Amic David Fernàndez / Amat Antonio Baños

(Es probable que no entendáis ni una sola palabra de lo que voy a vomitar a continuación.)

 

Decía Paulo Coelho (o Raül Romeva, ya no recuerdo) mientras comulgaba con la masa en torno a ese clamor popular que se opone a la mayoría silenciosa, que si buscas no encuentras, y que cuando menos te lo esperes algo aparecerá, el universo conspirará y te ayudará a que consigas lo que deseas, da igual que lo sepas o no, el universo lo sabe por ti, lo sabe el capitalismo de amiguetes, los sobres de dinero en B, los votos, los escaños, y los referenda que nunca se dan. Todos saben todo, todos te entienden menos tú. Si buscas y no encuentras es porque te estás empeñando demasiado, te están empeñando en demasía. Céntrate, let it be, qué será, será. Dios proveerá, todo llegará, y el capitalismo caerá por sí solo. El caso es que nunca cae, o quizá sea yo, cada día más encorvada y cada día mirándolo desde más abajo. En esta dicotomía sobre si buscar o no buscar llevo alojada muchos años, como todos, supongo, no voy a proclamarme especial en ningún caso. Uno busca y encuentra cosas que no son, o no busca y encuentra cosas que no pueden ser. Una busca piso en Madrid y acaba desquiciada perdida y se sienta a escribir cosas que nadie nunca entenderá. La descomposición llega: uno acaba preguntándose si Romeva-Coelho no tendrá razón y la independencia vendrá sola, así, sin buscarla, fruto de la transmutación del clamor popular. El clamor popular soy yo y la mayoría silenciosa eres tú. Clamaré popularmente: de qué coño estamos hablando, si yo sólo venía aquí a cagarme en el azar y a que no podamos tener no ya lo que justamente merecemos, sino a més a més, lo que nos corresponde. Lo que yo vengo a deciros es que sólo nos hace falta algo de tiempo para ponerlo todo en su lugar (y esto sí estoy segura de que Romeva lo ha soltado en algún mítin). Trataré de explicarme aunque me apetezca tan poco como malograr cualquier intento por justificarme. A mí me va lo de ser visceral porque ser de otra manera me resulta una completa pérdida de tiempo, hay que ser materialista histórico, y tachar de absoluta mierda todo aquello que no sea lo que nos gusta. Es una opción de vida criticable pero no hemos venido aquí a hablar de mi libro. Mi visceralidad y yo la tomamos con David Fernàndez. David Fernàndez, para dummies, fue el número 1 por Barcelona (por las CUP) en las elecciones al Parlament de Catalunya de 2012, y Portavoz en el Parlament (por las CUP) durante la legislatura 2012-2015. Y es lo más cercano a una deidad que hayamos tenido cerca en el plano político, que es el plano que mola. Yo andaba náufraga de una figura realmente anticapitalista con la que pudiera identificar mi pensamiento (nunca me gusta nada, nunca nada satisface, y él de repente tenía actitud y discurso, clarividencia, parecía no arrugarse ante nada). Todo era susceptible de ser comparado con David. Todo era siempre peor que David. Cuando se confirmó algo que ya se sabía, que no volvería a ir en las listas de las CUP, entré en cólera y demandé que los catalanes salieran a la calle a dar algo más de clamor popular -que nunca está de más- y rogarle, y besarle los pies si así lo tuvieran a bien, y sacarle a hombros de su casa para instalarlo por siempre bajo los muros del Parlament. Aún recuerdo a Bet, y cómo me decía que lo que molaba tanto de David era -precisamente- que se mantendría fiel a su palabra, del carrer venim i al carrer tornarem. No entendí nada, claro. Vivía en mi mundo -no sé si he vivido alguna vez en otro lugar- y pensaba que nada podría ser, nunca, mejor que David. A quién pondría la CUP de número 1, si no era a David. Se estrellarían. Adiós al proyecto anticapitalista, hola muerte temprana, muerte ven. Y de repente llegó un señor con gafas redondas y chaleco, un periodista que se había ganado la vida escribiendo en castellano, no en catalán, y que para más inri no se había acentuado el apellido al revés. Uno empieza acentuando sus apellidos al revés y al rato se hace independentista, ya saben, a mí cuando la República me haga ciudadana de honor me conocerán como Violeta Martìn i Martìnez (*). El tal Antonio se puso a hablar, como si no le costara, y yo empecé a escucharle, soslayando el hecho de que se lía muy frecuentemente -cuando habla- entre catalán y castellano. Soslayando que su estilo -como buen periodista- es muy minimalista. Soslayando y soslayando, empecé a ver que no tenía todas las cosas que no me gustaban de David, ese David al que, os digo, yo entendía inmaculado e insuperable. Baños es internacionalista, pero sabía diferenciar según qué proclamas y según qué banderas; cuándo sacarlas, cuándo no, todo un virtuoso del tiempo político y con una actitud diferente, más burlona, mucho más arrogante (en esta casa ya saben de qué pecamos). Y, lo más importante, Baños tiene mucho más sentido del humor que David. Yo creía que no habría nunca, nada, nunca nada mejor, y apareció un señor con gafas redondas y chaleco con un nombre, de tan español, imposible. Y quiero pensar que se puede aplicar a todo: a los pisos, a los amigos, a las ciudades, a los trabajos, a los hombres que aparecen y desaparecen, a los que comparaba con David, a los que ahora compararé con Baños. Lo mejor está por venir, Romeva Clamores dixit.

Todo esto para deciros que mi Antonio Baños está esperándome ahí fuera, supongo. Pero collons Baños, estaría bien que me encontraras.

 

 

 

Antonio Baños en el Parlament, imagen de Jordi Borràs.
Antonio Baños en el Parlament, imagen de Jordi Borràs.

 

 

 

 

 

(*) Mi incipiente inmersión en la lengua catalana me ha llevado a saber que la acentuación de las íes latinas de mi apellido nunca podría ser abierta (ì). Pero, dado que ya mentimos en todo lo demás, y dado que no somos en esta casa de dejar de disfrazar la verdad, por esta vez (sólo por esta vez) no alteraremos el original.

 

 

 

 

 

 

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