De Gatsby y su puto amor

 

Cuando The Beatles lanzaron A Hard Day’s Night, resultó que al español de 1964 era complicado explicarle un concepto que ya de por sí constituye una construcción muy infrecuente en inglés. No os extrañáis, pues muchos diréis -y con razón- que se trata del mismo Lennon que, años después, se marcaría un “there’s nothing you can sing that can’t be sung”.

La película, aquella maravillosa película de Lester, acabaría traduciéndose por “Qué noche la de aquel día” cuando, literalmente, viene a suponer más bien “una noche de un duro día”.

Todo esto para decir que, para mí, it’s been a hard week’s Monday.

El jueves, como perfecta antesala a muchas y muy diferentes sensaciones producto del fin de semana, fui al cine a ver la adaptación que Luhrmann ha hecho de la que -y así lo declaro disculpándome de antemano por la parafernalia- es la mejor novela norteamericana del siglo XX. La mejor.

Gatsby fue siempre uno más, uno de tantos que componen la lista de los mejores personajes que nos ha regalado la literatura. Como Holden, como Aureliano. Y como Nasar. Personajes solitarios y solitantes, que crees conocer del todo pero a los que apenas conoces. Con la salvedad de que a Gatsby lo conocemos a través de la sincera admiración de Carraway y no puede mentirnos -como hace Holden- ni puede refugiarse en el aura mágica de la pluma de Gabo -como Aureliano, y como Santiago Nasar-. Gatsby es inadaptable, pero cual censora, siempre hay qué comprobar qué hacen otros con lo que amas. Y allá fui.

Salí del cine muy enfadada. No por DiCaprio, no por Luhrmann, sino por el error colosal en la caracterización de Daisy Buchanan. Daisy es la obsesión de Gatsby. Pero no es la Moby Dick de Ahab. No es irracional ni pasional, ni le mueven instintos naturales. Daisy es cinismo, desvergüenza y superficialidad manifiesta. No es la obsesión compulsiva que todos llevamos dentro. Daisy es odiosa. Daisy es, insisto, la autodestrucción que todos guardamos, aunque se mantenga incubando, aunque nunca la desarrollemos. Es la personificación del poco amor que nos tenemos.

Pero a Luhrmann se le ocurre recrear en Daisy a Carey Mulligan. La Carey Mulligan que nos enamoró en An Education, nos caló en Drive y a la que tan siquiera pudimos empezar a odiar en Shame. La cara angelical que te enamora aun cuando dice “I’m p-paralyzed with happiness”.

 

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Carey Mulligan, or the perfect face.

 

Luhrmann ha hecho imposible la atmósfera de Fitzgerald al imposibilitar que alguien que no haya leído la novela pueda sorprenderse ante el amor que siente Gatsby por Daisy. Ante lo irreal de su obsesión. Así como Melville justificó desde la primera aparición de Ahab -él, entrando solo en la posada mientras todos los demás se divierten, llamando la atención de Ishmael el agarrotante ruido producido por su falsa pierna- lo genuino, lo real de su obsesión.

Una vez salí del cine y descubrí que mis acompañantes estaban igual o más decepcionadas que yo porque creían haber ido a ver una película de intriga, me dediqué a lanzar una pequeña encuesta mientras, en otro sempiterno esfuerzo por olvidar lo exiguo, llenaba mis venas de cerveza. No hablaré de la muestra, pero a nadie encontré que hubiera leído El Gran Gatsby.

Volví a casa con la sensación, una vez más, de que mis estándares son míos y que es cierto que no soy quien para proclamarlos universales, ni tan quisiera evangelizar a nadie sobre la importancia de la (buena) literatura. Que yo también soy blanco de mis mismas miradas de desaprobación cuando desconozco algo que para el otro es muy relevante. Pero esa sensación, de fondo, permanece, y sigue sobresaliendo con el mismo titular de siempre: que mis estándares son míos, y para mí, importantes, y muy pocos los comparten. Y casi nadie en su mayoría.

Me he dado cuenta de lo profusa y profundamente complicado que es encontrar personas con las que compartir afinidades. Es fácil compartir lugares comunes. Es fácil conocer lo natural, por cotidiano, y reflejarse en reconfortantes bromas que a todos hacen bien, producto en gran parte de un mismo origen, de la propia cultura compartida, de nuestro humor, nuestras costumbres, que no son sino parte del modo y de la forma que tenemos de vivir. Eso es fácil.

No es fácil emocionarse con una canción sintiéndote igual de emocionado que el otro; ver la misma emoción en los ojos del otro. No es fácil explicar tus experiencias con escenas, muchas de las cuales ni siquiera forman aún parte del imaginario colectivo. No es fácil encontrar complicidad cuando acostumbras a decir «un déjà vu es un fallo en Matrix», declamas diálogos de Disney siempre que tienes ocasión y adaptas a la mínima oportunidad el final de Blade Runner aunque tú no hayas visto cosas que vosotros no creeríais. No es común, especial y desgraciadamente, expresar tus sentimientos procurando hacerlos parangonables a los de los personajes de tus novelas favoritas. Y no es fácil que ocurran este tipo de situaciones:

 

-¿Has leído El año de la muerte de Ricardo Reis?
-Sí. ¿Tú?
-Sí, claro.
-Pues, vaya. Te lo había comprado, porque quería regalártelo. Llega mañana, de hecho.
-Y yo le dije a C. que te lo regalara por tu cumpleaños. ¿No te lo dio al final?

 

Insisto: nada fácil.

Todas mis anteriores relaciones, y muchas de mis anteriores amistades, tienen eso en común: lo poco que teníamos en común. Lo engañada que estaba creyendo que el supuesto amor que nos teníamos supliría la completa falta de afinidades comunes.

Pero 2013 me está enseñando lo extrañamente genial que es olvidarse de estas gilipolleces y dedicarse a disfrutar de elementos comunes y de afinidades reales con gente real. Lo gratificante que es asumir el reto de olvidarme de ser Pigmalión de nadie, de dejarme esculpir por otro Pigmalión, de disfrutar de pigmaliones que no hacen sino ignorar por completo su condición de Pigmalión.

Pese a todo, Gatsby nos enseñó que el pasado no se puede reconstruir. Que podremos esforzarnos por ser todo aquello que él quiere que seamos, pero que -ni tan siquiera con Deloreans y viajes al pasado mediante- no podemos renunciar a aquello que hemos sido ni a los errores que hemos cometido.

El pasado no se puede reconstruir y, una vez más, pequeños detalles nos condenan al ostracismo en West Egg (o Grand Sablon, tanto monta), desde donde cada noche contemplamos una luz verde inexistente que se da sólo en nuestra imaginación. Desde donde cada noche creemos, como Gatsby, que todo da igual, y que podemos aún convencer a la frívola Daisy de que su sitio está con nosotros. Pero las chicas Buchanan sólo visitan nuestros apartamentos para admirar nuestra riqueza; a las chicas Buchanan no les interesa admirarnos a nosotros mismos. Cambian las excusas. Gatsby era pobre -más bien, no era desquiciadamente rico-. Pero su pobreza simbolizaba una simple mancha, una mancha más que Daisy, las Daisys, no pueden, ni quieren, y quizá siquiera sepan, olvidar. Una mancha que las empuja a quedarse con el mediocre de Tom. La felicidad de la mediocridad, lo llaman. La inapetencia por luchar contra la levedad, lo llamo.

A P., y pese a que ya lo tenía, le regalé una edición de El año de la muerte de Ricardo Reis. Ella me dio un Steinbeck, Cannery Row. Y mi sonrisa no fue producto de un libro más, sino de haber encontrado a una persona más, que puede empatizar con lo mucho que a mí me gusta Steinbeck y que no se extrañará el día que me oiga decir -en otro arrebato categórico de esos de los que tanto adolezco- que De Ratones y Hombres es acaso el mejor tratado jamás escrito sobre la naturaleza humana. Porque lo es.

Ella me hizo ver, citando a Steinbeck, que no tengo por qué ser perfecta. Carraway no había podido aún leer a Steinbeck y sólo alcanzó a decirle a Gatsby que él era mejor que ese par de anodinos e intrigantes pusilánimes.

Y yo, que he vuelto a sentirme cómoda en mi inusual honestidad y que empiezo a aborrecer todos mis intentos por aparentar ser lo que no soy, quiero lanzar mi particular proclama al mundo. Que no quiero ser Gatsby cuando, aún pobre, soy genial siendo Gatz. Con o sin Daisy, con o sin historia(s) por escribir.

Que ahora que no tengo que ser perfecta contigo, puedo dedicarme a ser simplemente buena.

 

You called it, John.
You called it, John.

 

 

 

 

 

Nota al pie: Queridos lectores: lo siento. Esta es una más de esas entradas que, como el parco Jay Gatz, quieren decir mucho, pero acaban por no decir nada. Les ruego aclamen las molestias.
Segunda nota al pie: Con motivo del estreno de la película, han aparecido interesantes artículos, y alguno que otro también puede (y ha de) ser rescatado: a) un (casi) perfecto análisis de Jorge Bustos: Gatsby, o amar por encima de nuestras posibilidades; b) mi amado/odiado Manuel Jabois, caracterizándose Más Daisy que Gatsby; y c) aunque da para otra, muchas entradas, y yo mantengo otra postura en lo que Fitzgerald vertió sobre sí en Gatsby, y sobre Zelda en Daisy: Nos destrozamos nosotros mismos.

 

 

 

2 comentarios en “De Gatsby y su puto amor

  1. Aunque esperaba algo así como un “análisis sociológico” del amor (puro-fati) de Gatsby, me gustó tu post y me sentí identificado con lo de los estándares. :)

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