De lo que no se puede describir

 

Hay mucho de indescriptible en la sensación que acompaña a la primera vez que haces pie en un nuevo lugar. Ningún Old Fashioned está a la altura de ese cóctel de adrenalina, miedo e ilusión que me acompaña esos primeros momentos de llegada, de desconcierto, de aventura. Poco hay comparable a esos trayectos en taxi desde el aeropuerto a la ciudad, esos primeros trayectos en los que tu mente ya no va a años luz/hora, sino que más bien se evade y se eleva, y te sientes poseída por tu propia mirada desbocada, que todo quiere abarcar.

Todo hay de indescriptible en la sensación de que podrías vivir de y con esa adrenalina, toda la vida.

Pero también hay algo de indescriptible en la sensación de aterrizar en Madrid, con unas llaves de una casa que no es tuya, una vez más. Algo indescriptible hay al abrir una nevera repleta de latas de Coca-Cola donde, además, alguien ha plantado boquerones y gulas. Y que, a su vez, la repisa se componga de Cola Cao, berberechos, patatas fritas, aceitunas, y chocolate (mucho chocolate). Indescriptible es la sensación de que alguien te conoce así de bien, a ti, que vas por la vida de complicada y que siempre has pensado que Delfos, contigo, no aplica. Pero no, porque indescriptiblemente alguien ha tenido a bien recordar lo feliz que te hacen pequeños detalles – y al natural.

Indescriptibles son también los whatsapps de cariño. Los «4.000 euros, esa es la cantidad que tienes que meter en la cabeza de tus captores cuando hablen de rescate; son todos mis ahorros», los «cuídate y que no te secuestren, o Bruselas será aún más triste». Los amigos que aguantan, soportan y -me atrevería a añadir- disfrutan cada estupidez que escupes.

Que estoy perdida lo he dicho ya muchas veces. Un breve vistazo a este blog y el adjetivo aparece explícito, o entre líneas las más de las veces, cuando no con luces de neón y un letrero que rece «se compra guía para la vida, dígame cómo van a ser el resto de mis días». Y quién va a quedarse y quién va a aparecer, y quién va a irse para que pueda yo prepararme y no duela, más. Ahora que veo una ciudad nueva por la ventana y sólo sé gritarle en silencio «ofréceme algo, invítame a querer quedarme en un lugar» pienso en quien está igual de perdida que yo en la forma (a veces, pienso, no en el fondo – ¿o era al revés?) y en innumerables intercambios en los que yo empiezo hablando de perdición y termino soliloquiando sobre hombres (curioso nexo). En uno de esos intercambios le dije que «Buscamos cosas que no existen. Y no es que nos hayan dicho que existan. Es que no entendemos nuestra existencia sin que existan. El trabajo soñado, la realización personal, el ocio permanente que nos permita leer dos, tres novelas por semana y un ensayo el fin de semana. Los chicos de metro ochenta y cinco que quieran estar contigo y con nadie más. Los amigos que se vayan contigo cada vez que te mudes de ciudad. Los padres que quieras visitar y que no conviertan en agonía permanente cada vuelta a casa. Las hermanas que no crezcan. Y un largo etcétera.»

 

A new window to look through.

 

Desde Caracas, añado. Buscamos cosas que no son. El problema no es que no existan, o que existan como agravio de la fortuna. El problema es que no son. Las hermanas crecen, y muy rápidamente. La mía, en concreto, tiene ya un novio (y un chico guapísimo, he de proferir) y tienen a bien recordarme lo fácil que es todo cuando es fácil. Luego seguimos. Hay padres que no cambian ni cambiarán nunca, y que bien podrían no ser y así no habría agonía que poder relatar. Los amigos no vendrán conmigo cuando yo decida irme de Bruselas. No vendrán conmigo los discos de Pulp, las noches de karaoke, las comidas y sobremesas que se alargan ni el quererse fríamente pero, para qué negarlo, quererse mucho. Así como a Bruselas no vinieron Alberto y María para decirme, y hacerme sentir tan bien cuando (me) lo dicen, que cada vez me ven mejor.

Los chicos de metro ochenta y cinco abundan, pero todos se van antes de que yo pueda mencionar las ochenta y cinco cosas que quisiera decirles. Yo, a veces, también me voy antes de que ellos puedan expresar las ochenta y cinco cosas que quieren que escuche. Llegando estoy a la conclusión de que ochenta y cinco centímetros y un metro es demasiado espacio para amar, cuando mi metro setenta nunca podrá cubrirlos por completo.

Y el trabajo soñado sí sé cuál es. Pero, de momento, no me atrevo a conseguirlo.

Por lo pronto, queda siempre la victoria y una foto de Chávez a lo lejos. Sensaciones nuevas que expropiar y, muchas de ellas, aún indescriptibles.

 

Pero bienvenidas.

 

 

 

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