Candela

 

 

Ella, en cuestión y cuestionada.
Ella, en cuestión y cuestionada.

 

 

Candela nació el 4 de febrero de 1997.

Hoy cumple dieciocho años.

La noche del 3 al 4 de febrero de 1997 yo dormía con mi madre en el cuarto de invitados. Con mi madre y con una barriga gigantesca de ombligo extemporáneo que, desde que existía, no había hecho más que añadir pesadumbre y desafección a mi vida. Miedo, mucho miedo. Qué saldría de ahí. Dejaría de quererme mi madre. Sería la amiga que necesitaba. Por qué llegabas cinco años tarde. Serás mejor que yo. Serás más guapa que yo.

Mi abuelo me despertó y, al darme la vuelta, vi que mi madre no estaba. Me asusté. Dónde estaba mi madre. Cómo podía haberse ido sin yo darme cuenta. Qué clase de hija era.

Mi abuelo me explicó que mi madre estaba en el hospital, y que iríamos a verla por la tarde, cuando saliera del colegio.

La primera vez que oí hablar de Candela fue en el verano de 1996. Estaba con Guiomar sola, en su casa (en aquella casa que no tenía sino Luz) y sonó el teléfono. Vas a tener una hermana, ¿estás contenta? Y el silencio. El shock. Había aceptado que estaría sola siempre. Había aceptado que sería hija única siempre. Mi madre era ya mayor, 39. Me habían dicho que a esa edad ya era peligroso fabricar niños. No contesté, y ella se puso triste.

Me recordó que yo siempre había querido tener hermanos.

Fue la primera vez en mi vida que entendí el significado del ya tan célebre en mi existencia “Be careful what you wish for”.

 

 

In the end, I always get it.
In the end, I always get it.

 

 

Y ya cuando la vi tenía miedo de sostenerla. Tenía miedo hasta de mirarla.

Sus primeros años fueron extraños para mí, y mi total incapacidad para cuidar de ella (lo que incluyó accidentes domésticos del calibre de pillarle los dedos con una puerta y que se le cayera un mueble-archivador encima) provocaron que no me convirtiere en la jovenzuela más maternal del universo.

No. Nunca he sido la mejor hermana del mundo. Realmente, nunca he estado ahí. Candela pasó muchos años fuera, con mi madre. Y, cuando cumplió siete años, yo me fui de casa. Apenas volví. Nos veíamos tres, cuatro veces al año. Y, aún así, ella desarrolló una suerte de inexplicable admiración hacia mí, esa que sólo se entiende a causa del lazo de sangre o de la total afección por el sufrimiento.

La he querido mal. La quiero mal.

La he hecho llorar. La he hecho llorar muchas veces.

Pero al abrigo de ese absoluto y más que absurdo malquerer, yo desarrollé una obsesión que, no por primitiva, deja de fundamentar toda corriente que fluye entre su y mi alrededor. Pues yo tenía que protegerla. Yo, y sólo yo, podía evitar su sufrimiento y nunca hacerle partícipe de los males de este mundo.

 

 

Y reír. Y reír mucho.
Y reír. Y reír mucho.

 

 

Hay situaciones, plausibles porque son la vida misma, que creo no podré jamás soportar.

Como que me llame llorando porque le han roto el corazón.

Como que vague cabizbaja porque se ve incapaz de superar un duelo.

Como que se sienta frustrada porque en su vida hay de todo, y de todo lo necesario, menos motivación, menos sentido, menos ilusión.

Siempre he creído que, si yo sufría todas esas cosas de antemano, sabría identificarlas en ella y evitarlas. Siempre he creído que yo podría ser su Atlas y aguantar el mundo de las dos.

Pero una gran lección de 2015 es que no soy ni tan inteligente ni tan capaz como yo creo. Y ahora pienso que, inevitablemente, muchas de esas cosas pasarán y yo · no podré · hacer · na·da.

Candela y yo nos llevamos diez años y durante mucho tiempo bromeábamos con la entereza de la cifra. “Cuando tú cumplas dieciocho años, yo tendré veintiocho.”

Hoy cumple dieciocho años y estas letras son mi único regalo. Pero son también el mejor regalo que sé hacerle.

Y la mejor parte es que sé que las apreciará, como sólo se aprecia lo que se da a través del lazo de sangre o de la total afección por el sufrimiento.

Hazme un favor. Sólo uno. Obvia cualquier otra cosa que alguna vez te haya dicho. Cual-quie-ra o-tra.

Salvo esto.

 

Cuando todo parece que marcha mal, ten en cuenta que puede ser que sólo lo parezca.

 

 

 

 

 

 

 

¿Felices 18?
¿Felices 18?

 

 

 

 

 

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