De la literatura entendida en clave existencial y otras mierdas entre líneas

I need an interventionist
to intervene between me and this monster.
And save me from myself, and all this conflict.

 

Hay un momento, cuando se llega al punto final de una novela, en el que el lector (cualquier buen lector, no vengan con remilgos) experimenta una suerte de vacío momentáneo, tremendamente intenso, en la que se dan (y no exagero) en fragmentos de tiempo francamente ínfimos pinceladas de soledad, arrebatos de alegría, un ligero toque de decepción y una pizca de orgullo. Ningún MasterChef ha conseguido la receta, se lo aseguro.

Y justo después, vacío. Muy rápido, prácticamente efímero. Pero vacío.

Y sepan que vacío tiene catorce acepciones en nuestro diccionario. Catorce, porque para intenso, el castellano. A efectos explicativos, vamos con la 12. Falta, carencia o ausencia de alguna cosa o persona que se echa de menos.

Yo, que tardo en conciliar el sueño porque a la 1 a.m. de cada tres días pares y uno impar me arranco en hacerme partícipe de mi existencia (nada grave, sólo recuerdo mis aptitudes como mortal y sus parejas consecuencias y, sin más, no puedo dormir) admito que ese vacío (el existencial, el vacío Whiskey Tango Foxtrot) es bien parecido al del punto final de una novela. Parecido por lo inmediato e imprevisto de ese arrebato de consciencia que uno siente cuando termina una novela. Importa poco la calidad de la misma. Si la has disfrutado ese vacío se torna doloroso. Si no la has disfrutado – porque hay novelas malas, muy malas y malísimas (no escritas por rusos), además de dolorosamente largas – al vacío le acompaña la consciencia del tiempo perdido que tú, que no eres Proust, no podrás volver a buscar. La culpa por la sabida obstinación, por la manía de terminar lo empezado. La desazón que provoca el fraude.

El vacío es, y por ello se da. Y para luchar contra él, lo mejor es agarrar otro libro. Es el Bloody Mary a la resaca, el post break-up sex, el cum laude tras la suma. Sin pensar. Sin pensar. Sin pensar. Auparse veloz y de una zancada postrarse ante la estantería. Aparentar, con el mayor de tus acopios, que sabes qué te apetece leer. Cuando, no. No mintamos. Nunca sabemos qué queremos leer.

Aparentar, sí. Muchas veces – porque la literatura es el mayor arte que ha parido este planeta – el siguiente libro supera al anterior, o así te hace sentir al principio (las primeras páginas de un libro al que se pilla el ritmo son muy similares al enamoramiento, lo sabrán). Pero ante la estantería, antes de venderse a la obligación de mostrarse decidido, uno se reconoce afectado por lo que acaba de terminar, confuso, atolondrado.

Y estás, todavía si cabe, aún más perdido.

Y dejas tu trabajo.

No, ya sé que no. Pero yo sí, he dejado mi trabajo. Decidí que los libros no son suficientes para aliviar todos esos pequeñitos vacíos y que quiero ser feliz. Sí, en algún momento revestido -cómo no- de profundo y subterráneo vacío existencial pensé que la felicidad no es virtud a perseguirse por demasiado complicada y, si bien esto sigolo manteniendo, demasiado expuesta al azar. No, ya no lo pienso, tranquilos; soy una más que clama a los cuatro vientos que Quiero Ser Feliz. Así que sí, repito: he dejado mi trabajo. Eso me da ocho diarias que llenar. Imagínense la catarsis de cada uno de mis vacíos. Más de uno ha empezado a creerse molécula digna de Big Bang.

Así que leo, y veo películas. Lo que hacía antes, sólo que más, aún, más. Ayer, sin ir más lejos (que no hay dinero para viajar) vi una película italiana -cuando me da por el cine italiano no hay quien me ate y lo peor es que siempre me da una nueva punta de ingrata envidia “por-qué-en-mi-país-no-es-así”- y, cuando la terminé, tuve la mítica(mente asquerosa) sensación de “por qué no he dado con esto antes”. Nota mental para otra entrada de blog, antes de liarme: uno sabe que se está haciendo mayor cuando, cada vez más a menudo, entra en este estado de torbellino emocional de “por qué no he dado con esto antes”.

La cuestión no es esta, sino una simple escena en la que una chica va a buscar a su novio, fidanzato, cosa con la que se ha acostado una vez y como es Italia y no hay condones (se ve), está embarazada. Ella va con la intención de decírselo y él es tan borde y desagradable con ella que cambia de opinión. Pero le acaba espetando algo así: “a ti te gustan los libros porque puedes cerrarlos cuando quieras; pero la vida no es así y no siempre decides tú”. Aplausos. Pero el tipo le da una contestación maestra -una que nunca habría podido concebir un guionista español- y le dice: “te equivocas; en mi vida lo he decidido todo yo, incluyendo el hecho de que no quiero verte más”.

Más aplausos. A los cinco minutos de esa escena el receptor de tan cruento mensaje se suicida. (Por si se han preocupado, yo sigo aquí y acabo de cerrar otro libro para sentirme mejor.)

Bromas aparte, ahora es cuando confieso la total y absoluta ambivalencia que siento para con Italia, y entro en otro bucle de autoengaño, y salgo por tres estereotipos y recitando escenas de Moretti. Qué razón tiene ella cuando me dice que vago y divago.

Así que, por su bien, volvamos a la chica embarazada y a su comentario sobre los libros.

Vengo a decirles -porque, como muy bien me critican, yo solo sé hablar de mí y aquí he venido a hablar de mi libro- que, en nuestras vidas, podría ser todo así de fácil. Pasar página, y empezar otro libro. Pienso que nunca pensé que la vida fuera a ser difícil, y encuádrenme en mi propio contexto, no el suyo. O encuádrenme en el suyo. Dejamos cosas sin tener a dónde ir, relaciones sin habernos asegurado el rebote, amistades sin haber labrado las siguientes. Quién, y bien pregunto, ¿quién?, va a otorgarnos la certeza de que todo irá bien al final. Ni cuánto tiempo tardará en llegar ese intermedio final.

 

la foto

 

No soy yo porque no me he comido recientemente a una nadadora. Pero así estoy. Así de perdida. Y seguiré perdida. Me mude o no a la otra punta del mundo.

Eso sí, siempre con un libro en la mesita. De los que se abren y se cierran cuando uno quiere. Los que te hacen reír y llorar, pero con belleza. Los que te ayudan a pensar y no entorpecen el camino. Los que te llevan a ver que tú ya sabes el camino, pero qué fácil es pararse a leer y actuar como si no.

Sí, podría ser todo siempre así. Porque con los libros puedes hacer trampa y espiar el final. Si has leído mucho, puedes predecir sus cuitas hasta que dejen de doler. Puedes saltarte los fragmentos aburridos y leer únicamente las partes verdes (nota para futuros lectores de Los Pilares de la Tierra). Y si no te gustan, los puedes dejar, y no te hacen daño.

Y si se pierden, te puedes comprar otra edición. Y no te hacen daño.

 

 

 

Decepción

A veces pienso que el problema es mío. El problema, sí, es definitivamente mío. El problema es mío cuando me enfado por que mis amigos no guardan mi número de teléfono bajo mi nombre. Mi nombre, que es Violeta, que no es un nombre común. Vio le ta. Después de haberlo odiado, malogrado, a ratos ensalzado -por raro, por distante, por irreligioso, también- he llegado a llevarme bien con él. Mi nombre es Violeta, no es Violeta Bruselas, ni Violeta Trabajo, ni Violeta cualquier-cosa-que-te-recuerde-a-mí. Porque deberías recordarme por mi nombre, igual que yo te recuerdo por tu nombre. En mi móvil hay tres César, pero sólo uno merece llamarse César. Pero ahora vivimos así, y todo tiene que tener etiquetas, todo tiene que ayudarnos a recordar. A recordar hasta lo más elemental: que tenemos amigos y que tenemos que cuidar de ellos.

El problema es mío, sí, cuando exijo demasiado, cuando me falta empatía, dicen. Cuando mis expectativas son demasiado altas. Lo entiendo. Pero no quiero tener empatía. No quiero tenerla. No entiendo que te guste más el Nesquik que el ColaCao, como no entiendo que seas católico. Yo, como Hitchens, abogo por la condescendencia del que sabe respetar pero no se rebaja a la comprensión: no voy a entenderte jamás porque eso implicaría aceptar que tu línea de pensamiento es tan siquiera cercana a la normalidad. Me niego. Creéis en la ¿palabra? de un tipo que creció en una familia en la que su madre y su padre no vivían juntos, pero la adopción para homosexuales es una salvajada que pone en peligro la salvaguarda moral de cualquier ser humano, incluido el potencial ser humano que albergo en mi vientre por el mero hecho de desear sexo, así, como concepto, la mayor parte de mi tiempo libre. No os entiendo, ni quiero, ni me voy a esforzar.

No entiendo que tengamos que aguantar semanas así: Venezuela, Ucrania, la sempiterna Siria. Aguantar esta mierda de artículos. Aguantar que whatsapp interrumpa el servicio (porque no se cae, interrumpe el servicio) y mi Facebook se llene de palurdos pidiendo sus 89 céntimos de vuelta o, mejor, de alguno que otro diciendo que mejor le hubieran dado los 14.000 millones de euros a él, que mejor nos habría ido y no se habría “caído” whatsapp. Mejor, ver cómo todos se encienden abogando por el traspaso instanstáneo (más que el Nesquik) a Telegram, porque bien es sabido que cinco minutos sin un servicio de mensajería instantánea (Nesquik) conllevaría pérdidas de conciencia a niveles muy, muy Nesquik. Mientras todo esto pasaba, una política, corrupta, marioneta, montaba un espectáculo bufonesco en Kiev y se aparecía como salvadora de la patria, de una patria que escenificaba así un nuevo Golpe de Estado que no va a cambiar nada pero que toda la prensa ha tenido a bien aplaudir esta misma mañana. Por supuesto, esto no es sujeto de debate: como mucho colgamos un vídeo de una ucraniana (que sí, está buenísima) que habla así como con voz cándida y nos pone cachondos mientras habla de tres o cuatro generalidades y (parece, porque el vídeo lo firma una organización con bandera de colores, y eso -es sabido- es muy progre) en nombre de todo el pueblo ucraniano (que son unos cuantos, vaya, y un tanto divididos). No sé de qué me sorprendo. Artur Mas también habla ahora en nombre de toda Cataluña.

Yo hablo por mí. Me represento a mí misma y me sobra con eso (de verdad, no es arrogancia, me sobra mucho con eso). Pero no entiendo que tengamos que aguantar todo esto. Ya ni siquiera el que era el mejor periodista del país (mi país, cada día me dueles más) es capaz de tomarse en serio el que, muy probablemente, sea el episodio histórico más turbio de nuestra historia reciente. Sí, esa que ha tenido FILESA, GAL, 11-M, Gürtel, sobres y a saber cuántas cosas más. Pero los hay que creemos que el 23-F sí hubo un intento real de Golpe de Estado y que no es sostenible de ningún modo seguir argumentando que el Jefe de las Fuerzas Armadas no sabía nada. Hacer una hora de pantomima para probar un argumento tan básico es deprimente. Sí, me deprime. Es de meterse el falso documental este por el culo.

Me represento a mí misma también cuando digo que me cansa mucho seguir esperando cosas de los demás. De vosotros, de todos. Del periodismo, también. Del amor, de la amistad. De que las cosas, o se hacen bien, o mejor no hacerlas. De que si quieres a alguien, quiérelo bien. Porque querer a medias es, de entrada, un coñazo. Y de salida, una vergüenza.

Como la que acaba de salir en La Sexta.

Como la que ocupa toda la franja gualda de mi bandera.

Y plus ultra.

 

 

 

Alegato contra la tolerancia

 

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Me duele España.

No tengo por qué aguantaros. No tengo por qué aguantarlo.

No quiero ser española. Pero no sólo, no tanto por vosotros, políticos, política de mierda, sátrapocorruptos de pacotilla cuya mayor afición es medirse la polla sin llegar siquiera a micropene. No es por vosotros, es por ellos. Por los que os votan, por los que os votaron, por mis padres, que votaron sí a una Constitución de mierda; por los padres de mis amigos, que cual miedicas acudieron a votar sí esa Constitución de mierda. Y es sobre todo y principalmente por ellos, por los compatriotas, por los que ven sin querer pero, principalmente, por los que no ven queriendo. Me dais asco. No os soporto más. No aguanto vuestro barriobajerismo chulesco, la altivez que demostrais en vuestra estupidez ignorante propia de parvulario elemental. Lo patética que queda vuestra mirada perdida cuando no tenéis nada que decir ni que añadir. Sí, patética, rancia como el moho más putrefacto cuando el país se conmueve y vosotros cambiáis de canal y de tema, no perdéis el tiempo leyendo un mísero titular y, por favor, “si el reflejo de la tinta impresa alcanza mi retina aléjalo de mi vista”.

Que sois muchos, y no sois nada cobardes. Os enaltece demostrar que os da todo igual. Os jactáis de que no va con vosotros cuando España sois vosotros. Presumís de una felicidad impostada y, para colmo, aún pretendéis presentar vuestra inopia como un modelo a seguir.

Pero a mí no. A mí me habéis cansado.

El problema de mi país sois vosotros. Porque existís vosotros, existen ellos. Porque no demandáis nada. No queréis nada. Os da igual tener un Presidente del Gobierno que se enorgullece de no leer, porque vosotros tampoco lo hacéis. Y si mañana compareciera -Dios, el suyo, no lo quiera, pues ya ha generado alergia a la luz focal- y clamara a los cuatro vientos que le encantó Cincuenta sombras de Grey allí seguiríais, aplaudiendo. Porque la Justicia no se ha pronunciado y aquí la presunción de inocencia es vaca más sagrada que un toro de Mihura. Me cago en Dios, España. No. Me cago en el Dios que es España. En esa religiosidad inmanente que tenéis todos, cristianos y ateos, que os convierte en carne de consumidor sadomasoquista cuando no llegaríais ni a agilipollados.

Sí, me prometí que nunca hablaría de política. Pero no puedo más. Dimito. Tú no lo harás.

Pero yo dimito.

España, vete a tomar por culo.

Españoles condecorados del pasotismo, estandartes del idiotismo patrio más rancio, seguid cabalgando vuestra vida con visera, pues ya ni quiero que veáis mi mismo sol. Idos todos a tomar por culo.

 

Sin Título (II).

(La casualidad, de nuevo, no existe, y nada es pura coincidencia.)

«Si existo o no, quién sabe. Si soy real o no, difícil es mantener la certeza ahora. Existía. Existí por y para ti, durante un tiempo. Existo en la medida en que creo. Y existía en la medida en que te creaba.

Y así como don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes, tú eres ahora más real que yo.

Porque yo te creé, y ahora tú, le entregas mi creación a los demás.

Yo te creé, sí, para dejarte ir. Al mejor postor. Al límite que tienda a mí, cuando yo tiendo a infinito. Y tú, que no existías fuera de mí, ni siquiera me evocas al recordar todo lo que te he enseñado.

Yo te he fingido, te he soñado, te he producido en mi imaginación. Pero tú vives ahora en la de otra, en su fantasía. Yo te enseñé el placer de existir. Y ahora, que ya no existes para mí, ultrajas la razón de mi propia existencia y te la llevas contigo. Yo te creé, pero yo ya no soy nadie.

Yo, yo que siempre estaba para ti, dispuesta.

Y ahora ya no estoy. Ya no soy.»

(Es hora de partir.)