Vida de un blog

He empezado un nuevo proyecto.

Laura me dio la idea: explicar mi blog. Me dijo que podría escribir sobre lo ya escrito, rememorándolo y aduciendo a las razones que me llevaron a escribir lo que escribí. Y me gustó, y me pareció una buena idea.

Y se la dedicaré a ella, y a María, que me lee desde el primer día y que sigue pensando -sin pagos ni sobornos de por medio- que todas mis entradas merecen un poquito la pena.

Y comparto una muestra con vosotros, porque alguien tiene que editarme, y nunca están de más los comentarios.

 

 

 

Entrada Nº 1. Escrita el 16 de septiembre de 2010.

 

Empecé a escribir este blog en septiembre de 2010.

Pero no es como que no hubiese escrito antes.

Lo había hecho. Escribo, pese a la pretensión, desde que tengo memoria. Porque leo desde que tengo memoria, y sé que si escribo es porque leo. De todas mis pasiones -y son muchas- siempre he creído que no hay nada más maravilloso que poder (y saber, pues saber es lo verdaderamente difícil) leer. Escribo también porque me encanta jugar y porque para mí siempre ha sido un juego. De esto tiene la culpa la Olivetti de mi abuelo. Nunca pude utilizar la máquina de escribir de mi padre, pero todos los veranos que pude utilicé la de mi abuelo. Nadie más lo hacía y, de hecho, siempre estaba guardada en su caja en el cuarto de la plancha. Nadie entraba en ese cuarto, salvo para planchar, y yo, para escribir. La fascinación por aquel aparato que te permitía unir letras a borbotones sin cansarte, esa sí, es culpa de mi padre. Durante muchos años trabajó desde nuestra casa, y durante otros tantos uso máquina de escribir. Poder disfrutar de mi padre exigía desarrollar y después mantener la temperancia suficiente para simplemente estar sin molestar. Y así pude observar la meticulosidad con la que siempre colocaba el papel, y lo enroscaba. El mal genio que enardecía cada vez que se veía forzado a hacer uso del Tip-Ex, y aquellas pequeñas láminas que para mí eran mágicas porque gracias a ellas podías volver a escribir de nuevo encima de lo anterior y apenas se notaba. Recuerdo todo aquello con la vívida precisión con la que se recuerdan las pequeñas cosas que nos explican a grandes rasgos, y el recuerdo me sigue causando un ligero escalofrío. Al fin y al cabo, la máquina, el escribir, los dos elementos están aún ligados a los dos hombres que más han delimitado mi existencia.

A mí aquel aparato me sigue causando admiración. Piensen que sólo nos dejaba expresarnos en un tipo de letra, que el espaciado había de hacerse de manera manual, que un buen borrado, uno que apenas dejara huella visible al lector, dependía de unos niveles de habilidad y precisión que ya no se encuentran. Pienso que nos esforzábamos más, que escribíamos mejor. Y también de manera más honrada, porque todos somos en el fondo muy vagos y nos daba una pereza tremenda volver atrás. Pienso que no ha habido mejores escritores ni época más gloriosa para la literatura que la segunda mitad del siglo XX, y pienso que -en gran medida- la culpa la tuvo la máquina de escribir. Nos dejó ser ágiles en nuestra justa medida. Ahora lo repensamos todo, lo imperfeccionamos todo. Hasta nuestras faltas de ortografía han dejado de ser sinceras.

Llegó el ordenador, que nos cambió a todos. Y el teléfono móvil, que nos cambió aún más. Y a cada nuevo cachivache nuevas dosis de melancolía. Ahora escribo a ordenador, vivo cerca de un ordenador. Sólo hace algunos, pocos años, me propuse adquirir el hábito de escribir largas composiciones a mano, y me obligo a llevar siempre una libreta donde apuntar cualquier tipo de gilipollez que alguna vez pueda convertir en algo rescatable. No me pasa mucho. No pasa apenas.

¿Y qué escribía? Escribía cartas, muchas cartas. El género epistolar siempre me ha conmovido porque no conlleva demostrar grandes aptitudes literarias ni mucho menos estar a la altura de ellas. Es también muy egocéntrico: no exige corsés ni poses pero sí deja espacio para algo de pomposidad (la que permita el receptor, no obstante). Las cartas eran para desconocidos con los que quería entablar contacto a través de Mi Pequeño País, para Guiomar y mis amigas del pueblo, y para mi tío Alfonso durante el tiempo en que estuvo en la cárcel de Picassent, luego le dieron igual mis cartas y yo también. Escribía cuentos llenos de cultura pop y se los enseñaba a mis niñeras que –y ahora me doy cuenta- debieron flipar un poco con aquellas historietas pobladas de Power Rangers, dinosaurios, y una pequeña prota que siempre soñó con ser veterinaria, pero sólo porque quería tener un perro de cada raza que aparecía en El Gran Libro de los Perros. Escribí una pequeña obra de teatro (un gran culebrón) con el que gané un premio del Ayuntamiento. Y, ya en el instituto, escribí muchos relatos. Mi corazón andaba partiéndose de tanto en cuanto, y siempre he crecido con el desamor. Durante tres años seguidos gané el Certamen Literario, levantando a pesar de ser la mejor no menores suspicacias, alguna llegó a amenazar con emitir una queja formal. Lástima que no sirviere para escribir ni tan siquiera una queja.

Tuve varios blogs antes de este. Un Fotolog, dos Blogspot (La Enana de Wilde y Lo Que Adam Smith No Dijo). Este blog empezó con el propósito de ser un blog de viajes, uno más. Por una vez no quería ser especial, ni hablar de mí misma. El propósito duró un otoño, el otoño en el que empezó, y poco más. Se llamó Si Rania Puede, Yo También y tenía la simpleza de la pretensión de ser un ventanuco a Jordania. Pascual, mi recién estrenado primer ex-novio, siempre criticó aquel título. Tus otros blogs tenían títulos tan buenos y originales, este es un absurdo. El absurdo fue que pasamos dos años juntos.

A finales de agosto de 2010 volvía con mi madre y con mis hermanos a casa, tras haber pasado mi último verano de libertad (el último como estudiante no trabajadora) con mis abuelos y mis primas, como había tenido la suerte de hacer siempre. Volvíamos y paramos a descansar en el mismo bar de carretera en el que siempre parábamos. Yo solía odiar esos viajes, uno porque odio viajar en coche, no sé conducir (pese a ello siempre me toca hacer de copiloto), me da miedo ir en coche (y aún más yendo de copiloto), y normalmente no se puede hacer nada, ni dormir -por respeto-, ni leer -por incomodidad-, ni escuchar lo que a uno le gusta (por hermanos pequeños o amigos de gusto inefable); y dos porque siempre he asociado viajar en coche a no llegar a ninguna parte, no hay ningún destino exótico al que se pueda llegar en coche desde donde yo nací. Pero amaba esos pequeños momentos de absoluta cutrez, aquellos lugares de nadie en los que puedo acercarme a lo que es mi país y mi gente, empapar, aunque fuere por unos momentos, todo mi elitismo de algo de realidad. Para mí son como puertas que dan a otra dimensión, de la que no soy ni juez ni parte.

A finales de agosto de 2010 volvíamos a nuestro coche riendo, probablemente porque yo habría protagonizado otra bonita estampa promovida por la absoluta ignorancia sobre aquellos entornos. Mi hermana ríe profusamente ante mis salidas de tono, del estilo de «acabo de darme cuenta de que aquí el Phoskitos cuesta un euro menos». A mi hermano le produce auténtico descojone mi total desapego hacia lo real. Chica, ¿no lo sabes? puede ser con grata probabilidad la locución más frecuente que dirija hacia mi persona. Volvíamos riendo, sí, y yo al menos dejé de reír cuando vi que la puerta del copiloto estaba abierta. Miré a mi madre: «¿no cerraste el coche?» Y entonces vi que mi iPod, que había dejado conectado al auxiliar de la radio, no estaba. De hecho, no estaba nada. Ni mi ordenador, ni mi ropa, ni mi disco duro. No estaban todas mis fotos de la universidad. No estaban todos mis relatos, mis escritos, mis trabajos, mis ralladas mal escritas y aún peor organizadas guardadas en variopintos archivos de Bloc de Notas, que aún sigo utilizando porque visualmente me recuerdan a la Olivetti. A mis manuscritos Olivetti que nunca nadie me habría robado.

A finales de agosto de 2010 tenía que mudarme al extranjero por primera vez y en menos de un mes, y a un paraje nada recóndito y mucho menos lejano, recomendado especialmente para mujeres en todas las guías de viaje que encuentren a lo ancho y largo del mundo: Jordania. Lo había dejado con mi novio un mes antes y unos individuos habían decidido hacerse con todo rastro de lo que alguna vez había sido.

Perdí mi vida.

Y, para comenzar una nueva, en un nuevo país, sin un viejo novio, me abrí una cuenta de WordPress.

 

 

 

 

 

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