¿Respeto? Tres dosis de familia, por favor

 

De todos los recuerdos que guardo de Guiomar -y ya van unos cuantos- sobresale siempre una enseñanza muy básica que me otorgó hace ya algunos años, al abrigo de un verano más y de ese maravilloso salón de El Puig, cuando nada nos faltaba en nuestra vida y nadie comía como en casa pues la que guisaba era mamá. Todo surgió en torno a una sobremesa de adormecimiento, siesta y despertar, mientras en la tele veíamos Aquí Hay Tomate, yo la agobiaba con preguntas porque no entendía nada y ella se acaloraba hablando de cotilleos familiares. Fue entonces cuando le espeté que no podía estar a todo: era la familia o Aquí Hay Tomate.

Su respuesta quedaría por siempre grabada en la contraparte oeste de mi retina. Esa imagen, de Guiomar esbelta, piernas cruzadas, pelo rubio y largo y el sempiterno móvil Nokia (y rosa) en la mano, zarandeándolo mientras solucionaba que:

 

«¿No te jode? La familia me perjudica más que el tomate.»

Ella, algunos años después, tan sabia.
Ella, algunos años después, tan sabia.

 

Mi padre, que en ocasiones también solía ser sabio y aún hoy muy de vez en cuando tiene algún arranque de lucidez, procuró hacerme ver desde una muy tierna edad (no había entrado aún en mi primera década ni sabía lo que era tener hermanos) que en esta vida acaso podría elegir todo, salvo la familia que me había tocado. La familia, me dijo, es lo único que nunca podrás elegir.

No sé hasta qué punto aquellas palabras afectaron mi juicio. Quizá aquella versión de Violeta -que no dista mucho de la de ahora- anteponía llevar la contraria ante cualquier atisbo de dar la razón (el espíritu animoso de la contradicción, prefiero llamarlo) y así se propuso desoír y deshonrar las palabras de su padre como si con ella no fuera la cosa. Nunca he sido muy familiar, ni he entendido el tiempo que pasaba con mi familia como un fin en sí mismo. Hace casi diez años mi madre me sacó del nido familiar y desde entonces nos comunicamos cada vez menos; cuando veo a mi hermano es ligeramente más alto, menos rubio, y se parece tanto o más a su padre; lo contrario ocurre con Guiomar, que tiene el pelo cada vez más rubio; y otro tanto con mi hermana, que crece en todos los sentidos. También cambio yo cada vez que me ven: otro novio, otro piso, otra ciudad, otro trabajo. Aunque cada vez dediquemos menos tiempo a buscar nuestras diferencias.

Pero sí, todas esas versiones de mí se propusieron desatender las palabras de mi padre. Constituyéndose irreversible el hecho, por necesario, de que efectivamente había yo nacido en este mundo de la mano y al amparo de dos personas que así lo quisieron, dijera lo que dijese mi albedrío al respecto, concluí muy a mi pesar que no podía elegir no tenerles, pero sí podía elegir no quererles.

No me malinterpreten. Siempre he sostenido que las mejores cosas de la vida no las elegimos nosotros. Las peores, sí. Las mejores cosas de mi vida no las he elegido yo y tienen nombre y apellidos: Argudo, Sánchez y Martínez. Pero ello no elimina el absurdo -por socialmente impuesto- de que tengamos que vivir y morir con parcelas de amor reservadas, como si nuestro cariño hubiera de repartirse institucionalmente y se lo debiéramos a alguien por el mero hecho de existir. Yo, encariñada con mi propio cariño, creo que es mejor -y me atrevería a decir, más razonable- concentrarlo y repartirlo entre aquellos que se hayan ganado mi respeto, y no creerme protagonista de un clan de predilección autoimpuesta a lo Falcon Crest.

Razón por la que, y muy deliberadamente, hace ya algún tiempo que he procurado demostrar a quien me da igual que me da igual. Llamadme cruel, desaprensiva, arrogante. En vuestro universo todas esas cosas serán ciertas pero encuentro más sano el proceso de aceptación que desemboca en la más pura forma de tolerancia: entender a ciertos integrantes de nuestra(s) familia(s) como lo que de verdad son, meros convidados de piedra en un árbol de problemas.

Entretanto y si me lo permitís, seguiré disfrutando de las mejores cosas de mi vida que, insisto, no las he elegido yo. Y seguiré creyendo que, si he de contar con alguien, con que alguien me conozca, me acepte y me quiera como soy y no de otra manera, para eso están los amigos. Versión mejorada de cualquier familia.

Familia es pasar un día en Bruselas -sólo un día- con la persona con la que más has discutido en tu vida -también con la que más te has reído- y descubrir que seguís teniendo la misma extraña conexión de siempre. Familia son whatsapps de tu hermana un sábado por la noche y después de varios vinos donde te pregunta por el sentido de la vida y la ineptitud del inconformismo. Familia es una tía que, cuando te preocupas por tu futuro y pese a que ninguna de las dos creéis en nada, te dice que Dios proveerá. Familia son amigos que te dicen que Venecia mejor no, que no es para ti porque te vas a poner triste y que prefieren sacarte a caminar y caminar hasta que te duelan las piernas. Familia es que alguien te llene el muro de Facebook con chorradas que te ayuden a escapar -aunque no físicamente- de una semana cruel en una ciudad muy cruel.

Familia es respeto. Respeto que se gana y que nunca hay que dar por sentado.

Y familia es que alguien te falte tanto que no haya día en que no la recuerdes.

Entretanto, sigamos disfrutando de las mejores cosas de nuestra vida. De nuevos integrantes que están por llegar y de toda la risa que aún hemos de producir. (Pero sólo) Con quien merece nuestra risa.

 

 

 

 

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