Fin y fundido a negro

“A la vuelta del cine, espera nervioso al padre para contarle de arriba abajo la película. Resulta sorprendente cómo se fija en todos los detalles de lo que ha visto en la pantalla. Se los repite cuidadosamente al padre y a veces hasta añade alguno que el director de cine se olvidó de poner. El padre lo escucha primero complacido, y luego tiene prisa por que concluya el relato que se alarga innecesariamente, y acaba por dormirse sin enterarse del final. José Luis, entonces, se pregunta cómo puede alguien empezar a escuchar una historia y darle igual cómo termina.”

Fragmento de Rafael Chirbes, en La Larga Marcha.

Es incomprensible, sí, y sin embargo así es. Quien suscribe siempre ha sido de borrón y cuenta nueva, de portazo en la cara, de despedirse a la francesa. Adiós, no volveré, no vuelvas. Varios ya los amigos que dejaron de serlo con la tranquilidad propia de quien asume el daño. Con la garantía del ya no te quiero. Los amigos te rompen. Los Él, las Ella y sus distintas versiones, avasallan. Quien suscribe, así, siempre se ha visto condenada a no cerrarse ante los segundos. En otro de esos convencimientos que alimentamos para justificar lo que no ha de ser, nos decimos que quizá la ausencia de final sea el mejor final posible, así haya historias de nudos tan indignos que no merezcan terminar. La purga del epílogo. La quema de los créditos. La canción que se hace concluir en un bucle de sí misma al acabarse antes que ella la inspiración de su autor. Declamamos que si el amor es un trastorno que ha de diferenciarse con ello de la amistad, ha de ser (por fuerza y voto abríos) de carácter crónico. Los amigos nos rompen, sí, pero entonces es fácil pasar página, empezar otro libro, no esperar a que José Luis termine de contarte la película porque ya la sabes aburrida, ya le reconoces el sinsentido. Te hacen daño, te decepcionan, y eso es óbice suficiente para expulsar a esa existencia de tu vida, decir no sin mirar atrás y borrar – ante la imposibilidad real, torpedear – todo rastro de lo previamente compartido. Pero qué pasa cuando uno quiere eliminar sin ser eliminado, olvidar lo acontecido mientras se sabe aún venerado. Cómo se conjuga una pulsión tan primaria como el extrañar lo que de otro modo no se provee con la absoluta desgana por suplicar su venida. Cómo desentrañar que quien te ha colmado de ilusión ahora sólo provoca en ti la pereza más pura: la promovida por la desazón, por el despecho, por el desdén. Y en fin qué se hace ante tanta y tan notoria incoherencia, en la que uno se reconoce negando a unos lo que persevera en otorgar a otros, a pesar de la dureza del daño infligido, a pesar tan siquiera de sí mismo. Si aún nos supiéramos movidos por el amor nos quedaría ese consuelo. Pero qué pasa entonces cuando ya no puedes decir es que aún le quiero, es que todavía la necesito. No. Ni le quieres ni lo necesitas y si supieras sostener una idea tan retorcida hasta te dirías que echas de menos quererle. De repente consideras que anhelarle le procuraba (al menos) ciertas dosis de lógica a la mera concatenación de actos que es tu vida. No un propósito, no un sentido, pero sí lógica. Escribo para ti porque te quiero. Escribo para impresionarte porque te quiero. Escribo para que me leas tú. Y sí, la pregunta es por ello digna. Qué pasa cuando se abandona ese estado y por ende esa mínima lógica que acariciaba (pues nunca dejamos que nos rozara) nuestras vidas. Lo cierto es que nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos habla de lo que acontece cuando se nos fuerza a aceptar lo que negaríamos más de tres veces, aún sin milagro. Cómo es posible, es la misma persona, la tengo delante, hace tres lunas me habría dejado cortar un brazo (de haber sido el derecho) por él, la mano por ella. Nadie nos advierte de lo rápido que se difumina la mera reminiscencia de lo efímero. Ya está, ya fue, ya pasó. Quisiste y ya no quieres y lo estás pensando de más. Porque quisiera entenderlo de más, quisiera anclarme en el equilibrio. Que alguien nos explique cómo se ha de sobrevivir en este vaivén en el que se siente y se desiente, se insiste y se desiste, y entretanto y para tanto sólo y únicamente se miente. Ni te preparas ni te preparan para la reunión del comité de expertos que sin más decide que se acabó lo vuestro, cuando a ti te habría encantado haber participado en el proceso. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos amar y ya no podemos hacerlo. Nadie nos cuenta qué pasa cuando queremos dormir y ya no podemos hacerlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

“-Tienes que dejar de hablar con él. Bloquearle. Que no pueda ni tan siquiera llamarte.

-No puedo. Eso sería el fin. Fin y fundido a negro.”

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