud a perseguirse por demasiado complicada y, si bien esto sigolo manteniendo, demasiado expuesta al azar. No, ya no lo pienso, tranquilos; soy una más que clama a los cuatro vientos que Quiero Ser Feliz. Así que sí, repito: he dejado mi trabajo. Eso me da ocho diarias que llenar. Imagínense la catarsis de cada uno de mis vacíos. Más de uno ha empezado a creerse molécula digna de Big Bang.

Así que leo, y veo películas. Lo que hacía antes, sólo que más, aún, más. Ayer, sin ir más lejos (que no hay dinero para viajar) vi una película italiana -cuando me da por el cine italiano no hay quien me ate y lo peor es que siempre me da una nueva punta de ingrata envidia “por-qué-en-mi-país-no-es-así”- y, cuando la terminé, tuve la mítica(mente asquerosa) sensación de “por qué no he dado con esto antes”. Nota mental para otra entrada de blog, antes de liarme: uno sabe que se está haciendo mayor cuando, cada vez más a menudo, entra en este estado de torbellino emocional de “por qué no he dado con esto antes”.

La cuestión no es esta, sino una simple escena en la que una chica va a buscar a su novio, fidanzato, cosa con la que se ha acostado una vez y como es Italia y no hay condones (se ve), está embarazada. Ella va con la intención de decírselo y él es tan borde y desagradable con ella que cambia de opinión. Pero le acaba espetando algo así: “a ti te gustan los libros porque puedes cerrarlos cuando quieras; pero la vida no es así y no siempre decides tú”. Aplausos. Pero el tipo le da una contestación maestra -una que nunca habría podido concebir un guionista español- y le dice: “te equivocas; en mi vida lo he decidido todo yo, incluyendo el hecho de que no quiero verte más”.

Más aplausos. A los cinco minutos de esa escena el receptor de tan cruento mensaje se suicida. (Por si se han preocupado, yo sigo aquí y acabo de cerrar otro libro para sentirme mejor.)

Bromas aparte, ahora es cuando confieso la total y absoluta ambivalencia que siento para con Italia, y entro en otro bucle de autoengaño, y salgo por tres estereotipos y recitando escenas de Moretti. Qué razón tiene ella cuando me dice que vago y divago.

Así que, por su bien, volvamos a la chica embarazada y a su comentario sobre los libros.

Vengo a decirles -porque, como muy bien me critican, yo solo sé hablar de mí y aquí he venido a hablar de mi libro- que, en nuestras vidas, podría ser todo así de fácil. Pasar página, y empezar otro libro. Pienso que nunca pensé que la vida fuera a ser difícil, y encuádrenme en mi propio contexto, no el suyo. O encuádrenme en el suyo. Dejamos cosas sin tener a dónde ir, relaciones sin habernos asegurado el rebote, amistades sin haber labrado las siguientes. Quién, y bien pregunto, ¿quién?, va a otorgarnos la certeza de que todo irá bien al final. Ni cuánto tiempo tardará en llegar ese intermedio final.

 

la foto

 

No soy yo porque no me he comido recientemente a una nadadora. Pero así estoy. Así de perdida. Y seguiré perdida. Me mude o no a la otra punta del mundo.

Eso sí, siempre con un libro en la mesita. De los que se abren y se cierran cuando uno quiere. Los que te hacen reír y llorar, pero con belleza. Los que te ayudan a pensar y no entorpecen el camino. Los que te llevan a ver que tú ya sabes el camino, pero qué fácil es pararse a leer y actuar como si no.

Sí, podría ser todo siempre así. Porque con los libros puedes hacer trampa y espiar el final. Si has leído mucho, puedes predecir sus cuitas hasta que dejen de doler. Puedes saltarte los fragmentos aburridos y leer únicamente las partes verdes (nota para futuros lectores de Los Pilares de la Tierra). Y si no te gustan, los puedes dejar, y no te hacen daño.

Y si se pierden, te puedes comprar otra edición. Y no te hacen daño.

 

 

 

Querido K.

Me escribes. Me pides que reflexione (que reflexione, yo) sobre la muerte de alguien que ha enturbiado, y tanto, nuestro día. Me acerco a la RAE, más amiga ya que muchas otras; me dice que reflexionar es “considerar nueva o detenidamente algo”. Pero lo que me pides considerar no es nuevo. Es bien antiguo, un algo tan antiguo que me acompaña siempre, casi siempre, más a menudo que sólo de vez en cuando, más conscientemente de lo que me gustaría. Para muchos deviene absurda la idea de que la muerte de alguien a quien no has conocido (personalmente, si bien este adverbio se muestra también ambiguo, pues qué es conocer a alguien personalmente) pueda afectarte, afectarnos. Por qué él sí, por qué otros no. Todo lo que una muerte conlleva en estos tiempos de anomalía social. ¿Es suficiente tributo el desearte que descanses en paz, viniendo de nosotros, constructos de las más puras formas de ateísmo? Así que he pensado por ti, no he querido decepcionarme. No quiero criticar a los que (hoy, otros días) han subido, colgado, posteado en Facebook, Twitter, vídeos -como muy bien dices, rebuscados, rebuscadísimos- de él. No creo que seamos superiores por sabernos amantes de lo que hizo, de lo que hacía, pues es mejor la imperfección en el tiempo. Él hacía (de nuevo la RAE: producir algo, darle el primer ser) y de qué modo lo hacía. No es tampoco superior nuestra tristeza. Empero, es genuina. Muy genuina. Las lágrimas que hayamos podido derramar o esa congoja constante que sintamos en el pecho está, es, y existe. Tú, yo, no somos de medirnos las pollas con nadie. Pero qué duda cabe: mientras escribo esto, de nuevo asoman asustadas esas lágrimas: me habría gustado volver a verle. Cuando un virtuoso se va, no es suficiente el virtuosismo que deja. Nunca debiera serlo. Así que pienso también en otras muertes, otras que (sabes, sabemos) me han llegado muy hondo. ¿Adivinas quién es el primero, más cercano que visita mi mente, no? Sí. El día lo recordaré siempre. 20 de junio, era jueves, y me desperté con un mensaje de Paula: ha muerto James Gandolfini. Salté de la cama (yo, perezosa como soy y me sabes), pasé un día triste, triste, condenadamente triste. Ayer vi el documental (tributo documental, bien sabes también que ahora los documentales ya no son sólo documentales sino documentales “algo”: falsos, verdaderos, tributo, o muy malos) que sus compañeros le rindieron. 30 minutos, pero sólo los primeros me anegaron de rabia. ¿Qué tendrá que ver Gandolfini con de Lucía? Nada, me dirás. El uno fue un muy buen actor, muy muy buen actor, pero el otro puede ser (y, espero, será) considerado el mayor virtuoso del siglo XX en su instrumento (desgraciadamente, siempre se hará mención a su género, el flamenco, subyugándolo a ligas inferiores). Pero creo que era un tipo humilde, y que esto jamás le habría importado. En lo que se hace, está lo que uno es. En el fondo, qué coño, debía saberse el puto amo.

Gandolfini, Seymour Hoffman (que me encontró en Roma, maldito), de Lucía. Sí, son nombres que nada tienen que ver entre sí (quizá los dos primeros, pero con muchas salvaguardas). Pero son nombres que han entristecido mis días y me han llevado a un luto que yo creo sincero. Que se entienda o no, poco podemos hacer. Aún recuerdo las palabras de Berta en la oficina el día que murió James: ni que se hubiera muerto tu padre o alguien de tu familia. Jamás pensé que el refranero español estaría tan acertado al enarbolar tamañana pomposidad como “a palabras necias, oídos sordos”. Lo que quiero decirte, K., es que si la muerte de estas personas (otras) nos consterna es porque con su arte, con su hacer, con su presencia en vida nos han conmovido, han llegado a nosotros y eso es muy importante. Conforma la idea de que somos susceptibles a lo que otros nos transmiten. No todos los que conoces son capaces de esto, no somos mejores por ello. Pero tampoco hemos de desacreditarnos por guardar algo sincero: la admiración es esto.

Te escribo también porque, un día, no contesté a tu comentario.

Y está muy mal no contestar a quien aprecias.

 

 

 

Sin Título (n)

 
Aquel que dijo que “mua” no era una onomatopeya apta para representar un beso conocía la vida en profundidad. Hay cosas, me dijo, que no deberían encerrarse en sonidos. Acciones que son tan alegres en sí que reducirlas equivale a desvirtuarlas.
 
Y, sin embargo, cuánto le gustaba despedirse con una onomatopeya que evocaba más de un sentimiento cuando hablaba con ella.
 
Es cierto, la gente tiene miedo a reconocer la incoherencia elemental que es la vida, su vida, sus vidas. Cómo en un mundo tan escrupulosa y jodidamente complicado como este que nos ha tocado vivir, nos vemos obligados a reducir la importancia de lo que nos rodea. Quizá para hacerlo soportable, quizá para que él pueda soportarnos.
 
Ella, ambivalente per se, a ratos fantaseaba con la acción misma de soportar, con poder eliminar de su vocabulario y de su vida otras, muchas, onomatopeyas: buf, ahg, plof, plas. Y zas.
 
Por contra, le encantaría que su vida se compusiera de oh, guau, mmm, ñam. Y ah.
 
Porque le gusta(ba) sorprenderse mucho más que sorprender.
 
A ratos suspiraba por poder gozar de una vida determinista, determinante y determinada, por contar con un guión preestablecido y poder ajustarse a él, procurando ser feliz por el camino. Las horas pares de los días impares, estaba convencida de que, así, habría salido ganando.
 
Ella sabía que un beso no sonaba “mua”.
 
Pero qué bien sonaban cuando era él quien los escribía.
 
Bola de set.
 
Punto de partido.
 
Y una vez más, perdí.
 
 
 

Timeline

 

Captatio benevolentia. Hoy me apetece hablar de lugares comunes. Sin esforzarme por exprimir el diccionario, sin intentar impresionar a nadie.

Así, empezaré diciendo que lo peor de tener memoria es que la memoria tiene un precio.

Llamémoslo melancolía, sabiduría, tristeza. Ninguna de estas opciones, entre ellas, se vuelve en modo alguno excluyente.

Como sabréis, Facebook ha decidido que yo, que todos, podamos hacer clic en un momento concreto de nuestras vidas y comprobar qué decíamos, a quién, por qué. Qué música escuchábamos, qué frases resaltábamos, qué series veíamos, de quién nos rodeábamos.

Y para mí, que nunca he sido mucho de guardar un diario, que siempre me he refugiado en mi cada vez más desmejorada memoria, ahora me es más accesible un dato, un proceso, una verdad que no es de mis favoritas: que cambias, que cambiamos, que cambio. De hábitos, de amigos, de novios. Y que mientras todo eso pasa, lo que queda de ti son tus pasiones. Que lo que queda de ti es que estás siempre dispuesta.

Hace unos días se me ocurrió el pueril experimento de clic en una fecha al azar. Alguna de antes de empezar a escribir este blog. Alguna de antes de irme a Jordania.

Y no pude evitar sino pensar que odiaba aquella versión de Violeta.

Era dependiente, capciosa, y bastante mentecata. Mucho menos culta, y mucho más desaprovechada. Totalmente ida. Igual de arrogante que siempre, igual de arrogante que ahora, pero sin ese punto entrañable que -creo- consigo imprimirme de vez en cuando.

Lo admito, y lo siento si llegas a leerlo. Estar contigo fue el mayor de los errores del gran libro de los errores de todos los tiempos. Mi personalidad sufrió un paréntesis de casi dos años y medio, y ahora encima Mark Zuckerberg se encarga de idear un sistema que me ayude a recordarlo desde un lugar de California que, para mayor sorna, se llama Palo Alto.

Fuiste el mismo error de siempre, pero otra variante, y una muy dañina. Y no sabes cuánto te agradezco que me dejaras marchar. Te lo agradezco en cotas directamente proporcionales al enfado que me produce pensar que desde entonces siento que no hago más que expulsar a la gente de mi alrededor.

Pero así es. Me fui lejos, muy lejos. Viví sola. Me rehice. Y desarrollé un espacio vital tan grande que, al parecer, ya no me sirve solo con invadir Polonia. Y me volviste tan exigente que acabé destrozando la única relación sana que he conocido.

Análisis simple, pero ya dije que no me apetecía pararme a pensar demasiado.

Aquella chica que pedía siempre un abrazo antes de irse a dormir, ahora rechaza el contacto físico. Es así. Tampoco lucho ya por lo que quiero -aunque es cierto que no me cuesta aferrarme a un clavo ardiendo si necesito huir-. Yo, que iba siempre con la verdad por delante, yo, que pensaba que hablando se entendía la gente. Pese a todo, a ratos estoy orgullosa de mí, y a ratos sigo perdiéndome en mi ansia de perfección. Ansia, que no anhelo, ni deseo, ni obsesión, de tan enquistada que la tengo.

Pero aquí sigo, cuatro años después de ti, y cada día más completa. Encontrando a quien me conceda la consabida inspiración, ya que tú cortaste todo atisbo de ella; y a la vez, admitiendo que nunca sabré escribir porque el ego y la arrogancia me pueden, y solo sé hablar de mí. Y de mis circunstancias. Y de mis pasiones. Alégrate, porque he aceptado que nunca llamará un editor a mi puerta. Que en algún momento, tendré que decidir qué quiero e ir a por ello, aunque eso implique ser infeliz durante un tiempo.

Aquí sigo, intentando que me gusten cosas que no me gustan. Intentando que no me gusten cosas que sí me gustan. Porque es lo que he hecho siempre.

Modelándome continuamente, sin que me acabe de convencer nunca el resultado. Preguntándome, una vez más, por qué tomo las decisiones que tomo. Qué me mueve, pues la inercia no es, y la seguridad, tampoco.

Querido Timeline: me gusta recordar cuánto me gustaba estar con alguien. Pero me gusta más saber cuánto me gusta estar sola.

Este blog, mi Facebook, y cualquier red social a la que alguna vez le haya ofrecido alguno de mis insulsos datos, siguen una máxima: nunca cuentes nada que no le contarías a un desconocido en una buena borrachera. Y supongo que podríais decir que es demasiado, o demasiado poco, especialmente si habéis conocido mi faceta más etílica.

Pero una cosa es cierta: las cosas que me duelen de verdad, no las menciono. No hablo sobre ellas. Y así es como encuentro el equilibrio entre lo que quiero que sepáis de mí y lo que quiero guardarme para mí.

Y es por eso que, de vez en cuanto, tengo que soltar estar parrafadas fuera, y dejarlas aquí, al abrigo de los bits, a la vista de todos, para gritar que estoy bien sin estarlo, sin que nadie me lo tenga en cuenta.

Y es por eso que decido desnudar mi alma mientras España juega un partido ante Francia.

Maravillas de tener un blog que nadie lee. Aunque de vez en cuando me sorprendan.

 

 

 

 

 

De Rothko, Kundera, y marmotas

 

He estado lejos.

En este tiempo, he cambiado a Rania por Mariano Rajoy. He vuelto.

Y hasta llegar aquí he hecho muchas elecciones. Muchas. Incluyendo una fundamental: no votar a Mariano Rajoy. Pero esa ya es otra historia.

Y ha pasado tanto tiempo que quería volver tratando precisamente de este tema tan poco manido. Tan inusitadamente opinado. Tan desconocido para el gran público. Tan peculiar. Las elecciones.

En Atrapado en el tiempo, Phil -personaje interpretado por Bill Murray-, un meteorólogo de una pequeña cadena local con mayores aspiraciones, se traslada con su equipo a Punxsutawney, un pequeño pueblín de Pennsylvania donde cada 2 de febrero celebran el Día de la Marmota, celebración en la que una marmota predice (en función de si mira o no su propia sombra) cuánto durará el invierno. Y Phil se encontrará con la maldición de despertarse todos los días en el Día de la Marmota. Cada día. Todos los días.

Así, todos los días tiene la oportunidad de luchar por el día perfecto. Todos los días tiene la oportunidad de calcular la palabra perfecta, el momento preciso, la acción idónea que se traduzca en la posibilidad de conseguir lo que desea. Hasta que empieza a comprender que es su excesiva ansia de perfección lo que acaba por no permitírselo. Hasta que se deja llevar, imperfectamente abandona al deseo de encontrar la perfecta perfección y encuentra una versión mejorada de sí mismo.

Sostenía Kundera, en esa maravilla de la naturaleza, ese prodigio literario, esa guía existencial que es La insoportable levedad del ser, que vivir solo una vez era asimilable a no vivir en absoluto. La incapacidad de repetir nuestras acciones pasadas, alterándolas, producto del perverso gerundio que nos inhabilita desandar lo ya recorrido, nos inhabilita asimismo a considerar ese mismo recorrido como experiencia. Para que nuestra vida adquiriera sentido, para que realmente pudiéramos hablar de experiencia adquirida, deberíamos tener la capacidad/oportunidad de rehacer aquello cuya consecuencia no nos ha satisfecho del todo, o nada, o no lo que esperábamos. Hacer y rehacer, poder considerar así causas y consecuencias, diagramas de flujos, futuribles, hojas de cálculo sobre nuestras propias acciones. Así, Kundera comparaba la vida con un cuadro que va pintándose sin que el pintor -nosotros- tuviéramos en algún momento la oportunidad de deshacer lo pintado. Incapacitados ante nuestra propia obra, sin verdadera capacidad de aprendizaje más allá que la que nos otorga el gerundio. Como el personaje de Bill Murray en Atrapado en el tiempo, deberíamos tener la capacidad de retrotraernos al punto en el que todo se torció. Borrar el morado que destrozó nuestro cuadro y cambiarlo por un añil, manteniendo el resto de las variables constantes. Solo «probar» hasta conseguir el resultado deseado. La elección indudable. Lo que todos anhelamos. Y lo que cualquier teórico cuántico, amén de Milan Kundera, sostendrían imposible.

Dicen que cuando algo se acaba siempre piensas en cómo empezó. Dicen que empiezas a repasar mentalmente cada paso, cómo acabaste ahí, así, cómo no se torció todo antes, o cómo no escogiste un camino alternativo. Como en el cuadro que es la vida para Kundera, intentas recuperar el primer trazo. Dónde empezó el color, en qué punto el rojo se tornó amarillo, en qué punto todo se mezcló hasta alcanzar el naranja. Pero a veces, como si de un Pollock se tratara, identificar el primer trazo es prácticamente imposible. La vida, lamentablemente, no es siempre un cuadro de Rothko. Compartimentado, riguroso. No hay pinceladas claras, perfectamente delimitadas, ni retazos de azul celeste que invoquen a la más perpetua calma entre cualquier atisbo de tempestad.

 

«Casi imperceptible, casi innecesaria, pero imprescindible.»

 

Yo digo que cuando algo empieza siempre piensas en cómo terminará. Digo que empiezas a repasar mentalmente cada paso, cómo acabará todo, así, o no, de qué manera se torcerá, cuándo, o por qué no escoger un camino alternativo. Que en el cuadro de tu vida, enmarcas todo tu ser y todas tus circunstancias hasta encontrarte plenamente convencido de que no te estás equivocando, de que estás haciendo lo correcto, de que todo estará bien.

Pero cómo saber que estás haciendo lo correcto.

Lo bueno es que a veces no tienes que saberlo.

Porque hay elecciones que no son tal. Hay veces que no eliges. Y no porque no haya opciones, o imposiciones. No es nada de eso.

Hay elecciones que son como ese retazo azul celeste, esa pizca de Rothko que añade orden, que envuelve de orden, que convierte en primitivo orden a tu universo, que se erigen en tu incondicional demiurgo. Esas elecciones son las fundamentales.

Afortunada, yo tengo ante mí una de esas. Y aunque no pueda saber cómo terminará, ni cuándo, ni dónde, ni siquiera la consabida incertidumbre de por qué, así es como la pienso. Quizá deje de serlo, quizá no. Pero hoy es mi elección absoluta, mi elección indudable, el trazo celeste sobre rosa y naranja, la marca Rothko de la tranquilidad.

Y entonces elegir no es renunciar. Entonces te olvidas de cuadros por pintar y repintar, de cuánticos y Kundera. Y empiezas, como Bill Murray, a construir una versión de ti mismo que es mejor que tú mismo.

Nadie te absuelve de que algún día, como involución abstracta y deformación inconclusa, el que es tu Mark Rothko se convierta en tu nuevo Jackson Pollock. Pero lo bueno de haber visitado más de un museo, es que aprecias mejor el arte. Mientras tanto, algunas elecciones te traerán a Mariano Rajoy, y otras a lo mejor de tu vida. Porque las mejores cosas de la vida no las elegimos nosotros. Y las peores sí.

A pesar, incluso, de Mariano Rajoy.

 

[No crea el lector que guardo algún tipo de desafecto hacia la figura artística de Jackson Pollock. Hacía él solo guardo la más absoluta admiración. No en vano fue una figura clave en la evolución desde un primitivo abuelito adorable que nos ofreció espectaculares estampas de su florido jardín con el mayor maestro del color, Mark Rothko. Pero, en el tapiz de este universo, no habría habido Rothko sin Pollock ni Monet. Y, por ello, gracias.]

De recurrentes compañeros.

 

Lo sé, lo sé, lo sé. Llevo más de un mes sin escribir.

Supongo que cuesta volver a coger el ritmo cuando tu vida se sume en una amalgama de cambios. No físicos, ni de carácter. Simplemente, cambios. De esos para cuya respuesta no hay un capítulo de Sexo en Nueva York. De esos que te llevan a buscar esas respuestas en otra parte.

Cuando algo cambia, siempre deseas volver a recordar el comienzo. A tu cambio más reciente. Al día que abriste un nuevo blog y lo llamaste Miss Caulfield. Recurrir a lo recurrente. Recordar lo memorable. Adaptación. Aceptación.

De cambios siempre hablaba él. Nunca he contado por qué aunque, como muchas otras cosas, quizá sea evidente. Nunca he contado por qué Miss Caulfield. Aunque sí les he hablado de él, de Holden, del eterno Holden Caulfield, que Salinger inmortalizó en The Catcher In The Rye. Supongo que millones de personas se sienten, se sentirán, se habrán sentido, identificadas con un personaje así. Por una vez, no me asusta no ser original, no rallar en extremo mis propias rarezas. Cualquiera puede sentirse identificado con Holden Caulfield, aunque ninguno seamos cualquiera. Aunque, especialmente, él no sea cualquiera.

 

Holden Caulfield
Holden Caulfield

 

Para los que no hayan leído la novela, está escrita en primera persona. Holden relata cuatro días de su vida, desde que escapa de su cuarto internado, Pencey, en Pennsylvania, a Nueva York, hasta que se decide a llamar a sus padres y contárselo todo. En esos cuatro días Holden miente a los demás, se miente a sí mismo, se delata, cruza sus propios límites y llega a conocerse mejor que nunca. Holden es rebelde, sí. O al menos lo es en la medida en que todos queremos serlo. Holden no sabe lo que quiere, pero tiene muy claro lo que no quiere. Y si hay algo que no le gusta, pero no porque sea conservador o intolerante, son los cambios. En esos cuatro días Holden entiende que hay cosas que no deberían cambiar, que hay cosas que es mejor dejar en una de esas vitrinas de cristal de los museos, y dejarlas allí tranquilas.

De Holden solo conocemos cuatro días de su vida, aunque sepamos muchas cosas más. Pero de Holden, ante todo, aprendimos que hay ciertas cosas que no se deben contar. La novela acaba con un consejo: «don’t ever tell anybody anything; if you do, you start missing everybody».

Nunca he contado por qué, pero frases como esta son las culpables de mi profunda admiración por el inglés. Porque ese ‘miss’ encierra una doble interpretación, y el sentido final solo lo guarda Holden. En la traducción al español, se tradujo simplemente por “echar de menos”, sin hacer guardar una nota del traductor, ni una explicación sobre el original. Cuando lo más probable es que Holden quisiera decir “perder”, sin dejar de lado el juego de palabras.

Pero lo más probable, o lo que yo encuentro más probable tras haber desarrollado más empatía con un personaje literario que con muchas personas animadas, lo más probable es que todo este tiempo no haya estado viendo a Holden, ni a mí misma. Lo más probable es que The Catcher In The Rye sea sólo uno más de esos múltiples catalizadores que utilizo en mi vida diaria. Elementos de evasión. Vías de escape.

No me he dado cuenta hasta hace muy poco, quizá me haya llevado mucho tiempo, todo este tiempo desde aquellos catorce años donde, en una tarde, leí todas sus aventuras como si no hubiera mañana, pero Holden, a la postre, es un chaval de dieciséis años inmaduro, impaciente, encerrado en una realidad que no le corresponde. Y como él a sí mismo, a mí me ha servido todo este tiempo para encerrarme en su realidad, en una realidad que no me corresponde.

Lo bueno de las grandes obras maestras, o de tus grandes obras maestras, es que para ti son versátiles en su significado. Que cada vez que las lees, encuentras algo nuevo. Que cada vez te acompañan en un sentimiento diferente, dotándolo de un sentido diferente. Lo bueno de Holden es que siempre recurriré a él y, aunque estemos más o menos de acuerdo, siempre me enseñará algo nuevo.

Aunque ya no estemos de acuerdo, porque hay cambios bastante buenos, y hay personas que merecen que se les diga todo. Aunque sea entre líneas. Y en un blog.