Sliding Chairs

«Obtener vida después de la vida, aunque sea a costa de romperte los nervios y la salud en pesadas tareas nocturnas de escritura, y los ataques de rabia porque las genialidades a las que aspiras se niegan a comparecer a la voz de ya.»
Rafael Chirbes, En La Orilla.

 

Mi infancia no son recuerdos de un patio de Badajoz. Sí son recuerdos de Guiomar, de juegos de cámara, ventas al público, pasillos de baldosas no amarillas, sino rotas. Mi infancia es la imagen de mi madre intentando crearme, y la viva atestación de no haberme dejado hacer, nunca. La barrera de entrada que forjé desde una antaño mucho más morena epidermis. El dejarme entrever sólo a través de arrebatos, sofocos y llantos. Lo demás pertenecía a mi territorio, y vivir con ella no le granjeaba derecho cartográfico alguno: me querrás, te querré, pero nunca tendrás el mapa. Ese fue el pacto que hicimos. Aún hoy nos duele y nos echamos en cara el error primero. El amor, la admiración, intactos. La ingratitud del recuerdo, no. La primera contradicción de mi vida es que siempre he querido estar con ella, incluso cuando no he querido estar con ella. Yo podía pasar horas sin hablar, horas y horas de retraimiento que llevarían a cualquiera a pensarme víctima de más de un síndrome; otrosí, horas de preguntas que daban pie a nuevas preguntas y, como contrapartida, el hartazgo. No niego que fuera una niña difícil. Y entiendo que por eso – fuere o no la principal razón – cuando cumplí tres años mi madre tuvo a bien enrolarme en una guardería. Esa guardería fue mi primer contacto con el mundo y la primera vez que abandonaba sus faldas forzada a entablar mis primeras conversaciones banales con una población – no hay óbice aquí para la ofensa – que no me interesaba en absoluto. No argumentaré un trauma. Trauma es una palabra aún prohibida en nuestro vocabulario diario. Una más de esas acciones y efectos que todos tenemos, pero cuya discusión – perdonen la redundancia – ni se discute. No argumentaré, pues, que no quería ni quise nada de aquello: en todo aquel año no hablé con ningún otro niño; las profesoras no contestaban mis porqués con la misma graciosidad con mi madre y no tardaron en darse cuenta de que mi bienestar estaba donde se encontrare el aislamiento. Todo habría permanecido así, conmigo disfrutando en y de mis propia ínfulas, de no ser porque la pedagogía ya arremetía sus primeros coletazos en los años noventa, y en un intento de «tejer lazos de confianza» se promovió con verdadero ahínco la ejecución de la mayor de mis torturas: el juego de las sillas.

Odiaba, odié y odio ese juego con todas mis fuerzas. Era y es pura tensión, perdía y – aún hoy – perdería. Entonces la música paraba, sí. Y yo perdía, sí. Perdía porque pelearme por una silla significaba acercarme demasiado a mis compañeros y eso, admítolo, me daba miedo. Pero cuando la música paraba yo sabía qué silla quería. Lo recuerdo con la vividez característica con la que se recuerda lo que uno siempre preferiría olvidar. La discusión de antemano perdida por no querer participar de tal desagravio. La tristeza de volver y volver a empezar y saberme siempre una convidada de piedra, inerme, ante la música que paraba; ante el nuevo niño, la nueva mentecata que, sin oponérsele resistencia, me arrebataba la silla que yo quería.

Ahora releo las entradas de este blog. Como cualquier perfeccionista con más de un TOC (otra palabra prohibida) busco fallos, errores, lugares comunes. Todo para darme cuenta una vez más de la desagradable evidencia: me repito más que el ajo. No sé cuántas veces he escrito ya que estoy perdida. No sé ante cuántas preguntas se ha convertido ya en mi respuesta estándar. No sé si acaso no será asimismo – digno es de argumentar – una excusa estándar. La nueva versión de aquella niña paralizada que prefería no tocar a nadie así se quedare sin silla. No sé qué quiero, ya no sé qué me gusta. Mi único motor es la abulia y no encuentro significación en nada de lo que hago. Doy vueltas, y vueltas, alrededor de un corro de sillas. Aquellas sillas del colegio, de color pistacho, de chapado y atornillado barato, que deberían transmitirme tranquilidad y que sólo me generan aún más desasosiego. Sigo dando vueltas, la música sigue sonando. Para. Y no sé qué silla quiero.

Escribo estas líneas desde una oficina. Mi cuarta oficina en un año. Me decanto por escribirlas a ellas pues otras serían sólo causa de más desazón. Y sin embargo miro el reloj y las sé inevitables. De ahí que me pregunte, rescatando a la inocente que hay en mí, si esta perdición de la que adolezco – la que, muy probablemente, haya yo misma alimentado – puede alcanzar mayores cotas. Lo que empezó como un sentimiento más, una pizca de inconformismo, en qué ciudad quiero vivir, a qué querría dedicar el grueso de mi existencia, se ha convertido en una metástasis de la que no sé salir. Las sillas me arrastran hacia ellas y ya no sé hacerlas mías. Pierdo amigos con la misma intensidad con la que hago nuevos, es cierto, pero tejo lazos diferentes promovidos por motivaciones harto diferentes. No ejerzo gravidez alguna. Tal es el péndulo que soy que puedes arrastrarme a ti y nunca sabré si te elegí de forma genuina. Sí: esto aplica para todo. A las one-night stands que te confunden y a las que no – las que te dejan el cuerpo tatuado a base de «porqués»; a los nuevos amigos que superan todas mis barreras (esa bordería inicial, ese permanente desacato) y saben ver que, aunque difícil, merezco la pena; a puestos de trabajo que consigo mintiendo y soslayando el hecho, por notorio, de que nunca me va a motivar que te apropies de mi talento. Que le pongas una firma, un tope, una nota. Que no me llames y me rompas el ego, que me llames y me agobies y no quiera saber nada más de ti. Que te cuente que me han echado de un trabajo y no me preguntes más. ¿Es eso la amistad? ¿El juego va a continuar así? Todos a corro pendientes de dónde sentarnos, buscando nuestro sitio, encontrándolo. Y quedándonos allí, levantando una fortaleza así no pretendas nunca contagiar mi vida de perdición e infelicidad. No, no os preocupéis. Para mí la música sigue sonando.

Y no sé qué silla quiero.

 

 

 

 

 

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