Decepción

A veces pienso que el problema es mío. El problema, sí, es definitivamente mío. El problema es mío cuando me enfado por que mis amigos no guardan mi número de teléfono bajo mi nombre. Mi nombre, que es Violeta, que no es un nombre común. Vio le ta. Después de haberlo odiado, malogrado, a ratos ensalzado -por raro, por distante, por irreligioso, también- he llegado a llevarme bien con él. Mi nombre es Violeta, no es Violeta Bruselas, ni Violeta Trabajo, ni Violeta cualquier-cosa-que-te-recuerde-a-mí. Porque deberías recordarme por mi nombre, igual que yo te recuerdo por tu nombre. En mi móvil hay tres César, pero sólo uno merece llamarse César. Pero ahora vivimos así, y todo tiene que tener etiquetas, todo tiene que ayudarnos a recordar. A recordar hasta lo más elemental: que tenemos amigos y que tenemos que cuidar de ellos.

El problema es mío, sí, cuando exijo demasiado, cuando me falta empatía, dicen. Cuando mis expectativas son demasiado altas. Lo entiendo. Pero no quiero tener empatía. No quiero tenerla. No entiendo que te guste más el Nesquik que el ColaCao, como no entiendo que seas católico. Yo, como Hitchens, abogo por la condescendencia del que sabe respetar pero no se rebaja a la comprensión: no voy a entenderte jamás porque eso implicaría aceptar que tu línea de pensamiento es tan siquiera cercana a la normalidad. Me niego. Creéis en la ¿palabra? de un tipo que creció en una familia en la que su madre y su padre no vivían juntos, pero la adopción para homosexuales es una salvajada que pone en peligro la salvaguarda moral de cualquier ser humano, incluido el potencial ser humano que albergo en mi vientre por el mero hecho de desear sexo, así, como concepto, la mayor parte de mi tiempo libre. No os entiendo, ni quiero, ni me voy a esforzar.

No entiendo que tengamos que aguantar semanas así: Venezuela, Ucrania, la sempiterna Siria. Aguantar esta mierda de artículos. Aguantar que whatsapp interrumpa el servicio (porque no se cae, interrumpe el servicio) y mi Facebook se llene de palurdos pidiendo sus 89 céntimos de vuelta o, mejor, de alguno que otro diciendo que mejor le hubieran dado los 14.000 millones de euros a él, que mejor nos habría ido y no se habría “caído” whatsapp. Mejor, ver cómo todos se encienden abogando por el traspaso instanstáneo (más que el Nesquik) a Telegram, porque bien es sabido que cinco minutos sin un servicio de mensajería instantánea (Nesquik) conllevaría pérdidas de conciencia a niveles muy, muy Nesquik. Mientras todo esto pasaba, una política, corrupta, marioneta, montaba un espectáculo bufonesco en Kiev y se aparecía como salvadora de la patria, de una patria que escenificaba así un nuevo Golpe de Estado que no va a cambiar nada pero que toda la prensa ha tenido a bien aplaudir esta misma mañana. Por supuesto, esto no es sujeto de debate: como mucho colgamos un vídeo de una ucraniana (que sí, está buenísima) que habla así como con voz cándida y nos pone cachondos mientras habla de tres o cuatro generalidades y (parece, porque el vídeo lo firma una organización con bandera de colores, y eso -es sabido- es muy progre) en nombre de todo el pueblo ucraniano (que son unos cuantos, vaya, y un tanto divididos). No sé de qué me sorprendo. Artur Mas también habla ahora en nombre de toda Cataluña.

Yo hablo por mí. Me represento a mí misma y me sobra con eso (de verdad, no es arrogancia, me sobra mucho con eso). Pero no entiendo que tengamos que aguantar todo esto. Ya ni siquiera el que era el mejor periodista del país (mi país, cada día me dueles más) es capaz de tomarse en serio el que, muy probablemente, sea el episodio histórico más turbio de nuestra historia reciente. Sí, esa que ha tenido FILESA, GAL, 11-M, Gürtel, sobres y a saber cuántas cosas más. Pero los hay que creemos que el 23-F sí hubo un intento real de Golpe de Estado y que no es sostenible de ningún modo seguir argumentando que el Jefe de las Fuerzas Armadas no sabía nada. Hacer una hora de pantomima para probar un argumento tan básico es deprimente. Sí, me deprime. Es de meterse el falso documental este por el culo.

Me represento a mí misma también cuando digo que me cansa mucho seguir esperando cosas de los demás. De vosotros, de todos. Del periodismo, también. Del amor, de la amistad. De que las cosas, o se hacen bien, o mejor no hacerlas. De que si quieres a alguien, quiérelo bien. Porque querer a medias es, de entrada, un coñazo. Y de salida, una vergüenza.

Como la que acaba de salir en La Sexta.

Como la que ocupa toda la franja gualda de mi bandera.

Y plus ultra.

 

 

 

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