De la soledad entendida como una de las bellas artes

"I took a little lady I like to call loneliness… with her friend, humiliation."
Leonard Hofstadter in The Big Bang Theory, when asked who did he take to his own prom.

 

Al comenzar este año escribí que “en lo que nos gusta, estamos cada vez más solos de lo que pensamos”. Hoy añado: estamos cada vez más solos, y lo notamos de más. Lo notamos cuando se toca lo que de verdad nos emociona, lo que nos corrompe las entrañas. Para quien ha pasado el grueso de su existencia solo, sin figura paterna por práctico abandono, sin figura materna por descomposición, sin hermanos por temprana inexistencia y sin amigos por completa inapetencia, la soledad es la norma y, la compañía, tantas veces ni tan siquiera el gusto.

Y, sin embargo, cuán pesada se hace esa soledad cuando no se pretende.

Escribí esto unas horas después de quedarme sola en una sala de cine. La película, no importa. Que me gusta el cine es algo que se sabe y que deviene notorio para cualquiera que conmigo se cruce. Fui sola, sí, pero la sala estaba llena, pese a lo intempestivo de la hora. La película en cuestión me ha tocado el alma como ninguna otra pieza artística lo ha hecho en mucho tiempo. Mucho tiempo es mucho tiempo. A partir de la primera hora -y son casi tres- ya estaba emocionalmente destrozada. Pero ante imágenes que me tenían encogida, y llorando, y deseando vivir y morir allí al mismo tiempo, otras personas se daban a la risa. La más cruenta y desvergonzada risa.

Eso, y no otra cosa, es auténtica soledad. Al terminar la película, todo el mundo se ha levantado. Nadie -y esto pasa muy pocas veces- se ha quedado hasta el final conmigo. En un momento en el que yo siento haber visto una película que está más allá de la mera concepción de obra maestra, pasan los minutos de crédito, y de descrédito, ante la inesperada falta de otra fuerza de calor que no me haga sentir tan profundamente sola.

Y es entonces cuando pasa por delante el acomodador, que ha entrado sólo un momento a recoger la sala . Y es entonces cuando su presencia me hace darme cuenta de que he de aceptar que estoy cada vez más sola, pese a haberlo estado ya la mayor parte de mi vida.

Que, en lo que me gusta, estoy cada vez más sola.

Y que no quiero estarlo.

Pero no estar solo implica compartirse con alguien, implica ser uno mismo con alguien. Y eso, con mucho, la mayor de las veces es aún peor que estar solo.

Uno puede vivir solo, y estar siempre solo. Into The Wild afectó mucho a nuestra generación, sí, pero sigo pensando que es posible y que la felicidad, por imposible, da igual si es o no compartida. Pero la comprensión no conoce de soledades, y la soledad bien pudiera catalogarse, al igual que el cine, como una de las bellas artes. Cuánta maestría hace falta para doblegarla, cuánto autoengaño se requiere para sobrellevarla. Y qué fácil es sentirse virtuoso cuando uno no llega ni a aprendiz.

 

S.T.A.Y.
S.T.A.Y.

 

Continúo escribiendo en soledad, procurando domesticar a una compañera que hace tiempo ya me domesticó a mí. Termino. Cierro. Y me voy a ver esa película de nuevo.

Con la esperanza, esta vez, de no quedarme sola. Y de que alguien más lo entienda.

 

 

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