Hokusai

 

Great Wave Off Kanagawa

 

Lo que ven ahí arriba es una estampa de un pintor japonés del s. XIX que respondía al nombre de Katsushika Hokusai.

La estampa en cuestión se conoce bajo el nombre de La Gran Ola de Kanagawa y forma parte de la serie Treinta y Seis Vistas del Monte Fuji.

Y yo la amo con desmedida locura.

 

Esta suerte de sana (¿o insana?, ¿acaso necesaria?) pasión empezó hace ya algunos años cuando comencé a usarla como acompañante de fondo para todo. Para mi Firefox. Para este blog. Era, quizá, una suerte de marca.

Se convirtió en una obsesión con cada nuevo gramo de perdición que gané al regresar.

Entonces sucedió que me fui a vivir con un chico. Se dio el hecho de que al chico en cuestión le daba igual cómo decorara nuestro hogar. Se suponía nuestro, sí, pero uno de los problemas -uno muy principal- es que yo acabé tornándolo únicamente mío.

Antes incluso de que él llegara decidí gastarme unos cien euros en una impresión en madera de La Gran Ola. Pesaba un auténtico quintal. Tardamos mucho en colgarla. Y, cuando lo hicimos, teníamos tanto miedo de que se nos cayera encima que apenas duró sobre el cabecero de nuestra cama común. Nuestra vida común, acaso, también duró muy poco más.

Al abandonar aquel hogar, que ya no era mío ni suyo, di en llevar mi Ola en madera a otro hogar donde pudiera alumbrar un amor, si no más verdadero, decididamente sí más entero.

 

Ya en Bruselas, una pequeña ola plastificada vivió conmigo durante un año y medio, de nuevo sobre el cabecero de mi cama.

Pero la definitiva, sin duda alguna, es ella.

 

La Ola. Mi Ola.
La Ola. Mi Ola.

 

El pasado septiembre, al regresar a casa desde Múnich, descubrí una gotera. Mi suelo estaba inundado, toda mi pared mojada. A las dos semanas, ya en octubre, vinieron a secarla. Y yo tuve que quitar a Hokusai.

Una vez secaron mi gotera, la Ola no regresó. Porque tenía la sensación -y también la certeza- de que si volvía a colgarla iba a quedarse ahí mucho tiempo. Iba a quedarse conmigo, y yo con ella, mucho tiempo.

Nos separamos durante tres meses y, harta de echarla de menos, hice que volviera a mi pared este último sábado.

 

Es lo primero que veo al llegar a casa. Es lo primero que capta tu atención cuando abres la puerta de mi apartamento. Siempre, siempre me preguntan por ella. “Te has puesto la ola de WhatsApp.” “Coño, la ola de Murakami.” Siempre se dan conversaciones en torno a la ola gigante (china, nunca japonesa) que te has puesto en el salón.

Pero hay una pregunta que siempre se repite: por qué te gusta tanto. Por qué es tan especial para ti. Qué tiene. Qué ves en ella.

A veces he hablado del uso del azul. Otras de la forma de la ola, de todos los vericuetos que le dio Hokusai, de ese ímpetu. En ocasiones aludo a su simbolismo, a la potencia de la naturaleza sobre la condición humana, sobre esos cuerpos con significación de cadáveres que poco pueden hacer contra su fuerza. Las menos, a esa perspectiva del Monte Fuji, el verdadero protagonista quizá, tan bien escondido, y sin embargo tan presente. Hablo de mil cosas y puedo estar hablando horas de ella. Y nada, absolutamente nada sería cierto.

Lo cierto es que no sé explicarme, y no sé explicarlo. Simplemente no lo entiendo. Simplemente me gusta.

Quizá no sea tan buena obra. Quizá sea típico. Quizá sea, utilizando la palabra de moda, excesivamente mainstream.

Y sin embargo anoche, al llegar a casa, me senté a contemplarla y me dio la paz que necesitaba.

Esta mañana pensé que hay ciertos tótems que nos calman y nos devuelven a nuestro particular mar de la tranquilidad. Cada uno tiene el suyo y se construye (en parte) en función del suyo. A veces son personas. Otras obras de arte. Otras, obras de arte en las que personificar y personificarnos.

 

Lo cierto es que a veces se ama lo que se ama.

Y no se puede explicar.

 

 

 

 

 

Un comentario en “Hokusai

  1. Aunque igual no tenga tanta relación como yo me creo y quizá no venga al caso no puedo no dejarte un comentario con mi ola particular: Hace algunos años vivía con alguien y compré en un viaje que hice un cuadro de una amiga pintora. La exposición donde estaba aún duraba unas semanas más, así que yo volví a casa sin el cuadro, pero con la certeza de que pronto lo colgaría. Al poco tiempo de volver esa casa dejó de ser casa de dos. Cuando acabó la exposición le pedí a una amiga que me guardara el cuadro en su casa a esperar qué iba a hacer yo. Meses después me mudé de ciudad y no queda rastro de esa casa, de esa convivencia. El cuadro sigue colgado en casa de mi amiga y siempre que voy a su casa me paso un buen rato mirándolo. Ella insiste en que me lo lleve cuando quiera y yo le digo que no puedo hacerlo hasta que no encuentro una casa a la que llamar hogar, como si descolgarlo de la suya solo tiene sentido si nunca se va a descolgar de la pared donde se cuelgue. Y supongo que aún no he encontrado la seguridad para moverlo.

    PD: Desde hoy tienes un nuevo lector de tu blog, sigue escribiendo aunque creas que parezca spam,porque no lo es.

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