Agosto fácil

 

Agosto no es mes para las chicas difíciles.

Vaya si no lo es.

Agosto es sopor, desgana, dipsomanía.

Pero entre todo este malhumor, aún pensamos que lo mejor quizá sea reconvenir, ahuyentar los fantasmas del desasosiego que no nos deja escribir, y vencer la crisis.

Crisis que no se vence sino pensando que, si de por sí nadie lee tu blog, menos eco tendrá lo que publiques este mes. Más honestidad te puedes permitir.

Y vaya si te gusta y no te gusta ser honesta al mismo tiempo.

Hoy me apetece contaros una pequeña historia. Pequeña por su relativa importancia. Historia porque sus protagonistas ya no están presentes en mi vida.

Hace cinco años, antes de que yo tan siquiera me embarcara en mi primera relación formal – y sí, sigues resultándome un error, conocí a un chico. Le llamaremos el chico que sabía demasiado, por el bien de esta historia.

El chico que sabía demasiado y yo conectamos muy bien. Había química. Y no era sólo por lo que teníamos en común o por lo que no nos separaba por completo – a pesar de que no le gustaba la filosofía, por ejemplo (y vaya insensatez, diréis con ávida razón). De hecho, a día de hoy y si me preguntáis – sólo si me preguntáis, tendría que reconocer que no recuerdo haber experimentado ese nivel de conexión con nadie (más) desde entonces. Siendo consciente, al mismo tiempo, de que muy perfectamente puedo estar agrandándolo todo, como siempre tendemos a enaltecer experiencias pasadas. Quizá por eso, porque son pasadas, y muchas veces nos ayudan a empequeñecer gloriosos presentes.

Partamos de la base de que no recuerde o no quiera recordar conexión mayor que con el chico que sabía demasiado. Sería una base cierta y quedaría bien como primera premisa.

 

 

Ya he reconocido muchas veces que soy una pequeña gran víctima del autoengaño. Mis amigos lo saben, él lo sabe, y si os dais una pequeña vuelta a esta pequeña producción en forma de blog, lo sabréis. Lo que yo hago lo denomino empequeñecer cada sentimiento que (pre)siento hasta que me estalla en la cara y se me estaña a fuego en el cuerpo. De ahí que tarde un tiempo en extremo prudencial en reconocer cualquiera cosa que por mi vida pase, hasta la más pequeña forma de cariño, hasta el mínimo atisbo de primer odio.

La cuestión es que el chico que sabía demasiado me confesó, en algún punto de esta historia, que se sentía muy atraído por una de mis mejores amigas. La llamaremos, de nuevo por el bien de esta historia, la chica que no sabía nada.

La cuestión es que, una vez más, ganó mi amiga. El chico que sabía demasiado y ella terminaron juntos, no antes de que él confesara que bien podría haber entrado yo en liza. Que por las dos sentía algo, pero que yo no ganaba la partida. Lo peor de todo (o lo mejor, quizá) fue que la bola de nieve creció y creció, y arrastró todo a su paso. Al final, me quedé así sin amigo, sin amante, y sin amiga.

Y sí, cinco años después los hay que han demostrado tener vivencias similares, gustos prácticamente iguales; los hay que me han terminado las frases, y tan independientes – y tan necesitados – como yo. También los que tras meses de convivencia no podrían haber dicho cuál es mi novela favorita. Ni cuál era su novela favorita.

Ya van unos cuantos y los hay de todos los tipos. Y todos guardan un elemento común. Todos reconocieron todas mis virtudes. Y, al mismo tiempo, todos mis defectos. Incluyendo el peor de todos: que no soy una chica fácil.

Me pregunto, una vez más, por qué escogemos siempre lo fácil.

Hay chicas que leen esto y no entienden una sola palabra de lo que están leyendo.

Lo saben, y saben quiénes son.

Y también saben que ellos – vosotros – os morís por acostaros con ellas. Queréis el cuerpo de Gisele y una actuación de madre. Alguien que cuide, que pregunte, pero que no pregunte de más. Os da igual que su conversación se reduzca a preguntaros qué color de esmalte de uñas les queda mejor o qué modelito esconderá mejor sus cada vez más anchas caderas – y procuraréis, porque así de bien os han enseñado, no maldecir jamás sus caderas. Ellas tampoco quieren más que eso. Lo sabemos, lo sabéis, lo saben.

Lo sé. Es muy complicado volver a casa y que alguien te taladre con ideas sobre la última novela que está leyendo y lo identificada que se siente con la protagonista. Yo también llevaría mejor hablar de la Middleton.

Lo sabéis. Adornáis todo esto en vuestra cabeza porque sabéis que no van a molestar y, que cuando molesten, será fácil darles la espalda porque no les habréis cogido cariño. O al menos no el cariño que – de nuevo, sabéis – se les coge a las demás. Las que tenéis como amigas. Ese que desgarra y que maldices cuando todo se ha acabado. Ese del que darán igual las Giseles que vengan después, tú no la vas a olvidar a ella, y será sólo ella. Normal que queráis sólo chicas fáciles. Lo entiendo. Sólo una difícil ya te jode la vida.

De verdad. Os entiendo. He estado ahí. Sé lo que es agarrar lo fácil porque crees que te hará feliz.

Lo hará, sin duda. Momentáneamente uno es muy feliz. Y el momento, como buena medida de tiempo irregular, puede alargarse todo lo que uno quiera, pueda, conciba.

Pero sé también lo dura que es la contrapartida. Y sé que lo habéis sentido. El profundo vacío al levantarte al lado de alguien que no te quiere. Que no te quiere precisamente porque no eres fácil.

Sé que lo habéis sentido. La otra vuelta de tuerca. La profunda soledad de levantarte al lado de alguien que te quiere. Que te quiere porque cree que eres fácil. Pero que dejará de luchar por ti en el momento en que empiece a sentir que tu inteligencia conlleva mucho más que una asombrosa capacidad para retener datos y fechas de cumpleaños. Que eres mucho más que la chica guapa y lista de la que poder presumir, y que cuestas trabajo.

Los que merecen la pena cuestan trabajo.

Hace poco conocí a uno de ellos, aunque nuestro encuentro fue tan breve que, de momento, sólo irregulares whatsapps pueblan nuestras conversaciones.

Él no lo sabe porque nunca hemos hablado de ello. Pero yo sé quién es su mujer.

Y sólo me ha hecho falta leerla brevemente para saber que nunca estará a la altura de alguien que, en un atisbo de asombrosa e impresionante genialidad mientras yo intento exponerle una comparación entre Dios y el común de los mortales, me contesta: Et hoc omnes dicunt Deum.

Es cuando me impresionan personas a las que impresionas cuando vuelvo atrás, siempre.

A ella.

A la chica que no sabía nada.

Y cinco años después, sigo preguntándome por qué la eligió a ella.

Por qué siempre vencen, de un modo u otro. Las fáciles.

Mi agosto fácil es sin vosotras, fáciles.

No quiero chicas fáciles, ni chicos fáciles. En agosto, no quiero ver la vida como vosotros.

Quiero dejar de inventaros cualidades que no tenéis. Ya he aceptado que nunca sabréis que no las tenéis. Qué decir, también los hay que creen en dioses.

Quiero un desafío real y omnipresente.

Et hoc omnes dicunt Deum.

¿Cómo hablarán los hombres de mí?

 

 

 

2 comentarios en “Agosto fácil

  1. Lo publicaste en agosto. Y yo lo leo en enero. Y me alegras esta fría medianoche de enero, con tus pensamientos del seguramente muy caluroso agosto. GRACIAS.

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