Y beber como Richard Burton

«Como sucede siempre, el recorrido por la ciudad fue un recorrido por nosotros.»
David Trueba, en Blitz.

 

 

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Hace una semana llegaba a Ginebra. El propósito de la escapada (al menos el oficial, el que se puede contar) era visitar a un buen amigo al que había conocido en Bruselas y que unos meses atrás había decidido volver a Ginebra movido por dos cuestiones, principalmente: a) su nuevo trabajo como abogado para una gran ONG de defensa de derechos humanos, b) volver con su ex. En ocasiones, especialmente si se bebía un par de cervezas, añadía una c) tener un hijo con su ex. Claro que, en tal supuesto, ya no sería su ex.

Me abandonó, sí, pero no como se abandonan los zapatos viejos. Y en cuanto tuve la oportunidad me dije de ir a verle.

Ginebra no me hacía especial ilusión y no esperaba gran cosa. No soy una gran fan de lo helvético y había leído que la gran atracción de la ciudad era un chorro de agua gigante (les confesaré: el maldito chorro de agua luego mola una pasada). Pero ahí estaba Nader, esperándome a la salida del aeropuerto con un abrazo, llevándome a la ciudad «por la zona pobre de Ginebra», invitándome a mi primera bière piquant (no se asusten, es sólo cerveza con licor) y sonsacándome los últimos acontecimientos de mi vida, de los que yo tan siquiera quería hablar.

 

¿Qué te pasa, Violeta? Solías ser mucho más pretenciosa.

-¿Pretenciosa, yo?

En fin, la segunda vez que hablamos salió en la conversación El Guardián Entre El Centeno y me dijiste que eras la única persona sobre el planeta que de verdad entendía ese libro.

-Oh. Y lo mantengo.

 

Anécdotas menores aparte, el viaje moló (y Ginebra moló) porque la ciudad y caminarla nos llevó a descubrir no sólo a ella (yo, por vez primera, él, a través de mí) sino a nosotros mismos.

Al pasar por la Ópera, Nader me habló de cuando su ex se empeñó en que empezaran a hacer «algo de vida cultural», hasta el punto de un día recibir un mensaje tan directo como «hoy hay ópera gratis: te espero a las ocho allí» (la chica es italiana). Nader no había cenado y aquella imprevista cita le partía la tarde. Han de saber, a estas alturas, que Nader es libanés, y que decidió plantarse y prepararse una ensalada de lentejas, con su correspondiente de ajo, cebolla y perejil, como buen libanés. Lo metió todo en un tupper y allá que fue. Platea del Teatro de la Ópera de Ginebra y un tufo a ajo proveniente de un tipo con mucha pinta de árabe (en fin, es árabe). Y se quedó hasta el final de la representación.

Al pasar por una estatua ecuestre, Nader se preguntó por qué esa manía de esculpirle siempre los cojones tan bien parecidos a los caballos. Cuál es la necesidad. Y yo le hablé de la estatua de Espartero en Madrid, y de cómo y por qué habíamos generado el dicho de «tener los cojones como el caballo de Espartero».

Al llegar ante la sede de Naciones Unidas, me contó que era allí a donde había llevado a su primera cita en Ginebra.

-¿Te la tiraste?

-Sí. Y estuvimos juntos dos años.

Y fue así como supe cuál había sido el origen de todo.

Podría enumerar muchs pequeños momentos como estos, pero si el viaje fue especial por algo no se debió solo a Ginebra sino al momento en que la abandonamos para ir a buscar la tumba de Richard Burton. (Aquí el enlace a Wikipedia para los que no sepan quién era.)

Richard Burton fue un actor de talento nivel Laurence Olivier con una voz de ensueño, probablemente de las mejores que (nos) haya dado el cine (y no me juzguen, cada uno tiene sus obsesiones y sus fetiches). Para dummies, fue el Marco Antonio de Cleopatra, donde precisamente conoció a Elizabeth Taylor e iniciaron la historia más tumultuosa de todos los tiempos (llegaron a casarse dos veces, y a divorcio y nuevo casamiento y nuevo divorcio precedieron menos de un año).

 

Ella haciendo eso que hacía con sus ojos (mirar) y él cayendo rendido, claro.

Ella haciendo eso que hacía con sus ojos (mirar) y él cayendo rendido, claro.

 

A Nader y a mí nos obsesionan estos dos tipos precisamente por una película que protagonizaron juntos y de la que -siempre se ha dicho- nunca se recuperaron: Who’s Afraid Of Virginia Woolf?, que son dos horas de actitud pasivo-agresiva y autodestrucción de un matrimonio cincuentón. Sin destriparles más: una maravilla, una preciosidad, una obligación.

Así que cuando Nader me dijo el viernes «mañana iremos a ver la tumba de Richard Burton», a mi inicial «qué hacía Richard Burton en Suiza» le siguieron sonrisas y ovaciones, y contarle emocionada perdida a mi compañera sueca que iba a ir a ver a Richard Burton y, por supuesto, ella preguntándome quién es con signo de interrogación en la cara.

 

Y que me llamen pretenciosa cuando hablo de Holden Caulfield.

Y que me llamen pretenciosa cuando hablo de Holden Caulfield.

 

El caso es que Richard, para cuando ya se bebía (porque se bebía a sí mismo y si no, juzguen) cuatro botellas de alcohol duro al día, se dijo que era mejor hacerlo en un ambiente de aire puro para no joderse otro órgano (aunque sí, también fumaba como un carretero) y se fue a vivir a Céligny, un pueblo de -sí- Suiza.

El tren sólo llega a Coppen, y desde allí o bien coges un bus o bien decides que Richard bien merece una caminata y sigues la senda del bus, y más o menos una hora después en la que sólo has visto tres casas y cinco caballos al fin ves un cartel que dice: Céligny.

Dar con el cementerio fue una nueva odisea pero afortunadamente allí sólo había cinco tumbas y la primera era la de nuestro amigo. No recuerdo cuánto tiempo nos quedamos. Recuerdo que una familia llegó poco después y pasaron de largo por la tumba, apenas vieron a los dos ilusos que no paraban de inventar posturas para hacerse más fotos, la loca de los dos le hablaba a la tumba como si fuere a encontrar algún tipo de respuesta. Intentamos fallidamente procurarnos una selfie abrazados a aquel pedrusco pero decidimos borrar toda prueba del suceso en aras de salvaguardar la poca decencia que nos quedaba. Ya dispuestos a volver, dimos con un buen caballero norteamericano (norteamericanos en pueblos perdidos de Suiza, alguien debiere hacer un documental) que nos recomendó ir al Buffet de la Gare, «dicen que era el sitio preferido de Richard Burton». Se lo pueden imaginar: dónde está y por supuesto que vamos, y nos pedimos 4 cl. de Chivas al módico precio de 20 Francos cada uno. Y va por ti, Richard.

 

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-Espera, vamos a volver y te hago una foto de espaldas contemplando la tumba. -Nos van a encarcelar por ser tan frikis.

 

Volvimos a la ciudad algo mamados y sobrellevando esos momentos incómodos que se dan entre el alcohol y la muy visible emoción de haber puesto tus pies sobre los restos de alguien a quien admiras mucho. Después de la siesta, Nader subió esa foto que ven a Facebook y me etiquetó, obsesionado con constatar «cuántos Likes tendría mi foto». Le dije que no tendría Likes, que apenas nadie sabe -de nuestra generación- quién fue Richard Burton, y nos pasamos la tarde comprobando como niños pequeños si teníamos o no Likes y lamentándonos de que realmente el mundo fuera tan cruel y nadie compartiera nuestra emoción con nosotros ofreciéndonos un mísero Like sentido.

El domingo le invité a cenar. Llovía y habíamos pasado la tarde en casa, durmiendo, yo instalándole su nuevo sistema de sonido, yo criticando su poco entendimiento al comprar tecnología (¿un proyector Acer?, ¿a quién se le ocurre?), yo tragándome mis palabras al comprobar a mi pesar que se trataba de un pepino de proyector, yo descubriendo pasiones ocultas de Nader al abrir su página principal de YouTube. Fuera no paraba de llover y eso -creo- nos puso melancólicos de más, así que a la salida del lugar de comidas (han de saber que en Ginebra una no se puede permitir invitar a amigos a restaurantes), caminando bajo nuestros paraguas y sobre un paso de peatones, Nader, a mi derecha, se giró hacia mí, me miró durante unos tres segundos y me preguntó:

«Violeta, ¿tú crees en el amor?» (*)

Nader y yo nos habíamos pasado el fin de semana generando preguntas de este tipo. Somos así. Cuál es el sentido de la vida, el vivir tiene algún tipo de utilidad, estamos solos en el universo. Tampoco habíamos parado de cantar What Is Love – Baby Don’t Hurt Me – Don’t Hurt Me – No More (a dúo, por supuesto; si uno empezaba, el otro había de continuar). Pero supe que aquella pregunta era de verdad. Que no estaba intentando hacerme reír o provocarme otra perorata sobre la inexistencia de la existencia, o una nueva oda a los Monty Python. No. Me lo preguntaba muy en serio.

Y si quieren que les diga la verdad, nunca antes había contestado esa pregunta tan rápida y tan enteramente como entonces.

No.

Nader aguardó tras mi respuesta. No me miró. Yo continué.

«No, Nader. Necesito muchas cosas. Muchas. Y esa exigencia no va a desaparecer. Necesito a alguien inteligente, muy inteligente, tan inteligente que no necesite explicarme, porque no puedo compartir mi vida y estar explicándome todo el tiempo. No me refiero a culto, no es eso. Puede no saber quién era Richard Burton, vale. En serio, está bien. Pero si se lo cuento una vez, tiene que recordarlo, y tiene que recordar también por qué es tan importante para mí. Nader (y aquí respiré) yo estoy muy cansada, y al final de muchos días estoy reventada, y si llego a una casa y encuentro a un individuo necesito que esa persona entienda lo que estoy queriendo decirle. Y esto no pasa. Y si pasa, no funciona. Y si pasa, nunca es suficiente. Así que no. En cualquier otro momento te habría dicho sí. Pero ahora no.»

Nadie dijo nada más sobre el tema.

No sé (porque no puedo saberlo) si Richard y Elizabeth tuvieron alguna vez ese tipo de relación. Quiero pensar que sí. Que, como Martha y George en Who’s Afraid Of Virginia Woolf, ella siempre pudo volver a casa y a pesar de todo el daño (ese que sólo puede y sabe hacer la gente muy inteligente) y de todo lo malo, y a pesar incluso de ellos dos, podría sentarse junto a él, con su mano acariciándole el pelo, con esa voz grave y tan bien perfilada preguntándole qué le pasa, quién tiene miedo de Virginia Woolf, y ella confesarle entre lágrimas «yo, yo lo tengo».

Lo que sí sé es que Nader sí sabía quién era Richard Burton. Bebimos como Richard Burton.

Y aún así, no fue suficiente.

 

 

 

 

 

No te lo pregunté en su momento pero, ¿y tú? ¿Crees tú en el amor?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(*) O en su versión inglesa, que sonó mil veces mejor: Do you believe in love?

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