Alegato contra la tolerancia

 

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Me duele España.

No tengo por qué aguantaros. No tengo por qué aguantarlo.

No quiero ser española. Pero no sólo, no tanto por vosotros, políticos, política de mierda, sátrapocorruptos de pacotilla cuya mayor afición es medirse la polla sin llegar siquiera a micropene. No es por vosotros, es por ellos. Por los que os votan, por los que os votaron, por mis padres, que votaron sí a una Constitución de mierda; por los padres de mis amigos, que cual miedicas acudieron a votar sí esa Constitución de mierda. Y es sobre todo y principalmente por ellos, por los compatriotas, por los que ven sin querer pero, principalmente, por los que no ven queriendo. Me dais asco. No os soporto más. No aguanto vuestro barriobajerismo chulesco, la altivez que demostrais en vuestra estupidez ignorante propia de parvulario elemental. Lo patética que queda vuestra mirada perdida cuando no tenéis nada que decir ni que añadir. Sí, patética, rancia como el moho más putrefacto cuando el país se conmueve y vosotros cambiáis de canal y de tema, no perdéis el tiempo leyendo un mísero titular y, por favor, “si el reflejo de la tinta impresa alcanza mi retina aléjalo de mi vista”.

Que sois muchos, y no sois nada cobardes. Os enaltece demostrar que os da todo igual. Os jactáis de que no va con vosotros cuando España sois vosotros. Presumís de una felicidad impostada y, para colmo, aún pretendéis presentar vuestra inopia como un modelo a seguir.

Pero a mí no. A mí me habéis cansado.

El problema de mi país sois vosotros. Porque existís vosotros, existen ellos. Porque no demandáis nada. No queréis nada. Os da igual tener un Presidente del Gobierno que se enorgullece de no leer, porque vosotros tampoco lo hacéis. Y si mañana compareciera -Dios, el suyo, no lo quiera, pues ya ha generado alergia a la luz focal- y clamara a los cuatro vientos que le encantó Cincuenta sombras de Grey allí seguiríais, aplaudiendo. Porque la Justicia no se ha pronunciado y aquí la presunción de inocencia es vaca más sagrada que un toro de Mihura. Me cago en Dios, España. No. Me cago en el Dios que es España. En esa religiosidad inmanente que tenéis todos, cristianos y ateos, que os convierte en carne de consumidor sadomasoquista cuando no llegaríais ni a agilipollados.

Sí, me prometí que nunca hablaría de política. Pero no puedo más. Dimito. Tú no lo harás.

Pero yo dimito.

España, vete a tomar por culo.

Españoles condecorados del pasotismo, estandartes del idiotismo patrio más rancio, seguid cabalgando vuestra vida con visera, pues ya ni quiero que veáis mi mismo sol. Idos todos a tomar por culo.

 

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