Have you met Me?

 

La semana pasada recibí mi primera amenaza formal de despido.

Sí, lo sé: #firstworldproblems

Y sí, me agobié. Y como con cada uno de mis agobios, me dio por pensar. Hay quien come helado y quien manda mensajes equivocados a personas equivocadas. Yo pienso – mientras como helado y consumo material audiovisual para dejar de pensar.

Pensando en dejar de pensar me dio por pensar en una de mis mejores amigas. Su nombre quedará en el anonimato y sólo la conoceremos como Mosby.

Sí, tengo una amiga que tiene mucho de Mosby. Mucho. Hasta el punto de que si tu Barney de turno le escribe insistentes mensajes a tu mejor amiga para (atención al mcguffin) “tomar café para conocernos mejor” (por todos es sabido que el consumo de café y sus rondas de preguntas es lo que Jordi Hurtado nunca ha sabido inventarse para escapar de Saber y Ganar) ella te dirá que muy probablemente todo sea una excusa para “preguntarle por ti y conseguir acercarse más a ti”. Lógica aplastante, tanto que una llega a plantearse si tanto cinismo no llegará a postrarme un día en las entrañas de un barril de cerveza – por supuesto, después de habérmela bebido. Pero ella es así. Según sus palabras: no le gusta pensar mal de nadie. Así, en frío, en caliente, o a temperatura Sáhara en agosto: ella, a priori, no piensa mal de nadie.

Esto, con todo el cariño que le tengo, es un hecho que suele desplegarse en dos escenarios:

a) El de la profunda admiración, por-qué-no-seré-yo-así-también.

b) El del más raído descrédito: esta chica, para lo inteligente que es, qué tonta es a veces.

Cada vez que algo trastoca mínimamente su vida, siente unas ganas irracionales (para mí) de contárselo a su Robin. Vaya por delante que todas estas alegorías están por supuesto tergiversadas y han de ser entendidas en su realidad, que ni yo ni vosotros conocemos a la perfección. Pero no dije en ningún momento que quisiera sentar cátedra, sino más bien usar el cariño que le tengo (y a ella) como ejemplo.

Afortunadamente (para mí y mi cinismo desbocado que clama por mejorar esta civilización) estas pequeñas cosas de su existencia también me las cuenta a mí, y muchas de las veces consigo poner fin a estos arrebatos, móvil en mano y GMail en pantalla, diciéndole (en mi cabeza el verbo es explicándole) que lo suyo con Robin se ha acabado, que lo que no ha funcionado una vez no va a funcionar nunca, que se deje de tontadas, pase página, vaya a por lo siguiente. A veces no lo consigo y Robin recibe un mensaje más en su Inbox del que yo no me hago responsable.

Por el contrario, y para iluminar el contraste, esta suele ser mi expresión cuando recibo un e-mail de un exnovio, examante o excosa:

Imagen

[Aunque luego bien que miro mis estadísticas de WordPress para saber si han visitado este blog…]

La vida del amigo, es cierto, es la vida mejor: si sigues mi consejo, diré que lo has hecho indebidamente; si no lo haces y el resultado es malo, “I hate to say I told you so”; si no lo haces y todo va bien, lo achacaré a otras confabulaciones inefables del universo.

Pero no quiero irme por las ramas. Sólo quiero decir que estos problemas del primer mundo, de los que mi amigo Jorge y yo nos reímos tanto, se llevan mejor cuando uno está enamorado.

Cuando uno está enamorado escuchas canciones francamente ñoñas y les puedes poner una cara, un nombre, hasta un apellido. Creo recordar que estaba esta ilusión perpetua por volver a ver a esa persona; creo recordar que yo miraba mi correo con absurda insistencia queriendo encontrar una etiqueta concreta, y esa punzada de desilusión cuando quien escribía era Orange o Foreign Policy. Mucho antes de esto, cuando vivíamos en ese universo de no impaciencia en el que no nos consumía el inmediato deseo y no nos acostábamos con alguien la primera noche, incluso (repito, incluso) te preguntabas hasta cómo sería el tan (y siempre) sorprendente hecho de compartir tu intimidad con alguien nuevo, más, otro.

Si lo dejas con alguien, e incluso si has sido tan torpe (emocional, elemental y existencialmente hablando) como para haberte ido a vivir con él o ella, agarras tus cosas, te mudas, empiezas de nuevo. Tus amigos vendrán a consolarte y estarán ahí, en la mejor versión de ellos que hayas conocido. Si te echan de un trabajo, o si tu vida profesional te frustra hasta que hayas de plantearte escapadas a lo Walden, nada de esto va a pasar. Sólo tendrás palabras comunes, nada empáticas, que cambiarán según se anden propagando las ondas de sus teléfonos móviles. Un día será: déjalo, que sufras no merece la pena, ningún trabajo lo merece. Otro: y qué vas a hacer ahora, deberías haber ahorrado y ahora no tendrías tantos problemas para dejarlo. El siempre a mano: busca otro trabajo (todo el mundo sabe que bajas a por el pan y de paso, te llevas cinco trabajos con descuento Groupon del 5%). Pero no hay abrazos, ni qué necesitas, ni llora todo lo que quieras, ni planes conjuntos para alegrarte el día. Porque no lo has dejado con tu novio, sólo te han amenazado con echarte de un trabajo. Y claro, te ha tocado vivir en esta generación, en la que tienes que escuchar “que al menos tienes uno” mientras mentalmente tus neuronas repasan los argumentos de Malatesta para justificar el magnicidio.

Y, por supuesto, la solución es sencilla, y el consenso para sí lo quisiera el Parlamento español: irte, no sufrir, que no merece la pena. Lo demás, no importa. Ni tu alquiler, ni tus facturas, ni tu familia.

Así que me gustaría ser más como ella, como mi amiga Mosby. Tener un problema superior, que imbuyera todo lo demás dentro de él. Que si paso por el momento más desagradable de mi vida profesional (sí, desagradable es la palabra), pueda pensar, al mismo tiempo, en lo condenadamente guay (y sí, guay es la palabra) que sería darte la mano y dar un paseo por el parque, después de que te hayas quedado a desayunar en casa y yo no me haya enfadado porque no hayas estado a la altura de mis expectativas. Sería guay, y mientras tanto yo no haría cábalas en una calculadora, ni pensaría en la bola de billar que es mi jefe ni en el próximo mecanismo de tortura que traerá cuando cruce de nuevo el Canal.

Pero la realidad es que no me gusta dar la mano (not a hand holder, sorry), los paseos por el parque mejor si son con mis Sennheiser y mi Kindle, si te quedas en casa me voy a sentir invadida (y no voy a saber cocinarte un desayuno en condiciones) y si el sexo no me gusta, mi cara te lo va a decir.

Y la otra realidad es que me encantaría volver a sentir esa ilusión de la que te hablaba.

Have you met Me?

 

 

 

 

 

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