Bastante, Mucho, Demasiado

After all, desire is the enemy of contentment.

 

 

 

Hay quien habla bien, hay quien tiene una voz de ensueño. Y hay quien escribe, y quien se esfuerza día sí y día también por tener una pluma de ensueño.

Cómo nos expresamos o, mejor dicho, cómo preferimos expresarnos, delimita con mucho nuestra forma de ser. Delimita con mucho qué canal elegimos para ser honrados, y ante cuál nos abrigamos cuando, por error, omisión o cobardía, no queremos serlo.

Yo, cuando escribo, puedo pensar. Pensar detenidamente. Puedo ordenar mis ideas. Puedo poner, aunque sea sólo momentáneamente, algo de orden al caos permanente que vive en mi cabeza. Por eso siempre que he tenido que decir algo importante, he preferido hacerlo por escrito.

Y, pese a ello, desde muy pequeña desarrollé mecanismos que me permitieran, al menos los días pares, expresarme sin mostrarme siempre demasiado a la defensiva. Recónditos espacios de comodidad mental de los que yo podía hacer uso cuando no supiera cómo seguir. Mis palabras. Mi zona de confort.

Durante toda mi adolescencia, bastante era mi comodín. La piedra angular de mi expresión. Una palabra compañera. Cada oportunidad en la que pudiere usarla era bienvenida. Cada momento en que pudiere declamarla, apreciado. Era sonora, indefinida, ciertamente impostada y hasta algo condescendiente. Era como yo quería ser.

Pero como muchas otras cosas de mi vida, todo cambió cuando llegó el conocimiento.

Tenía quince años y estaba en Primero de Bachillerato. La educación sentimental de nuestro programa de estudios dictaba que habíamos de dedicar cuatro meses de nuestra juventud no a diseccionar textos de Lope y Quevedo (eso más adelante) sino a analizar morfológicamente palabras que ya entonces carecían de sentido. Era fundamental para nuestro posterior desarrollo intelectual que pudiéramos categorizar todo el universo escrito. Adverbios, preposiciones, interjecciones. Sólo así podríamos acercarnos a la forma soneto, más tarde, sin morir por inadecuación en el intento. Sólo así podríamos unirnos tangencialmente a la literatura, sin que ésta nos causara desapego hacia lo categórico, alejándonos de él. Sólo  así podría sobrevivir algo tan anodino como la sintaxis.

La categorización en la lengua castellana, como sabrán, no conoce límites. Para los morfólogos, siempre hay algo más. Un nuevo modo de arruinar todo ese potencial creativo que tiene el español.

Un ejemplo de ello son los sustantivos no contables.

 

El origen del mal.
El origen del mal.

 

Tenía quince años y el sistema educativo me sumió en la decepción. Un día, en una clase de Lengua más, aprendí que, pese a lo que había entendido durante todo ese tiempo, bastante es menos que mucho.

Recuerdo discutir con mi profesor con la misma intensidad con la que siempre discuto lo que no entiendo. Recuerdo enfurecerme ante la idea de que tanto él como un libro de Lengua estaban pretendiendo engañarme, y nada más. Recuerdo saberme equivocada y persistir sin embargo en el intento, con la misma intensidad con la que siempre discuto lo evidente.

De repente, el universo de confort que había entretejido estaba totalmente destruido. Todas las veces que había dicho bastante, cuando en realidad quería haber dicho mucho. Y, más duramente, el viceversa. Todas las veces que dije mucho, cuando la contraparte sólo estaba destinada a recibir un bastante.

El pasado viernes un amigo me sacó de paseo. Necesitaba aire, él podía proveerlo. Él es consultor. Dejémoslo en un gran y buen consultor. Necesitarían saber bastante más para entenderle en mi contexto. Necesitarían saber mucho más para entenderle a él en su contexto. Pero hoy sólo quiero ilustrar una más de sus afirmaciones categóricas.

Estuvimos juntos cuatro horas, y yo estaba tan ausente que se vio obligado a lanzarme historias mínimas con el propósito, nunca resuelto, de que yo quisiera interesarme por alguna conversación. Yo, simplemente, no estaba allí. Sin importar cómo de bien describiera una preciosa casa llena de libros en los bosques de Canadá o lo mucho que disfrutaba viendo correr a Senna. Mi mente estaba, simplemente, en otro lugar. Y corría mucho más rápido de lo que llegó a correr jamás Ayrton Senna.

Se desesperó. Más bien, le desesperé.

Me dijo que, como consultor externo sobre mi vida que era, no podía estar así de triste.

Y entonces le pregunté, con la misma inocencia con la que cualquiera lo pregunta la primera vez que algo le sale mal, esa vez primera en la que carecemos de todo atisbo de racionalidad, aquella en la que recaemos sobre la efímera pero certera convicción de que nosotros somos el problema, nunca la solución, y que pese a que volvamos a intentarlo el fenómeno será imposible:

 

- Como consultor externo, ¿crees que soy susceptible de que alguien se enamore de mí?
- Bastante.

 

Bastante es menos que mucho.

Pero entiendo, o quiero entender, que será suficiente.

 

 

 

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