Crónica de una pérdida anunciada

 

Si tuviere algún fan, recordaría que este blog empezó con una pérdida. Me habían robado, sí, pero había perdido algo, aunque poco, ligeramente más trascendente.

Hoy sólo he perdido una BlackBerry -y la llamo así pues muchos ya ni llamarían a ese aparato teléfono móvil-. Aquella vez perdí más, muchas más cosas. La mayoría difícilmente recuperables, y otras que se probaron harto trabajosas volver a conseguirlas. Pero lo bueno de hacer algo una vez es ser consciente de que puedes volver a hacerlo, las veces que quieras. Y aquella pérdida me enseñó que, salvo algunas personas, la mayoría de cosas de este mundo siempre se reponen.

Y que cuando algo acaba, es bueno hacer repaso.

Repaso de lo que había en ese móvil, de por qué lo quería y de por qué, por mucho que de él me quejara, aún de él no me había deshecho.

De la pérdida me he dado cuenta buscándolo desesperadamente para desearle a un compañero de trabajo que se mejorara. Sí, un compañero de trabajo, al que probablemente admire bastante más de lo que él pueda imaginar(se). Sólo he querido enviarle alguna palabra de aliento, disfrazada entre líneas de afecto, para decirle que esperaba verle mañana. Y he pensado que era extraño que esas palabras no fueran hipócritas dirigidas a alguien que trabaja conmigo. Y he pensado que, pese a lo monótono de lo que hago, las personas con las que lo hago lo compensan.

Aún con esperanza de que alguien lo hubiera encontrado, he encendido el ordenador y le he escrito, por GMail, a la única persona que me ha demostrado estar 24/7 para mí en y con Bruselas. La única que me ha sentado y me ha dicho que basta ya. La única que se ha planteado que lo estaba pasando mal cuando (casi) nadie más quería darse cuenta. Y que, pese a sus crueldades, es lo más parecido a un amigo que me ha brindado esta ciudad.

Qué coño, es un amigo.

Entonces he admitido la pérdida. Sí, perder algo siempre despierta un torrente de pensamientos, y sería absurdo negar que mi cerebro es muy rápido y que yo, nunca corro más deprisa.

He recordado así también que lo compré para estar en contacto con una persona con la que ya no quiero estar en contacto. Y he descubierto que esa persona, con la que sí quiero contar, ahora es Blanca, porque ella es la primera en quien he pensado al admitir la pérdida. La pérdida de hoy es que hoy no habrá palabras nocturnas. No recibiré un “qué tal Juno” ni le contaré a nadie mi día. No podré perorar a golpe de tecla acerca de mi existencia, ni podré presentarle mis variopintas teorías. No leeré sus “jajas” ni sentiré que son de verdad, que con ella soy divertida y que ella se ríe conmigo -y a veces, las muchas, también de mí-. Y después, he pensado en que lo que echo de menos de tener una pareja quizá sea eso, poder contarle a alguien mi día. Y he pensado que si algo propició que las que he tenido fueran mal quizá fuera eso, que dejé de compartir(me) con ellas, porque dejaron de querer lo que yo era.

He pensado en lo que me gusta compartirme conmigo.

Y he pensado, sentada en mi cama y al abrigo una tarde más de una pantalla iluminada, en lo que me gusta que este espacio sea mi reino, dormir en diagonal, espacirme en mi desordenado orden y danzar entre todo lo que me gusta; he pensado en mi maravillosa cama reconociendo, al mismo tiempo, lo agradable que es que alguien pase de vez en cuando por ella. Alguien que, como yo, quiera lo que yo soy.

Y he pensado en que, si tengo que contaros la verdad, esta es la primera etapa en mis 25 años de vida en la que siento que tengo muchas cosas que no merezco. Lo cual enorgullece, lo cual alegra, lo cual, también, da miedo. Pero es cierto. Si tenía algo poco valioso, era esa BlackBerry.

Decía Holden que no debemos guardar apego a las cosas materiales. Y Holden, inmaduro como yo, era a pesar y a mi par, a veces bastante sabio.

He pensado en lo valioso que es el hecho mismo de poder sentarme a escribir esto. Y he pensado en mi abuela.

Hace un año y medio que no la veo. Exactamente la vida que ha tenido esa BlackBerry.

Mi abuela, a sus casi noventa años, firma con una X porque ni siquiera sabe escribir su nombre. Apenas puede contar y, por descontado, no sabe leer. Ha estado casi noventa años en este mundo sin saber leer.

La vida le ha privado la sensación de nudo en la garganta que a mí me produjo la confesión de Nemo; morirá y no compadecerá -mientras la entiende, mientras la hace suya- la ambición del Capitán Ahab. Morirá sin leer Anna Karenina, habrá sido mujer, y no habrá leído Anna Karenina. Ella nunca ha podido ni nunca podrá leer lo que hizo Santiago Nasar la mañana en que lo iban a matar. Y Comala será un lugar más en el que algo pasó, pero joder, ojalá supiera qué pasó.

La vida le ha privado sentimientos sin los cuales mi vida no tendría ningún sentido.

Si algo no quisiera perder nunca, es mi biblioteca. Lo único material a lo que quiero tener apego, son mis libros.

Y por último he pensado que quería escribir y contarlo. Escribir que me alegro de saber y de poder escribir, de mostrarme digna cuando lo hago. Que me alegro aún más de saber leer, y de pasarme el día haciéndolo, de un modo u otro. Que me alegro de que me quiera gente que, aún en la distancia, me da las buenas noches y los buenos días. Y yo les leo, aunque mañana, por culpa de una pérdida, no pueda hacerlo.

Escribir que en lo que se escribe, está lo que uno es.

Más allá de Nokia, Sony Ericsson y BlackBerry.

 

Es mejor, además, tener un teléfono hamburguesa.
Es mejor, además, tener un teléfono hamburguesa.

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