Y le dieron las diez a mis ojos de gata

 

 

Hoy hablaré de él. Una vez más.

Hoy hablaré de él. Una vez más.

 

Últimamente estoy escribiendo mucho.

Lo sé. Y no quiero ser una suerte de spammer para una veintena de followers que bastante tienen ya con soportar constantes idas y venidas entre inglés y castellano.

Pero tengo cosas que contar, y esta es mi vía para hacerlo.

Hoy, esta noche, realmente sólo tengo una reflexión. Otra nacida al abrigo de otra conversación memorable. Otra nacida en el nada equidistante espacio entre sus ojos azules y mis ojos de gata.

Todo ha empezado hablando de un repertorio. De qué cantaremos el próximo viernes. De que se había aprendido Ojos de Gata. Con lo que yo he dedicado cinco minutos de mi vida a explicar por qué Enrique sí y Álvaro no.

Sí, hablo de Los Secretos. Ese grupo que nunca me ha gustado pese a esa voz que siempre me ha enamorado. Pese a haber tenido a uno de los mejores compositores españoles. Pese a él, tan perdido como yo, en un mundo que no era el suyo.

Afortunadamente él recondujo la conversación a una apreciación muy interesante. Cómo un mismo comienzo, cómo una misma idea, una misma historia podía ser entendida, vista, desarrollada de manera tan diferente y que, sin embargo, el resultado en ambos casos fuera tan bueno.

 

“Es como si tú y yo escribiéramos sobre cualquier tema. La soledad, por ejemplo. Escribiríamos algo diametralmente opuesto… Como ellos. Como el que te utiliza de almohada mientras el otro representa una historia bohemia con un amor fugaz de por medio…”

 

Para los que no lo sepan, Ojos de Gata (de Los Secretos) e Y Nos Dieron Las Diez (de Joaquín Sabina) tienen el mismo comienzo. La historia (la quizá ya leyenda) cuenta que Enrique y Joaquín se vieron en un bar -añadan el suplemento de drogadicción que prefieran- y que Enrique, falto de inspiración, le pidió una ayuda (y quizá algo de polvo blanco y/o marrón) a Joaquín. La leyenda continúa, con Joaquín sacándose del bolsillo un par de estrofas de una canción aún inacabada.

Quizá Enrique ya tuviera su historia y sólo necesitare un empujón. Una estrofa tan grandiosa como “cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario” no necesita de ningún Sabina.

Y quizá Joaquín estuviere haciendo un experimento. Qué hará este muchacho con mi letra.

Enrique murió, y su versión ya no la vamos a tener. Joaquín vive, pero su versión sólo es una de las dos.

 

Lo que yo venía a decir es que en las historias de dos, en las amistades, en los amores (los fugaces, los de almohada, los conclusos, los inacabados, todos), se dan siempre dos maneras diferentes de vivir. Dos maneras diferentes de vivirlas.

Las canciones son relatos honrados y nuestras vidas dependen de la existencia que las habita. Pero no hay versión mala ni buena, sólo principios y mejores finales. Sólo prismas que entreven destellos de belleza. Y una belleza que depende de los ojos que la disfruten.

Vivir en dos versiones no es malo. No resta entidad moral a una, no hace mejor la otra. Ojos de Gata no es mejor que Y Nos Dieron Las Diez. Y Nos Dieron Las Diez no es mejor que Ojos de Gata.

Son dos canciones preciosas que simplemente fueron compuestas por personas diferentes.

 

Las historias a veces se viven de forma diferente. Y no pasa nada. Y ninguna versión es mejor que otra.

Las dos pueden haber sido buenas.

Las dos, de hecho, seguramente sean inolvidables.

 

 

 

 

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