A.

 

Cuando le conocí acababan de romperme el corazón, pero eso él no lo sabía. Tampoco lo sabe ahora, ahora que empiezo a quererle mucho. Cuando le conocí iba sobre aviso: este chico va a caerte muy bien. Suelo desconfiar de los que me dicen eso; suelo desconfiar de los que creen saber lo que me gusta y lo que no, porque rara vez aciertan. Su nombre empieza por A y es ya histórico el desacierto y la buena y la mala suerte que gasta la que suscribe con los nombres que empiezan por A. Y sin embargo algo pasó en Potsdam. Algo que nos llevó a esa malsana pero muy bella situación en la cual sólo quieres preguntar y preguntar. Y saber y saber. En la cual descubrimos que teníamos enfrente a un ser igual de visceral y totalitario, que defendería hasta el final su postura, aunque el final fuere tan sencillo como sentenciar: eso es una puta mierda. Yo, que veía imposible querer contarle mi vida a nadie más, tenía enfrente a un tipo sobre el que sólo podía pensar: qué hay que hacer para ser su amiga. Cuando cada uno volvió a su ciudad la chica pensó que aquel chico quedaría en ser aquel extraño clic en Potsdam, el momento en que todos sus amigos les odiaron porque sólo querían hablar de ellos, entre ellos, y de sus cosas. Se siguieron por Twitter. Pasaron a Facebook. Se escribían mensajes: Messenger, WhatsApp, cualquier medio era bueno para poder seguir diciéndose «estoy aquí, y aunque vivamos en ciudades diferentes quiero ser tu amigo». Cuando ella volvía a la ciudad de él, le anteponía a sus amigos más antiguos: quería que aquel clic no se esfumara. Una noche de ginebra (como todas sus noches) él le confesó que, de haber sido hetero, probablemente le habría metido fichas. Ella no dijo yo también, pero porque ella es de tragarse cualquier cumplido, así sea demasiado evidente que lo hace por no desprotegerse. Ella volvió a su ciudad, que también es la de él, y ahora ensayan su amistad desde apartamentos sólo separados por la Gran Vía. Su cumpleaños es el 15 de enero. Cumplió 30 años el mismo día en que a ella la hicieron pedazos. Pero eso, él, no lo sabe, porque ella se reserva el poder contárselo a la luz de un porche frente al Mediterráneo, cuando sean ya mayores y sólo se dediquen a beber gin tonics, escribir, y maldecir las oportunidades perdidas.

Las buenas amistades surgen como una buena historia de amor.

Las buenas amistades son mejores que una buena historia de amor.

 

 

 

 

 

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