Amigos

 

Emigrar es humano. No mirar atrás, divino.

Y yo nunca quise tener el típico blog.

Ya saben de lo que hablo. El típico blog.

El blog de vidas ajenas, como la mía, donde se alaban las características de personas desconocidas, de manera parcial y anodina, hasta hacernos creer que realmente todo el mundo mola mogollón. Ese blog para cuyo autor hasta Milton Friedman era un tío la mar de majo que quería a sus colegas, tronco.

Amigos. Amigos. La mayoría de mortales siempre ha querido formar parte de un grupo como este:

 

 

Algunas, las no afectadas por una cada vez más creciente misoginia, preferirían esto:

 

(Especialmente por sus fondos de armario.)

 

Yo no. Yo siempre he querido tener algo como lo que tenían ellos:

 

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Cuatro chicos sin problemas y con una filosofía de vida increíblemente sana, que se unen, encuentran un tesoro y salvan a toda una comunidad. Pero esta ya es otra historia.

Yo nunca quise tener el típico blog pero he de prostituir temporalmente el mío para hablar de ellos. De mis amigos. Porque ellos son mis rameras de primera calidad.

Porque los idus de mayo me enseñaron que puedo llamar por teléfono a las ocho de la tarde y solicitar asilo por advenimiento de exacerbada tristeza. Que se me recibiría con dos abrazos y mil conversaciones sacadas de la manga -y de contexto- para evitar que llorara más. Que lo mejor para superar una ruptura es discutir sobre las discrepancias estructurales entre Canción de Hielo y Fuego y su adaptación como serie de televisión. Que allí estaba Alberto para cuidarme, y levantarme, y reñirme. Que él, nada típico, acabaría sentándome en un sofá para sermonearme sobre peces en el mar y los días que quedan para conocer al padre de mis hijos. Que vería a mi mejor amigo sin saber cómo reaccionar. Porque lo es. Es mi mejor amigo. No es el más atento y quizá desconozca muchas de mis cuitas. Pero lleva ahí ya ocho años, desde que un día me hiciera colgarle todas sus camisas y se escandalizara al ver que era incapaz de adaptar bien las costuras a las perchas. He cambiado mucho desde entonces, y él, que lo ha visto, también sabe ver que sigo siendo la Violeta de siempre. La que se pica y salta, la que todo ha de discutirlo, la que entra al trapo porque, en el fondo, le gusta.

Él me conoce y lo sabe. Y a mí eso, me encanta.

Alberto.

También me encanta su novia, que además de ‘presiosa’ es inteligente y culta a partes iguales. Que ha aguantado mis ojeras, mi desgana y una auténtica okupación de su espacio vital, y que al mismo tiempo ha sabido disfrutarme, sacarme el jugo, y hacerme ver siempre el otro lado de muchas cosas. Que la realidad tiene aristas -aunque ella diría ‘arihtah’- y que si el refrán es cierto y detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, Alberto ha elegido sabiamente a la más grande.

María.

Está Abella, el hombre del que toda mujer debería enamorarse. Él, que sostiene que todo hombre debiera enamorarse de mí también. A veces he pensado que le ahorraríamos mucho al mundo si realmente pusiéramos en práctica nuestras propias y tan tajantes afirmaciones y nos enamoráramos el uno del otro. Y no, no voy a negar haberlo intentado. Y sí, nuestra historia de amor es imposible porque yo, aún, entiendo mi vida únicamente a través de Los Planetas y Abella solo a través de La Habitación Roja. Y una lucha de gigantes así es insostenible.

Abella.

Me encanta Pi, mi Pinyol, mi Pinyoleta, que cual paloma me hizo llegar una carta desde Brooklyn que me descubrió el alma. Que las chicas que leen siempre querremos más. Y que hasta que no lo encontremos, no sabremos conformarnos con nada intermedio. Los idus de mayo me enseñaron que puedo agarrar un avión e irme a dormir a un apartamento en Manhattan con vistas a Central Park. Que puedo permitirme el lujo de que Paula me acompañe a preguntar dónde van los patos en invierno. A pisar, como una fan, el lugar donde murió John. Que hay chicas como yo y que, entre tanto tesoro, ella es un potosí.

Pinyol. Mi Pinyoleta.

Y me encanta Adri. Por empanadilla y por viajera. Por ser la mejor compañera. Por dejarme llevar los mapas y guiar siempre. Por prepararme un viaje tan increíble como el del verano pasado. Por venir a verme. Por las mañanas en GMail. Por las tardes de cañas.

Por quitarle siempre hierro a todos mis asuntos. Que el estado ferroso de muchos brilla por su ausencia y tú procuras que así lo vea, mejor que nadie.

Adri y Noyita, que es ya el amor de su vida.

Los idus de mayo me enseñaron que deambular por Madrid mola más si es César el que te acompaña. Que la paciencia va acompañada de un “date tiempo” detrás de cada punto y aparte. Que, como todos los demás, César tenía razón y lo único que necesitaba era eso, tiempo.

Y que las mejores pizzas de la ciudad ahora las sirven frente a la comisaría de Leganitos.

César.

Está él, Jorge. La vitalidad más admirable. El hombro más sincero. Mi persona sana. Mi referente. Mi aspiración. Ojalá pudiera ver la vida como la ve Jorge.

De momento, él entiende que no lo haga, y también me da su dosis de “hakuna matata” cada vez que voy a pedirla. Y ya van muchas.

Jorge.

Y está Rodrigo, al que nunca he conocido, pero al que le debo haber vivido mi mejor época en mucho tiempo.

Los idus de mayo no la trajeron a ella. Pero las circunstancias, esas geniales condenadas que se empeñan en hacer que siga confiando en el mundo, poniendo a gente tan increíble a mi lado, me llevaron a ella. A Blanca. A una persona que, si la he merecido, es que he tenido que hacer algo muy, muy bueno en la vida. Rematada y jodidamente bueno. Blanca me acogió. Blanca me dio conversaciones memorables sobre aspectos nada tangibles de una vida que pasaba un momento tan intangible -la mía- que cualquier anécdota era digna de recuerdo. Cualquier dato se podía exprimir, todas las noches, todos los días. Blanca me llamó Juno y yo sonreí. Blanca me ha dejado bailar, gritar, blasfemar. Y mientras tanto me presentaba a Ángeles, y a Sofía, y a Mauro, y a Ignacio, que no habrá llegado hasta aquí por no enfrentarse a una entrada tan larga, y a Juan. Blanca me ha permitido ser más yo que nunca y, a pesar de ello, ha llegado a quererme.

Familia.

El karma en Bruselas funciona. El universo está en orden. Todo está en equilibrio. Puede que quien te tenga que ayudar no te ayude, pero te llamará Esther desde Nueva York y te enviará a casa de los padres de Rodrigo. Y tú tendrás calor de hogar en uno de los momentos más difíciles que recuerdas. Y luego su hermana te rescatará, y no solo te acogerá, sino que se convertirá en tu “ración de karma de Bruselas”. El resto fluiría. Tú dirías que no cuando te dijeran que no, y luego quizá aquel no se convertiría en un sí. Y en ese camino, de nuevo, habrás aprendido.

En este camino he aprendido muchas cosas. Que el dinero no da la felicidad y que un trabajo no merece su peso en 24.000 al año. Que las relaciones se terminan, sin haber sido un fracaso. Que el verdadero fracaso es anclarse a lo que uno no merece. Y que quizá huya siempre hacia delante, pero me gusta hacerlo, porque siempre vuelvo a ser yo. Y también he aprendido que no quiero ser nada más que eso.

Me ha costado aceptar y reconocer que, por más que quiera, nunca podré tener el típico blog. Nunca tendré 100.000 visitas ni estaré en ninguna lista de Menéame. Tampoco obtendré premio alguno. Porque yo no soy típica, por más que lo intente. Y ellos, tampoco.

Entre ellos no se conocen, y algunos no se llevarían bien, y quizá otros se enamorarían. Quién sabe. Y es cierto que no tengo a Chunk, ni a Mike, ni a Data y Mouth. No tengo ese grupo genial de amigos en el que solo basta girarse y lanzar una mirada. Pero tengo una suma de partes que me encanta y que, aunque nunca pueda disfrutarlos a la vez, están a un e-mail de distancia. Y saber que siempre habrá alguien al otro lado para recolocar tus neuronas en el perfecto orden en que no te hacen daño es lo que siempre he querido. Lo he querido, lo he buscado, y lo tengo.

El agradecimiento es un sentimiento precioso que apenas puede traducirse en palabras. Pero la pereza no es pecado capital suficiente para impedirme sacarlo de mi sistema. Porque no habría habido maletas y sí mucho más dolor. No habría conocido Nueva York ni a Paula. Y muy probablemente no me habría parecido tan buena idea mudarme a una ciudad más fría, menos cuadrada, y más cara, para trabajar más y ganar menos. Pero me recordasteis que a duras penas, aprendo, y que de las lecciones que saco he de seguir adelante. Me disteis el cariño que necesitaba, cuando lo necesitaba, y como lo necesitaba.

Y la palabra es típica, y esta entrada quizá, también. Pero gracias. Joder. Muchísimas gracias.

 

 

 

 

 

2 comentarios en “Amigos

  1. Yo siempre he opinado lo mismo que tu respecto del agradecimiento. Por eso GRACIAS Violeta, no puedo ocultar que se me ha caído una lagrima leyendo tu post sintiendome un “ser único”. Pero sobre todo, me alegro de que hayas conseguido “cambiar de actitud”.

    Porque aunque siempre seamos “Los Planetas” vs. “La Habitación Roja”, sabes que siempre podremos ver la vida a través de Santi Balmes y que siempre nos quedará ‘Santos que yo te pinté’.

    De nuevo GRACIAS.

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  2. Encantada de haber sido tu compañera de viaje… y tu fotógrafa de patos.

    Yo te conocí hace muy poco, pero te veo cada vez mejor, más guapa y más entera.

    Beso.

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