Tonterías

-¡Las tonterías son importantes!
-Fun·da·men·ta·les.

 

 

Sí. Las tonterías son importantes, fundamentales, necesarias y -cuando más, cuando menos-, suficientes. Y de tonterías está lleno este blog. Y los Círculos de Podemos. No, no me malinterpreten, en esto soy juez y parte. La proporción entre lo que verdaderamente reviste interés y lo que de tan estúpido provoca carcajadas es suficiente para que merezca(n) la pena. Pero no hemos venido aquí a hablar de la lucha de clases, sino de clases de luchas. La mía por dejar de pensarte, y el tiempo que empeño en hacerlo en largas sesiones de sábado. Lo mejor de pertenecer al Círculo de Bruselas es que tu bandeja de entrada está más animada que Twitter después de cada cagada de Mariló. Entrar en un Google Group de un Círculo es abocar tu vida a hacer clics y eliminar. Mi GMail no conocía tanta actividad desde aquel año en que el hastío del máster nos forzaba a corregirnos cada cinco segundos para ver quién la tenía más grande. Recibo e-mails, como tónica de mis días. Multitud de nombres y todos desconocidos. Y el tuyo, nunca. Nombres bien escritos, mal escritos, apellidos compuestos y descompuestos, apellidos de niño abandonado (a lo Martín López o García Rodríguez) y otros ampulosos hasta hacerte declamar frente al ordenador “háztelo mirar que te has equivocado de partido”. Pero no, porque Podemos no es de izquierdas: es un partido transversal y aquí no hemos venido a hablar de estereotipos, sino de tonterías. ¿Me dices que son lo mismo? No, no me lo dices, porque en tu nombre no recibo nada. Tu nombre no aparece por ningún lado. Lo espero como se espera lo que no va a pasar, no a la Buendía -sería demasiado romántico para nosotros- sino más bien a lo Ariza, mandando a tomar por culo mi tiempo, yo, tú el tuyo, y aquí, entre estas líneas, el de todos. Cada uno en salas diferentes donde siempre suena otra música, queremos pensar, no tan diferente. Mis salas me llevaron hace poco a un concierto de Piovani. Tres butacas a mi izquierda un grupo de cuatro amigas dejaban de prestar atención a la música y se miraban, más pendientes de reconocerse el tamaño de sus pestañas. A una de ellas empezó a sonarle el móvil. En el intermezzo -déjame al menos aparentar la finura que mereces- tres gentileshombres se le acercaron y le pidieron, por favor y mediante fórmulas arcaizantes de cortesía que dudo mereciera, que apagara su teléfono móvil. La tipa -o no, arcaicémonos aquí también- señorita tuvo aún el descaro de reírse de tales peticiones, girándose hacia sus amigas (las del concurso de pestañas) y quejándose de los maleducados que se le habían acercado, a ella, la personificada evidencia de que si sabe lo que es una clave de sol es porque vio el símbolo una tarde de tiendas. Cuánto te pensé en ese momento. Mi teléfono, en silencio y no por cortesía, educación u olvido, sino porque me gusta la música y así, la respeto, estaba en silencio, sí, y sin ninguna llamada tuya. Quizá la llamabas a ella. Quizá fuiste tú e intencionadamente la llamabas a ella. Sabías que estaba allí por Facebook, cómo no. Foursquare y geolocalización y baje aquí el Hubble a ver cómo me paso dos horas mirando al del fagot porque qué se viene a hacer si no a un concierto de filarmónica. Otro selfie en Facebook a la salida. “My kingdom for a mascara.” Facebook, o ese otro lugar en el que tu nombre tampoco aparece, y sí otros que yo no quiero. Que nos tomemos un café un día a la salida del trabajo. Que si estoy libre hoy. Depende. Si a esa pregunta te contestan con inusitada vaguedad gallega y tú ahí sigues al toro mereces morir por intoxicación de melodías de Jarabe de Palo. Contigo no sería así, ya has demostrado no dar pie a tan siquiera un mísero «depende». No todos son como tú, lamentablemente, también afortunadamente. Los hay que ven luces donde no hay farolas, las hay que venden la piel del oso antes de cazarlo. Sí, es probable que nos estemos montando películas sin haber visto el tráiler. Igual de probable es que estemos perdiendo el tiempo como auténticos subnormales, deshojando margaritas como si las repartieran con cupones del súper, que no hace falta haber cursado tanta tontería y mucho menos algo de psicoanálisis para ver caparazones ni honestidad brutal disfrazada de absoluta perdición. El querer y no querer, el sí y el no, esta ambivalencia nuestra: ¿la tenemos o es inventada? Inventada, sí. Como te invento yo a ti. Como vivo, inventándote cualidades que no tienes. Inventándote yo. Y, entretanto, pariendo tonterías.

 

 

 

 

 

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