Mi 2013

 

Ayer fui al cine a ver una película que ya había visto. El cine, pensé, no tiene nada que ver con el sexo. Un visionado es suficiente para saber si la película te gusta o no. Si el cine te gusta mucho -y te gusta de verdad- encontrarás muchas buenas películas que adorar. El cine es, creo, el arte que permanece más sano y que mejor ha sabido superarse, retarse, conseguirse, ensalzarse. Si el sexo te gusta mucho (primera lección de 2013: hay gente, más de la que creemos, a la que no le gusta el sexo) es difícil encontrar muchas buenas parejas con las que congeniar. Y un visionado no es suficiente para saber si la pareja te gusta o no. Las buenas primeras veces, eso sí, son igual de improbables: en el cine, y en el sexo. La pasión engendra pasión, sí, pero el regusto que nos queda al terminar una película (o un polvo) suele ser una satisfacción (maravillosa, no lo negaremos) y ya: una satisfacción. Abandonar un nuevo portal es como abandonar una sala de cine: pues salgo de allí henchida, risueña, con una media sonrisa muy pícara que simboliza una pulsión de lo más primaria, que me lo he pasado bien. Pero eso sí, cuando das con una buena primera vez es cuando más se parecen el cine, y el sexo. Las buenas primeras veces te turban, se enquistan y, sí, dan miedo. Si pruebas algo, si descubres algo que te trastorna, temes no volver a sentirlo. Ese polvazo puede haber sido una conjunción (muy fortuita, y gracias fortuna) de circunstancias azarosas que no vuelvan a repetirse: el alcohol, la libido, el lugar, los fetiches de cada uno. Ese peliculón puede haberte marcado (a ti, que no has cambiado tu Top #5 desde hace diez años) por haberte pillado desprevenida, sí, simplemente porque estabas afectada por la más profunda melancolía, esa que siempre generas consecuencia de todo tu esfuerzo inútil. Lo diré: ayer fui a ver La Grande Bellezza porque quería acabar el 2013 de la misma manera en la que lo empecé y lo he atravesado, como esta suerte de Violeta Gambardella que observa por inercia y recela con ironía de toda la mediocridad que la rodea. A Jep le preguntan por qué no vuelve a escribir una novela y contesta que Roma no se lo ha permitido. A mí, mis amigos me preguntan por qué no escribo de una maldita vez una novela y no contesto, pero si contestara les diría que yo no me lo permito. Sí: revisité mi polvazo/peliculón el último día del año que tuvo a bien traerlo a mi vida, el último día del año en el que más me he reído en, qué coño, muy probablemente un lustro. Lo revisité y salí del cine henchida, con las mismas ganas de agarrar un avión a Roma que sentí la primera vez, a pasearme sola como Jep, a fijarme en todo y en nada, como Jep, a que me digan que no soy nadie, como a Jep. Porque no soy nadie, o al menos no alguien que pueda expresar todo lo que una película le ha hecho sentir sin sonar abigarrada, arrogante y altanera (segunda lección de 2013: estamos más solos de lo que pensamos, en lo que nos gusta estamos cada vez más y más solos de lo que pensamos).

Pero Jep tiene razón. In fondo, è solo un trucco.

En el fondo, es sólo un truco.

 

 

 

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