The Schrödinger Accommodation

Violeta Schrödinger.

Violeta Schrödinger.

 

Schrödinger bajo la lluvia.

Sí: lo han notado. Hoy vengo a divagar. Llueve en Bruselas, y si no llueve bien pudiera estar lloviendo en los próximos minutos. Llueve y yo pienso en paradojas, en qué hacer para no trabajar, en cómo soltar lastre y contar entre líneas lo que de otro modo no puedo contar. Because if I do, I’d start missing everybody.

Las paradojas son el desayuno de todo existencialista que se precie. Y si algo somos en este resquicio virtual de cien lectores por banda (con suerte) es existencialistas.

Mi paradoja favorita tiempo ha es la del gato de Schrödinger. El bueno de Erwin ideó lo siguiente: una caja cerrada y opaca con un gato en su interior, una botella de gas venenoso y un dispositivo que hace las veces de emisor del gas. El dispositivo está programado para activarse en un momento determinado con una probabilidad exacta del 50%. De hacerlo, el gato muere. Si no, entendemos que el gato vive. Mais c’est ça la question. Al terminar el tiempo establecido, hay una probabilidad del 50% de que el dispositivo se haya activado y el gato esté muerto, y la misma probabilidad de que el dispositivo no se haya activado y el gato esté vivo.

Et voilà: o abrimos la caja y miramos o es imposible saber si el gato está vivo. Sólo nos queda esa acción que han dado en llamar confiar.

Octubre ha tenido un trending topic en mi vida muy diferente al que suele poblar mis conversaciones. En octubre el trending topic por excelencia ha sido la confianza. Octubre metió mi vida en una caja y, sin atreverme a mirar dentro, tengo ahora que confiar en la existencia de un gato que no maúlla. Figúrenme de eterna espectadora, auspiciando el momento en que la caja al fin me diga: miau, Violeta. Miau.

La confianza tendrá muchas acepciones, y será absoluta o relativa, o tendrá grados y hasta graduación, y hasta quizá podamos emborracharnos de ella. Será acaso como las putas: hay muchas y de todos los tipos, colores y sabores. Vale. Pero no, para mí no hay muchas. A mí, para según qué temas, no me van las mandangas. La confianza es uno de esos temas, en los que toca y apremia ser categórica. La confianza – es – esto:

 

"Could you do what you did? Of course you could. But I never thought that you could, or would, do that, to me."

 

Octubre me trajo una gran brecha de confianza. Una de esas en las que tú jamás, nunca, en ningún momento, circunstancia o lugar habrías dado en pensar que una persona se comportaría de cierta manera. Y, aún así, todo lo que pudo salir mal, salió mal. Todo lo que pude dar por cierto, fue incierto. Y ahora, en noviembre, me toca perdonar. Perdonar, que acaso sea acción costosa por excelencia. Y exigente por condescendencia.

Una vez leí (la novela, me disculpan, no la recuerdo) que confiar es un acto pusilánime: se sabe o no. De ahí que me sienta ahora espectadora de una caja que sólo guarda indefinición. Mi vida, y este 2014 de perdición, de pérdidas -de amigos, de amores, de heridas-, se acaba de meter en una caja con el mismo nivel de alegría y de tristeza. Y me piden que confíe en que el gato no está muerto.

Pero, sed sinceros. Quién, ¿quién piensa de verdad que el gato de Schrödinger no está muerto? Si hubiera que apostar, ¿quién apostaría lo contrario?

 

Qui-Gon y Anakin

“-Siente. No pienses. Usa tu instinto. -Pero, Qui-Gon… Si yo no gasto de eso.”

 

 

 

 

 

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