La constante

 

Una constante, además de un capítulo de Lost (el único de toda la serie que a muchos nos gustaría recordar) es un adjetivo de lo persistente, de lo continuamente reiterado. Y a mí me sirve hoy para hablar de aquellos aspectos inalterables de nuestras vidas. Los que nos acompañan en el camino. Sean amigos, familia, o Bruce Springsteen. Constantes hay muchas, afortunadamente. Pero hoy, yo solo hablaré de una.

Decía John que la vida es aquello que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes. Y esta frase, muy típica para un blog nada típico y muy manida para borracheras entre condestables, viene a decir, en gran medida, que lo que queda de ti y para ti son tus constantes, y cómo has ido creciendo con, gracias a, en torno a ellas. Son lo que te ha pasado mientras tú te debatías entre estudiar Filosofía o Políticas, irte a Ammán o a Tallahassee, quedarte en Madrid o partir a una capital de Europa demasiado europea. Mientras hacías planes que no te construían, porque lo que te construye son tus historias mínimas. Historias, muchas de ellas, que surgen alrededor de competiciones de baloncesto. Historias que te enseñan, y con las que aprendes.

Así, tus constantes te ayudan a recordar tu vida. A recordarte a ti. A mirar atrás. A saber qué cambia y qué permanece. Y a saber también qué quieres que cambie y qué quieres que permanezca.

Mi constante se llama ba-lon-ces-to. Más bien, selección española de baloncesto.

Aunque guardo vagos recuerdos de Indianápolis, del bronce de Turquía, e incluso de aquel Europeo Junior que les dio su primer campeonato juntos, ellos, como constante, están en mi vida desde 2003. Desde el año en que estuvimos a punto de ganar a una gran, gran Lituania. Y recuerdo sentir que nos quedaba mucho por vivir. A mí, y a ellos.

 

2004 fue el año en que me recordaron la importancia de sentirse capaz. La importancia de verse capaz y de crecer(se) ante las dificultades. Que, como un día dijera Cicerón, cuanto mayor sea la dificultad, mayor será siempre la gloria.

 

Un jovencísimo Pau. Siempre Pau.

 

Caímos en cuartos, sí. Y sufrimos cuando vimos cómo EEUU pedía tiempo muerto a escasos 20 segundos del final. Y por primera vez recuerdo con total nitidez la cara de Pau. Su cara de desesperación, de rabia. Tan sincera que dolía, tan amarga que la sentías traspasar la pantalla.
Pero aquella vez fue la primera que plantamos cara. De igual a igual, desde Indianápolis. Y demostramos que somos valientes.
Y yo también. Porque un mes y medio después abandoné el lugar que me vio nacer para nunca más volver. Y empecé a aprender.

 

2005 fue el año de Dirk.

 

Así, puedo recordar que vi cómo un solo jugador, un monstruo de dimensiones Nowitzki, nos eliminó en 2005. Con Pau en la grada y Navarro en el campo. Con la desazón de saberse mejores, siempre recordaré que vi ese partido con un chico. Que ese chico tonteó conmigo. Que era tan, tan guapo, que no quise creerlo. Que me dijo que saliera esa noche con él, y yo no quise creerlo, y no salí. Que a la mañana siguiente supe que se había enrollado con otra. Y que en la vida se aprende a base de hostias.

2005 y Nowitzki me enseñaron que para vencer, uno ha de creérselo.

 

2006 fue felicidad.

Fe-li-ci-dad. Porque nunca hemos vivido una semifinal como aquella contra Argentina. Porque todos vimos lesionarse a Pau y todos disfrutamos con el tándem Rodríguez-Rudy. Rudy, que se subió a los hombros de Marc para cortar la cuerda el día de la final. Una final en la que todos salieron con una camiseta emblemática. En la que todos fueron Pau. Y en la que Pau salió a recoger su medalla cojeando y con la sonrisa más grande que le he visto jamás.

Un día en el que Pepu, que había perdido a su padre, no dijo nada. Un día en el que Pepu demostró que ha sido nuestro mejor seleccionador.

 

Me recuerdo bajando al kiosko, a las diez de la mañana del día siguiente, para comprar el Marca, el As, el Mundo Deportivo, y el Sport. Y recuerdo hacerme un mural en mi habitación solo con fotos de ese día. Un mural que todo el mundo podía ver, solo con abrir mi puerta.

2006 me enseñó que las mejores cosas de la vida no las elegimos nosotros. Y que las peores, sí.

 

2007 fue el año en que un día de junio puse el despertador a las 9 y me quedé dos horas pulsando F5, el año en que pedí un préstamo para poder pagar un abono de EuroBasket, y el año en que un buen amigo me descubrió que me gustan demasiadas cosas.

«Eres… cómo decirlo, muy… polifacética.

Te gustan muchas cosas, y todas te gustan mucho.»

Esta, en concreto, me gustaba tanto que me hizo moverme al Palacio de Deportes cuatro días seguidos de competición, sola, disfrutar y llorar. Acabar escondida entre bambalinas viendo a Pau colgarse la medalla de plata, cabizbajo. Despreciar a todo el Palacio porque no habíamos estado a la altura como público. Y despreciar a toda la prensa deportiva de un país ingrato por definición, que colocó al mejor jugador de nuestra historia en una diana completamente desmerecida.

2007 me enseñó que puedes acariciar el cielo con las manos y después perderlo todo, al mejor postor, en una décima de segundo. Que si fallas en el momento clave, el resto quedará desmerecido. Que la vida, y muchas personas, son así de putas. Y que mientras otros solo recuerdan lo malo, tú haces bien en procurar recordar solo lo bueno.

 

2008 fue el año de la gloria.

No sé si fue el mejor partido de baloncesto de la historia, como muchos se empeñan en decir. Pero fue de nuestros mejores partidos.

2008 me enseñó que pocas cosas duelen más que decepcionarse a uno mismo. Que eso duele aún más que decepcionar a los que quieres. Y que la plata sabe a óxido, cuando lo que quieres -y lo que mereces- es un oro.

 

2009 fue la catarsis.

2009 me enseñó que todo, todo llega para el que sabe esperar. Pero que no hay que aferrarse a ello, porque el conformismo lleva a la comodidad, y la comodidad al error. Y al final, el error conlleva frustración, y acaba por alienar(te).

 

Con lo que en 2010 vivimos el desastre. El desastre esplendoroso.

Caímos de nuevo en cuartos, y ante una Serbia que ya nada tenía que ofrecer y a la que dejamos obtener su revancha. Cuando teníamos que ser más fuertes que nunca, nos dejamos llevar.

2010 nos enseñó que los errores que se prolongan en el tiempo pasan factura. Porque esos mismos errores te destrozan. Lo bueno es que al mismo tiempo te hacen tocar fondo, y solo queda resurgir.

 

Resurgir en 2011. Porque 2011 nos enseñó que valemos la pena. Por nosotros. Por lo que somos y por lo que conseguimos.

 

2012 me enseña ahora que aquella plata que sabía a óxido vuelve a dejar un regusto agrio y demoledor. Pero 2012 también me recuerda que lo importante en la vida es luchar y, cuando te das de bruces contra un muro impenetrable (ya sean negros de dos metros o sentimientos encontrados), continuar. Porque esta selección ya nada tiene que demostrar.

 

Una plata de oro.

 

Quizá Pau no gane un oro olímpico. Quizá muera habiendo ganado todo menos eso. Y aunque cada vez queda menos tiempo para disfrutarles, y la sensación de saber que muchos no estarán dentro de poco acongoja, recurrir al recuerdo de lo vivido no es suficiente, pero sí necesario. Dejarán de ser una constante, pero serán irremplazables. Y el día en que tenga hijos, nietos, o quizá solo sobrinos, quiero poder contarles que yo viví el oro de Japón, y el de Lituania, y que viví dos finales olímpicas preciosas y de infarto que me recordaron que el deporte (con)mueve porque une a las personas. A personas que no se conocen. Porque transmite. Y les contaré que lloré de felicidad y alegría, y de pena y tristeza.

Que me puedo emocionar con algo así, y que eso dice mucho de mí. Que quiero que aprendan eso de su madre, abuela, o quizá simplemente tía. Y que eso, me gusta.

Que ser polifacética no cansa. Y que como una vez me desperté a las 9 para sufrir delante de una pantalla pulsando F5, dentro de dos años procuraré hacer exactamente lo mismo.

 

Pero en 2014 estaré allí. Y allí nos veremos, constante.

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